Como le enseñó Alvaro Mutis, Mara la cantinera vierte una onza de Cárpano sobre los tres hielos que están el vaso old fashion. Luego las dos onzas de Jack Daniel’s y una escarlata de Noilly Prat. El toque final: hace twist una rajita de cáscara de limón y deja caer un par de gotas de zumo. El Milán, la bebida de la casa, está listo.
–Son veinte milagros –dice al parroquiano al momento de alargarle el vaso sin dejar de mirarlo con sus inmensos ojos casi negros que le brillan por la luz que llega de la barra. Recibe un billete amarillo a cambio. El cliente se aleja de la barra principal, la del nopal, hacia su mesa en la zona donde por primera vez se exhibió el cuadro Las dos Fridas, cuando este local comenzaba a ser, allá por 1940, la Galería de Arte Mexicano.
Se escucha música fonqui, hace una hora era un rock irlandés el que meneaba los cuerpos de quienes no alcanzaron mesa. Ese es uno de lo atributos del Milán: se comienza a beber acompañado por Sinèad O’Connor, se sigue con algo de James Brown, luego George Michael tal vez, se sigue el que pone los discos con la hora disco (Gloria Gaynor, Village People). Pasada la media de la medianoche, el espacio en el lugar permite bailar una rumba, un danzón, una salsa. Cuando suena la campana que anuncia “en quince minutos se cierra la barra”, lo más probable es que el mismo cliente tenga que correr de nuevo hacia Mara siguiendo el compás de Querida, del mismísimo Juan Gabriel.
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Noche de ronda urbana. Ya no son cantinas, ya no son discotecs ni desplumaderos de a cinco pesos la ficha; no hay cantantes, no hay variedad. Se llega a platicar, a beber un buen coctel, una cerveza, escuchar música de todo tipo, a un nivel adecuado que no requiere gritar para que el de enfrente escuche.
La alternativa que se ha abierto camino en la ciudad de México es la antreada: estos nuevos bares que, en sólo dos años, se han hecho de un importante lugar dentro del público consumidor y desvelado.
Para ubicar, es necesario decir lo que los “antros” no son:
A diferencia de las discotecs que en los años setenta y ochenta cautivaron a la población joven, en los antros no es necesario llegar con el de la puerta a rogarle con la mirada o con un buen billete la ansiada entrada. Atrás quedó el típico grito en la puerta del Magic: “Juanjo, Juanjo… dos parejas”, y eso a ver si se dignaba a reconocer el aspirante.
Tal vez su símil más cercano sean las cantinas. En los antros se llega también a beber sin mayores aspiraciones, pero de alguna manera sin el ambiente sórdido de La Mascota ni los vendedores de billetes de lotería o de muñecos de peluche y yoyos con lucecitas que aprovechaban el sentimiento de culpa hacia la familia.
No, en los antros no hay show ni pasarela ni pista para bailar ni se canta al piano ni con sistema karaoke.
Tal vez su antecedente más cercano, si así se le puede llamar, sí, es el de las cantinas. De hecho, antes de la aparición de estos bares para platicar, las hordas juveniles se hicieron de las principales cantinas como La Faena, en la calle de Bolívar, El León de Oro, en Tacubaya, o la misma Opera, que hizo popular entre la gente nice el escritor Carlos Fuentes.
Otro de los aspectos que resaltan de los bares es el del rescate de zonas de la ciudad que, aparentemente, se habían perdido para la diversión. Tal es el caso de la Colonia Roma, el Centro Histórico, la Juárez, Mixcoac.
Identificar estos lugares puede ser difícil porque la mayoría carece de grandes anuncios luminosos, vaya, ni siquiera tienen un letrero que indique “aquí es”. La mayoría se hizo popular de boca en boca.
Para muchas personas resulta extraño el gusto por estos sitios en los que, como ya se dijo, no hay cantantes, no hay “variedad” ni pista para bailar. No obstante, la generación veinteañera los ha hecho sus lugares de reunión, de reventón, de culto.
EL PRODIGIO
Según la idea de su diseñador, el actor Alejandro Rubio, el bar pretende imponer tres atmósferas diferentes para crear y mantener tres diferentes estados de ánimo en sus clientes.
Instalado en una casona de la colonia Roma, en el número 146 de la calle Orizaba, El Prodigio se sustenta en un concepto alternativo. Sus tres “atmósferas”, definidas por las estancias de la casa, van desde el nivel bajo, en colores verdes y música new age, hasta la agitación, en el segundo piso, del grunge y demás sonidos noventeros. En el nivel medio, de luces anaranjadas, colores ocres, se complementa con la música acústica, el pop y el rock sin adjetivos.
