Salinas debe responder

La política económica que Salinas llamó liberalismo social y que tanto le festejaron sus colaboradores en el gobierno, los comentaristas de la radio y la TV, los analistas políticos, los economistas de las diversas universidades e institutos de educación superior del país y, por supuesto, del extranjero, ha demostrado, como lo anunciamos desde estas mismas páginas durante seis largos años, un rotundo fracaso.
En su tiempo dijimos que era natural que en el extranjero, en los países desarrollados como Estados Unidos, Japón, Inglaterra y Francia se alentara el proceso de privatización que se daba en México porque beneficiaba como nunca a los empresarios foráneos, al abrirles el gobierno las puertas de México de par en par y al ofrecerles empresas de la nación a precios de regalo.
Carlos Salinas fue la punta de lanza del neoliberalismo en la América al sur del Río Bravo, política económica que entregó a los consorcios de EU, Japón y Alemania, principalmente, la economía de nuestras naciones.
Se llaman sorprendidos muchos por la brusca devaluación del peso y la entrada de lleno a un proceso inflacionario que no sabemos cuándo puede detenerse, porque apenas unos días antes de entregar el poder, el gobierno de Carlos Salinas pagaba programas en la TV comercial (Televisa y Televisión Azteca) de una hora diaria, en las horas de mayor costo –miles de millones de pesos diarios– para mostrar las “bondades económicas de su gestión sexenal”.
Los méritos mayores que ensalzaban sus entrevistadores-exaltadores eran: alto a la tasa de inflación, crecimiento del PIB, disminución de la deuda externa e interna y credibilidad de los inversionistas foráneos, de tal magnitud que se habían roto precedentes en cuanto a la inversión extranjera directa. Estos programas obedecían al objetivo de ocultar hasta el último momento lo que trascendía de las mismas cifras oficiales del último informe:
a) Un déficit creciente en la cuenta corriente que en los últimos tres años ascendía a 76,000 millones de dólares.
b) El crecimiento sistemático de la deuda externa total, del sector público, de la banca privada, del sector privado y de los bonos con garantía en pesos al tipo de cambio en dólares al momento de su adquisición (tesobonos).
c) El desempleo real creciente apenas disimulado por el comercio ambulante al que fueron arrojados millones de trabajadores despedidos de sus empleos en aras de la modernidad que trajo la venta de las empresas de la nación a la iniciativa privada.
d) Una descapitalización dramática del campo, que lanzó a las ciudades y a EU a millones de campesinos sin tierra y sin trabajo.
e) La pérdida del poder adquisitivo del salario, que aumentó año con año a partir de 1982.
f) El desplome de la reserva monetaria en 1994, de más de 24,000 millones de dólares a menos de la mitad a fines de noviembre, y
g) Que por dar preferencia a la construcción de carreteras de lujo se abandonó casi por completo la construcción de caminos secundarios y vecinales para hacer llegar los productos del campo a sus centros de consumo.
Es evidente que Salinas conocía la delicada situación de la economía nacional y que la acumulación del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos no podía cubrirse sino con inversiones foráneas o con nuevos créditos. Sabía que la deuda externa real era la mayor de América Latina, que el peso estaba sobrevaluado y que las inversiones extranjeras directas en su mayoría (más del 70% eran inversiones especulativas) podían retirarse del país en breve lapso.
Lo recomendable era devaluar en abril, después del asesinato de Luis Donaldo Colosio. No se hizo y se aconsejó desde diversas instancias que el ajuste cambiario se diera más tarde, en octubre, después del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Tampoco se atendió ese llamado a la cordura económica. Salinas sacrificó todo a su ambición personal de alcanzar la presidencia de la OMC y dejó la bomba de tiempo a Zedillo. Pensó que la devaluación, inevitable, podría esperar hasta después de diciembre, cuando ya se hubiera decidido quién presidiría la OMC.
Ahora Ernesto Zedillo asume la devaluación. Es su responsabilidad, dice, no de la administración pasada. Se sabe dependiente de la economía de los EU. El gobierno de William Clinton entiende la importancia de impedir que México se suma en una crisis total. Es su punta de lanza para penetrar las economías del sur. Hay que defenderlo mientras sea posible. Y trata de detener la caída vertical del peso. Hasta ahora, 11 de enero, el tipo de cambio último es de 5.90 pesos por dólar (es lo que pago por cada dólar al salir a Brasil a la reunión de la Sociedad para el Desarrollo Internacional), pero se ve difícil predecir hasta dónde va a llegar la disminución del valor del peso.
La credibilidad del gobierno dentro del país está en el nivel más bajo de las últimas décadas, y en el exterior, por más que Clinton se esfuerce en apoyar al gobierno de Ernesto Zedillo, los inversionistas tampoco le creen. Una evidencia la dio la puesta en venta de tesobonos la semana pasada. Fueron desairados por completo.
