Rave: delirio y reventón, fiesta de moda para niños bien y con música “techno” en viejos cines, bodegas y fabricas de la capital

El nombre inglés significa delirar y desvariar; o, como dicen ahora los chavos, “debrayar”: actuar y expresarse sin ton ni son. Es el espectáculo de la fiesta rave también conocido como reventones raves, que este año arrastraron la preferencia de adolescentes y jóvenes de clase media alta en la ciudad de México.
Los raves son pachangas de los “niños y nenas bien” capitalinos, en una onda “sé tú mismo” que incluye: barras libres para consumo de alcohol, la droga “éxtasis” o “tacha” que es posible contactar allí, bebidas energéticas o “psicoactivas” llamadas smart drinks, luces estroboscópicas y de acción retardada Intella Beams (“inteligentes”), performance, pantallas gigantes (wideowall) y televisores múltiples. La vestimenta y los disfraces que llevan los 3,000 o más asistentes son parte del show.
Entre la gente adicta a dichos reventones se menciona a hijos de políticos, y artistas como Pablito Ruiz, Ricky Martin, Sasha o Alejandra Guzmán. La entrada oscila entre 100 y 150 nuevos pesos con derecho a beber y contorsionarse. Lo importante es danzar el rave nocturno con esa monótona música techno o “industrial”, emitida por computadora y sintetizadores que programan y manipulan en tornadiscos los disc jockeys o DJ’s (“di yeis”), “gurúes” quienes provocan el baile en estos conglomerados que buscan salir del aburrimiento y arrojan ganancias millonarias a más de algún joven promotor.
Organizados en amplias bodegas vacías de la periferia urbana adaptadas para el rave, cines que han dejado de serlo (como el Colonial, en el centro histórico), fábricas que no funcionan desde años atrás y otros lugares abiertos con flamante sistema de seguridad (los guaruras de gafete realizan “estricto cateo”), la onda rave flota como interrogante generacional en el ambiente.
Nada que recuerde los pestilentes “hoyos fonqui” o bares de mala muerte de strip-tease o desnudos a-la-tabledance. Las chicas rave huelen a perfumes, agua de colonia o pachuli. Adiós a los portazos de los conciertos antes de la Era OCESA-Ogden en el Palacio de los Deportes y el nuevo Auditorio Nacional, tocadas que iniciaron carísimas con los años noventa. En los raves hay estacionamiento (valet parking), guardarropa, baños, primeros auxilios y existen a la venta tacos, ropa plástica diseñada a la moda con telas sintéticas y los energéticos smart drinks vendidos en jarras de agua como en los mercados populares, siendo Naomi su importadora principal; además, facilidades para radio-taxi, botanas y un lenguaje que abunda en anglicismos.
Atrás quedaron los gimnasios o frontones hacinantes de los años setenta, donde invariablemente llegaba la policía a detener al grupo de rock en vivo, a llevarse a parejitas en plena obsesión amorosa o a quien se le sorprendiera fumando marihuana. Un rave es soñar con ser ciudadano joven del primer mundo en un planeta sin problemas, alucinando tecnologías del mañana y un futuro optimista de disfrute máximo con la cibernética. Lo único quizás extrañable es una música más humanizada; pero si en los años setenta eran bandas frías como la alemana Kraftwerk las máximas del género, hoy el prisma es gigantesco y el Trance desarrolla esta música con cantos tribales.
No es que todo resulta idílico en el rave. Durante el llamado Spiral System, organizado el 19 de noviembre en el gigantesco restaurante La Gruta de San Juan Teotihuacán, Estado de México, con la presencia de cinco DJ’s (el protagónico fue el berlinés Paul van Dyk), hubo broncas y notorio consumo de estupefacientes. Fue ahí donde un muchacho disfrazado de minero fue abordado por Proceso y justificó su vestimenta:
“Uso mi casco iluminado para ver mejor. No es una luz para los demás, es la mía propia. Somos luz.”
Carlos Esguhiz, quien estudió música en el Conservatorio y hace techno en lengua náhuatl, se sintió decepcionado:
“En México todo mundo llega al rave para drogarse y a tomar, no hay un intercambio de ideas masivo, lo cual es lo original. Aquí hay 2,000 gentes, pero no se comunican. El DJ debería tener una pantalla para que la gente sepa qué dice, no transmite su idea y ahí están todos bailando como monos.”
A los raves se llega por los fliers (repartidores de volantes), quienes ofrecen la propaganda. El papel (impreso por lo general en Heca Artes Gráficas) detalla información visual y escrita de planos, cuántas pistas simultáneas habrá, cómo llegar, qué DJ’s ambientarán, si existe o no el chill out (espacio para “entibiarse”, descansar, besarse y platicar con música a menores decibeles), el tipo de evento y decoración que habrá (dantesco, utópico, intergaláctico, veraniego, mortuorio, medieval). El suceso de un rave depende en buena medida de lo atractivo de la propaganda del flier, ya que un adicto a estos bailes determina cuán bueno o chafa será el encuentro con sólo repasar la publicidad. Y una vez en el universo del rave, la ilusión de pertenecer al mundo del futuro hoy o, cuando menos, de arañar ser del primero debe ser tan virtual como la experiencia.

