Salinas pasó a la historia negra; Zedillo endeuda de nuevo al país Se esfumó el México de ficción y quedó un México paralizado por la decepción, la frustración y la desconfianza

En plena crisis económica, en el desconcierto generalizado, en el desaliento que cunde ya en el país, y avisada la población de que le esperan, sin haber salido de ellos, tiempos de sacrificio –todo a causa de la devaluación–, el presidente Ernesto Zedillo terminó por acabar con la ilusión:
“El desarrollo de México exige reconocer, con todo realismo, que no constituimos un país rico, sino una nación de graves necesidades y carencias. Debemos asumir que es indispensable esmerarnos todos para hacer lo mucho que todavía nos falta en la construcción de una sociedad de progreso y de equidad.”
Así lo dijo el martes 3, en un mensaje a la Nación desde Los Pinos. Es decir, apenas a un año de que México –decía el discurso oficial– se apostó a las puertas del Primer Mundo, con el Tratado de Libre Comercio, uno de los más poderosos bloques económicos del mundo. Y también, a nueve meses de la entrada del país al club de las naciones más ricas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con sede en París.
Era tal la felicidad que pretendían irradiar los discursos presidenciales, hasta el último día de la administración de Carlos Salinas de Gortari, que ahora causa escozor –miedo– que el presidente Zedillo tome la palabra y se dirija a la Nación para decir, en tono grave, que México está lejos de ser el país que dibujaba el gobierno anterior.
Si en su discurso de toma de posesión pasó por alto, o matizó, la gravedad de los problemas que heredaba, no ha habido semana, de las cinco que lleva en el poder, en que el Presidente no revele las dificultades, viejas y nuevas, que enfrenta el país.
En las dos primeras insistió en el irresuelto conflicto en Chiapas y sus efectos desestabilizadores en lo político, lo social y lo económico. En la tercera, tomó distancia de la estrategia económica del gobierno anterior y reclamó haber heredado fuertes desequilibrios acumulados, que lo obligaron a devaluar la moneda. En la cuarta, reveló que le habían dejado una economía “muy vulnerable”, que hizo crisis y colocó al país en situación de emergencia. En la quinta, la pasada, de plano sugirió que el gobierno de Salinas mintió –”presido un gobierno que hablará siempre con la verdad”, dijo el martes– y dejó verdaderos lastres en la economía que ahora hacen “ineludible el ajuste”.
Si ya la devaluación causó trauma en el país por lo sorpresiva, y colapso en la economía por los efectos en cascada que tendrá –inflación, tasas altas, desequilibrio financiero, contracción económica, más deuda, desempleo, entre otros–, el presidente Zedillo, en sus apariciones públicas, hace sentir, cada vez con mayor énfasis, que la población vivió engañada.
De manera abrupta, el Presidente se empeña en acabar con lo que ahora aparece como el México de ficción que tanto pregonó en México y en el mundo su antecesor en el cargo.
En efecto, con todo en contra –Chiapas, secuestros, asesinatos políticos, pobre desempeño económico, conflictos poselectorales–, Carlos Salinas de Gortari hizo, en las últimas semanas de su gestión, el balance exitoso de su gobierno. Con triunfalismo lo hizo el 1º de noviembre en su último informe y siguió, los demás días, en entrevistas de prensa y televisión, nacionales y extranjeras, difundidas con profusión. En cada oportunidad, dibujaba una realidad, el México de su hechura, que los mexicanos –sus hijos y los hijos de sus hijos, como decía en las giras de Solidaridad– habrían de agradecer por generaciones.
No hacía concesión alguna el entonces Presidente: todo se hizo bien en su administración; lo que no cuajó no fue culpa de su gobierno. Hoy, decía, el país no sólo es más fuerte en lo interno, sino que México se ubica, “con ventaja, en la nueva realidad mundial”. Muy lejos de esos países que “por retraso o precipitación, o bien por una selección equivocada de los medios”, naufragaron en el oleaje del desafío mundial.
En su sexenio, sugería, la transformación del país fue histórica; los cambios realizados, sin precedente. Señalaba, incluso, que las administraciones que le precedieron se quedaron cortas, lo mismo en lo económico, en lo social que en lo político. Aseguraba que en materia económica, durante su gobierno “se ha controlado la grave crisis que en el decenio pasado lastimó tanto las expectativas y las oportunidades de la mayoría”.
En lo político y en lo social, igual: ningún presidente reciente logró dar pasos tan significativos. En la relación con el exterior, nadie como él: hoy, “México participa en los foros mundiales más importantes y cuenta con el reconocimiento y el respeto de la comunidad internacional”, dijo Salinas.
