Poco después de las elecciones de agosto, un matrimonio amigo me envió una carta que, en los postreros días de aquel mes, me dejó enseñanzas invaluables. La pareja no es de los mexicanos que podría uno considerar egoístas, mezquinos o cobardes. Mucho menos cómplices. Por el contrario, se trata de dos personas cuya calidad me ha resultado, a lo largo de varios decenios, indudablemente alta en más de un ámbito.
En síntesis, este par de compatriotas para mí ejemplares me decía que, en efecto, su voto en favor del candidato del PRI a la Presidencia de la República había estado motivado por el temor. ¿Temor de qué? De que el candidato del PAN a la primera magistratura del país no tuviera el saber, la experiencia y habilidad necesarios para ejercer de manera eficiente el cargo. No se trataba de simple cobardía, aclaraban y entendí, motivada por la propaganda o la presión. Sencillamente, era el resultado de una reflexión sincera orientada por una voluntad real de verdad y de bien. ¿Habría podido un presidente panista hacer frente a los retos de la economía nacional? ¿Habría sido capaz de disponer del apoyo social suficiente para iniciar un proceso de solución de los problemas derivados de la situación de Chiapas?
Mis amigos, honestamente sin duda, pensaron y juzgaron que un jefe del Poder Ejecutivo que no fuera del PRI jamás tendría en las manos cartas suficientes para jugar con buen éxito la partida que inevitablemente habría de acometer cualquiera que fuese el presidente de la República. Votaron, en consecuencia, por el doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, aunque también por los aspirantes panistas a legisladores federales y a asambleístas capitalinos. Creo que razonamientos y conclusiones análogos estuvieron en el origen de muchos sufragios. Estimo asimismo que, más allá de toda reflexión, inducidos más bien por algunos medios de información y no pocos “formadores” de opinión, muchos mexicanos más acabaron votando como mis amables corresponsales.
Me pregunto –a cuatro meses, un asesinato, una devaluación y un callejón de difícil salida en Chiapas– si ahora quienes votaron animados por ese temor más o menos justificado sentirán o pensarán que su opción fue correcta, adecuada, la mejor posible. Me pregunto qué podría responder a algún hipotético inquisidor o al menos interrogador un hombre como Roberto Hernández, a la sazón cabeza visible de los banqueros mexicanos, quien amenazó a los mexicanos con el espantapájaros de que si ganaba las elecciones presidenciales alguien que no fuese el doctor Zedillo Ponce de León, la economía sufriría y, con ella, el país entero. Lo que los sensata y honestamente, o interesada y egoístamente, temerosos temían para el caso de que el PRI no se mantuviera en el poder se ha dado ya con el Partido Revolucionario Institucional en el poder. El riesgo que no quisieron correr votando por el cambio se ha vuelto cruda realidad después de sufragar por la continuidad. Ni siquiera les queda el consuelo de pensar y decir “me la jugué y perdí”, porque perdieron sin habérsela jugado. El miedo, señalamos entonces, siempre es mal consejero. Lamentablemente tuvimos razón.
Los análisis poselectorales muestran que ese voto temeroso se produjo mayoritariamente en las clases medias altas y en los sectores materialmente más favorecidos de la nación. Casi no hubo excepciones: los grandes capitanes de la economía privada se manifestaron públicamente en favor del candidato del PRI y apoyaron a éste. Lo hicieron incluso haciendo campaña por él entre sus empleados y trabajadores por diversos medios. Destacados empresarios estuvieron al frente del grupo recolector de fondos para los trabajos proselitistas priístas. No cabe ahora que lloren como víctimas lo que propiciaron como socios.
Por el contrario: ahora que las cosas no resultaron como deseaban o como supusieron que habrían de ocurrir, sería de una cobardía y de un oportunismo inexplicables y repugnantes que se erigieran en campeones del discurso y la acción antigubernamentales. Si tienen el gobierno que abiertamente manifestaron querer tener, acudan en su auxilio aunque sea en contra de sus intereses; aporten a la solución del problema económico y social del país lo que ese gobierno suyo les exija; sacrifíquense pagando el costo de su opción y no añadan al miedo de ayer la traición de hoy. En buena parte, la posible solución del problema actual depende de que asuman responsable y valientemente las consecuencias de su elección. Si sufragaron por miedo, no es conveniente ni decente que ahora busquen quién les saque las castañas del fuego: no tengan miedo de su voto y renuncien a los privilegios que supusieron obtendrían sufragando como dijeron hacerlo.
En efecto, si a partir de los males que ahora padecemos quiere construirse la posibilidad de que se produzcan bienes, son precisamente los públicos apoyadores del PRI y su candidato quienes tendrán que pagar los platos rotos. El gobierno que escogieron les pedirá sacrificios. Rasgarse las vestiduras ante éstos completaría su miedo con una canallada. Les toca respaldar con hechos a quien llevaron al poder. Y no pasar la factura a quienes perdieron luchando por el cambio. No tienen derecho ni autoridad moral para alzarse ahora como víctimas. Han sido sus propios verdugos.








