Como en la peor época soviética, el Kremlin intenta imponer su “verdad” a la opinión pública rusa e internacional sobre las masacres contra la población chechenia perpetradas por la aviación militar y sobre el estrepitoso fracaso de sus fuerzas armadas en esa república autónoma de la Federación Rusa, que se autoproclamó independiente en 1991.
Las autoridades políticas y militares intentan amordazar a la prensa nacional; hacen lo imposible para impedir a los reporteros nacionales e internacionales llegar a los lugares donde hay combates, califican a los pocos periodistas que dan una versión no oficial de los hechos de “agentes comprados por las hordas de bandidos chechenios”, llegan inclusive hasta el cinismo de afirmar que el precio de un periodista en el “mercado chechenio” es de 7,000 dólares…
En vano, Rusia no es la URSS. Y a pesar de las amenazas y de las presiones existen en Rusia periódicos, revistas y una cadena de televisión privada, NTV, que cumplen con su labor informativa. Existen también corresponsales extranjeros que arriesgan su vida para cumplir con su trabajo. Cuatro de ellos lograron quedarse en Grozny, capital de Chechenia, cuando Moscú intentó tomarla por asalto el pasado 31 de diciembre. Entre ellos se encontraba Isabelle Astirraga, reportera de la Agencia France Press.
A continuación se reproduce su relato, que contradice totalmente los boletines oficiales de la presidencia rusa o del estado mayor de las Fuerzas Armadas. Es el único testimonio que se tiene hasta ahora sobre la primera gran ofensiva de las tropas rusas contra Grozny. (Anne Marie Mergier)
GROZNY, REPUBLICA DE CHECHENIA.- Sábado 31 de diciembre, 8 horas. Es la artillería la que nos despierta, como desde hace dos días. Nosotros –los cuatro periodistas occidentales todavía presentes en Grozny– acabamos de pasar la noche en una casa chechenia de ladrillos, rodeada por una pequeña cerca verde, en ese barrio ubicado en la parte occidental de la capital, a menos de un kilómetro de la colina de Karpinski que domina la ciudad y que los rusos tienen que tomar si quieren lanzar su ofensiva contra Grozny. Pero esta mañana las detonaciones ensordecedoras de los Grad, esos lanzacohetes múltiples que hacen un ruido de trueno, se sienten mucho más cerca. Cada dos minutos, cada minuto, cada treinta segundos.
Los bombardeos de la semana pasada, que dejaron decenas de víctimas y devastaron la ciudad, reventaron también las tuberías del agua. Salgo a recoger nieve para calentarla. Con mi balde en la mano, sonrío a una vecina cuando de repente un obús suena más fuerte que los demás. Casi sin reflexionar –desde que estoy aquí, hace una semana, tome esa costumbre– me echo a la nieve. La vecina también. El obús explota entre nosotras dos.
Algunos minutos más tarde llegan los aviones. Desde hace casi un mes estos aviones rusos transformaron la vida en Grozny en un infierno. Sueltan sus bombas en los alrededores. Una nube de humo surge a unos 300 metros: dos casitas están en llamas, dos edificios de cinco pisos totalmente reventados. Unas mujeres y unos niños, quienes afortunadamente se habían refugiado en el sótano para dormir, aparecen aullando, llorando. Dos hombres sacan un cadáver de los escombros, le quitan el saco para cubrirle el rostro.
Vuelven los aviones y empieza la histeria. Habitantes y periodistas se tiran al suelo hundiendo la cara en el lodo, esperando salvarse una vez más. Las bombas caen un poco más lejos. Un hombre joven se levanta, mira a su madre presa de un ataque de nervios. En sus ojos se lee una ira que rebasa todo lo que él podría expresar con palabras. Hace un gesto con el puño en dirección de los aviones que se alejan y de repente grita, con toda la fuerza de su voz: “Chinga tu madre, Yeltsin…”.
10 horas. Estamos ahora en el centro de Grozny, a algunos metros del palacio presidencial. Encima del edificio ondea la bandera roja con su raya roja y verde. Se ha vuelto el símbolo de la lucha independentista de Chechenia. Acabamos de hospedarnos en un hotelito mísero, sin calefacción, con vidrios medios rotos, pero que tiene milagrosamente luz, lo cual nos permite utilizar nuestro télex-satélite.
