Gonzalo Celorio define su libro El viaje sedentario: “la nostalgia por las cosas que se fueron y ya no son y el coraje y la rebeldía por la destrucción imbécil que hacemos del patrimonio cultural de la ciudad de México”.
Celorio, nacido en la ciudad de México en 1948, ha publicado siete volúmenes de ensayos y se ha revelado en los últimos años como narrador con la aparición de su primera novela, Amor propio. Entrevistado ahora sobre su más reciente libro, el escritor afirma: “no soy un enamorado del pretérito por el pretérito mismo”.
Para explicar su disgusto por las cosas que se van, no de manera natural, Celorio apunta: “todas las cosas que se hacen a lo largo de la historia se van acumulando y van formando nuestro propio patrimonio cultural. En México es verdaderamente atroz cómo borramos joyas arquitectónicas del pasado para poner otras. Tenemos una capacidad destructiva gigantesca. No estoy en contra de que hayan levantado la Torre Latinoamericana, es un edificio espléndido, pero ¿por qué demonios para edificarla hubo que destruir parte del convento de San Francisco? No entiendo eso; ello me enerva. Hemos destruido nuestra ciudad, sus bares, sus calles, sus casas y, precisamente en El viaje sedentario, se habla de una casa del siglo XIX amenazada con ser demolida para en su lugar construir un centro comercial con arquitectura desechable”.
Enfático, el también director de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México explica que para él nuestro afán por destruir la historia “es como si tuviéramos metida a la Coyolxauhqui entre el pecho y la espalda. Siempre me ha asombrado que la única piedra importante que ha podido conservarse del Templo Mayor es la Coyolxauhqui, símbolo de la destrucción. Esa es una paradoja, como si nuestro sino, identidad y pathos tuvieran que ver con la destrucción y el desmembramiento. La destrucción de la cultura acaba por ser autodestructiva. Suicida”.
–¿Cómo clasificaría su libro El viaje sedentario?
–No se trata de una novela, ni siquiera en términos heterodoxos. Alejo Carpentier decía que toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: ¡esto no es una novela! En este sentido, tampoco mi libro es una novela.
“El viaje sedentario es un conjunto de textos escritos a lo largo de 15 años sin que me hubiera dado cuenta que estaba configurando un libro. Después de muchos años me percaté de que esos textos tenían entre sí obsesiones similares y que podrían articular un libro unitario. El libro una vez redondeado quedó adscrito a un género indefinido por definición: varia invención. Este término lo inventó Juan José Arreola quien a su vez se lo apropió de un verso de Góngora para referirse a esos textos que no caben de manera ortodoxa en algún género literario.
“El libro describe un viaje en torno de la casa, el escritorio, la escritura y la literatura: pero, como en todo viaje, hay una ida y un regreso. Por eso está dividido en dos partes: en la primera se agrupan los textos de ida que son líricos, narrativos, afectivos y se refieren a vivencias personales. En la segunda reúno prosas más ensayísticas, reflexivas y críticas que constituyen el itinerario de regreso.”
–Sin embargo, impera el afán por novelar. ¿Cierto o falso?
–Sí, son textos literarios. El término ensayo es un término híbrido. Decía Alfonso Reyes que el ensayo era el Centauro de los géneros literarios porque había una parte animal, afectiva, briosa, y por la otra parte, el ensayo es gobernado por un afán riguroso, contenido y disciplinado. El viaje sedentario no es una novela, pero la lectura completa del libro de principio a fin da la idea de un proceso, de una aventura que empieza y que termina. Queda la sensación de que uno está leyendo narrativa.
“Sin duda, es un texto narrativo que algunas veces tiene una dosis poética, otra reflexiva y hasta erudita, no porque quiera pasar como un erudito sino porque hay una mentalidad ensayística cuando hablo, sobre todo, de arquitectura.”
–¿Predomina una inclinación hacia la crónica urbana?
–El libro puede contener un sentido épico de las cosas que cambian y de los personajes colectivos. Porque más allá del narrador están los grandes personajes colectivos: el zapatero, la prostituta, el tragafuegos, el jardinero, la sirvienta, la maría, los teporochos, los taxistas o los guaruras y los músicos del Bar León que van de alguna manera integrando el personaje colectivo de la ciudad de México.
–Uno de sus temas predilectos es la literatura fantástica, ¿por qué no se inclinó por ella en sus obras de ficción?
–No. Realmente lo que yo escribo tiene que ver con el realismo, con un realismo amplio, no constreñido, pues no pretendo utilizar un realismo científico como lo entendían los escritores realistas del siglo XIX. Flaubert tomó una dosis de veneno lo suficientemente alta como para padecer todos los síntomas de Madame Bovary y lo suficientemente baja como para describirlos después. No es ése mi caso. Tengo una percepción de la realidad amplia en donde los referentes de la misma también son los elementos de la cultura. Para mí es tan importante como parte de la realidad un libro de Julio Cortázar que cualquier montaña, los dos tienen existencias reales. A lo mejor me interesa más la obra de Cortázar que cualquier montaña. La realidad que más me atrae es la realidad urbana y cultural. Me llama más la atención una catedral que el mejor paisaje. No pretendo ser un realista científico; al contrario: como escritor, soy subjetivo. Creo que la verdadera objetividad puede excluir a la subjetividad, que es parte de la realidad. Con estos ojos veo la realidad circundante de mi casa, mi barrio y los edificios que se erigen en esta ciudad conformando toda una poética del espacio. El viaje sedentario es también un libro de los rituales domésticos, donde es tan importante la catedral como el acto cotidiano y maravilloso de tomar un tequila.
–¿Qué otras inquietudes se entrecruzan en este libro?
–Lo que más está presente es la arquitectura. Creo que todo escritor tiene además de esta vocación una serie de vocaciones frustradas. Guardando todas las proporciones, estoy seguro que adentro de Alejo Carpentier había un músico, así como en el caso de Alvaro Mutis hay un navegante. En lo que concierne a mi persona, hay un arquitecto. Por fortuna, la narrativa es una manera de canalizar esas vocaciones ocultas. Brice Echenique alguna vez me dijo: “un escritor es el único arquitecto capaz de construir una catedral en una tarde”.
–¿Qué significa para usted el acto de escribir?
–Escribir no es nada más estar frente a la máquina apuntando palabras. Escribir es también vivir. Uno escribe mientras sube una escalera, maneja un automóvil, compra un periódico, se hace el amor, leyendo un libro o mientras se trabaja. Si yo escribiera todo el tiempo, quién viviría todo lo que escribo. Tengo que vivir la vida para poder escribirla, y la vivo como escritor.