Egresado del Núcleo de Estudios Teatrales, Rubio emprendió este proyecto, junto con su hermano Olallo, como una opción “para gente grande”. La idea de las atmósferas o niveles responde al afán de globalidad, “de completar un estado de ánimo de cualquier cliente”, explica.
De esta forma, y según su concepto, en El Prodigio se “propicia el diálogo, se socializa, se baila”. Esa, dice, es la diferencia principal de su antro con los demás: “Quise no sólo jugar con la decoración sino dar un sentido y una unidad a cada área del lugar. No es como en los demás, en que nada tiene que ver la decoración con la música ni con la gente que va. Vamos, en aquéllos es decoración y lo que nosotros pretendemos es una ambientación”.
Alejandro Rubio tiene en su trayectoria un éxito resaltable: el concepto de lo que se conoció como El Salamanca. Este bar, situado en la calle del mismo nombre, en la colonia Condesa, a un costado del Palacio de Hierro de Durango, fue precursor de la tendencia actual de los bares.
Su existencia fue de sólo seis meses, pero, sin lugar a dudas, marcó una pauta a seguir en lo que a vida nocturna se refiere. Al respecto, Rubio comenta que en El Salamanca utilizó una fórmula peculiar: unir lo urbano y lo industrial, además de mezclarlo con la corriente arquitectónica Rouf, que se define por la utilización de caserones antiguos, semiderruidos, a los cuales se hacen pequeñas adaptaciones. “Todo en un estilo muy neoyorquino”.
Para El Prodigio repitió algunos elementos para su ambientación: “es una decoración sin un modelo exacto a seguir. Es, digamos, una combinación de varios estilos”. También aquí son recurrentes las antigüedades, los muebles, las pinturas coloniales, las reproducciones de los frescos de Miguel Angel. Ese eclecticismo es lo que da el concepto al lugar, dice.
Debido a que lleva sólo un par de meses abierto, la clientela de este bar varía mucho de un día para otro. Hasta el momento no se ha definido completamente. Rubio considera que el mercado más fácil de capturar es “el de los chavitos” de entre 18 y 21 años. Sin embargo, advierte, “sólo pueden consumir el viernes o el sábado, por lo cual el resto de la semana casi no hay entradas. Cuando se logra convocar a gente mayor, digamos que de los 25 para arriba, tienes que ofrecerles algo muy original, muy exclusivo, que también te dejará ingresos constantes toda la semana”.
Y sentencia: “un lugar no pega cuando se divorcia de su concepto original”.
EL MARRO
En los bajos del Salón México, recientemente fue abierto El Marro, un bar de personalidad dura.
El nombre le viene de los buenos años del salón de baile, al que la gente llamaba, precisamente, El Marro, debido al golpe que daba a quien llegaba el tufo del sudor de la gente bailando, el cigarrillo y los pies de las damas, para quienes se pedía no arrojar las colillas al piso “porque pueden quemarse las medias”.
Según Miguel Nieto, administrador del México, la idea de este bar es la de un lugar “para estar”, en el que se pueda beber un buen ron, platicar, discutir, mientras a lo lejos se escuchan las piezas de la Danzonera Acerina.
Nieto no es un novato en estas andanzas: además del Salón México, es dueño del legendario salón Los Angeles, en la colonia Guerrero, cuyo lema es “Quien no conoce Los Angeles no conoce México”. Es también miembro del original comité organizador del Festival Internacional de Cultura del Caribe.
Dado que el nuevo Salón México –el original fue demolido– se encuentra en lo que fue la estación alimentadora de tranvías del zócalo, Nieto rescató de las entrañas del inmueble una gigantesca colección de instrumental de taller, como fusibles de porcelana de casi un metro de largo, generadores, instalaciones eléctricas. La barra del bar es una viga de acero, de una sola pieza, de unos cinco metros de largo, obtenida en la demolición del edificio Roble.
Se localiza en la zona del centro histórico, en la calle de Pensador Mexicano, a un costado del teatro Blanquita.
Para los creyentes del llamado “nuevo cine mexicano”, este lugar les ofrece la oportunidad de ver a María Rojo, socia del Salón, sin tener que importunarla pidiéndole un danzón.
LA IGUANA AZUL
“Como que la gente se aburrió de la bailada, de los abusos. Aquí somos abiertos a todo mundo, no tenemos restricciones. El concepto se basa en servir al cliente un buen trago y ponerle buena música. En una disco era diferente: no te daban buenos tragos, más bien adulteraban las bebidas, tenías que consumir mínimo una botella. Cuando alguien pedía por copa, lo hacían menos. Aquí es otra cosa.”
Bonachón, Jorge Núñez, gerente de La Iguana Azul, uno de los bares más frecuentados, se ufana: “aquí no hay discriminación”.
