Juicio a Salinas

No se recuerda en la historia moderna posterior a la Revolución olvidada de 1910, una actitud más desleal para México que la de Carlos Salinas y su equipo de doctos tecnócratas.
Ese equipo, encabezado por el mexicano-francés José Cordoba, resultó un grupo de mexicanos preparados en el extranjero para entregar a México a los intereses económicos de Estados Unidos. Si no lo planearon así, les resultó de todas maneras a pesar de las advertencias y protestas que hicimos desde el inicio de su gestión decenas de analistas en la prensa escrita, radiada y televisada.
Tampoco se tiene memoria de mayor deslealtad de un presidente saliente para el equipo que deja al mando del país. Carlos Salinas sacrificó todo en aras de su ambición personal de trascender en lo político y de asegurar su posición en lo económico.
Para lograr encumbrarse, Salinas no escatimó esfuerzo alguno. Al iniciar su gestión encarceló a dirigentes obreros, empresariales y funcionarios públicos para ganarse la confianza pública. Abrió de par en par las puertas al mercado extranjero para dar confianza a los gobiernos de EUA y Canadá para lograr la firma del TLC. Conquistó a las cúpulas empresariales quienes actuaron con él, amafiados, no importándoles el daño que hacían a sus agremiados. Debe saberse que los empresarios dizque representados por ellos los condecoraron con el título de los “cortesanos”. Entre éstos destacaron Luis Germán Cárcoba, Gutiérrez Camposeco, Madáhuar, Dájer, González Quintero, Del Valle, Hernández Ponds, Cortina, Terrones, Cevallos, Vega Iñiguez y Calderón, según los enlista el reportero Luis Soto, de El Financiero.
A todos participó Salinas de los beneficios de la mafia que se constituyó en torno a él. Los anteriormente mencionados, junto con los grandes empresarios de la ICA, Bufete Industrial, Protexa, Tribasa, empresas constructoras que en el sexenio aumentaron sus utilidades como nunca, los grandes empresarios que amasaron fortunas inimaginables como Carlos Slim y Emilio Azcárraga, estuvieron todo el sexenio elogiando a Salinas, Aspe y Serra Puche y fueron promotores incansables del modelo económico que practicaba Carlos Salinas. Todos ellos dijeron siempre, hasta los últimos días de noviembre, que el peso estaba más firme que nunca.
En el sexenio salinista, las cúpulas se unieron, la de los empresarios, la de las clases laborantes, campesinos, obreros, empleados, y la gubernamental, para decidir a espaldas del pueblo el rumbo que tomaba la nación en lo político, lo económico y lo social. La simulación de democracia se dio en lo político al aceptar el gobierno algunos cambios, algunas reformas, pues hay ahora consejeros ciudadanos, tribunales electorales; también se crearon alternativas populistas como Pronasol y Procampo, pero los pactos entre los sectores productivos siguieron dándose a espaldas de los sectores utilizando para hacerlo precisamente a esas cúpulas amafiadas. Las reuniones en Los Pinos para aprobar tales pactos se tornaron carnavalescas.
La última, una farsa que aprobó que los trabajadores se sigan sacrificando para sacar al país de la crisis, una farsa dolorosa que concluyó simbólicamente con el presidente y un dirigente empresarial soportando el peso del cacique mayor obrero de 94 años para tratar de ponerlo en pie, pues ya no puede hacerlo por él mismo.
Al malestar de los obreros, empleados y campesinos por la situación económica que sufre el país, se suma la de los cientos de miles de pequeños, medianos y grandes empresarios, agricultores, pescadores, ganaderos, comerciantes, amas de casa, profesionistas, artistas e intelectuales que observan cómo crece la miseria del pueblo a la par que se concentra la riqueza en unas cuantas familias. La indignación sube de tono cuando la prensa informa que el principal responsable de este caos económico se pasea por todo el mundo como jeque árabe dueño de pozos petroleros, rodeado de ayundantes y comodidades para promoverse como candidato a la presidencia de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y que el secretario de relaciones exteriores Angel Gurría Ordóñez cabildea en los foros internacionales, con recursos de la nación, promoviendo a Salinas para la presidencia de la OMC.
La devaluación hace que el dólar cueste ya entre 5 y 6 nuevos pesos. EL mercado nacional está inundado de bienes producidos en muy diversos países, por lo cual la ropa, zapatos, medicinas, comestibles, artículos para el hogar y toda clase de insumos de las pocas industrias que producen bienes para el consumo directo de la población, suben de precio a la par que el dólar, y ocasionan un aumento en los precios que disminuyen notablemente el poder adquisitivo del salario real de los mexicanos, que se sigue pagando en pesos y que, de acuerdo al último pacto cupular celebrado en Los Pinos, es la única mercancía a la que se ha convenido en mantener constante en el precio.