Aun después de haber dejado el mando, Salinas de Gortari insistía en la imagen promisoria del país que dejó. El 7 de diciembre –13 días antes del estallamiento de la crisis en México–, el expresidente estuvo en Washington para recibir el premio Francis Boyer, del American Enterprise Institute y habló ante empresarios estadunidenses –que le aplaudieron entusiastas– de “los esfuerzos de mi país, durante los últimos seis años, para estar listo y preparado para los retos del nuevo siglo”.
Y, en síntesis, les recetó lo que como Presidente acostumbraba en todos los foros. Enfatizó en lo económico: no sólo redujimos el déficit presupuestal, lo eliminamos; bajamos impuestos; la deuda externa se hizo pequeña; la exitosa privatización dejó recursos por más de 40,000 millones de dólares, que sirvieron para reducir la deuda interna; los precios, estables; “cuando tomé posesión”, la inflación era de 200% y este año será de 7%; el crecimiento económico, recuperado: la economía crecerá 4.5% al terminar el año; la estructura económica, diversificada: “hace seis años, el petróleo representaba el 90% de todas las exportaciones mexicanas; hoy el petróleo representa sólo el 6%”.
Y más: gracias al TLC, “hoy los mexicanos no van a tener que emigrar en busca de trabajo; los empleos están llegando a los lugares donde ellos viven… Hemos podido generar decenas de miles de fuentes de empleo tan sólo este año, en el principio del Tratado”.
Dijo también, a los empresarios estadunidenses, que “con crecimiento económico, nuestro país es más fuerte para proteger nuestra soberanía. Lo que aprendimos es que mientras más libre el comercio, más vigorosa la soberanía de nuestro país. El cambio social, económico y político de México ha sido muy importante”.
Y al final, coronaba sus méritos: “Durante los últimos seis años, los mexicanos aprendieron que tenían la fuerza para enfrentar los problemas, superarlos y lograr un crecimiento más alto. Esta es la lección que aprendimos en México; es la lección que sacamos de la globalización, del libre comercio, de un nuevo tipo de relación con Estados Unidos y con el resto del mundo”.
Los empresarios, que rieron de buena gana con algunas ocurrencias de Salinas –”cuando los aztecas llegaron a la Ciudad de México, que no se llamaba así, nunca imaginaron que a más de 2,000 metros de altura vivirían 15 millones de personas. Si lo hubieran pensado, se habrían establecido en Acapulco”–, le aplaudieron entusiasmados por la imagen promisoria de México, que les había transmitido el expresidente.
El propio Salinas se veía feliz. Tanto que al terminar el que fue su más reciente discurso en un foro así, comentó a periodistas que iniciaba una “nueva campaña”, ahora para conseguir la presidencia de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que sustituyó desde el pasado 1º de enero al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).
Y optimista, les dijo: We are going to win (vamos a ganar).
Era 7 de diciembre. Salinas, en campaña; Zedillo, en sus primeros pasos en la Presidencia, atendía asuntos políticos, sobre todo proponía soluciones al conflicto en Chiapas y una nueva relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. La economía no parecía preocupar.

EL PAIS HIZO ¡PUM!

Trece días después, sin embargo, el país dio un vuelco. El presidente Zedillo empezó a cambiar la historia oficial y en las dos últimas semanas derrumbó la imagen del México de Salinas y puso al país en una realidad dramática –la economía, colapsada; el desaliento, nacional–, e indirectamente cuestionó doce años de tecnocracia en el poder para, de la mano del Fondo Monetario Internacional, volver a empezar.
Dijo, en tono grave, que México no es un país rico, su economía no es sólida, el progreso es magro, hay mucha iniquidad social, tiene problemas de infraestructura, el gobierno está sin recursos… y la situación actual es “grave y urgente”, e “irremediablemente afectará los niveles de vida de la población”.
Fue el martes 3, cuando después de 20 horas de tensas negociaciones entre los sectores productivos, se dio a conocer, en Los Pinos, el Acuerdo de Unidad para Superar la Emergencia Económica, con que se ponía en marcha el Programa de Emergencia Económica, anunciado la semana anterior por el presidente Zedillo, quien esta vez, a la crudeza para referirse a los problemas del país, añadió un insólito tono acusatorio y crítico, en varios pasajes de su discurso, en los que el destinatario fue, sin que lo mencionara por su nombre, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.
