Alentados por el gobierno y obligados por las exigencias del Tratado de Libre Comercio, los industriales mexicanos decidieron modernizar el aparato productivo de sus empresas. Sin embargo, debido a la actual devaluación, muchas de esas industrias podrían desaparecer, no sólo porque se endeudaron en dólares para adquirir la maquinaria y los equipos necesarios para revitalizarse, sino porque convirtieron la importación de insumos un factor esencial en la producción nacional, tan necesario que sin él no podrían competir en el exterior.
Las importaciones crecieron explosivamente a lo largo del sexenio anterior: En 1989 fueron de 18,324 millones de dólares, en 1990 de 22,457 millones, en 1991 de 31,034 millones, en 1992 de 39,600 millones, en 1993 de 44,010 millones y hasta septiembre de 1994 fueron de 38,483 millones.
Del total de las importaciones, las que son bienes de consumo –productos terminados, mercancías– representan el 15%; las de insumos –partes de equipos y materias primas– el 60%, y las de bienes de capital –maquinaria y equipo– el 25% restante.
Mario Mauser Emus, presidente de Aeroplex, que produce las coderas que van en las puertas de los Grand Marquis, las viseras de los Volkswagen y productos populares como lonas, hules de mesa y cortinas para baño, dice que la crisis que vivirán las empresas será peor que la sufrida en 1982, cuando el gobierno de José López Portillo devaluó el peso.
“Nosotros hemos heredado los negocios de los viejos industriales que tenían 40 años en el mercado. Los hijos nos la jugamos con la modernización. Compramos maquinaria nueva, equipos de cómputo y capacitamos a la gente. Reinvertimos los capitales que nuestros padres le sacaron al negocio. Ahora estamos endeudados con maquinaria y equipos. Nos la jugamos con la modernidad y nos quedamos atrapados en ella. Nosotros casi no debemos, pero sé de muchas empresas y de hijos de empresarios que puede ser que no salgan.
“Cuando sucedió la devaluación del 82, las máquinas eran las mismas de los años 70 y ya casi estaban pagadas. En cambio, ahora estamos endeudados con la modernidad. Eso forma parte de la descapitalización y pone en riesgo a muchas empresas por la deuda que tienen. La deuda privada en 1982 era de 15,000 millones de dólares, aproximadamente, y hoy esa deuda es de 45,000 millones de dólares.”
En 1982, Aeroplex bajó sus ventas, trabajó cuatro días a la semana y sólo pagó el salario correspondiente a cinco días a sus trabajadores. Tuvo pérdidas, pero después empezó a crecer poco a poco hasta que vino otra vez la devaluación.
“Ahora –dice Mauser Emus– seremos más chicos. La gente no va a poder comprar y vamos a fabricar menos. Recortaremos personal y nuestros gastos disminuirán. Trataremos de aguantar la crisis y reforzar el área de ventas para aumentar exportaciones, que pueden ser la salvación de las compañías.”
Sin embargo, prevé problemas para que las compañías automotrices acepten los nuevos precios de sus productos: “No podemos vender perdiendo”.
Explica que el 65% de las coderas para el Grand Marquis se exporta a Estados Unidos. “Ahí cobramos en dólares y con ellos pagamos nuestras importaciones para hacer las coderas, como la espuma de poliuretano, pigmentos, pinturas y plásticos”.
Considera que la parte de la empresa que se dedica al mercado interno se verá afectada porque “el aumento en las materias primas es tremendo. La resina de PVC ha tenido incrementos del 100% y los plastificantes del 130%, porque a nivel internacional los derivados petroquímicos han subido y ahora más con la devaluación. Es un aumento brutal en el año y nos descapitaliza. Ha habido escasez de productos petroquímicos a nivel mundial. Igual sucede con el algodón. Nuestros productos llevan tela. El quintal de algodón valía 190 nuevos pesos y en noviembre subió a 267 pesos; ahora, por los incrementos a nivel mundial y por la devaluación, cuesta 520 nuevos pesos”.
Para hacer las viseras de los Volkswagen se importan materiales de Alemania y Francia, como el plástico para inyectar algunas piezas. Ciertos componentes se los vende Bass de México, pero en dólares. Dao Química de México hace lo mismo. Por lo tanto, el aumento de los costos se refleja en el precio al público: “El Golf y el Jetta tienen 70% de componentes de importación. El 30% mexicano, a su vez, lleva partes importadas. El Sedán y la Combi se dice que son 100% mexicanos, pero van a subir de precio en la proporción en que suban las partes importadas”, dice el industrial.
Piensa que ni el hule para las mesas será accesible para el consumidor mexicano: “Antes se llevaba el pedacito de hule a 5 nuevos pesos el metro. Ahora se va a encontrar con que vale 7 nuevos pesos. La gente que compra estos hules no va a recibir el 10% de aumento salarial”.
REPERCUTIR COSTOS
Emilio Sidaui, administrador de ABA de México, que se dedica a la elaboración de bolsas de hule para papel de baño y pañales, afirma que la devaluación les pegó muy fuerte porque el insumo que usan, resina de polietileno, le salía más barato en Estados Unidos que en México, a pesar de los fletes e impuestos aduanales.
