WASHINGTON, DC.- En noviembre de 1978, Newton Leroy Gingrich era sólo un miembro recién elegido de la Cámara de Representantes y un político desconocido fuera de los suburbios de Atlanta y de una pequeña porción del estado de Georgia. Hoy, este extrovertido profesor de historia se ha convertido en el tercer hombre en la línea de sucesión del poder en Estados Unidos –después del presidente y el vicepresidente– y, dado el descrédito en que ha caído el gobierno de Clinton, en el político más importante de este país.
Apoyado por el vasto imperio de influencias que logró levantar en 16 años de vida política, Newt Gingrich tomará posesión el miércoles 4 de enero como speaker o presidente de la Cámara de Representantes, el cargo de mayor peso en el Poder Legislativo estadunidense.
“Es una revolución”, ha dicho Gingrich de su ascenso político y el de sus allegados. De algún modo lo es: por primera vez en 40 años, el Partido Republicano tendrá la mayoría en la Cámara baja del Congreso y, por si fuera poco, también dominará el Senado.
En la primera de ellas, los republicanos se sobrepusieron a una desventaja parlamentaria, en la 103 Legislatura, de 256 a 178 escaños, y a partir del miércoles 4 dominarán por 230 a 204, sin considerar que dos distritos, aún en disputa, podrían pasar al lado republicano cuando un comité revise los casos, y que varios diputados demócratas conservadores seguramente se sumarán al otro bando en votaciones específicas. En el Senado, el Partido Republicano, que tenía 44 curules por 56 del Partido Demócrata, ahora tendrá una mayoría de 53-47.
Entre los primeros efectos de esta recomposición de fuerzas estará la obstaculización de las iniciativas y trabajos del Ejecutivo, en poder de los demócratas. Pero no sólo eso: una investigación legislativa pendiente, sobre la supuesta participación ilegal del presidente Clinton y de algunos allegados en un negocio de bienes raíces, conocida como caso Whitewater, podría reavivarse. Lo mismo podría pasar con el secretario de Comercio y exlíder nacional del Partido Demócrata, Ron Brown, cuyas finanzas personales son observadas de cerca por diputados republicanos.
Desde su nueva trinchera en el Capitolio, los republicanos intentarán fijar el ritmo y el curso de toda la política en el país. Al menos eso han venido anunciando desde el 27 de septiembre pasado, cuando, sin sospecharse aún la magnitud de su triunfo electoral de seis semanas después, dieron a conocer su agenda para los 100 primeros días de la 104 Legislatura.
El documento, un listado de diez rubros en que los republicanos enfocarán su acción parlamentaria, titulado Contrato con Estados Unidos, fue suscrito por más de 200 candidatos republicanos y difundido, de manera heterodoxa, en una publicación semanal de programación televisiva. Entre los cambios que ofrece está reducir el déficit fiscal, bajar los impuestos para la clase media, incrementar el gasto de defensa, reformar la política de beneficencia gubernamental, aumentar el número de cárceles y legislar sobre el número de períodos por los cuales pueden reelegirse diputados y senadores.
Detrás de la concepción de esa promesa de acción parlamentaria estuvo Newt Gingrich. El entonces subcoordinador parlamentario de la minoría republicana la llamó “el primer paso para el renacimiento de la civilización norteamericana”. Luego de acusar a sus rivales demócratas de abogar por un sector público más grande, Gingrich dijo que los republicanos “de veras creemos que nuestros derechos vienen de Dios y no del gobierno”. Llamó al país a restaurar los valores tradicionales de Estados Unidos y dijo que era “imposible mantener una civilización norteamericana con niñas de 12 años dando a luz, jóvenes de 15 matándose, adolescentes de 17 muriendo de sida y estudiantes recibiéndose casi sin saber leer”.
Newt Gingrich es uno de esos políticos que despiertan pasiones a favor y en contra de casi todos sus actos. Sus partidarios, entre quienes se cuenta él mismo, lo consideran un visionario, “el hombre capaz de guiar el país y el mundo al siglo XXI”. Sus enemigos, entre quienes hay algunos viejos políticos republicanos, censuran su conservadurismo a ultranza y llegan a compararlo con el líder ultranacionalista ruso, Vladimir Zhirinovsky.
En su rápido ascenso al liderato de la Cámara de Representantes, Gingrich ha incurrido en inconsistencias ideológicas y hasta en actos que bordean lo permitido por la ley. Pero lejos de avergonzarse o tratar de desmentir a quienes lo han descubierto en sus fallas, el político sureño, de 51 años, ha opinado que éstas sólo sirven para demostrar “que soy tan imperfecto como cualquier otro hombre.
“Parto de la noción de que todos los hombres pecan, y pienso que los reporteros también”, responde cada vez que un periodista lo interroga sobre sus inclinaciones políticas juveniles, sus anécdotas de muchacho, su divorcio y otros episodios de su pasado. También ha causado polémica en su partido por alinearse, pese a su conservadurismo, con posiciones liberales, como la tolerancia a los homosexuales.