Firmó Zedillo el Acuerdo como “testigo de honor” y fue último al micrófono. Habían hablado Santiago Oñate, el secretario del Trabajo, para detallar pormenores del Acuerdo al que los sectores productivos llegaron la madrugada del martes; Carlos Jiménez Macías, en representación del Congreso del Trabajo, para reclamar que el costo de las medidas económicas de emergencia se repartan de manera equitativa entre todos los sectores de la población; Luis Germán Cárcoba García, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, para exigir certidumbre económica, y Hugo Andrés Araujo, líder de la CNC, para agradecer que en el conjunto de medidas que significarán otro apretón de cinturón permanezcan todos los apoyos al sector rural, particularmente el aumento en los recursos del Procampo.
Al hacer uso de la palabra –ya Oñate había expuesto las medidas de emergencia acordadas: no más aumento salarial, contención de precios, severo ajuste presupuestal, reducción de ingresos públicos, más endeudamiento externo, restricción crediticia–, el presidente acusaba de manera implícita modos y propósitos del gobierno anterior:
“Presido un gobierno que hablará siempre con la verdad, por dura que ésta sea; un gobierno que velará por el interés general sobre cualquier interés de persona o de grupo; un gobierno para servir a los mexicanos.”
Había sido convocado todo mundo al salón Adolfo López Mateos de la residencia oficial. Fue, en efecto, un mensaje a la Nación. Estaban todo el gabinete, directores de medios informativos, columnistas, articulistas, conductores de espacios radiofónicos y televisivos, intelectuales y, por supuesto, líderes obreros, campesinos, empresariales.
Y Zedillo se lanzaba contra el pasado:
“Antes que la imagen presidencial y antes que el renombre de funcionarios públicos, mi compromiso es actuar responsablemente, sin eludir ni tratar de ocultar la realidad.”
Sin concesiones, llamó “lastre” heredado el tipo de cambio sobrevaluado, las ganas de no modificar la paridad cambiaria cuando ya eran evidentes los desequilibrios acumulados. “Ese lastre –dijo– impidió traducir el cambio estructural que con tanto esfuerzo se ha realizado, en un crecimiento económico más dinámico”.
Por ese lastre, que hizo crecer enormemente el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos –financiado por recursos externos, de corto plazo, especulativos–, ahora “es ineludible el ajuste en la economía”, dijo el Presidente.
Y el ajuste implicará el sacrificio de todos, sin excepción, expresó y detalló lo que en breve le espera al país:
–Una inflación “transitoria”, que “sólo con la unidad de todos los sectores podrá ser menos intensa y lo más breve posible”;
–Se pospondrán proyectos y programas de gasto público que son importantes;
–Las empresas sacrificarán márgenes de ganancia y enfrentarán una contracción crediticia “temporal”;
–Los trabajadores verán mermado su poder adquisitivo;
–El ingreso disponible en el país será menor, ya que ahora no se cuenta con los recursos adicionales para sostener el consumo y la inversión que proporcionaba el financiamiento externo. Las reservas cayeron brutalmente: de 28,000 millones de dólares en febrero de 1994, a unos 6,000 millones a la fecha;
–El país tendrá que vivir ahora de sus propios medios, pues será considerablemente menor el financiamiento en los mercados internacionales;
–El gobierno reducirá su gasto –1.3 puntos porcentuales del PIB, equivalentes a unos 18 billones de viejos pesos– para acelerar el ajuste en la cuenta corriente, y asumirá también una reducción en sus ingresos fiscales, “para que el ajuste en los precios y tarifas de los bienes y servicios públicos que suministra el sector público sea gradual y moderado”;.
–La falta de recursos del exterior hará indispensable otra etapa de privatización: “para no detener la expansión y modernización de la infraestructura del país”, se alentará la concurrencia de la inversión privada en ferrocarriles, telecomunicaciones, puertos y aeropuertos;
–Pero también habrá mayor endeudamiento externo: “para que el ajuste necesario (de la economía) sea más eficaz y menos severo, el gobierno de la República gestionará el respaldo de las autoridades financieras de nuestros principales socios comerciales, de los organismos internacionales de los que México es miembro de pleno derecho y de la banca comercial”.
Los nuevos emprésitos, anunció antes Oñate, ascenderán a unos 18,000 millones de dólares. A ellos se sumarán otros 5,000 millones, informó Hacienda el miércoles 4, que el gobierno empleará para financiar el déficit en cuenta corriente.
