A pesar de los malos augurios y de la inestabilidad económica y social del país, la danza en 1994 se caracterizó por un auge de actividades. El Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) siguen siendo los pilares principales en la promoción de la danza nacional.
El controversial coordinador nacional de Danza del INBA, Jorge Domínguez, se puso a la cabeza de una buena parte de las instituciones culturales dedicadas a su animación. Bajo su administración se llevaron a cabo diversos festivales de danza en Baja California, Monterrey, Sinaloa, Sonora, Veracruz, Yucatán y San Luis Potosí. Con gran convocatoria, los encuentros estuvieron enfocados primordialmente a promover la danza contemporánea independiente, uno de cuyos exponentes principales es Domínguez.
Asimismo, se llevó a cabo el Primer Concurso Nacional de Ballet, con los resultados que todo mundo esperaba: el gran éxito de los bailarines cubanos residentes en México y el auge de esta manifestación en la ciudad de Monterrey.
El Premio Nacional de Danza INBA-UAM se convirtió en el Primer Concurso Continental de Danza Contemporánea, al cual asistieron muy pocos grupos internacionales, y generó disgusto al dejar fuera a una buena parte de los coreógrafos nacionales eliminados de un plumazo con base en la convocatoria, que para muchos resultó absurda. La designada ganadora por unanimidad fue Tania Pérez Salas, con su obra Un silencio abierto.
Cursos de capacitación buenos, malos regulares y peores se llevaron a cabo en buena parte del país; ayuda para producción coreográfica y para la organización de la reunión internacional de la Sección de Danza del ITI-Unesco en México se efectuó como actividad paralela.
Pero pese a los éxitos y del gran aparato publicitario que tuvieron las actividades de la Coordinación Nacional de Danza, la sombra de la ineficaz y burocrática administración del INBA puso al borde del abismo todos los proyectos. Los honorarios erogados fueron cubiertos con gran lentitud, existiendo retrasos hasta de ocho meses en los pagos.
Sin confirmarse aún, existen versiones de que Jorge Domínguez presentó su renuncia ante Gerardo Estrada; de ser así, muchos de los proyectos de la Coordinación Nacional de Danza quedarán pendientes y en espera de que se defina el nuevo perfil que habrá de tener el área.
Ensombrecido por la constante falta de recursos para sus actividades, el Departamento de Danza de la UNAM hace desesperados esfuerzos para no sucumbir ante la permanente crisis económica de la universidad. Sin posibilidad de poder hacer mucho, Carlos Ocampo se enfrenta de manera cotidiana a los embates de la oxidada administración de la Dirección de Teatro y Danza.
De ánimo conciliatorio y buena disposición para echar andar algunos de los proyectos, de los muchos que originalmente quería llevar a cabo, Ocampo luce cada vez más cansado y harto. Si esto no fuera suficiente, los apoyos publicitarios con que cuenta son muy limitados y sus temporadas están siempre al filo de quedarse sin público.
Mientras, el CNCA decidió crear el Centro Nacional de las Artes, una escuela monumental donde la danza deberá –dicen– ser favorecida. Sin poder cambiarse aún a la que será su nueva sede –con problemas serios, por cierto, en sus instalaciones–, las escuelas de danza clásica y contemporánea han pasado por cualquier cantidad de cuestionamientos; éstos van desde sus planes de estudio hasta la evidente división entre sus propios integrantes.
Los pronósticos para este 1995 no son claros aún ni en las cartas astrales; el horizonte se vislumbra oscuro y la danza, como todas las demás actividades artísticas, seguramente será reducida a su mínima expresión frente a la crisis económica y política del nefasto neoliberalismo.








