La devaluación, con sus demoledoras consecuencias, permanece en la cresta de la noticia, del interés y de la angustia nacional. Desde la información, hay desaseo en las formas que provoca críticas y desconciertos. Un ejemplo reciente lo confirma. El lunes 2 se anunció para las seis de la tarde un mensaje a la nación del Presidente de la República, pero se pospuso, en diferimientos sucesivos, hasta el día siguiente.
No es sólo un problema de agravio a la puntualidad, sino que acusa improvisación y frivolidad en un problema que desquicia el orden económico y provoca, frente al horizonte, graves sobresaltos que acosan la vida cotidiana de los mexicanos.
Adicionalmente, provoca críticas la falta de consistencia y solidez en la redacción del Pacto, el manejo impreciso y suelto de las definiciones, clarificación de conceptos y precisión de calendarios, y mientras tanto la vida económica del país se paraliza frente a la irresponsable ausencia de reglas y procedimientos para el manejo de la crisis.
La paridad que se deja en libre flotación acusa comportamientos pendulares que vuelven imposible el manejo de la vida personal, y de los negocios. Y más allá del desaseo en las formas, el gobierno da testimonio de fría insensibilidad frente a la frustración y el dolor del pueblo, o lo que es peor, de titubeos en el manejo del timón.
Pasan los días y la flotación del peso frente al dólar se mantiene entre bandazos y desconciertos, es un péndulo que oscila sin ritmo y sin concierto y no da señales de regreso a la armonía y la seguridad de una economía que transite del desquiciamiento a la tranquilidad.
Frente al dramático desorden y el sobresalto en el doloroso y angustiado vivir cotidiano, viene a presencia como amenaza, como sombra, como testimonio de un sistema político en franca decadencia y agotamiento, la frase pronunciada hace doce años por el presidente José López Portillo frente a una crisis desatada en la agonía del 82, que es hoy en su perfil, en sus orígenes, en sus consecuencias, en su manejo, copia fiel y exacta de la de entonces: “Soy responsable del timón, no de la tempestad”. Forma y fórmula irresponsable y comodina de endosar a la tempestad, ira sobrenatural, la frivolidad, y el mesianismo y la ineptitud en el manejo de la nave durante seis años de anuncios proféticos sobre abundancias idílicas.
Los mexicanos vivimos la cuarta crisis en veinticinco años, que reduce a cenizas los esfuerzos realizados por nosotros, el pueblo, habitantes de este país, constructores infatigables de la nación, sujetos y protagonistas de una herencia que es patrimonio y desafío para entregarla, acrecentada, a los que llegan en la cadena milenaria del hombre sobre esta tierra cuya fe de bautismo es México y cuyo contenido esencial es Patria.
Y la verdad, este regreso sexenal al punto de partida provoca desaliento, ira y desesperanza. Hoy, como en 1976, 82, 88, 94, buscamos, en la cresta del enojo desesperado, la identificación de los culpables. Y en este Quinto Imperio, el Priato que desborda sobre el tiempo al de Iturbide, Santa Anna, Maximiliano y Díaz, pedimos la cabeza del Presidente Emperador que se va y nos deja como cosecha de su tránsito sobre el poder, otra crisis, siempre igual en su raíz y su perfil, que se ha vuelto sobre la historia desasosegada del Priato rutina y tradición.
Cada seis años la promesa inicial del paraíso, y cada seis años el mismo desenlace monstruoso y desolador del desastre y de las ruinas.
Hoy como entonces, como siempre, frente a la rutinaria tempestad sexenal, se levantan las voces que en santa ira piden el juicio político para el Presidente que se fue. Y tienen razón, pero el juicio y el castigo para el Presidente no agotan el inventario de quienes debieran comparecer al Gran Jurado para dar cuenta de su participación en el desastre sexenal. Son, siempre, iguales, idénticos, los mismos. En primer término, sórdida lista de las complicidades, el Congreso a quien la Constitución, en sabia previsión, le otorga la facultad irrestricta de aprobar el presupuesto, revisar la cuenta y vigilar la actuación del Presidente de la República. Debe ser en la prudencia republicana de los frenos y los contrapesos, vigilante y guardián del quehacer presidencial en el manejo de la economía. Y en la realidad imperdonable, irritante, irresponsable y monstruosa, ha renunciado a sus facultades y se ha convertido en sacristán que provee, por toneladas, el incienso para quemarlo en los altares del culto a la personalidad del Ejecutivo en turno.
Son cómplices, en el desastre rutinario y sexenal, los medios de comunicación, sumisos, zalameros, prontistas, aduladores, portadores de charolas para cobrar las facturas de la entrega y la servidumbre, cuyo oficio es destacar todos los días hasta el aburrimiento, hasta la intoxicación, hasta el asco, las excelencias y virtudes sobrenaturales del santo en el altar.
Son cómplices los hombres de la fortuna que, por sí y a través de sus personeros en las instituciones que los aglutinan y representan, aplauden hasta el enrojecimiento de las manos la tarea cotidiana del Emperador; aprueban, con elogios y emociones, el decir y el hacer cotidiano; subordinan su ambición y gula de riqueza a la responsabilidad indeclinable del liderazgo en la construcción del México justo, equitativo y bueno que como mexicanos privilegiados están obligados, en gratitud y solidaridad, a construir.
En fin, son cómplices protagonistas y corresponsables del desastre rutinario y sexenal, quienes con sus silencios, sus perezas, sus omisiones, sus egoísmos, han dejado transcurrir su vida personal contemplándose embelesados su ombligo pensando que es el centro del universo.
Todos estos cómplices merecen comparecer frente al Gran Jurado de su conciencia y de México.
Y en las crestas de estas rutinarias crisis sexenales que ya son consubsistenciales al estilo y perfil del Quinto Imperio, el priato, el Emperador que llega nos endosa al pueblo la misma receta comodina: el sacrificio. Que el pueblo justo pague los pecados del priísmo inepto, corrupto, esclerótico y agotado.
Y frente a la cuarta crisis, la lección y el desafío: dinamitar el providencialismo presidencial para construir sobre sus escombros, en recto oficio de pueblo, el México de las instituciones.