(De acuerdo con especialistas, cifras oficiales a la mano, la suma –23,000 millones de dólares– constituye un endeudamiento público nuevo sin precedentes, que llevará a más de 164,000 millones de dólares la deuda externa total: al inicio de su gestión, Zedillo está solicitando una deuda superior en 3,400 millones de dólares a toda la deuda contratada por Luis Echeverría, en 1,727 millones a la de Miguel de la Madrid, y en 20,865 millones a la de Salinas de Gortari. La deuda que pide Zedillo, en su inicio, es apenas inferior en 17,000 millones de dólares a toda la que contrató López Portillo.)
Todas esas medidas, dijo el Presidente, son parte del Programa de Emergencia Económica, que “ha sido concebido por mexicanos y para ser realizado por mexicanos, con clara conciencia de nuestra realidad y con apego a nuestras prioridades de desarrollo”.
No obstante ese pretendido nacionalismo en la hechura del plan económico de emergencia, el gobierno solicitó al día siguiente –miércoles 4– el auxilio del FMI, que ya tenía desde una semana antes una misión en el país para analizar la situación económica.
“Considerando que se trata de un programa congruente y equilibrado, el propio gobierno ha decidido solicitar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que le permita acceder a los recursos de éste”, informó la Secretaría de Hacienda.
Y en la noche del mismo miércoles, esa dependencia y el Banco de México, dieron a conocer el nuevo “marco macroeconómico para 1995”, en el que las metas aprobadas en diciembre por el Congreso quedaron como parte de la ilusión perdida: la inflación esperada para este año ya no será de 4% sino de 19%; la economía no crecerá 4% sino apenas 1.5%; la tasa de interés (cetes a 28 días) prevista en 11%, quedará en 24%, y el crédito interno del gobierno federal quedará limitado a 12,000 millones de nuevos pesos; el consumo total disminuirá 4.1% y la inversión pública caerá 10.7%.
Además, también para contraer la demanda y lograr estabilizar el tipo de cambio, al final del año, estará en 4.50 nuevos pesos por dólar, el gobierno reducirá la intermediación financiera (el crédito de la banca de desarrollo al sector privado) a 2.4% del PIB –fue de 4.4% en 1994–, de tal suerte que en términos reales no se incremente este año (el aumento real el año pasado fue de 29.4%).
La recesión, pues, en cifras oficiales.
En apoyo de la meta cambiaria –4.50 por dólar–, el gobierno estima disponer 14,000 millones de dólares –distintos del paquete de 18,000 millones solicitados a organismos, banca y gobiernos–, que obtendría por vía de inversión extranjera directa (8,000 millones), endeudamiento público neto (5,000 millones) y repatriación de capitales (1,000 millones), para financiar el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos.
Con esos recursos, ese déficit, el detonante de la crisis económica que vive el país, será, según las nuevas estimaciones, de 14,000 millones de dólares, es decir, la mitad del que se registró en 1994.

EL ENOJO DE LOS BANQUEROS

Conocido el Acuerdo de Unidad para Superar la Emergencia Económica y el nuevo marco macroeconómico para 1995, no se advirtió el resto de la semana una mejoría sustancial en las expectativas de los agentes económicos. Más bien cundió el escepticismo, se dividieron las opiniones, y al presidente Zedillo le empezaron a caer acusaciones de responsabilidad directa en la crisis económica.
Una de ellas, la más notoria, fue de los banqueros mexicanos que, como efecto de la contracción económica anunciada, tendrán dificultades –así se quejaron– en todos los renglones: en relación al tamaño del crédito, que se reducirá significativamente; respecto de la liquidez en la economía, que decrecerá; por las tasas de interés, que se incrementarán; por los requerimientos oficiales de capitalización, que muchos bancos no la alcanzarán; en las utilidades de los bancos, que caerán, y respecto de la clasificación de las carteras de sus clientes, pues aumentará la morosidad y se incrementará la cartera vencida, “el más grave problema que enfrentará la banca en 1995”.
José Madariaga Lomelín, presidente de la Asociación de Banqueros de México, afirmó el miércoles que lo que pudo ser tan solo un “movimiento en el sistema económico”, se convirtió –por “un manejo poco afortunado” de las circunstancias– en una “situación de crisis nacional”. En conferencia de prensa, expuso el enojo de sus representados:
“Me parece que lo que debió de haberse manejado como un ajuste, sí imprevisto, que ameritaba el manejo de una coordinación y comunicación precisas, a tiempo y de manera generalizada, tuvo un manejo poco afortunado, lo cual hizo que la sorpresa que se convertía en desconcierto, fuese finalmente convirtiéndose en una irritación enorme por parte de los concurrentes a los mercados, de los inversionistas mexicanos y extranjeros.
