Tras la sacudida enorme que significó histórica y sociológicamente la Primera Guerra Mundial para su tiempo –cuyas consecuencias geopolíticas se resienten en la actualidad de modo palpable– la actividad de los directores de orquesta como puente entre la tarea creativa y el público en la sala de conciertos, comenzó a dividirse con aceleración gradual cada vez más pronunciada entre aquellos quienes estaban dedicados ante todo a hacer música, con vigor, eficiencia y expresividad, y aquellos que cultivaron un despliegue coreográfico sobre el podio optando por el glamour y los consiguientes fuegos de artificio.
Hacia los años cuarenta la situación se polarizó de modo marcado. Grosso modo puede afirmarse que Bruno Walter encarnó la minuciosa serenidad de quien en forma escrupulosa llevaba a cabo su trabajo interpretativo con devoción artesanal e imaginación simultáneas y Leopold Stokowski constituía el representante más visible de las antípodas, ubicadas en el dominio de lo espectacular.
Al correr del tiempo surgió hacia 1950 Leonard Bernstein como una figura capaz de fusionar ambas vertientes: deslumbrando a unos al tiempo que hacia nacer el deleite para otros. En cierta forma su gran rival Herbert Von Karajan emprendía una trayectoria análoga donde quedaban fundidas teatralidad e impecable eficiencia.
A su vez, Eduardo Mata adoptó en su admirable carrera como director de orquesta tal amalgama: Imposible soslayar el arrastre enorme que ejercía su personalidad magnética, tanto en el público como sobre los músicos de los conjuntos sinfónicos dirigidos por él, en incontables ciudades de varios continentes. En consecuencia su trayectoria tuvo invariablemente un brillo marcado: el éxito y reconocimiento sancionaron con frecuencia multiplicada un ejercicio profesional cuyo sello indeleble permanece con elocuencia en las numerosas grabaciones realizadas por él.
Entre éstas destacan las que hizo al frente de la Orquesta de Dallas a la que renovó por completo, infundiéndole un rigor, eficacia y cohesión hasta hacerla cobrar una estatura magnífica. Testimonio de esa etapa fecunda para Mata, resultan sus discos donde aparecen, principalmente, obras de Gershwin, Ravel o Stravinski.
Ahí, en la música del siglo XX, residía el territorio donde se localizaban sus mayores aciertos. Tal postura, así como sus dones manifiestos, lo llevaron a conocer el aplauso estusiasta de los públicos europeos. Porque, en medio de muchos otros acontecimientos notables, Eduardo Mata fue el primer mexicano en dirigir la Filarmónica de Berlín, antes de cumplir los 30 años.
Una de sus actividades más notorias, decisivas para la vida musical mexicana, residió en su trabajo al frente de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, cuya dignidad profesional erigió de manera combativa, creando así una respuesta ferviente del público juvenil que llegó al extremo de violar las consignas de seguridad, arrasando a su paso con la vigilancia, para desbordar aquellos locales donde se efectuaban las incandescentes sesiones dirigidas por él.
Mata aplicó ahí en términos propios, de manera inteligente, la lección recibida de su maestro Carlos Chávez: Numerosos estrenos al lado de obras proverbiales en el repertorio, muchas partituras mexicanas y una calidad sin cortapisas que se tradujeron en un apogeo memorable, objeto de comentarios vehementes, cuya intensidad no ha decrecido.
En estos últimos años uno de los sectores más importantes del trabajo de Mata cobró cuerpo en su colaboración con la Orquesta Juvenil Simón Bolívar de Caracas. Al frente de la misma Eduardo Mata hizo una espléndida serie de grabaciones con música escrita por compositores de Brasil, Cuba, Argentina, Venezuela y México. Este apostolado hacia el arte sonoro latinoamericano conoció algunos de sus mejores momentos al ejecutar partituras de Carlos Chávez y Julián Orbón: dos compositores a quienes admiraba de modo particular. Ambos fueron también objeto de sendas conferencias-concierto dedicadas a su obra en El Colegio Nacional, institución de la que Mata fue miembro destacado.
Al momento de escribir este obituario somero llega asimismo una noticia cuyo impacto se entremezcla con el producido por la muerte de Mata: Enrique Diemecke ha sido electo titular de la Orquesta de Nueva Zelanda. Se eslabonan así acontecimientos que pueden interpretarse a manera de metáfora, pues el día de hoy la figura de Diemecke resalta como el director representativo de su generación para México con una magnitud y resplandor como los que Mata tuvo en su momento culminante. Ambos directores eligieron como prueba de su madurez el mismo cielo: las sinfonías de Gustav Mahler interpretadas en su totalidad por el mismo conjunto: la Orquesta Sinfónica Nacional. Asimismo, sus destinos se cruzaron al dirigir en sucesión inmediata la Orquesta de Nueva Zelanda, disfrutando de una cálida acogida similar. Una vez más: pretérito y presente quedan vinculados en forma indisoluble, paradójica.
Eduardo: Gracias por todo lo que recibimos de ti, por el dinamismo y evolución que supiste imprimir a nuestra azarosa vida musical en México.
(*) El director de orquesta, nacido el 5 de septiembre de 1952 en la Ciudad de México, falleció en un accidente cuando piloteaba su propia avioneta el miércoles 4 poco después de las 8:15 de la mañana, a cuatro kilómetros del aereopuerto de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, de donde acababa de despegar. Lo acompañaba su compañera Marina Anaya, y se dirigían a Dallas, Texas, vía Monterrey. El día 5, de 12 a 14 horas, la comunidad artística lo despidió con un homenaje en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, donde interpretaron piezas del siglo XX los grupos artísticos del INBA, y un mariachi tocó “El huapango”, de Moncayo y “El son de la negra”, a petición de la familia del músico reconocido internacionalmente.








