Felipe Gálvez se deleita con la certeza del dato hemerográfico y con la anécdota puntual para entregar a los lectores el retrato biográfico de un reportero non de los cincuenta del siglo que fenece: Fernando Jordán, quien según cuenta la leyenda fue un enorme escritor.
Un redactador que rompió con los vicios periodísticos de su tiempo, pues él se forjó en el periodismo de viajes y de aventura, Jordán es el gran reportero que descubrió ni más ni menos que el otro México.
Por invitación de la inquieta editora Aide Grijalva, una fina amiga de Federico Campbell, Felipe Gálvez se embarcó en una ambiciosa empresa que tenía por meta indagar la vida de ese periodista ignoto.
Durante un año el investigador visitó a familiares, amigos y personas que tuvieron algún contacto o trato con el periodista Fernando Jordán. De esta forma la Universidad Autónoma de Baja California Norte reedita El otro México. Biografía de Baja California, con una prólogo-semblanza acerca del periodista desaparecido, redactada por Gálvez bajo el sugerente título de “Incursión a Jordán”. Además el académico prepara otro volumen de Jordán, Mar Roxo de Cortés. Biografía de un Golfo, libro inédito y de próxima publicación por la misma universidad.
“Mi interés por Fernando Jordán –recuerda el periodista, profesor e investigador de la UAM Xochimilco– surgió hace 20 años. Entonces era yo reportero de la revista Transformación de la Canacintra, y me ordenaron un reportaje sobre Baja California. Luego de un largo, inolvidable y aleccionador viaje por la península de California en busca de datos y temas me tope con el libro de Jordán y recogí testimonios de algunas personas que le habían conocido. Fue sorprendente comprobar que a todo lo largo de la península el recuerdo del reportero trashumante estaba presente y vivo, aunque el perfil de su persona no se llegaba a concretar en mi mente y su libro menos.
“Por esos días, una persona de la Canacintra me llevó a visitar el sepulcro del afamado reportero y me habló de una serie de versiones encontradas, de esas especies que inventa y esparce la voz popular acerca de por qué había muerto. Aún estaba a debate si quien yacía en aquella tumba era un suicida o un asesinado. Me dijeron que su deceso se había debido a una de varias causas probables: a una pasión erótica; a complicaciones de índole económica; al sentimiento de culpabilidad fruto de sus amores con la mujer de un amigo que luego de enterarse de la traición asesinó a su pareja. También me dijeron que probablemente lo habían mandado liquidar varias personas afectadas en sus intereses económicos, a causa de sus reportajes de denuncia. Esas y otras versiones calaron en mis oídos y otras, crudas y malintencionadas, de plano las deseché. Resultaban inverosímiles.
“Por último, un office boy de la Canacintra me dijo que tenía un libro sobre Baja California y me lo obsequió. Casualmente era el de Jordán que yo buscaba. Después de leer El otro México. Biografía de Baja California, localicé su otro libro y datos sobre el reportero. Platiqué entonces con personas que lo conocieron, como mi maestro Henrique González Casanova, Vicente Vila y don Arturo Sotomayor.
“Así que ahora, que me propusieron adentrarme y hacer acopio de todo el material que produjo a lo largo de ocho o diez años en que publicó, apenas tengo una visión global de su trabajo escritural (el cual abarca de 1945 a 1956) y de su vida. En esta fase del trabajo los auxilios de Jaled Muyaes, José Héctor Salgado y Helena Jordán han sido invaluables.”
–Según su indagación, qué pesaba más en él: ¿el oficio de periodista o la escritura literaria?