PASION, DELIRIO

Difíciles de definir, los raves brindan la posibilidad de una fiesta casi interminable de alcohol (se promete “servicio fluido y excelente abasto”), donde un natural smart drink hecho con vitaminas reactiva al bailarín más cansado, y es posible hacer contactos con los dealers o vendedores de “tachas” o pastillas “éxtasis”. Transitar por la noche rave es hallar el lado salvaje de un mundo que no se parece a la cruel batalla cotidiana donde la miseria y el dolor van de la mano. Lo visual captura el goce íntimo, estético.
Para su número de noviembre, la revista La Palabra, publicada por el Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, dedica unas líneas al rave, en una edición con portada sobre “la generación X”. Escribe Arantzatzú Rizo en “La X tiene la palabra”:
“El fenómeno rave es otra expresión subcultural y musical de los X, que emplea tecnología para crear melodías sencillas, sumamente repetitivas. Los llamados raves son `reventones’ donde se baila este tipo de música y se usan estimulantes alucinógenos para provocar un estado de éxtasis que permite bailar por 12 horas seguidas o más.”
Un reportaje de Jessica Kreimerman aparecido en la sección cultural del diario Reforma (domingo 18 de diciembre) no puede explicar el fenómeno sin la droga. Inicia contundente:
“Una cosa debe quedar clara: rave no se entiende sin éxtasis. Sin éxtasis –`tacha’ para los amigos, narcótico preferido en estos lares–, rave es una cacofonía de música martilleante, a niveles decibélicos endemoniados, de luces intermitentes que parecen escenas de una película muda de cámara rápida. Rave desde fuera es un montón –cientos, miles– de adolescentes y jóvenes adultos saltando, bebiendo, abrazándose, experimentando sus sentidos. Rave, para el novato, es una fiesta donde homosexuales y heterosexuales conviven sin los resentimientos usuales. A rave se viene a bailar. Horas y horas y horas. Se viene a sentir. Y no lo sientes sin la `tacha’.”
(Las “tachas” o “éxtasis” de polvo blanco pueden contactarse en los magnos raves. Cada una se vende por alrededor de 200 nuevos pesos en cápsula de 25 miligramos, y son un psicotrópico derivado de anfetamina, que puede disolverse sin dejar huella dentro de otra bebida y producir suma excitación sensorial.)
El rave remite al no iniciado (por su ambiente glamoroso e intensidad lúdica) al dancing de la clase media mexicana en los años cuarenta o cincuenta. Pero si el baile los unió, el origen de clase los separa.
Festivales como Woodstock o Avándaro tienen lazos más precisos por el hecho de que aquella generación jipi fumaba mota e ingería ácido lisérgico (LSD) para “entender” o “sentir” la experiencia del rock. Por lo mismo, el rave nace luego de la prueba y el error de otros eventos relacionados con el teatro surgidos a partir de los años sesenta. Por ejemplo: el happenning (origen del performance, espectáculo teatral improvisado a partir de un suceso cualquiera); el “teatro ambiental” (espectáculo previamente organizado que incluye distintos medios de comunicación y expresión); los “eventos intermedia” (igual que el anterior, pero basados en improvisaciones) y los light shows (proyecciones sicodélicas inspirados por el LSD, resultado de fundir colores líquidos en una paleta giratoria, al ritmo de la música).
Otro acercamiento del rave en el tiempo fue con los ritmos y las luces de discotec que tocaban música disco de Gloria Gaynor, Donna Summer, Barry White, John Travolta y el sonido técnico de Giorgo Moroder en los años setenta. Y luego, alteraciones con los llamados “sonideros” como Polymarchs en salones y los tan populacheros “tíbiris” en barriadas.

