Señor director:
El refrán popular “no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista” puede aplicarse al fin del reinado del licenciado Salinas, quien con su monstruoso ego –una de sus características principales– jamás pudo reconocer, en un mínimo acto de humildad, que su cargo fue el de servidor público y no de reyezuelo, como él se pretendió, dispensador magnánimo de los bienes de nuestra nación.
Su distanciamiento de nuestra realidad fue tal, que le impidió “ver y oír” lo que no fuese el “mundo feliz” creado por su imaginería y la de sus comparsas. Se fue con la firme convicción de que el México que nos deja es el resumido en su último y apoteótico informe presidencial; negándose a “oír y ver” que, como sus predecesores, deja el caos y la convulsión.
Algo, sin embargo, debemos agradecer al licenciado Salinas: su desmesurado autoritarismo, los excesos del poder absoluto y el presidencialismo llevado hasta el vértice de lo intolerable precipitaron la movilización de gran parte de la población y concientizaron a ésta de que un reyezuelo y su caterva lacayuna no pueden seguir decidiendo el futuro de una estoica nación de más de 90 millones de habitantes.
Para estos momentos, como todos sus antecesores, Salinas debería estar arrinconado como una de nuestras peores pesadillas sexenales. Una pesadilla que no podremos olvidar mientras los supermillonarios sigan allí gozando de sus ofensivas fortunas; mientras los bancos continúen abusando impunemente; mientras los no privilegiados sigamos, frustrados e impotentes, luchando a brazo partido tratando de salvar nuestro patrimonio, fruto de una vida de trabajo; mientras el número de los desempleados siga creciendo y los pobres se vuelvan más pobres. No, no podremos olvidar al feliz y jactancioso Salinas.
Licenciada Alejandra Rivas B.
Uruapan, Michoacán.