–Creo que ambas cosas. De una u otra manera Jordán era lo uno y lo otro a la vez: periodista y escritor. Y no podía ser de otra forma, él era un viajero sensible y comunicador, periodista trashumante que vivía literalmente con la casa de campaña a cuestas a fin de conocer cada rincón del país. Como escritor, Jordán probó tener una enorme preparación e innumerables lecturas. Un gran bagaje de referencias universales. Latía en él el deseo de la aventura pues era consciente de que ella había permeado, aún antes de la Odisea, a la historia humana. Jordán se nutrió con la lectura de textos de aventuras, en los libros de viaje de Conrad, Slocum, Dana Lamb, June Cleveland, Benjamín Subercaseux, Claude Ferrere, Alain Gerbault, Pere Loys, Pierre Loti, Giácomo Casanova, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Salgari, etcétera. Las lecturas sobre viajes le fascinaban porque deseaba ver mundo. Además lo desconocido le atraía y en él cifraba su accionar incesante.
–También era antropólogo, según entiendo.
–El hecho de haber estudiado antropología le permitió hacer durante su trabajo reporteril otro tipo de viajes. Periplos en el tiempo, hacia el pasado y el porvenir de México. Por ejemplo, hoy que vivimos la hambruna en la Tarahumara y la rebelión indígena en Chiapas, Jordán resulta un autor futurista que con absoluta autoridad y mucha antelación intuyó y vio hambruna y rebeliones en el futuro del país. Predijo el alzamiento en ciudad Madero, pues veía que las contradicciones se agudizaban en Chihuahua.
–¿Por qué Jordán es una figura notable del periodismo mexicano?
–En primer término por la actualidad de su estilo. Por esa forma que tiene para narrar y enfrentar la realidad. Ante Jordán, como los argentinos frente a los cantos de Gardel, no tiene uno otra que reconocer que “cada día escribe mejor”. Jordán tuvo la virtud de ser un redactor ameno y claro. Y sus libros no son meras bitácoras de viaje. Se trata de grandes reportajes, de crónicas muy ricas, que ofrecen al lector una ejemplar fotografía panorámica de la realidad social, económica y política de las regiones visitadas por él.
“Por otro lado, sus observaciones sobre el país lo llevan a vislumbrar un horizonte desolado e incierto para la nación. Desolación que se hermana con la propia, misma que le llevaría a la situación crítica, límite, de pegarse un balazo.
“No resulta descabellado imaginar que el periodista advirtiera: `Esto no tiene remedio’. En él hay un desencanto terrible. Jordán se suicidó no por miedo, sino porque era dueño de un enorme sentido autocrítico. Por eso se privó de la vida. Es claro que no se suicidan los bribones. No lo hace el negro Durazo ni lo harán los políticos y los empresarios mercachifles que saquean a la nación. Jordán renuncia a la vida porque tiene conciencia de que las cosas podrían ser mejor, pero las limitaciones y los vicios nacionales impiden concretarlas. La suya es una suerte de inmolación. Quizá la muerte de Jordán no sea un suicidio sino inmolación. El suicidio es quitarse de la escena. La inmolación, en cambio, sirve para llamar la atención de los demás. En este caso la de los nacionales. Es un `señores cobren conciencia de lo que nos ocurre, vean en qué abandono tenemos a Baja California, en qué desastre está Chihuahua cuando podría ser un vergel donde los hombres deberían ser plenos’. Jordán ve la desolación del indígena que se ve obligado a remontarse a lugares lejanos e inhóspitos. Eso lo vio él hace 50 años cuando vivió en la Tarahumara.
“Además, Jordán hace el recuento de otros grupos de extranjeros que han venido a residir en México. Visita la región del Nautla y va a San Rafael Jicaltepec, donde viven y se mutiplican familias de origen francés en una colonia fundada en 1881 por el loco Quinot. Llega a Chipilo, en Puebla, para enterarse de la comunidad de italianos provenientes de la región Veneta en Italia. Convive con los menonitas de Chihuahua y con unos emigrantes rusos que a principios de siglo fundan una colonia en Guadalupe, Baja California. Se da tiempo para ir a Coahuila para visitar a las comunidades de pieles rojas y de negros seminoles y mascogodos provenientes de los Estados Unidos y se da cuenta de que deplorablemente todas estas minorías, por lo menos en esos momentos, seguían siendo grupos de inmigrantes que no habían logrado sumarse a la gran corriente cultural del país.”