ETERNIDAD COSMICA

“Cualquiera que haya tenido la suerte de haber testificado el florecimiento del house y el techno durante los primeros `veranos de amor’ en 1988-89 en Europa, y aquellos quienes nada más leyeron acerca de esto, pero fueron cautivados por este tipo de onda posteriormente, podrán coincidir en que definitivamente los ingredientes más importantes de una fiesta son: la música y generar una atmósfera apropiada.”
Así inicia el flier de una publicidad que anunció el rave titulado Cosmic Eternity II para octubre de este año y llevó a 4,000 personas a una vetusta fábrica al norte del Distrito Federal. Fue organizado por Factor 2000, agrupación integrada entre otros por el DJ Martín Parra, alias Mar-T-9000, quien ofrece su definición elusiva sobre el rave para Proceso:
“Quizá los orígenes del rave (palabra que con tristeza significa `loco’, `alocarse’, `reventón’) sean un tanto frívolos, como también es cierto que mucha gente tomó este movimiento de una forma triste haciéndose daño física y mentalmente por el uso de drogas (incluido el alcohol o el tabaco). Es triste también ver cómo algunas personas han visto esto como una forma de lucro.”
Mar-T-9000 (cuyo lema DJ es “escucha, siente, reflexiona y actúa”) alquiló con su empresa Factor 9000 una vieja bodega de plásticos en El Toreo, invirtiendo 120,000 nuevos pesos para Cosmic Eternity II. Los atractivos de aquel rave fueron su área enorme para circular (7,000 metros cuadrados); varias zonas de baile con sonido virtual; multisistemas con luces ultrainteligentes de efectos ópticos, estroboscópicos y láser; cybercinema; máquinas con tecnología de realidad virtual; proyecciones de texturas digitales y animaciones generadas por computadoras, performances y nueve DJ’s (entre ellos, la única mujer programadora del país, Pitte-e).
“Intento expresar un rito, celebrar el espíritu de lucha y la esperanza, hacer guerra contra el poder de los medios de comunicación que tergiversan las noticias. Deseo organizar más raves pero para la gente que no tenga mucho dinero.”
Mar-T-9000 fundó Libido Productions con Ricardo Soroa, antes de iniciar Factor 9000. Soroa produjo la fiesta Libido Awards (Premios Libido) el 17 de diciembre pasado, misma que demostró el límite rave al perder su nervio subterráneo y motor, en una entrega “oficial”.
Mas Soroa no se inmuta. Nacido en 1969, es actor egresado de la escuela teatral de Televisa. Como promotor niega que el rave sea para ricos y que organice sus fiestas por lucro.
“Es la ley del más listo y todos tenemos un precio. No niego que he ganado mucho, mucho más de lo que esperaba. Los reconocimientos fueron a gente que ha ayudado a hacer del rave algo que no es como dicen, un exceso de drogas y orgía. Quiero seguir en esto para vivir bien y mi familia igual. Es lógico, ¿no?”
Señala el DJ Javier Fux, nacido en 1968:
“Un cambio en este tipo de eventos se da más subconsciente que en las discotec, la gente casi no toma, se pone a bailar y el baile es terapéutico. Los performances cada vez son más espirituales, se quema copal y al salir de la fiesta ves el amanecer. Los ritmos llevan mucho tambor, que es algo tribal, regresas a lo primitivo, básico y simple, es ecológico. Para el 21 de marzo nos juntaremos varias asociaciones rave y los donativos de la fiesta irán a los indios tarahumaras. Me agrada el trance, ritmos secuenciados e hipnóticos, repetitivos, melancólicos y contentos. Canciones que duran ocho minutos y tienen `colchones’ new age con sonidos de voces de ángeles o cuerdas y encima música electrónica. Toco bastante tribal: simplemente congas, bombos, sonidos primitivos básicos secuenciados.”
Enfrentado contra la violenta danza slam de “todos saltando con y contra todos” del rock duro o grunge, el rave suena demasiado light (ligero) para ser verdad. La pose, el que sólo vayan adolescentes y jóvenes de la clase privilegiada, y el gusto por el billete que hace surgir cada fin de semana a nuevos promotores empujan a los raves mexicanos a mejorar. O resultan una burda copia de los festejos que duran días en Europa, o se ofrecen con mayores alternativas musicales de los DJ’s mismos y grupos en vivo. De otra forma, escribirán su propio epitafio sobre un ataúd lujoso cuyo agujero ya comienza a cavarse.