Las detonaciones de artillería, más ensordecedoras que nunca, se suceden ahora cada dos o tres segundos, en un sentido y en otro. No tardamos en darnos cuenta que una batería chechenia de artillería está instalada en el estadio, al lado del hotel.
De repente empieza a correr la noticia: los rusos acaban de tomar la colina de Karpinski. Pensamos en los combatientes chechenios con los que estuvimos el día anterior. Gracias a Haisar, el gigante barbudo y jovial que nos llevó en su vieja camioneta, cuya carrocería había sido ya bastante perforada por balas y fragmentos de obuses, pudimos llegar hasta la cima de la colina. El acababa de pasar ahí tres noches “calientes”, jugando un juego mortal con el azar, que hasta ese día había permitido a la mayoría de los pocos chechenos que defendían la colina escapar de los obuses y las bombas, cuyas huellas negras en la nieve daban a esa colina el aspecto de un tablero de ajedrez extraño y loco.
Pensamos en Charkhman, el pequeño profesor de historia con sus lentes quien, detrás de uno de los tres cañones que tienen estos combatientes en la cima de la colina, nos contó la deportación de 1944. “A los 16 años mi padre se fue como voluntario para combatir contra los fascistas. Un año más tarde, cuando aún estaba en el ejército rojo aguantando los obuses alemanes, mi madre y mi abuela fueron expulsadas de sus casas por soldados rusos, los que las obligaron a irse sin llevarse nada, salvo su ropa y una cobija por persona”.
Bajo la orden personal de Stalin, quien los acusaba de colaborar con los alemanes, pero que quería, sobre todo, acabar de una vez por todas con las muestras de independiencia de un pueblo que nunca se había resignado a ser dominado por los rusos, los chechenios se volvieron un “pueblo castigado”. En una noche se sacó a todo el mundo de sus casas y se exilió a todos lejos de sus montañas, en las estepas de Asia Central, hasta el “perdón” de Kruchov en 1967.
“Nací en Kazakhstan, y se me prohibía hablar chechenio en la escuela. Hicieron todo lo que pudieron para destruir nuestra cultura, pero no lo lograron. Y ahora mi padre vive bajo las bombas rusas.”
11 horas. Los tanques rusos entraron en la ciudad. Llegaron por el norte, que tenían atenazado desde hace varios días. Se va la luz. Decidimos dejar el hotel. Paul Lowe, el fotógrafo de la agencia Magnum, que colabora también con varias cadenas televisivas, y Bill Gasperini, quien cubre Chechenia para CBS Radio, deciden irse de Grozny. Consideran que el riesgo es demasiado grande. Nos vamos a quedar dos solamente. ¿Qué hacer? ¿Quedarse? ¿Irse? Refugiados en un búnker y sin luz, no podremos transmitir información alguna. Decidimos irnos con nuestros colegas.
Sin tiempo para recuperar nuestras bolsas, que se quedaron en la habitación cuya llave se extravió, ponemos nuestros instrumentos de trabajo en dos coches: nuestro télex-satélite, el teléfono-satélite de Paul y nos vamos rápido hacia el sur.
Pero en las calles de la ciudad vemos a los habitantes que siguen allí. Aterrados, caminan rozando los muros de los edificios, acechando los aviones. Sin embargo, no se van. Vuelvo a pensar en todo lo que hicieron los rusos desde el principio de esa historia: bombardeos contra la población civil, los barrios donde vivía la gente, los mercados, seguidos unas horas más tarde por nuevos bombardeos exactamente en los mismos lugares para alcanzar a quienes intentaban rescatar a los heridos o sacar los cadáveres entre los escombros o los vecinos que llegaban para comprobar la amplitud de las destrucciones. De repente pensamos que no podemos dejar que los rusos tomen esa ciudad sin que haya un solo testigo.
Paul y Bill se van. Tienen los nervios destrozados porque llevan un mes aquí, vivieron la entrada de las tropas rusas en Chechenia. Aguantaron los bombardeos más terribles. Gracias al sistema de relevo de nuestra agencia, mi colega Sebastian Smith y yo estamos más “frescos”. Tomamos la decisión de quedarnos. Nos estimula el hecho de haber encontrado una casa con luz a un kilómetro y medio del palacio presidencial.
