A los del Angel y a todos los demás
El obispo Samuel Ruiz ha levantado su ayuno; después de quince días juzgó que se están dando “en ambos contendientes, serias actitudes hacia una solución pacífica” y que “la dinámica de la guerra empieza a alejarse”. Otros ayunantes que lo han acompañado –los del Angel de la Independencia y de muchos grupos del país y del extranjero– han decidido continuar su ayuno hasta que, a su juicio, se consoliden las actuales esperanzas.
No es posible presenciar con indiferencia este gesto público, de trascendencia nacional; este ayuno no sólo interpela a las partes directamente implicadas –el gobierno y el EZLN– sino invita a toda la sociedad mexicana a respaldar la búsqueda de la paz. Su mensaje es claro: todos somos responsables de trabajar por la paz, y debemos hacerlo a partir de ciertos valores que el propio ayuno está ejemplificando.
Desde Gandhi, y mucho antes desde los profetas bíblicos, el ayuno ha sido un recurso extremo de interpelación o impugnación. Rehusar el alimento por propia decisión y en forma indefinida hasta que se alcance lo que se postula ha sido recurso del débil ante el poderoso para exigir justicia o manifestar inconformidad. En su lenguaje simbólico y real, el ayunante lanza un mensaje inconfundible: pone su vida en la balanza del conflicto, la entrega como argumento último de su honestidad y congruencia, y arguye desde su propia debilidad generando una fuerza de la que carece el interpelado. Como decisión de conciencia, el ayuno es un acto terriblemente solitario; como anuncio público repercute en solidaridades y cuestionamientos. Quien ayuna ejerce contra sí mismo una violencia sacrificial, a la vez que proclama el rechazo a toda violencia contra los demás. Esgrimido como medio de resistencia pacífica, se ha mostrado eficaz porque exhibe la irracionalidad y brutalidad del agresor; aplicado como arma política, ha manifestado la vulnerabilidad del poder cuando se le enfrenta a decisiones de carácter moral.
En el caso de este ayuno por la paz es importante desentrañar su significado: ¿a quién interpela? ¿Qué se propone conseguir? ¿En qué radica su eficacia? Para mí, este ayuno dice dos cosas: que la paz depende de todos nosotros, y que debemos construirla con los valores y actitudes que el propio ayuno está proclamando. Por esto su mensaje seguirá siendo actual aún después de que los ayunantes decidan levantarlo; por esto también los ayunantes del Angel han podido decirle a don Samuel que saben que él, el obispo, continuará su ayuno de siempre, “el de los últimos 35 años, que ha acompañado tu caminar, tu dedicación al trabajo y al servicio de los pobres”.
En los comunicados de los ayunantes, el ayuno se presenta como testimonio de que la paz debe buscarse a partir de ciertos valores: algunos son de naturaleza política o social, otros específicamente religiosos.
El ayuno es “reclamo de justicia” y “protesta por el hambre obligada de nuestros hermanos”, afirmaba el obispo al iniciarlo; con ello se proclama que la paz verdadera tendrá que fincarse en acuerdos de fondo que resarzan los agravios cometidos contra los indígenas, respeten los derechos territoriales de sus comunidades y reconozcan la justa autonomía de sus pueblos.
El ayuno se invoca también como signo de solidaridad; quienes lo emprenden intentan sensibilizarnos a la necesidad de que la paz que se pacte con los rebeldes respete sus derechos, acepte la igualdad fundamental de todos (superando el racismo que tenemos arraigado los blancos y mestizos) y se proponga construir un país en el que quepan todos los que hasta ahora hemos excluido.
El ayuno ejemplifica también, con su impugnación inerme y serena, el recurso a la no violencia, no sólo como táctica de presión sobre las partes en pugna, sino como fe en que los conflictos humanos pueden superarse apelando al convencimiento y a la conciencia.
Los ayunantes dan a su gesto otros significados de orden religioso, que constituyen condiciones profundas de la búsqueda de la paz: para ellos es medio “de penitencia y purificación”, con el que se reconocen las propias culpas que han obstaculizado la paz; es “oración” que suplica a Dios que inspire en todos los actores implicados el espíritu de reconciliación; es avance hacia una sociedad fraterna donde todos los hombres nos reconozcamos como hijos del mismo Padre; y es “donación de sí” que construye, de una manera misteriosa que se capta sólo desde la fe, el mundo de la justicia. Que sean bienaventurados los que aman la paz; es verdad que pueden entenderse desde estas perspectivas de oración, penitencia silenciosa y autoinmolación, perspectivas que a veces se tergiversan o malinterpretan por quienes no han tenido experiencias religiosas personales, pero que aparecen como constantes en la historia secular de casi todas las religiones.
En suma, los ayunantes nos invitan a apropiarnos de las condiciones que hacen posible la paz. Como otros signos a los que los hombres atribuimos la virtud de operar lo que simbolizan, este ayuno puede entenderse como gesto sacramental que no sólo simboliza la paz que se desea, sino que la está produciendo por los valores que proclama; quizás sea por esto por lo que don Samuel hablaba del “significado radical” de su ayuno.
Podemos sumarnos a este ayuno (por ejemplo en alguna de las jornadas de tiempo limitado) o no; podemos percibir sus significados religiosos o sólo otros más inmediatos; lo importante es captar su mensaje esencial: que la paz en Chiapas y la justicia en todo el país son asuntos de todos, y requieren de cada uno de nosotros compromisos de conciencia.
En estos días en que con razón nos preocupan las reservas del Banco de México, es confortante reflexionar en que el país tiene otras reservas más importantes, humanas y espirituales, para afrontar su futuro.