También situada en la colonia Roma, en Colima 261, la casona que alberga el bar fue acondicionada por el arquitecto Carlos Cordera, uno de los socios. De las pocas paredes que quedan completas –la mayoría presenta boquetes enormes para brindar un interesante juego de perspectivas– no hay una sola lisa, en términos visuales: murales, arte-objeto, cuadros, adornan el lugar. Llaman la atención las sillas altas tapizadas como vacas (fondo blanco y manchas negras) alineadas a lo largo de las repisas que, como las barras, son de lamina esmerilada.
La mesa de futbolito es uno de los mayores atractivos de La Iguana. Se juega en parejas a tres de cinco goles. Mientras se aguarda la reta, lo que más se consume son cervezas y la bebida de la casa: “La Iguana”, que puede ser azul, verde o roja. Se trata de un combinado de Bacardí blanco, tequila, vodka, jugo de naranja y jarabe natural. La tonalidad cromática se la da la granadina, el licor verde de menta o una tintura especial para bebidas.
En su análisis sobre la nueva antreada, Núñez considera que uno de los signos claros de ésta es el regreso a zonas que habían sido desechadas, como es el caso de la Roma: “la gente está volviendo, ya no quiere meterse en el Pedregal, la Zona Rosa, Bosques de las Lomas o irse hasta el toreo de Cuatro Caminos al Magic, ya no”.
LA CIMA
De entrada, el bar impresiona: al traspasar la metálica puerta de casi tres metros de alto, se pierde la vista en un galerón similar a una iglesia antigua. A la izquierda, un generador de dos metros de alto por uno y medio de diámetro. A la derecha, la barra en óvalo, que rodea una pared repleta de circuitos, enchufes, contactos y botellas.
La Cima está en el sur de la ciudad, en lo que hasta 1969 era la subestación de la Compañía de Tranvías de México, línea Mixcoac-Zócalo.
Como para hacer alarde del eslogan –”La nueva casa del rock”–, el disc jockey se da vuelo con el volumen de la música. Rápidamente, Beny, a secas, aclara que no se trata de una discotec, sino de un bar cuyo atractivo principal radica en la posibilidad de platicar “muy a gusto”.
Por el lado derecho sube una escalera de caracol. “Sólo se sube con reservación”, ataja un empleado de seguridad. Al final de la escalera, unos seis metros, hay dos caminos: el angosto, que lleva a la cabina del que pone los discos, y el más amplio, que conduce a un reservado de mesas sobre un tapanco móvil.
Hacia abajo, después del piso del generador y la barra, se llega a unos “privados” que más parecen catacumbas. La moneda corriente en La Cima es el “kilo” y su equivalencia, uno a uno con los nuevos pesos devaluados.
La gente que asiste a este bar apenas estrenado hace un mes, según cálculos de Beny mismo, tiene una edad promedio de 25 años.
LA TIRANA
“Se llama así porque ¿quién no ha tenido un tirano en su vida?”, responde Juan Manuel Méndez, responsable de este bar para estar “de pierna cruzada, cigarro en una mano y una copa en la otra, como dice mi tía”.
Cuenta: “lo que nos agrupó fue la idea de abrir un bar para gente mayor, pero te aclaro que mayor tanto de criterio como de status, de su forma de ver la vida, muy abierta a todo”.
La Tirana está en la colonia Juárez, en el número 64 de Versalles, a tres cuadras de la Secretaría de Gobernación. Por supuesto, es un galerón, amplísimo, que da la impresión a quien entra de estar en una cancha de frontenis. Por la banda izquierda y hasta el fondo corre un taburete a manera de sillón. Por la derecha está una barra larga, larga, coronada en la pared por un mural dedicado a los cinco sentidos, según la explicación de Juan Manuel Méndez.
“Buscamos que venga gente que quiera algo diferente, no entran chavitos que sólo toman cervezas. La Tirana es un lugar de encuentro para mayores de 30 años. En el caso de las mujeres, hasta de 26 pueden pasar”, dice el gerente al explicar el perfil de su clientela, que se ha tratado de imponer desde que abrió el local.
También tiene su bebida especial: “La Tirana”, aguardiente de pera con jugo de toronja, servido en vaso old fashion, escarchado con azúcar. Se adorna con una rebanada de naranja, una cereza y una hoja de yerbabuena.
Además de Méndez, otros de los propietarios son Rodrigo y Rocío Alvarez, e Ignacio Toscano, también subdirector del Instituto Nacional de Bellas Artes.
EL HIJO DEL CUERVO
Pionero en este tipo de vida nocturna, El Hijo del Cuervo se ha mantenido como uno de los favoritos de los jóvenes más jóvenes, al grado que es de necios intentar entrar un viernes a eso de las diez de la noche. Sin embargo, sigue siendo un lugar típico de reunión para todo tipo de gente.