14 horas. En el dédalo de callecitas cubiertas con hielo vemos a muchos chechenios. En cada esquina hay grupitos armados con kalachnikov y sobre todo con lanzacohetes, las mejores armas contra los vehículos blindados. La mayoría de los hombres tiene también una o dos granadas en sus bolsillos. Esperan. “Los dejamos entrar a propósito. En cuanto caiga la noche, van a saber lo que es el infierno. No se saldrán de eso”. Ninguno de los combatientes acepta vislumbrar por un segundo siquiera que la entrada de los tanques blindados rusos no acabe en un fracaso.
Los tanques rusos avanzan disparando, pero sólo lo hacen en las grandes avenidas del centro. La artillería chechenia les responde, pero el arma preferida de los independentistas, sus pequeños grupos móviles animados por una determinación extraordinaria, no ha entrado en acción todavía. Detrás de los tanques hay vehículos blindados que transportan a los tiradores de élite de los Spetsnaz, los comandos rusos que se distribuyen por la ciudad.
16 horas. Es casi de noche y con la gruesa nube de humo negro que arrojan encima de la ciudad los grandes tanques de petróleo bombardeados el día anterior y todavía en llamas, hay suficiente oscuridad para permitir a los chechenios lanzar su ofensiva. Entonces empiezan para los soldados rusos 36 horas de infierno. En su mayoría son conscriptos o jóvenes voluntarios, a quienes los oficiales prometieron una victoria fácil. Sorprendidos en la noche, tomados por sorpresa por grupitos que sólo ven llegar cuando ya es demasiado tarde, los tanques rusos van a ser eliminados uno por uno. Los chechenios surgen de un callejón, de un edificio, de detrás de una empalizada, disparan una vez, dos veces con sus lanzacohetes. Si alcanzan el tanque, los soldados que intentan salir del vehículo son inmediatamente acribillados con ráfagas de kalachnikov. Antes de que el tanque siguiente haya tenido tiempo de hacer lo que sea, los chechenios ya desaparecieron en otra calle o en una casa.
Los tiradores de élite de los Spetsnaz son más peligrosos para los chechenios. Ellos también se apoderaron de edificios, se instalaron en las ventanas. Muy pronto en toda la ciudad suenan disparos de armas automáticas, silban las balas en todas la direcciones y hay que correr para atravesar cualquier lugar un poco al descubierto.
Pero lo más impresionante es el flujo de hombres de todas las edades, con ropa civil, casi sin armas, que empiezan a caminar hacia el centro de la ciudad. Caminan por grupos de siete u ocho, disponen de una o dos kalachnikov, de una o dos granadas. Pero basta con ver sus miradas para entender que están decididos a pelear. Su meta: recuperar el fusil de un combatiente muerto o servir de guía para los combatientes en los barrios que no conocen bien. Algunos también llevan a la mano una botella de champaña o de vodka transformadas en cocteles molotov.
Ya no son los combatientes partidarios del presidente Djokhar Dudaiev, dispuestos a morir por la independencia. Son chechenios que llegan para pelear por la sobrevivencia de su pueblo. Que llegan porque, como lo dicen cuando uno los interroga, “ya no pueden hacer otra cosa”.
Durante todo el final de la tarde, durante toda la noche y durante todo el día siguiente, seguiremos viendo en las calles a estos grupitos, a menudo de amigos o vecinos que decidieron dirigirse juntos hacia los lugares donde la batalla es más cruenta.
19 horas. Sebastian Smith y yo nos relevamos ante el televisor y el télex. Uno escribe mientras el otro mira el espectáculo totalmente surrealista de la televisión chechenia que sigue emitiendo desde el búnker del palacio presidencial. Las imágenes de los tanques dirigiéndose hacia el palacio, transmitidas por una cámara fija instalada en la ventana del primer piso, con el fondo sonoro de los disparos de los combatientes atrincherados en el edificio, suceden a entrevistas de los diferentes dirigentes chechenios. Durante todas estas larguísimas horas de lucha, Chechenia Prensa seguirá filmando y transmitiendo las imágenes de los combates, con un valor que uno de los camarógrafos pagará con su vida.