Explica: “Al momento de la devaluación debíamos una cantidad importante en dólares. Estamos esperando que se estabilice la moneda, para que podamos pagar a nuestros proveedores. Tenemos que desembolsar una cantidad mayor en pesos. No sabemos si el gobierno nos dará alguna facilidad, a través del dólar controlado. Nosotros tenemos que repercutir el precio a los clientes y éstos al consumidor. Habrá disminución de ventas. Un aumento de precios dificulta la recuperación económica de México. No aumentaron los salarios mínimos. La gente no tiene dinero, ¿de dónde saldrá el consumo?”.
Asegura que van a tener que sustituir la materia prima de importación por la nacional, la que produce Pemex: “Vamos a sacrificar calidad y productividad, porque vamos a tener un mayor desperdicio con los materiales nacionales. Para no tener problemas en la exportación, vamos a tener un mayor control de calidad. Representará un costo mayor, pero se puede compensar con el precio alto al que vamos a vender a los extranjeros, en razón de que el peso está subvaluado”.
Aunque la situación es difícil, no cree que vayan a quebrar: “La devaluación nos perjudicó bastante. Yo podría decirle que un año de utilidades se nos fue con la devaluación. Eso es dramático. 1994 fue un año difícil y que las utilidades se vayan de un día para otro es doloroso”.
Fernando Vega, asesor de Aceites Polemerizados, dice que en México el 80% de los aceites y grasas son importados. La empresa importa principalmente aceite de linaza, que se usa en la industria de las pinturas: “En México son mínimos los cultivos de linaza, realmente despreciables. Con la devaluación, nosotros esperamos que haya en la agricultura mexicana una orientación mayor hacia las oleaginosas. En los años 50 y 60, el país era autosuficiente. Ahora dependemos casi totalmente de las importaciones”.
Antes de la devaluación, ya había escasez de aceites y grasas, cuyos precios dependen de las cotizaciones internacionales y estaban inflados: “La puntilla nos la dio la caída del peso y nos vemos en una situación todavía más difícil. Estamos tratando de salvar a nuestra empresa como se pueda, tratando de conseguir dinero de donde sea. Como se sabe, toda la industria mexicana ha estado de por sí con un problema de liquidez desde 1994”.
Fernando Vega asegura que no tienen problemas para conseguir dólares: “Las casas de cambio están haciendo su agosto. Hace algunos días el diferencial era inaudito. Los vendían a 6 nuevos pesos y los compraban a 5.10. Estaban ganando 90 centavos. Cuando la moneda estaba estable, se vendía a 3.45 y se compraba a 3.30, con un diferencial de 15 centavos”.
Explica que todas las semanas tienen que hacer transferencias en dólares: “Vamos a repercutir los costos en el precio. Pero no se pueden subir los precios tan fácilmente. El mercado no lo va a permitir. Habrá que reducir la poca ganancia que pueda uno tener. El mercado de grasas y aceites en México es muy competido y las ganancias son mínimas, muy malas en comparación con otras industrias. Estamos en niveles de subsistencia”.
LOS QUE SUFREN
La misma situación se presenta en las empresas que se dedican a la importación o la exportación. El Banco Nacional de Comercio Exterior registra 5,279 compañías que importan de todo: Material de ensamble para automóviles; piezas para instalaciones eléctricas; artefactos de pasta de resina sintética; equipo de cómputo; lámparas y válvulas eléctricas; refacciones para aparatos de radio y televisión; receptores de radio y televisión; cojines, chumaceras, flechas y poleas; papel y cartón; hilados y tejidos de fibras sintéticas o artificiales; maquinaria para trabajar metales; aparatos e instrumentos de medida y análisis; gasolina; generadores, transformadores y motores eléctricos; láminas de acero; mezclas y preparaciones de uso industrial; carnes frescas y refrigeradas; prendas de vestir de fibras vegetales; semilla se soya; bombas, motobombas y turbobombas; leche en polvo; automóviles; herramientas de mano; maquinaria y aparatos de elevación, carga y descarga; cámaras de todas clases; pasta de celulosa para fabricar papel; tornillos, tuercas, pernos de acero; aparatos para el filtrado; manufacturas de caucho; madera en cortes especiales; mezclas y preparaciones para fabricar productos farmacéuticos; llantas y cámaras; máquinas para la industria textil; máquinas para llenar y lavar recipientes; láminas y planchas de aluminio; tubos y cañerías de acero; calzado; trigo…
De acuerdo con la revista de negocios Expansión, las diez principales empresas exportadoras de México son: Pemex, General Motors, Chrysler de México, Teléfonos de México, IBM de México, Desarrollo Industrial Minero, ISPAT Mexicana, Aerovías de México, Celanese Mexicana y Met-Mex Peñoles.
Y las importadoras: General Motors, Chrysler de México, Hewlett Packard de México, Aerovías de México, Teléfonos de México, Controladora Comercial Mexicana, Inik, Kodak Mexicana, Teleindustria Ericsson y Dina Autobuses.