Así las cosas, el empobrecimiento de la mayoría de la población es la consecuencia directa e inmediata de la devaluación. A más largo plazo, vendrán los cierres de empresas que no podrán pagar sus deudas en dólares porque tuvieron que comprar los bienes de capital fuera del país. Y con los cierres crecerá el desempleo.
La apertura comercial que se dio en México desde hace doce años y su liberalización casi completa en el sexenio pasado, arruinó a cientos de miles de pequeñas, medianas y grandes empresas que pusieron en la calle a sus empleados. La falta de trabajo asalariado se disimuló con la posibilidad que hubo de que los desempleados se dedicaran a la venta de productos de importación en las calles y plazas del país. Pero la sistemática destrucción de la planta productiva que produjo la apertura comercial y el TLC saturaron ese mercado ambulante y ahora con la devaluación se encarecen los bienes que se venden en las calles y a la vez se disminuye la capacidad de compra de la población.
Es ya un lugar común decir que los expertos en economía señalan que la sobrevaluación del peso existía desde principios de 1994, después del alzamiento del EZLN. Señalan que el ajuste cambiario debió haberse dado en marzo de 1994 al ocurrir la primera fuga de divisas con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Otra señal roja se dio en septiembre y también en octubre, cuando ya no había la presión de las elecciones, afirman esos expertos desde las filas gubernamentales. Pero Salinas no quiso exponer su posibilidad de ganar la presidencia de la OMC y se empeñó en mantener artificialmente la paridad usando la reserva monetaria para cubrir el déficit en la cuenta corriente.
Carlos Salinas sacrificó todo a su ambición personal de poder. Para nada tomó en cuenta el daño que sufría la nación al postergar acciones necesarias de realizar con tal de disimular problemas en su administración. Así actuó al disimular los preparativos militares del EZLN en Chiapas antes de la firma del TLC. Esperó hasta que se firmó el tratado para actuar, y todos sabemos que Marcos se adelantó a sus planes represivos y, a la misma hora en que entraba en vigor el TLC, declaró la guerra al Ejército Mexicano el primero de enero de 1994. En los primeros meses de 1994, Salinas no quiso modificar el tipo de cambio del peso con el dólar para no dañar la imagen del PRI en la campaña presidencial, y usó las reservas para defender el tipo de cambio y para impulsar la campaña de Zedillo. Para hacerlo contó con la complicidad de los funcionarios de Hacienda, de Comercio, del Banco de México y de la Secretaría de la Contraloría, cuando menos.
Una vez consumadas las elecciones, el mal uso de la reserva monetaria, del presupuesto de la Nación, de los medios de difusión masiva, logrado el triunfo cibernético-fraudulento electoral el 21 de agosto, tampoco aceptó realizar la devaluación para conservar su imagen y tal vez manejó con los que venían a reemplazarle, con Zedillo a la cabeza, la idea de que no era conveniente el ajuste por el descontento electoral existente.
Es, sin embargo, dudoso que éstos no hubieran presionado para que les dejara el camino despejado y no tuvieran que tomar, como medida inicial, una devaluación. Carlos Salinas gobernó hasta el último minuto de su mandato. Y pensó quizás que la devaluación llegaría después del primero de enero y que él podría conquistar la presidencia de la OMC antes de que se hicieran evidentes los estragos de su mala administración. Menos aún pensó que saldrían a la luz sus malos manejos.
Ahora se pide un juicio político contra Carlos Salinas, Pedro Aspe, Jaime Serra Puche, Miguel Mancera Aguayo, quien todo el tiempo estuvo sólo de espectador, olvidando su responsabilidad constitucional de “procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional”, como dice el artículo 28 de la Constitución, que también establece que el Banco de México “regulará los cambios”.
Pero el juicio político sólo podría aplicarse a los funcionarios que trabajaron con Salinas en el gabinete económico, no a él mismo. Para Salinas cabe la demanda penal en la Procuraduría General de la República por los probables delitos que cometió al ocultar dolosamente la información al Congreso de la Unión en sus informes de gobierno y por los malos manejos que parece haber habido en la venta de las empresas de la nación a un grupo muy cercano de sus amigos.
El enriquecimiento inexplicable de algunos de los 24 supermillonarios, cuya lista hizo pública la revista estadunidense Forbes, exige investigación de la PGR. ¿Cómo es posible que Carlos Slim haya ganado sólo en un año 2,900 millones de dólares (pasó de 3,700 a 6,600 millones según Forbes), y Azcárraga 300 millones (de 5,100 a 5,400 millones)? También es necesario investigar las fortunas de los principales funcionarios del gobierno salinista, de esas fortunas que no se pueden ocultar.
Esa demanda penal hicimos desde el PRD el 9 de enero de este año. Esperamos que la PGR, con los funcionarios panistas al frente de ella, no la archiven. Esperamos.