Escribí hace quince días en Proceso que un ciclo de la política económica se había agotado, pero no pude anticipar la profundidad y extensión del problema, lo que me llevó a pronosticar, en amigable charla con don Julio Scherer y Froylán López Narváez, que la inestabilidad generada por la devaluación de diciembre podría ser superada en cosa de meses.
Hoy no puedo sostener tan optimista visión: Nuestra economía ha entrado, lamentablemente, al tobogán que conduce al ciclo recesivo con inflación; el gobierno ha optado por atajar lo segundo y asumir los costos de lo primero.
El problema se agudizó por la torpeza inicial, y luego por la dilación y ausencia de claridad del discurso. El primer programa de ajuste no aguantó ni siete días; su deficiencia mayor estribó en no reconocer la magnitud del problema y en proponer como solución recetas propias de una economía cerrada. El error costó el cargo a Jaime Serra, lo que no fue suficiente para detener la debacle, y el nuevo programa tardó demasiado.
Lección primera: la economía no puede ser tratada con idénticas fórmulas que la política; lección segunda: tan importante como la capacidad de concertar es la fortaleza y oportunidad para tomar las decisiones. En aras de la negociación multisectorial, con personajes de dudosa representatividad, el gobierno perdió un tiempo precioso; dejó correr la especulación, tanto financiera como de expectativas, de modo tal que cuando el programa de emergencia fue dado a conocer el sobredimensionamiento de expectativas dañó su credibilidad.
El diagnóstico gubernamental no es erróneo, pero es incompleto. En el origen está, efectivamente, un déficit externo imposible de financiar, visto el comportamiento de los mercados internacionales de capitales, situación que hasta mediados de 1994 pudo ser parcialmente compensada acudiendo al expediente de altas tasas de interés internas para atraer capital de corto plazo.
La pregunta es si el déficit externo era inevitable, o si habiéndolo previsto era posible de compensar a tiempo. La respuesta a ambas preguntas es afirmativa: sí fue posible evitar un crecimiento tan explosivo del déficit, en particular después del 1º de enero de 1994, ya entrado en vigor el TLC. ¿Cómo? Mediante la combinación de dos tácticas de corto plazo: abriendo la banda de flotación del peso, de forma tal que la excesiva presión de demanda importadora encontrara un freno en el tipo de cambio, y con políticas explícitas destinadas a fomentar la utilización de la capacidad instalada para aprovechar el costo de oportunidad que brinda el diferencial de salarios y de esa manera empujar una estrategia de sustitución de importaciones no violatoria de las reglas pactadas en el TLC.
Nada de ello se hizo; por el contrario, la política del Banco de México no pudo ser más riesgosa: dolarizó la deuda interna del gobierno federal emitiendo Tesobonos (bonos de tesorería documentados en dólares al tipo de cambio libre garantizado) hasta alcanzar la inmanejable cifra de alrededor de 25,000 millones de dólares, de los cuales 7,000 millones vencerán en el curso de los próximos 60 días, y el resto antes del fin de año.
Una parte considerable de esas colocaciones está en manos de fondos de pensión norteamericanos o de inversionistas individuales de ese mismo país.
Como toda burbuja financiera, ésta también terminó por reventar. El error más grave de Jaime Serra consistió en ampliar la banda de flotación sin tener fichas (reservas) con qué jugar; el pánico fue la reacción inmediata e inevitable. De manera que resulta inexplicable. Los artífices de la apertura externa, de la inserción plena de México en la economía mundial, reaccionaron frente a la emergencia como si estuviésemos en los setenta. Asumir plenamente la realidad de una economía interdependiente y globalizada, cuya ubicación regional está fuera de discusión, es requisito sine qua non para arribar a un diagnóstico completo y al diseño de las políticas que permitan superar la crisis.
Seguimos queriendo encontrar en nuestros problemas internos, cuya magnitud es evidente para nosotros pero no para los extranjeros, la causa de las fluctuaciones de nuestros mercados financieros; salvo hechos extremos (p.e. 23 de marzo, muerte de Luis Donaldo Colosio), un comparativo del comportamiento de los índices de precios y cotizaciones de las bolsas de valores de Nueva York y México revela una notable sincronía, cuyas desviaciones se corrigen en cosa de días. ¿Qué revela esa sincronía?: Una nueva circunstancia: México ya forma parte de la cadena mundial en la que se unen las economías industrializadas de occidente, lo cual, por cierto, no significa entrar al sueño guajiro que llevó a Salinas a sentirse parte del Primer Mundo, sino simplemente a ubicarnos en la nueva realidad que una década de transformaciones produce como saldo.
Si antes decíamos que cuando Estados Unidos estornudaba, a México le daba pulmonía, hoy podemos decir que si nos da pulmonía, a Estados Unidos le puede dar catarro. Pero más allá de la metáfora, lo cierto es que sin asumir la interdependencia de los mercados y la astringencia financiera que a nivel mundial ha impuesto la política de la Reserva Federal norteamericana, será más difícil encontrar salida a la crisis que padecemos.
Esa es la nueva circunstancia en que operan México y su economía; de ahí el enojo de la comunidad financiera internacional por la falta de consulta, por la carencia de información respecto de las medidas adoptadas en diciembre por el gobierno mexicano. Si el apoyo de 18,000 millones de dólares que en pocas horas fue concertado entre Estados Unidos, Canadá y Europa para la operación de salvamento del peso mexicano hubiese precedido al anuncio de la apertura de la banda de flotación, quizá, subrayo la hipótesis, el pánico no hubiese cundido y el margen de maniobra hubiese sido menos estrecho.