Apasionado del futurismo y de la investigación tecnológica, Gingrich ha basado muchas de sus posiciones políticas en los estudios de opinión pública y proyecciones económicas. Criticado por eso, ha argumentado que la política tiene que ver con modas y preferencias. “Mal haría un supermercado en no surtirse de los productos que la gente quiere comprar”, es una de las analogías con que defiende su punto de vista. También se le ha echado en cara la forma en que atrae dinero a sus actividades políticas, como el reciente contrato de 4.5 millones de dólares que parece haber firmado con una editorial, luego de que fue confirmado como próximo líder de la Cámara de Representantes, para la publicación de dos libros que todavía no escribe.
Aunque sus raíces están en el sur, Gingrich nació en Harrisburg, Pensilvania, producto de un matrimonio, que duró tres días, entre Kathleen Daugherty y el obrero Newton McPherson. Su madre, que dejó a su padre por haberla golpeado, se casó tres años después con Robert B. Gingrich, un militar de carrera, que adoptó a Newt. El matrimonio, que tuvo tres hijas, viajó a varias partes de Estados Unidos y del mundo hasta establecerse en Georgia, donde creció el político.
Gingrich se casó joven, poco después de salir de la preparatoria, con su maestra de geometría, de quien se divorciaría en 1981. Estudió historia en la Universidad Emory, en Atlanta. Después, hizo su maestría y doctorado en la misma materia, en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans. Durante su período universitario se opuso a la guerra de Vietnam, a la cual no tuvo que ir por ser padre de familia y estudiante, aunque nunca participó en movimientos de protesta. También probó la mariguana y se rebeló contra la censura a la pornografía.
En 1968, Gingrich apoyó la precandidatura presidencial del multimillonario Nelson A. Rockefeller, un republicano liberal que se había comprometido a defender e incrementar los derechos cívicos. Richard Nixon, a quien Gingrich detestaba, ganó esa vez las primarias republicanas, y fue elegido presidente. En 1972, cuando Nixon buscaba reelegirse, Gingrich fue uno de los líderes de su comité de campaña en Georgia.
Dos años después, al tiempo que se desempeñaba como maestro de historia en una pequeña universidad, Gingrich decidió contender por la diputación del sexto distrito de Georgia. Dos veces trató de vencer a un demócrata que llevaba 20 años reeligiéndose y no lo consiguió, principalmente por la ola antirrepublicana que cubrió en esos años el país. Gingrich ganó, por fin, en su tercer intento, en 1978, compitiendo con un rival distinto del que lo había derrotado en 1974 y 1976.
Otra ola, pero ésta conservadora, sacó a los demócratas del poder y puso a Ronald Reagan en la Presidencia en 1980. Sin embargo, igual que venía sucediendo desde hacía un cuarto de siglo, el Partido Demócrata permanecía imbatible en la Cámara de Representantes.
Poco después de su llegada al Congreso, Gingrich fue encargado, por uno de los líderes parlamentarios de su partido, de diseñar una estrategia para construir una mayoría republicana en las cámaras. Gingrich buscó el apoyo del expresidente Richard Nixon y ambos idearon la creación de un grupo de estudios denominado Sociedad de Oportunidad Conservadora, nombre que fue escogido para diferenciarse de la idea del gobierno benefactor liberal.
Gingrich se lanzó simultáneamente a entrenar diputados principiantes y a teorizar sobre la revolución conservadora que veía venir. Se volvió fanático de la obra del general George C. Marshall, quien planeó la reconstrucción de la Europa de la posguerra, y del gurú futurista Alvin Toffler, quien predijo que una “tercera ola”, la revolución informática, sepultaría la era industrial. También escribió un libro, titulado Ventana de oportunidad, en el cual criticó la “decadencia” del Estado benefactor y urgió a retomar “valores tradicionales” de la sociedad estadunidense; asimismo, mostró en él su fascinación por la tecnología, el futuro y los viajes espaciales.
En la práctica, Gingrich y su grupo de diputados se convirtieron en una fracción parlamentaria dentro de la bancada de su partido. Mientras los viejos legisladores republicanos podrían debatir con sus homólogos demócratas en el Congreso y luego irse a jugar golf juntos, los gingrichistas apostaban a la confrontación. No perdían oportunidad de armar escándalos en la Cámara, con la cual se ganaron el mote de “terroristas parlamentarios”.
En la primavera de 1984, Gingrich subió a la tribuna para denunciar que un grupo de demócratas había enviado una carta al líder sandinista Daniel Ortega llamándolo “querido comandante”. Con aspavientos, Gingrich acusó a los demócratas de “poner en duda el papel de Estados Unidos en el mundo”. Furioso, el entonces “vocero” de la Cámara, Thomas P. O’Neill, hizo notar que el diputado republicano había hablado en un momento en que el recinto parlamentario estaba vacío. Si bien casi nadie escuchó la intervención de Gingrich en el Capitolio, ésta llegó a miles de hogares mediante la señal difundida por una empresa de televisión que transmite, vía cable, todas las sesiones del Congreso, desde 1979.
