WASHINGTON, DC- ¿Tope salarial? Nada dice que podrán mantenerlo. ¿Reducción del déficit de cuenta corriente? Eso es demasiado optimista. ¿Contención inflacionaria? Increíble. ¿Dólar en 4.5 nuevos pesos? No hay por qué creerles ahora. ¿Nuevos préstamos? No sirven. ¿Respaldo de organismos internacionales? Es muy pronto. ¿Nuevas privatizaciones? Sólo en una venta de garaje. ¿Democracia? Sin comentarios.
Hasta el jueves 5, ninguna de las iniciativas gubernamentales para enfrentar la crisis monetaria en México parecía entusiasmar a los inversionistas extranjeros, los que, según sus propias cifras, perdieron cerca de 10,000 millones de dólares por la devaluación del peso. A los banqueros e intermediarios financieros sólo parecía preocuparles la recuperación de esas pérdidas y el futuro de sus inversiones en bonos cuyo vencimiento está próximo. Por eso, nada de lo que oían los convencía.
Durante los cinco primeros días del año, los periódicos estadunidenses se llenaron de sus quejas. “¿Quién manda en ese país, quién tiene el control?”, demandaban analistas y ejecutivos. “Pidan a los zapatistas unas clases de relaciones públicas”, ironizaban.
Hasta que el secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, les dio gusto: México, expuso el funcionario en su visita a Nueva York, tiene un problema de liquidez, “no de solvencia”. El gobierno, afirmó Ortiz, está en posibilidades de cumplir con sus obligaciones, holgadamente. Es más: el secretario –quien honró el Acuerdo de Unidad para Superar la Emergencia Económica hospedándose en una suite de 1,300 dólares diarios– confirmó la intención gubernamental de poner a la venta casi todo lo poco que queda de la industria paraestatal.
¿Pemex?, especularon con emoción algunos medios financieros en la víspera de la llegada de Ortiz a Estados Unidos. No precisamente, pero sí los puertos, los ferrocarriles, parte importante de la Comisión Federal de Electricidad, los satélites, aeropuertos, carreteras, acciones bancarias…
Guillermo Ortiz no tuvo que decir más. Sus palabras fueron, a decir del diario Financial Times, “música para los oídos de los inversionistas”. Algunos salieron corriendo a festejar y prepararse para la compra de nuevos bonos, sobre los que, según Ortiz, el gobierno “podría tener que pagar un interés más alto”. Pero la mayoría, más cautelosa, se dio por bien servida con la noticia de que México pagará a tiempo los 17,000 millones de dólares de tesobonos –la cifra la dio el propio Ortiz en una reunión con editores del diario The Wall Street Journal– que adeuda a inversionistas extranjeros.
En la prensa, inversionistas que un día antes dudaban del éxito del plan mexicano para superar la crisis, de pronto descubrieron sus bondades. El discurso de Guillermo Ortiz, dijo Paul Ghaffari, ejecutivo de la correduría Morgan Stanley, “fue tan bueno como el mercado hubiera esperado; tuvo mucha fuerza”. Ghaffari, citado por The Wall Street Journal, fue uno de los que salió corriendo de la reunión con Ortiz, en el lujoso hotel Pierre, a encargar una compra de bonos. Sin embargo, dos días antes, sus compañeros de la misma firma, Barton Biggs, gerente de Valores, y Ernest Brown, jefe de economistas de la sección latinoamericana, habían tronado –en declaraciones a la agencia Prensa Asociada– contra las propuestas del gobierno, criticándolas por su falta de precisión y calificándolas como “la misma vieja historia”.
Lo cierto es que Ortiz dio a conocer en Estados Unidos muchos más detalles del plan de los que se hicieron públicos en México. Un dato: El gobierno sólo había revelado el monto de las reservas en divisas internacionales del Banco de México en ocasiones especiales. Una petición insistente al respecto, del excandidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas, no tuvo respuesta. Sin embargo, en este caso el gobierno rompió su ortodoxia y fue rápido en anunciar a los inversionistas extranjeros que aún –o sólo– 6,148 millones de dólares están en las cajas fuertes del banco central.