Ese apoyo, diseñado como soporte al fondo de estabilización del peso, no debiera dar lugar a nuevas decisiones privatizadoras que buscando resolver el problema de caja terminaron por malbaratar el patrimonio nacional. Conviene recordar que de los más de 40,000 millones de dólares obtenidos en el sexenio anterior por la venta a granel de las paraestatales y los bancos no queda nada.
En términos financieros el problema inmediato es cómo hacer frente al compromiso de corto plazo que representan los 7,000 millones de dólares de Tesobonos que vencerán en el curso de los próximos 60 días. Una salida es utilizar parte del megacrédito para hacerle frente, otra es recurrir a swaps que permitan reconvertir deuda por activos en aquellas áreas como puertos y ferrocarriles en las que se ha tomado ya la decisión de abrirse a la participación de capital privado, nacional o extranjero. Creo que el gobierno debería optar por una combinación de pago y swaps, lo primero para no provocar una estampida mayor, lo segundo para reducir presión sobre las reservas. Reeditar los mexdólares de 1982 se antoja suicida por el costo que en materia de pérdida de confianza tendría aparejado.
El miércoles 4 por la noche, el Banco de México y Hacienda, por separado, dieron a conocer las nuevas metas macroeconómicas para 1995 derivadas del acuerdo de emergencia. Lo notorio: el PIB crecerá en 1.5%; la tasa de inflación diciembre-diciembre será del 19%; el tipo de cambio promedio se estima en 4.50 por dólar; el déficit en cuenta corriente será del 4.2% respecto del PIB, y las finanzas públicas registrarían un superávit equivalente a 0.53% del PIB. En paralelo, se anunció la firma de un acuerdo de facilidad ampliada entre el gobierno mexicano y el FMI, sin dar razones convincentes acerca de esa medida.
Es positivo que el gobierno haya dado a conocer finalmente la cifras marco que como metas se fijan para el presente año, porque permiten fijar expectativas; podemos o no creer en la viabilidad de esas metas, pero tenemos horizonte para guiar las decisiones. Ahora bien, nada garantiza que esas metas vayan a cumplirse a pie juntillas; debería insistirse en ello para no generar nuevas y dolorosas decepciones, o nuevas solicitudes de juicio político.
Mientras el precio del dólar no encuentre un nivel estable, dentro de una banda de flotación defendible, la incertidumbre respecto de inflación y comportamiento general de la economía proseguirá. En esta materia no hay demasiadas opciones: Si se logra reducir la presión de los Tesobonos, entonces la reserva internacional, fortalecida por los créditos externos, deberá utilizarse como instrumento estabilizador de la paridad.
Si en el más corto plazo no se lograra llevar al peso a niveles cercanos al valor promedio establecido para el año, resultará pertinente estudiar la factibilidad de reimplantar un mercado dual de divisas, bajo el esquema que prevaleció en años recientes, ello con el objetivo de proteger las actividades productivas de violentas fluctuaciones cambiarias y dejar que la especulación juegue su propio riesgo.
El otro reto es proteger el nivel de actividad económica e impedir que la inflación vuelva a desbocarse. Es cierto que el más elemental realismo obliga a aceptar que la meta de 4% del PIB en 1995 era imposible de sostener; el problema ahora es crear todas las condiciones que hagan posible la nueva meta del 1.5% y analizar con detenimiento si es compatible con el ajuste del sector externo, la protección del empleo y una inflación que, estimada en 19%, no sea incompatible con la estabilidad cambiaria. Parece el reto de hacer que el círculo cuadre, pero en realidad es un poco más difícil.
Obviamente no tengo la solución al problema; creo que al “acuerdo de unidad para superar la emergencia económica”, así como a las nuevas metas macroeconómicas, les sobran buenas intenciones y les faltan instrumentos; por ello sugiero un camino: dotar a cada objetivo del instrumento concreto de política económica que lo haga factible.
En el mediano plazo la única salida estable es reducir el déficit externo a niveles financiables de manera sostenida, ello, como lo sabe Perogrullo, tiene dos vías que no son incompatibles: reducir importaciones y aumentar exportaciones. Lo primero vendrá en forma inmediata por la devaluación, pero puede arrastrar a la economía a la recesión, lo cual daría al traste con la posibilidad de aprovechar la ventaja que otorga a las exportaciones mexicanas un peso evidentemente subvaluado. Por tanto, deberán privilegiarse las actividades económicas que reúnan cualquiera de dos requisitos: tener potencialidad exportadora, destinando a ellas, de ser necesario, divisas a precio controlado para importar sus insumos, o fomentar la utilización de insumos nacionales; e impulsar a aquellas que no requiriendo insumos importados y contando con capacidad ociosa puedan aprovechar el costo de oportunidad que otorga la nueva paridad cambiaria para competir, vía precio, en el mercado nacional con las mercancías importadas.
Es imprescindible una política multisectorial de fomento, que reclamará una nueva etapa de acuerdos puntuales entre el gobierno y los sectores productivos, mediante el despliegue de todos los instrumentos e instituciones del sector público. Llevar el Acuerdo al nivel micro para atender potencialidades a empresa por empresa, productor por productor; fijar compromisos en materia de empleo, precios, producción, exportaciones, sustitución de importaciones, uso de las divisas, puede parecer inalcanzable, pero es quizá la única forma de pasar de las buenas intenciones a una política activa, y sobre todo creíble.








