La crisis que sacude y angustia a los mexicanos deja en sus residuales amargos la oportunidad para identificar las aristas del mundo al revés. Durante seis años vivimos el espejismo engañoso y seductor de la prosperidad. En la noticia cotidiana se reflejaban los niveles récord de la prosperidad, la fortuna, el bien andar, el bien hacer, la justicia, la equidad en la distribución de los bienes, los hechos que generan progreso, las reservas, las exportaciones, la imagen internacional, los empleos, las lindezas promisorias derivadas de la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, los índices de la Bolsa de Valores, los espectaculares avances para someter la inflación, la construcción de casas de interés social, las escrituras repartidas a los campesinos, los kilómetros de carreteras concesionadas, el acceso de los pueblos a los servicios de energía eléctrica, agua potable, drenaje, la multiplicación de las presas.
En resumen, en denominador común, la edificación milagrosa del mundo de la felicidad para los habitantes de esta tierra siempre ansiosa y ausente de los bienes de este mundo.
La crisis nos trajo a los mexicanos al mundo al derecho, al real, al verdadero, al de las crueles y monstruosas realidades que acosan y aniquilan. De las cifras, de los hechos, de las gráficas, que exhibían en deslumbramientos las cifras récord de la fortuna, la felicidad, el bienestar, pasamos en el brevísimo espacio de 20 días a las cifras récord de las sombras.
Apenas el 30 de noviembre reciente se nos saturaba con los éxitos más altos en la historia del país en los últimos 25 años. Se buscaba, en cuidadoso aliño publicitario, el mejor punto de referencia sobre el calendario o sobre el acontecer para soportar el advenimiento del quinto milagro mexicano.
Hoy, a 40 días de distancia del orgasmo de la felicidad, en el regreso desolador y amargo del milagro al fracaso, de las estrellas al pantano, se perfilan los nuevos récord a la baja: en la Bolsa, las reservas, el empleo, el salario, el valor del peso frente al dólar. O en contraste, las más altas en las tasas de interés, el tipo de cambio, la deuda interna y externa, los precios.
Hay otros datos, más hondos, no sujetos a las reglas de la dimensión, estrictamente humanos que alcanzan hoy los niveles más bajos en la historia de las crisis. Entre ellos, la credibilidad frente al gobierno, la certidumbre, la alegría frente al desafío, la voluntad para remar sobre las aguas broncas, la indefensión en la suscripción de pactos y concertaciones, la inseguridad y confianza en el liderazgo, en la conducción de los problemas. Y estos bajísimos niveles saturan los corazones de los mexicanos y a los efectos devastadores de la economía añaden la tristeza y la desazón frente a la ausencia de perfiles y aristas que en las horas de los desafíos ayuden al encuentro de la luz en el túnel, y fortalezcan la voluntad para iniciar las tareas de reconstrucción.
Ya lo afirma la sabiduría popular: el mal y el bien de arriba bajan. Y hoy el bien todavía desciende a cuentagotas.
La información y el discurso del Presidente y de sus colaboradores ha sido, en la definición de un diario norteamericano, suave y elusivo. Ha incidido más en las definiciones generales que en su clara, pronta y confiable implementación. Se insiste en la confianza, en la fortaleza y capacidad de sacrificio de los mexicanos, en la insistencia de un futuro promisorio; el mensaje oblicuo y esfumado que endosa a los que se fueron las raíces del problema, en las recetas genéricas que soportarán la salida más o menos pronta del bache que hoy fatiga y asfixia. En contrapartida, hay ausencias en la explicación cabal de los planes de rescate, diferimientos en la implementación de las tareas inmediatas y urgentes, excesos en el optimismo y en ocasiones declaraciones que molestan por su frivolidad y candor.
Un botón de muestra que frente a la magnitud y profundidad de la crisis resulta un serio agravio a la inteligencia y a la razón. En la cresta de la confusión, de la angustia, de la desesperación, de la incertidumbre, del sobresalto, la Secretaría de la Contraloría anuncia un programa de austeridad para el sector público que los medios de comunicación recogen y en sospechosa unanimidad le dan espacios y tiempos de primera calidad. Adicionalmente se eligió como escenario para la entrevista el Salón Venustiano Carranza en la residencia presidencial de Los Pinos. La titular de la Secretaría informa “que no se autorizará la compra de automóviles nuevos para servidores públicos, no se permitirá la compra de boletos de avión en primera clase, en las comisiones de viaje se limitará el número de asistentes, en el caso de viajes al extranjero se requerirá la autorización del titular de la dependencia o entidad, se suspenden los gastos de representación, se establecerá un límite máximo a la renta del servicio de telefonía celular y lo que exceda serán cubiertos por el servidor público, se cancelan las carpetas de recortes de prensa y sólo se elaborará un resumen cuya circulación será entre secretarios, subsecretarios o sus equivalentes en el sector paraestatal; la difusión y promoción en radio y televisión se limitará a los tiempos oficiales o a los contratados sin erogación para el gobierno y la publicación de inserciones en periódicos y revistas se ajustará a las reglas que dicte la Secretaría de Gobernación”. La señora Samaniego añade que el Presidente de la República, en reunión con el gabinete ampliado, instruyó la adopción de ese conjunto de medidas de austeridad para los servidores públicos y la administración pública en general.
Después de la lectura de estas declaraciones queda en amargor la certidumbre de que las declaraciones de la secretaria de la Contraloría equivalen a la aportación de un litro de agua purificada para apagar el incendio que amenaza destruir el edificio mismo de México nación.
Más allá de la pincelada anecdótica conviene subrayar que estos tiempos de huracán y tempestad requieren conjugar verdad y pasión, en el decir y el hacer del Presidente de la República, para promover en el pueblo, su pueblo, certidumbres de liderazgo indiscutible.