“Y de la irritación –dijo el también presidente del grupo financiero Probursa– se ha pasado a un enojo con un alto índice de desconfianza.”
Si la primera decisión de las autoridades, de ampliar la banda de flotación del tipo de cambio hubiera sido presentada, notificada, monitoreada de manera adecuada, es decir, sin fallas de comunicación y con plena atención a los mercados, no se hubiera llegado a la insatisfacción e irritación que hoy priva en el país, dijo Madariaga.
Aun cuando reconoció que la sobrevaluación del peso debió haberse corregido antes –por ejemplo, dijo, en la firma del Pacto de septiembre, o incluso antes, desde abril, cuando sobrevinieron los fuertes embates especulativos contra el peso a raíz del asesinato de Luis Donaldo Colosio–, el banquero no dejó de responsabilizar al actual gobierno por la situación de crisis que hoy se vive.
Ahora, dijo, el país enfrentará un Programa de Emergencia Económica –”ortodoxo y duro”– que exigirá de la sociedad no un esfuerzo adicional, sino “el mayor esfuerzo de todos”.
Y, exhibiendo el enojo de sus representados, apuntó: “No podemos desconocer que hacer un esfuerzo cuando se está de buenas, es pesado; pero hacer un esfuerzo cuando se está de malas, es mucho más”.
Aun cuando quiso mostrarse esperanzador, conciliador –la economía “es sólida”; el país tiene “enormes posibilidades” de salir adelante–, no dejó de hacer sentir el ánimo de los banqueros:
“En general yo pienso que hoy difícilmente toda la adrenalina que se ha acumulado en estos días, la que proporciona la decepción, la que proporciona la frustración, la que proporciona la irritación, la que proporciona desconfianza, que se siente cuando pasan estas cosas, entiendo que se tenga y de alguna manera la compartimos todos.”
Independientemente de cuál gobierno tenga la mayor culpa en la actual crisis, el hecho es que el regreso a un programa económico convencional, en la más pura ortodoxia fondomonetarista –frenar la economía para equilibrar la cuenta corriente–, evidenció el fracaso de los tecnócratas, de los economistas graduados en el extranjero, en la conducción de la economía y los destinos del país. Los que gobernaron los últimos doce años, y que calificaron a los gobiernos de Echeverría y López Portillo como “irresponsables” –Zedillo y su equipo incluidos–, tienen al país en condiciones no muy distintas a las que criticaron.
A fines de 1982, Miguel de la Madrid y su secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari, decían que recibían una economía similar a la que se daba en tiempos de guerra –devastada, pues–, y para enfrentarla pusieron en marcha el Programa Inmediato de Reordenación Económica. Doce años después, Ernesto Zedillo hace lo mismo: se queja de que heredó una economía “muy vulnerable”, con peligrosos desequilibrios acumulados, y pone en marcha el Programa de Emergencia Económica.
Prueba del escepticismo con que el nuevo programa económico de Zedillo fue acogido por muchos sectores es la ofensiva informativa a nivel internacional que decidió emprender el gobierno. El jueves 5, el secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz Martínez estuvo en Nueva York para explicar a representantes de la comunidad financiera internacional los detalles del programa económico. “La situación está bajo control; cumpliremos nuestras obligaciones con el exterior”, dijo. Lo mismo hicieron los subsecretarios de la dependencia en otras ciudades de Estados Unidos.
El viernes 6, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público informó que el titular del ramo se reunió con Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional, en Washington. Acordaron que esta semana iniciarán pláticas para definir la asistencia financiera del organismo al gobierno mexicano.
Y este lunes 9, el canciller José Angel Gurría –el legendario negociador de la deuda; el Angel de la Dependencia, como le llamaban desde el sexenio antepasado– iniciará, acompañado de funcionarios de las secretarías de Hacienda y de Comercio, un periplo –como los que hacía antes– por Japón y Canadá, pero no para pedir prestado, pelearse con banqueros o negociar alguna restructuración de la deuda, sino para pedir que le crean y le tengan confianza al gobierno del presidente Zedillo.
“El objetivo de la visita del titular de la Cancillería –dice el comunicado B-018 de la Secretaría de Relaciones Exteriores del viernes– es explicar en detalle a las autoridades japonesas y canadienses, a inversionistas, hombres de negocios, representantes de la banca, funcionarios de empresas privadas y públicas, investigadores y académicos, las recientes medidas adoptadas por el gobierno de México para enfrentar la actual situación económica.”
En suma, volver a empezar.