DAÑO NUEVO
La incertidumbre que por segundo principio de año se vivió en México fue compartida en Wall Street. El lunes 2, cuando el presidente Zedillo pospuso por varias horas el discurso para dar a conocer las medidas que tomaría su gobierno para enfrentar la crisis, los banqueros comenzaron a preguntarse si seguía teniendo el control del país. El silencio gubernamental dio lugar a todo tipo de especulaciones, especialmente en el sentido de si las autoridades mexicanas cumplirían a tiempo con el pago de los tesobonos.
Al fin y al cabo, eso era lo que importaba. Analistas citados por diferentes periódicos afirmaban que, dada la situación en México, el dinero producto del canje de tesobonos debería ir a parar a mercados más estables “como Argentina o Polonia”. Pero primero, ese dinero tendría que cobrarse.
Advirtiendo la situación, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos se apuró a conseguir una ampliación de la línea de crédito de emergencia solicitada por México, pese a que el gobierno mexicano todavía no hacía uso de los 6,000 millones de dólares estadunidenses y de los 1,000 millones de dólares canadienses que los bancos centrales de esos países habían puesto a su disposición, como parte de un acuerdo complementario del TLC.
La negociación del nuevo préstamo, en que estarían participando también bancos europeos, sería por 18,000 millones de dólares, según dio a conocer, de primera mano, el periódico canadiense The Toronto Star. El presidente Zedillo había anunciado, en su discurso del 29 de diciembre, que el plan de emergencia económica requeriría de préstamos internacionales, pero no habló de cantidades. La cifra de 18,000 millones de dólares no llegó a los periódicos mexicanos sino hasta el martes 3, luego de que el secretario del Tesoro en funciones, Frank N. Newman, hizo el anuncio oficial.
Hubo varias versiones de los hechos: que el gobierno mexicano no quería incurrir en un nuevo endeudamiento, sobre todo cuando el peso seguía en flotación, sino sólo mandar una señal a los inversionistas de que tenía capacidad de pago y crédito entre la comunidad financiera internacional, y que la ampliación del préstamo original obedecía a que éste sólo podría ser usado, de acuerdo con los compromisos del 26 de abril de 1994, en el apuntalamiento de la moneda y no para pagar deudas.
Si algo hizo realmente enojar a banqueros e intermediarios fue el discurso del Presidente, pronunciado finalmente en la tarde del martes 3. Zedillo patentó “la receta para lograr la fuga de inversionistas, con esta actitud, con la forma en que ha conducido esta situación”, afirmó David Beckwith, vicepresidente de la casa de inversiones John Hancock Funds, citado por The Washington Post. “Mucha gente se siente acabada y todavía existen posibilidades de más derrumbes en el mercado mexicano”, observó Paul White, de la correduría Arco Investment Management, en declaraciones a Los Angeles Times. “La credibilidad del gobierno todavía se tambalea”, opinó la analista Emily McLaughlin en las páginas del canadiense The Globe and Mail. El gobierno olvidó detalles importantes como “decir dónde se detendrá (la flotación de) la moneda”, aseveró Geoffrey Dennis, estratega de Bear Stearns, entrevistado por The New York Times.
AHI VIENEN LOS MEXICANOS
La crisis monetaria mexicana despertó diferentes polémicas en Estados Unidos, sobre todo en torno de las obligaciones de este país con su vecino del sur. De un día para otro, el Tratado de Libre Comercio se volvió centro de la discusión. Quienes en 1993 se opusieron a la firma del acuerdo, desde posiciones de derecha e izquierda, nuevamente levantaron la voz.
Uno de los más notorios enemigos del TLC, el multimillonario texano Ross Perot, escribió un artículo en Los Angeles Times, en el que acusó al gobierno de México de haber planeado tiempo atrás la devaluación y dijo que mientras las grandes empresas de uno y otro país se estaban beneficiando del Tratado, los trabajadores mexicanos y los contribuyentes estadunidenses estaban saliendo lastimados. El también excandidato presidencial afirmó que, como resultado de la devaluación, la inmigración ilegal hacia Estados Unidos se incrementará. “Millones de mexicanos cruzarán nuestra frontera porque, con sueldos recortados en 40%, será aún más difícil sobrevivir en México”.