–¿A qué se debía ese afán suyo por descubrir el país?
–Jordán era un hombre cercano al sentir del pueblo. El con sus libros sobre Baja California, Chihuahua y sus reportajes sobre Chiapas y otras latitudes de la República descubrió otro México. El México profundo del que también hablan por momentos Carlos Bonfil Batalla o Fernando Benítez.
–En su opinión, ¿cuál es la causa de su suicidio?
–Es muy difícil conjeturar cuál de todas las causas probables es la determinante. Por eso en mi estudio preferí recurrir a una imagen literaria relacionada con un recuerdo de mi personaje. Jordán escribió en una carta que le envió a un amigo, y de la cual tengo copia, que tuvo un sueño perturbador en el que se besaba con Lupe Vélez. Un beso interminable cuyo oscuro significado no quería develar. Por eso es que termino mi ensayo diciendo que él se funde con Lupe Vélez en un abrazo sin fin. Porque ella, también suicida, parecería que finalmente se lo llevó, pues ambos coincidieron en ese largo largo, enigmático y abrupto adiós, y los dos ingresaron de golpe al borroso mundo de los muertos.
–¿Cómo podríamos resumir su vida?
–La vida de Jordán es la búsqueda de la soledad. Creo que su gran obsesión es la soledad. Ese ver en la soledad una vía para alcanzar la libertad. Cuando Fernando Jordán decide residir en un lugar remoto, en San Juan de la Costa, a cincuenta y cinco kilómetros por mar de La Paz, Baja California, va en pos de la mejor dote para un escritor: la soledad que libera.
“En busca de un lugar edénico, de un vergel en medio del desierto, ámbito que forja inmejorablamente la voluntad del que escribe. Y ahí pretende sembrar granos, legumbres y árboles de dátiles que le darán fortuna y prosperidad. Pero también en esa aventura fracasa.
“Fernando Jordán ante todo era un hombre de acción. Un Conrad, un Slocum, un Hemingway, un loco que en su febril accionar imagina que una de las islas desérticas de Baja California fue el escenario del que Robert Louis Stevenson se apropió para redactar su novela La isla del tesoro”.
–¿Qué pretendía como escritor y reportero?
–Creo que él, hasta cierto punto, hacía su propia imagen. La del primero y quizás último periodista mexicano de aventuras. Fernando Jordán ve en el ambiente periodístico de la ciudad un medio conformista, anquilosado y corrupto que es una especie de tapón insalvable en su búsqueda de libertad como reportero.
“Hoy que la televisión mira al mundo con su ojo ubicuo ya no podría florecer un reportero como él. Jordán resultaría inimaginable e incompatible con el periodismo actual. A todas luces sería inconcebible un reportero viajero que para escribir 200 cuartillas viajase de seis meses a dos años por un territorio con el propósito de redactar un recuento pormenorizado y documental de lo que vio, tocó y escuchó.
“Ahora abundan las personas ignorantes de los temas que se les encomiendan. Así como los redactores, cuya característica primordial es desconocer su idioma, los personajes y los asuntos que se tocan. El periodismo de hoy en raras ocasiones profundiza y ha dejado de lado al reportaje de viajes y a sus posibles creadores. A esa estirpe o especie de periodistas lamentablemente extinta a causa de la aplastante causa de la presencia de los medios. Los Jordanes, al igual que las revistas gráficas, entraron en agonía cuando la televisión fue a la luna y los reporteros no pudieron realizar ese viaje sin par.
“Aunque no dudo que tal vez de haber vivido en 1969, el mundo con azoro le habría visto pisar el suelo lunar en calidad de polizón en el viaje inaugural a la luna. ¿Quién se atrevería a decir no?”








