Conversación sin catedral

Acabo de tener el privilegio de volver a conversar con un viejo militante comunista mexicano cuya generosidad sólo es comparable con su talento, y a quien profeso respeto desde que lo conocí. Conservamos nuestras diferencias en muchos y diversos temas. Descubrimos otra vez, empero, el gratificante lugar geométrico y común de las coincidencias. Doy cuenta aquí de éstas, como si fueran ideas sólo mías. El sabe cuáles le debo, como seguramente entenderá mi discreción en relación con su nombre y detectará cuánto de este texto es solamente mío. Acepto de antemano que él o cualquier otro cribe este campo de letras, determine a su antojo o juicio qué es trigo y qué cizaña, y atribuya aquél a él y ésta a mí. Debo, empero, asegurar al lector que más allá de los respectivos sentidos de pertenencia, fue una conversación libre. Fuera de toda catedral, parafraseando contrario sensu a don Mario Vargas Llosa.
La situación del país es grave, tanto en lo económico como en lo político. Exige de los diversos actores sociales y políticos un gran sentido de responsabilidad y, especialmente en los políticos, un conjunto de ideas y de actitudes ajenas a toda pretensión de compactar tiempos y buscar resultados inmediatos y sólo favorables a un grupo o sector. En este ámbito, PRI, PAN y PRD serán los factores decisivos para salir de la crisis. Los caminos para salir de ésta no pueden definirse en Chiapas, aunque tampoco puede ni debe omitirse el asunto chiapaneco en cualquier agenda política nacional.
Por lo que toca al PRI, además de su insuperada falta de democracia interna y su terca proclividad municipal, estatal y federal por el “carro completo”, se advierte en las medidas que toman los altos funcionarios que en él militan una falta de comprensión a lo que los regímenes priístas han logrado y que no puede tener retorno. Es incomprensible, por ejemplo, que un hombre del talento y con los logros internacionales del doctor Jaime Serra Puche hubiese tomado medidas económicas que ignoraron los resultados de su propia obra. En efecto, anunciar la ya tristemente célebre variación de la “banda cambiaria” sin previo aviso a los socios comerciales, y haberlo hecho sin asegurarse antes el respaldo financiero internacional que hubiese permitido derrotar a los especuladores –respaldo que, por cierto, se consiguió casi sin pedirlo en sólo tres días, a diferencia de lo que sucedió en otros momentos de crisis–, equivale a actuar como si lo que se hizo en seis años no hubiese sido hecho. La medida tomada no tomó en cuenta que hoy México no vive en una economía cerrada, sino abierta, y que en este marco –en buena parte obra del doctor Serra Puche– es virtualmente imposible asegurar un control de precios.
Por lo que toca al PRD, sufre una división peligrosa. Quienes vienen de las largas, difíciles luchas sociales y políticas de la izquierda –especialmente los excomunistas– saben que lograr el 17% de la votación nacional es un triunfo indubitable: vienen del 4% de los votos como máximo. En cambio, los expriístas –que vienen de porcentajes electorales del 90% oficial– se sienten frustrados con los resultados del 21 de agosto pasado. Esta decepción ha llevado a algunos de ellos a tratar de encabezar a los radicalismos más virulentos del país, incluido el de la irresponsabilidad frívola y oscilante de la cabeza encapuchada y visible de la rebelión chiapaneca, y han llegado hasta a poner en riesgo la tarea mediadora de la Comisión Nacional de Intermediación –la Conai–, abrumándola con peticiones adicionales y extrañas a las de los indígenas, que entorpecen toda vía de diálogo y cualquier lógica de paz, política y democracia.
Lo anterior pone al PRD en un doble peligro. El de la fractura abierta que disminuiría considerablemente la probabilidad de que naciera en México el necesario y conveniente partido de izquierda capaz de presentarse como opción seria de gobierno, responsable y fuerte, por una parte. El de convertirse en cabeza promotora de una ingobernabilidad que, por el daño económico que generaría para el país y sus efectos de agitación social, vendría a convertirse en generador de una respuesta autoritaria que equivaldría a retroceder hacia épocas terribles de represión como las que conocieron, entre otros, pero muy especialmente, los comunistas mexicanos. En retrospectiva, parece haber sido un error que éstos entregaran al expriísmo aliado con el radicalismo de izquierda, registro oficial, bases sociales y hasta edificio.
A mayor abundamiento, la fractura consumaría un fracaso ya previsible de toda una historia de sacrificada lucha: el de perder la posibilidad de que ese 17% de electores tuviera, en el ámbito de los poderes públicos, la representación y representatividad que se ganó en las urnas, y pudiera así contribuir a la definición de las políticas públicas del país, que indudablemente se verían enriquecidas con la aportación de quienes tanto han destacado, teórica y prácticamente, en la defensa de los más necesitados. La izquierda, sin entrar a precisiones sobre lo que ésta fuere, quedaría como lámpara de popa que sólo permite saber cuáles son las características de la estela que traza el navío, en lugar de ser parte del reflector de proa que aclara la ruta de aquél. El problema es que parece no entender precisamente que habrá de ser parte, no todo, error que parece compartir con los sectores menos perspicaces del PRI.
En lo que al PAN atañe, ha comprendido precisamente que es parte y representa sólo a una parte de los mexicanos, pero con una actitud de oposición al mismo tiempo crítica y constructiva, ha logrado en el ámbito de los poderes públicos una representación y una representatividad casi directa y exactamente proporcional al número de votos –creciente– que ha conseguido de los ciudadanos. Esto, a pesar de que, de los tres partidos, es el que menos y más mala prensa ha tenido. Los electores han entendido y premiado su ponderación discursiva, su aceptación consciente del riesgo que representa apoyar en ocasiones al gobierno y denunciarlo o combatirlo en otras, es decir, cuidar al país y, al mismo tiempo, crecer como opción creíble de poder. La carta más importante del excandidato presidencial del FDN en 1988 fue precisamente que muchos mexicanos lo sintieran capaz de gobernar, baraja que poco a poco le ganó el PAN en la conciencia de los mexicanos, asumiendo el riesgo y la responsabilidad de pensar, hablar y actuar como habría de hacerlo si llega al gobierno, y no como si sólo se pensara a sí mismo como oposición eterna y, por tanto, libre de expresar y ejecutar cualquier despropósito bajo el supuesto erróneo de que esto, como produce titulares, generará votos. Una medición reciente publicada por la revista Nexos (diciembre de 1994) muestra que Acción Nacional más que duplicó en sufragios su presencia en los medios de información durante la reciente campaña federal, en tanto que el PRD –con casi un 30% más de menciones noticiosas que el PAN– no logró alcanzar con sufragios su presencia en aquéllos. Alguna enseñanza debe extraerse, en más de un ámbito, de estos hechos, sobre todo si se toma en cuenta que, ni siquiera en campaña, el PAN abandonó su actitud de oposición al mismo tiempo constructiva y crítica, voluntariamente alejada de esa demagogia que parece conquistar adhesiones, cuando en realidad sólo obtiene titulares periodísticos.
Cabe señalar que, al despedirnos, mi interlocutor y yo nos deseamos con cierta dosis de escepticismo un feliz año 1995; que ninguno de los dos resudaba optimismo y que, sin duda, él se fue más pesimista que yo. Quedamos en volver a vernos. Sin catedral.