Pablo Boullosa, encargado del bar, lo define rápido: “El Hijo del Cuervo es un bar democrático”. Dice que se distingue de los demás por ser el único que lleva a cabo actividades culturales como funciones de teatro, conciertos de jazz, presentaciones de libros, mesas políticas y lectura de poesía.
De hecho, durante todo 1994 se llevó a cabo el ciclo “El chiste de la democracia”, en el cual participaron políticos, analistas, candidatos, consejeros ciudadanos del Instituto Federal Electoral, periodistas, intelectuales, escritores, poetas, etcétera. Incluso, el día del debate entre los candidatos a la Presidencia de la República, se colocaron monitores para que la clientela pudiera seguir el show.
El Hijo es descendiente de lo que fue El Cuervo, el lugar en que Alejandro Aura inauguró la tendencia de los culti-bares. Su ubicación no puede ser más afortunada: el zócalo de Coyoacán.
EL MILAN
Este lugar tiene historia. La casa fue escogida por Diego Rivera para que Inés Amor abriera aquí su Galería de Arte Mexicano. “En las paredes de lo que fue la cochera colocaron el tríptico de Diego, que actualmente se exhibe en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes”, explica la escenógrafa Tolita Figueroa, quien es una de las cabezas de Producciones El Milagro. Aquí, en Milán 18, colonia Juárez, se llevó a cabo la primera exposición surrealista.
El Milagro fundó el bar como una fuente de ingresos que apoyara la edición de libros de teatro y cine, una casa productora y la construcción de un teatro. Asimismo, cuenta con la ayuda de una asociación civil denominada Artes Escénicas, en la cual participan Carlos Fuentes, Alvaro Mutis, Teodoro Césarman, Gabriel García Márquez, Jorge Alberto Manrique, Gabriel Figueroa y Carlos Monsiváis, entre muchos otros.
Tolita y su hermana María han hecho del Milán un centro de investigación y experimentación escenográficas. De hecho, la decoración del lugar es cambiada regularmente, de esta forma llevan un archivo de estilo sobre ambientación.
Una de las características principales de este lugar es que permite al cliente pedir cualquier tipo de bebida, coctelería o embotellada, con la confianza de que lo que se toma es de calidad. Inclusive, los cantineros fueron adiestrados en el arte matemático de la barra por el poeta y novelista colombiano Alvaro Mutis.
Cuenta Tolita:
“Uno de los objetivos del bar era recuperar ese sentido de los años treinta y cuarenta, en los cuales podía beberse bien. La gente no sólo se emborrachaba sino que lo hacía con gusto y conocimiento de las bebidas.”
Y como Mutis además de cómo hacer amigos sabe también de vinos, enseñó a los muchachos del Milán que “la coctelería es un arte, una ciencia exacta. Nada de que un chorrito más, un chorrito menos”. Inclusive inventó, mejor dicho, creó una bebida exclusiva para el lugar: “El Milán”.
Y no sólo eso, el autor de la trilogía de Maqroll el Gaviero los inició en el rito del Martini: nada de que la ginebra se guarda en el refrigerador, se sirve en la copa y se le agrega una gota de vermut. Nada de eso. El vermut tiene que penetrar las moléculas de la ginebra y si ésta está fría, el proceso no se lleva a cabo. La ortodoxia dice que los hielos deben estar completamente secos, esto es, que se peguen a la piel. Si los hielos hacen agua, el Martini no sirve. Una vez servidos los hielos en la coctelera, se vierte la cantidad exacta de ginebra –para eso están las medidas, jóvenes– y se le “pasea” por los hielos. Nada de agitarla, que no es licuado. En tanto, la copa, que sí debe estar fría, se impregna con el vermut, sólo se impregna. Ahora sí, se sirve la ginebra.
El atractivo, concluye Tolita Figueroa, es el espíritu del Milán, porque no es un negocio sólo para hacer dinero: es un espacio que se creó para sostener los proyectos culturales de El Milagro.
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De los más variados estilos en el decorado, los nuevos bares tienen algo en común, sin embargo: su atractivo visual. Este arranca de cierta imposición, donde se mezclan de elementos tan disímbolos como los nopales, los cielos abiertos, los muebles de lámina perforada, las barras de materiales duros, la arquitectura simulada, los vitrales y las pinturas, entre otros.
Los jóvenes que los frecuentan no pertenecen a una sola clase social, pero la mayoría responde a lo algunos estudiosos han calificado como “la generación X”, que son los nacidos al final de la década de los años sesenta, y que se caracterizan por tener fundamentalmente una formación estrecha con los medios audiovisuales y las nuevas tecnologías, y un estilo común de vida sustentado en la diversidad de los gustos.
La mayoría ha cursado estudios universitarios y frecuenta también muchos bares más, por ejemplo El Bar-roco, La Diabla, El Mata, El Limbo, El Teatro, Las Veladoras y La Vecindad.