La televisión difunde también, siempre desde el búnker, las declaraciones de un puñado de diputados rusos, encabezados por el consejero de Boris Yeltsin para los derechos humanos, Sergei Kivalev, que tuvieron el gran valor de venir a Grozny para esperar el asalto y explicar a los chechenios que las fuerzas armadas rusas no estaban actuando en nombre de todo el pueblo ruso. (A partir de esa terrible experiencia, Kivalev se distanció considerablemente del presidente ruso.)
En las calles siguen los combates. A las doce de la noche nuestros anfitriones, quienes como todos sus compatriotas son sumamente hospitalarios, nos brindan generosamente la poca comida que les queda, y tuvieron todavía la amabilidad de ofrecernos una copita de coñac para festejar la llegada de 1995… Como buenos musulmanes que son, brindan con nosotros con jugo de fruta…
Domingo 1º de enero. 12 horas. Artillería, disparos de tanques, armas automáticas. Grozny empieza el año con el ruido de los combates que se producen en toda la ciudad. Pero ya el humor de los chechenios hace pensar que vislumbran la posibilidad de una victoria. Según nos cuentan todos los grupos que llegan del centro de la ciudad, que es casi imposible alcanzar ahora, los vehículos blindados de los rusos han sido prácticamente expulsados del centro, salvo de los alrededores de la estación de trenes.
19 horas. Llega una nota de París en nuestro télex que acabamos de volver a conectar (ya no tenemos luz y tenemos que recurrir al encendedor de cigarrillos del coche para hacer funcionar el télex…) Leemos la nota: los rusos afirman haber tomado el palacio presidencial. Después de haber cubierto durante seis meses la historia chechenia desde Moscú y luego desde Grozny –a menudo gracias a nuestro extraordinario corresponsal local, Nikolai Topuria, quien no teme nada y conoce a todo el mundo– sabemos que las informaciones dadas por Moscú no tienen relación alguna con la realidad. Pero siempre queda una pequeña duda y hay que verificar. Muy pronto la alta moral de los chechenios y las noticias concordantes que nos dan los grupos que llegan desde el palacio presidencial, nos convencen que otra vez se trata de propaganda del Kremlin.
Lunes 2 de enero. 12 horas. Los vehículos blindados y los tanques rusos han sido expulsados del centro, y ya de nuevo se puede llegar hasta el palacio presidencial, pero no hay que quedarse mucho en las callecitas donde están todavía emboscados los tiradores de élite rusos. Alrededor del palacio, el ambiente es triunfal. Los combatientes, con la frente ceñida por la cinta verde de los smertniki (“los que están dispuestos a morir”) intercambian roncos “Allah Akbar” (Dios es el más grande). Pero es un triunfo matizado por el cansancio que se lee en todos los rostros y por el sentimiento de que esa victoria es tan sólo una primera etapa. Esta mañana, de hecho, los aviones rusos volvieron a bombardear un mercado y un barrio ubicado en el nordeste de la ciudad; la artillería rusa sigue disparando contra el centro de la ciudad, y los combatientes siguen dirigiéndose hacia los lugares donde los tanques están todavía presentes. Rodeados, estos tanques se defienden con la ayuda de los tiradores de élite que los cubren y de los disparos de la artillería. Es obvio que los artilleros reciben instrucciones por radio y están apoyados por sistemas de computación, porque sus tiros alcanzan el terreno que rodea a los tanques sin golpear a los tanques mismos.
Martes 3 de enero, 10 horas. La artillería rusa siguió su martilleo durante toda la noche, y, por la mañana, los aviones volvieron con sus bombas. Las fuerzas armadas rusas no se ven dispuestas a abandonar la batalla. Nuestros colegas Stephane Orjollet y Boris Bachorz acaban de llegar de Moscú. Les dejamos Grozny, las bombas, los chechenios y el télex-satélite. Nos sentimos aliviados de acabar con el miedo, el frío helado, las noches sin sueño, pero nos duele dejar a los chechenios amenazados por una nueva ofensiva rusa. Mientras nos alejamos de Grozny para alcanzar el aeropuerto de Mineralnie Vody, el único que sigue todavía abierto en la región, vemos llegar unos veinte camiones militares rusos llenos de nuevas tropas.