The Wall Street Journal también recogió esta impresión, en una nota que dedicó a analizar los efectos de la crisis mexicana en Estados Unidos. Según el diario, la obstinación del presidente Bill Clinton en lograr la firma del TLC con México podría revertírsele en 1996 cuando vaya a hacer campaña, para reelegirse, en los estados de California y Texas, cuyos habitantes resentirán fuertemente la resaca de la crisis en México. Aparte de la posibilidad de un crecimiento brusco de la inmigración ilegal, se ha informado que los comerciantes norteamericanos de la frontera han visto caer drásticamente sus ventas por la pérdida de poder adquisitivo en México.
Otros vieron que Estados Unidos podría salir beneficiado de la crisis del peso y su vinculación con el TLC, pese a que, desde el 20 de diciembre, las exportaciones estadunidenses a México resultan más caras. Jeffrey Schott, experto en comercio del Instituto de Economía Internacional, argumentó que la situación de emergencia seguramente orillará al gobierno mexicano a privatizar sectores de la economía que había optado por mantener cerrados en las negociaciones del TLC. “México está llevando a cabo reformas unilaterales que los negociadores (de EU) trataron de obtener y no pudieron”, expresó.
Entrevistado por el corresponsal, Julius Katz, que participó en las negociaciones del TLC como segundo funcionario en importancia de la representación comercial de Estados Unidos, consideró que “es injusto” atribuir al Tratado el estado de emergencia económica que se vive en México. Esta, dijo, “fue resultado de políticas adoptadas en México, que usaron el tipo de cambio como instrumento”. Explicó que “por acontecimientos dentro y fuera de México, no fue posible sostener esa política, que probó ser errónea”.
Katz, quien ahora trabaja en el sector privado, añadió que si bien no cree que México se vea orillado a entregar sectores de su economía a la inversión extranjera, “saldrá mejor parado si Zedillo se decide a acelerar el proceso de privatización”.
–¿Por qué cree entonces que el gobierno mexicano está dispuesto a cambiar los plazos de apertura del sector bancario, por ejemplo? ¿Qué argumentos usó en las negociaciones para hacerlo a un ritmo más lento?
–Creo que querían una transición lenta. Pero debo decirle que nosotros también propusimos ritmos lentos de cosas que ahora se están acelerando.
Para Katz, quien conoció a Jaime Serra Puche en las negociaciones comerciales –”es muy brillante; fue muy desafortunado lo que le ocurrió”–, el TLC no puede representar una “solución global” a los problemas que afronta México. “Verlo así, sería errado”, dijo, cuando se le preguntó si la nueva paridad, y el supuesto aumento de exportaciones mexicanas que surgirá de ella a juicio de las autoridades, ayudarán automáticamente a acabar con el déficit en cuenta corriente. “Hay muchos otros elementos fundamentales que tomar en cuenta en el comercio”, agregó. Y, entre ellos, mencionó a la inflación. “Un proceso inflacionario podría acabar rápidamente con las ventajas que da tener una moneda devaluada”, afirmó.
Con complicidad o no del gobierno mexicano, algunos medios financieros internacionales levantaron presión para que México se decidiera a completar la privatización de su economía. Insatisfechos con el plan zedillista, demandaron que el gobierno cediera el sector energético. Algunas de estas posiciones llegaron a la prensa. En un editorial del diario Journal of Commerce y en la columna “Lex” del periódico Financial Times, se planteó que el gobierno mexicano hubiera podido evitar la crisis económica se hubiera decidido a vender Petróleos Mexicanos.
El gobierno hizo caso a medias de estos últimos comentarios. En su presentación en Nueva York, Guillermo Ortiz anunció lo que parece ser la liberalización de la distribución de energía eléctrica y todavía hay la posibilidad de una reclasificación de productos petroquímicos básicos, cuya producción está reservada al Estado. La ponencia de Ortiz evidentemente satisfizo a los inversionistas, quienes prácticamente no recriminaron nada al secretario de Hacienda.
Pese a haberse calmado la tormenta en Nueva York, el país parece estar lejos de la superación de su crisis. The Wall Street Journal opinó en un editorial, el viernes 6, que era imposible hacer a un lado “dudas muy profundas sobre la sugerencia del ministro (Ortiz) que, con el crecimiento retomando pronto su paso, México saldrá `más fuerte’ de la devaluación. Tememos, en cambio, que las ramificaciones económicas, psicológicas y políticas de esta decisión espantarán por lo que queda del nuevo período presidencial de Zedillo”.