Según la Canacintra, durante 1992, de las 49 ramas que integran el sector manufacturero, 21 reportaron reducciones en sus volúmenes de producción. En 1993, dicha cifra se elevó a 29. Las cifras de 1994 indican la existencia de 19 ramas con descensos en su producción. Estas ramas generan en conjunto cerca del 44% del producto manufacturero.
Humberto Simoneen, vicepresidente de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana (Anierm), asegura que el problema de la devaluación “es muy grave”, y repercute principalmente en las importaciones de bienes intermedios y bienes de capital.
Explica que el gobierno considera que las importaciones deben reducirse drásticamente en 1995, pero afirma que las empresas tienen poco margen de maniobra: No pueden hacer cortes dramáticos de personal, “a no ser que la limitación en las importaciones implique el cierre abierto de una gran cantidad de empresas”.
Simoneen señala que los bienes intermedios que se importan –partes, componentes, refacciones– están vinculados a procesos productivos que culminan con un producto final, el cual muchas veces se exporta: “¿Cómo se van a limitar estas importaciones sin, al mismo tiempo, limitar, encarecer o reducir la calidad de las exportaciones? Ese es un gran problema”.
Asegura que los bienes de capital no son productos que se adquieran en la esquina: “Por lo general, la maquinaria y el equipo se hacen sobre pedido, con períodos de tiempo razonables. O una de dos: o van a quedar comprometidos contratos que a lo mejor ya no se pueden cumplir y sobre los cuales ya se hicieron pagos adelantados, o les van a salir en un ojo de la cara.
“El gran problema es que los bienes de capital que se están usando para la modernización o reconversión industrial y que son muy importantes para volvernos más productivos, se van a limitar y a encarecer, y entonces el esfuerzo que las empresas hicieron a costa de muchos sacrificios se va a venir a pique.”
México, explica, se movió rápidamente en la sustitución de partes, piezas, componentes o materias primas, que antes abastecía la industria nacional y ahora abastece el mercado internacional, gracias –”bueno, no sé si decir gracias”– a la apertura. Se hizo, entre otras razones, por calidad y precio.
Rechaza las tendencias optimistas de ciertos sectores, que aseguran que el problema económico que vive el país es de tres o cuatro meses y que en cinco empezará abiertamente la recuperación económica. La situación, dice, “está del cocol”.
–¿Se rompió con el esquema industrial que favorecía la modernización con importaciones de insumos y maquinarias baratas, debido a la subrevaluación del peso?
–Sí. Ya se había creado una forma de dependencia. Pero hay otros efectos adicionales. Por ejemplo, en precios. Se incrementaron los aranceles de un importante grupo de productos de importación. Eso le da al empresario un margen de ganancia adicional. Por ejemplo, si produce vasos de vidrio, puede competir ventajosamente con los vasos importados de Francia, Estados Unidos o de cualquier país, que tienen un arancel del 10%. En esas condiciones compite con el producto importado. Pero si ese arancel se eleva a 20%, automáticamente le da al productor nacional la posibilidad de tener un margen de ganancia mayor. El problema es que el incremento de los aranceles no hará necesariamente más eficientes a los productores nacionales, porque pueden aumentar sus precios en razón del margen que les está dando el nuevo arancel. Ahora, por la devaluación, las mercancías importadas serán 50 ó 60% más caras. La reacción inmediata del productor nacional será elevar los precios más allá de lo que necesita.
Considera que también se ve con mucho optimismo el aumento de las exportaciones. Sólo será así, dice, si la inflación no alcanza a la devaluación: “Los precios pueden aumentar hasta un punto en que se sitúen en el nivel que tenían antes del 20 de diciembre. Entonces, la devaluación no es una panacea o una solución de largo plazo. Es una solución muy circunscrita en el tiempo y a condiciones especiales.
“Además, no se puede exportar de la noche a la mañana. Depende de la capacidad instalada que se esté usando y de la flexibilidad que se tenga para ampliarla; depende de la oferta y la demanda internacionales, de la rapidez con que la inflación alcance a la devaluación, del tiempo que dure esta ventaja relativa para la industria nacional.”
Critica un aspecto de la apertura: “Fue demasiado rápida y general. Fue como construir una casa que se quedó en la obra negra y le faltaron todos los detalles. Abrimos rápidamente y ahora, debido a la devaluación y a otras medidas de política comercial, vamos a tener que irnos al otro lado. Esto es exactamente lo que genera esa sensación de inseguridad, de falta de confianza en el futuro. Si el proceso de apertura hubiera sido más cuidadoso y menos rápido, gradual y tal vez más selectivo, a lo mejor no nos estaríamos enfrentando al problema que tenemos ahora”.
Se pueden sustituir, de nuevo, los bienes importados por los nacionales, “pero bajará la calidad, y si no hay competencia ni variedad, se tiende a caer. Si no hay calidad, no vamos a exportar, y si no exportamos, no bajamos el déficit comercial. Ese es el drama”.