Gingrich siguió aprovechando esa ventana electrónica en su intento por derrumbar el viejo modelo político. En 1987, Gingrich se lanzó, prácticamente solo, a atacar al líder de la Cámara, Jim Wright, por malos manejos financieros. Pese a que sus propios correligionarios le pidieron que retirara su denuncia, Gingrich perseveró y, con apoyo de ciertos medios y manipulando algunas organizaciones cívicas, consiguió su propósito: Wright renunció al liderato de la Cámara en 1989. Cuando se le pidió una opinión sobre Gingrich, Wright espetó: “la misma que tiene un poste sobre un perro”.
Su estridencia y el éxito en el caso Wright le valieron ser elegido subcoordinador parlamentario en ese mismo año, cuando el entonces presidente George Bush sacó al diputado Richard Cheney de la Cámara para hacerlo secretario de la Defensa. La relación de Gingrich con la Casa Blanca se volvió tirante. En una escena ambivalente, Gingrich y su segunda esposa se acercaron a saludar a Bush para que la prensa los retratara; Gingrich dijo al presidente que no aprobaba su negociación presupuestal con los demócratas, entonces en curso.
La Casa Blanca se lanzó a ganar el apoyo de Gingrich a la iniciativa presidencial. Este devolvió a la Presidencia un comunicado en el cual no dejaba clara la intención de su voto, pero que fue interpretado en sentido favorable por los funcionarios federales. Finalmente, Gingrich votó en contra y el presidente Bush, que se había comprometido a no elevar impuestos para atraer votos republicanos, no pudo mantener su palabra. Ese episodio se considera como uno de los que marcaron el destino de Bush en 1992, cuando perdió la reelección contra el demócrata William Clinton.
Gingrich ha reconocido que, de no ser por la derrota de Bush en 1992, él difícilmente habría escalado al cargo que asumirá el 4 de enero, ya que el electorado vota tradicionalmente por demócratas para ocupar el Congreso cuando hay un republicano en la Casa Blanca.
En 1992 Gingrich empezó su ofensiva final por lograr el cargo principal en el Capitolio. Tejió una imponente red de apoyo financiero a su causa, que en el argot político se ha denominado Newt Incorporated. Fundaciones, donadores individuales y comités de acción política se han puesto al servicio de la “revolución conservadora” dirigida por Gingrich. Cinco asociaciones de empresarios de los rubros de aviación, medicina, bienes raíces, cerveza y transporte han reunido más de 4 millones de dólares, desde hace dos décadas, para las actividades de Gingrich. La sola reelección del diputado por Georgia fue apoyada con 300,000 dólares, donados por empresas como Coca-Cola, Ford, Federal Express y General Electric.
Gingrich, quien detesta la sola noción de una televisión pública, dicta conferencias semanales que son transmitidas por cable a todo el país por la compañía televisiva conservadora National Empowerment Television. Estas transmisiones son financiadas por la Fundación Progreso y Libertad. Además, Gingrich graba en caset mensajes dirigidos a los candidatos republicanos para que manejen mejor sus campañas y usen los mensajes adecuados. Se considera que la gran mayoría de los 73 nuevos diputados republicanos triunfaron en las elecciones siguiendo los consejos grabados de Gingrich.
Los manejos financieros del nuevo líder de la Cámara de Representantes también han levantado sospechas. Ben Jones, rival demócrata de Gingrich en las elecciones legislativas del 8 de noviembre, lo ha acusado ante una instancia legislativa de violar las leyes del Congreso al usar fondos deducibles de impuestos en actos de proselitismo. Jones y otros demócratas consideran que el curso semanal de Gingrich es abiertamente partidista.
La elección de Gingrich como líder camaral pronto desató una guerra de declaraciones entre el Capitolio y la Casa Blanca. Pocos días después de las votaciones de noviembre, Gingrich acusó a William Clinton y a su esposa, Hillary Rodham, de ser miembros de una “contracultura liberal”. También denunció públicamente que una cuarta parte de los asesores de la Casa Blanca eran consumidores consuetudinarios de droga.
Dichos comentarios, suavizados después por Gingrich, no han sido contestados por Clinton, en un aparente afán de impedir la polémica. Sin embargo, la vocera de la Casa Blanca, Dee Dee Myers, en su última aparición pública, denunció como inmoral la presunta firma de un contrato entre Gingrich y la editorial Harper Collins, por 4.5 millones de dólares, para la publicación exclusiva de los próximos dos libros del diputado.
La principal crítica al trato, que recibió eco en un editorial del diario The New York Times, es que Gingrich se ha asociado con un empresario de origen australiano, dueño también de la cadena televisiva Fox, quien estaría buscando la modificación de las leyes estadunidenses que prohíben que las empresas de ese rubro tengan más de 25% de capital extranjero. Además, hacía notar el Times en su editorial, Gingrich estaría aprovechando su nuevo cargo para hacer dinero, algo que él había criticado del viejo orden legislativo demócrata.