Y es natural que haya tanta desconfianza. El dinero que el gobierno tiene que desembolsar por los llevados y traídos tesobonos asciende en este año, solamente, a 29,000 millones de dólares. ¿De dónde van a salir esos dólares si por todo el petróleo que exportamos apenas ingresan al país 7,000 millones? La deuda externa total ronda ya los 150,000 millones de dólares –la más alta de América Latina– y se habla de la imperiosa necesidad de obtener nuevos créditos por 18,000 millones de dólares para equilibrar el déficit en la cuenta corriente.
Pero esa cantidad no basta para pagar siquiera los tesobonos si, como se supone, quienes los tienen no aceptan mantener su inversión en ellos. Será necesario renegociar la deuda aplazando su pago por algunos años.
Hay miles de empresas de todos tamaños, micro, pequeñas, medianas y grandes, que están a punto de declararse insolventes porque su deuda es en dólares.
“Los empresarios nos autoengañamos al apostarle al proyecto macroeconómico y a la continuidad de la administración salinista”, dijo el coordinador del Consejo Coordinador Empresarial, Luis Germán Cárcoba García, en Guadalajara, el 11 de enero. Salvador López Negrete, presidente de la Canaco, en reunión de evaluación del programa emergente de Zedillo, advirtió que muchos “acreedores, incluidos los bancos, no podrán cobrar sus cuentas porque en estos momentos no hay dinero que alcance”. Y dijo que la actitud empresarial respecto del gobierno no será de sumisión ni de subordinación, como ha sido.
En verdad ocurrió en estos años del salinato lo que suele pasar cuando un gobierno se entrega a los intereses económicos del extranjero y con inteligencia participa de los beneficios económicos a un grupo numeroso de sus amigos. Como “salpica” de las utilidades, “convence”. Carlos Salinas y su equipo, que ahora en su mayoría, hay que decirlo, está en el gobierno de Zedillo, él mismo destacado miembro de aquel equipo, se lanzaron a rectificar el rumbo de la nación por la vía del neoliberalismo, al que llamaron liberalismo social. Liberalismo a secas con la incorporación de las medidas populistas de la llamada solidaridad. Llamaron al mundo a invertir en México y para atraer capitales pusieron todo en venta. Las empresas de la nación fueron privatizadas una a una sin excepción. Cuidaron que Pemex pareciera quedar en manos del gobierno todavía, pero la partieron tanto que sólo dejaron la extracción de crudo y de gas como tarea exclusiva del Estado. La petroquímica toda se volvió secundaria por la vía fácil de cambiarle el nombre a la básica y llamarla secundaria. Se hallaron vericuetos en la ley para permitir la exploración, la distribución y la comercialización de los hidrocarburos a los particulares. Lo mismo se hizo con la generación de electricidad. Nada quedó en realidad bajo el control del Estado. Ni puertos, aeropuertos, presas y carreteras. Sólo los ferrocarriles, viejos y abandonados.
Obtuvo esta pandilla de gobernantes desnacionalizados pingües beneficios por la venta de México: 17,000 millones de dólares se dijo alguna vez, que fueron a parar a un fondo de contingencia que al parecer resultó un barril sin fondo. La política electoral triunfal del régimen se sufragó en gran medida con estos recursos a través de Solidaridad. Y el buen éxito se pudo medir también en la confianza que generó en el exterior. Vinieron por supuesto inversionistas extranjeros. Las empresas de la nación se compraron fundamentalmente con papeles de la deuda externa mexicana, los famosos swaps. Los dólares frescos llegaron a la bolsa de valores, a la especulación, como capitales golondrinos, esos que pueden volar a la menor provocación, esos que no pagan impuestos. Esos que se fueron en diciembre y nos dejaron temblando. Luis Germán Cárcoba y muchos otros empresarios participaron en el juego y, como él acepta, se autoengañaron.
Pero no todos. Los más poderosos, los más cercanos a Salinas y los que más se le pegaron sabían el juego y ahora cuentan sus ganancias en dólares, no en pesos devaluados.
El peso de la figura presidencial en México es enorme. Cuando asume el poder se torna Ometecutli, Tonatiuh. Es omnipotente, todopoderoso, infalible. A Carlos Salinas le creyeron más porque, como Porfirio Díaz, convenció a los extranjeros sobre las bondades de nuestras leyes para invertir modificando las leyes al gusto de los inversionistas extranjeros. Y el gobierno de Salinas pudo así engañar a los pequeños y medianos empresarios con el señuelo de parar la inflación apretando el cinturón de los pobres, disminuir la deuda externa transfiriéndola a la iniciativa privada.
En su sexenio quienes se endeudaron más en dólares fueron los bancos, los empresarios y el gobierno, en pesos con tesobonos, una deuda externa disfrazada de interna.
Salinas debe responder. Pero Zedillo debe resolver. Queremos cuentas claras. Bien claras. Y otro rumbo para México.