Pasa el tiempo, y con el tiempo se agota el asombro y se atempera la sorpresa. El impacto de la devaluación pierde los filos iniciales y lentamente los mexicanos asimilamos sus efectos y regresamos dolidos, desesperanzados, a la rutina del tesón que impone la tarea de recomenzar. Otra vez a la talacha cotidiana para reconstruir sobre los daños y deterioros la vida y el patrimonio. Las aguas, lentamente, retoman sus nuevos niveles, el dólar busca su valor real; más allá del artificio mentiroso de los pactos, soportados en obediencias, gratitudes y sumisiones, los mexicanos retornamos al sacrificio que ha sido durante cuatro sexenios, veinticuatro años, constante en el fatigoso peregrinar hacia una tierra prometida cada día más distante y menos alcanzable.
Después de un cuarto de siglo, constelado de profetas y mentiras, estamos en el punto de partida: el divorcio irreparable entre economía y felicidad. Durante veinticuatro años, cuatro presidentes –Echeverría Alvarez, López Portillo, De la Madrid Hurtado y Salinas de Gortari– nos prometieron el canje milagrero entre sacrificios a corto plazo y felicidad para el resto de la vida, y los cuatro, en variantes de matiz, fallaron en el canje prometido, nos impusieron los sacrificios, pero nos escamotearon la felicidad.
El último sexenio, 1988-1994, y el último presidente, Carlos Salinas de Gortari, fueron, tiempo y persona, los más estridentes en la promesa, los más implacables en la convocatoria al sacrificio y los más triunfalistas en la promesa de la felicidad eterna. Durante seis años nos dijeron, en reiteración cotidiana, que todo marchaba bien. La economía estaba sólidamente anclada sobre dogmas consistentes y vigorosos, finanzas públicas sanas, aligeramiento del costo de la deuda, superávit fiscal, inflación de un dígito, Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, reservas internacionales crecientes y desliz del peso frente al dólar tan minúsculo en su monto, que prácticamente lo congelaba. Cada día, el discurso del gobierno daba cuentas alegres y razones puntuales de los logros alcanzados. Cada mes, el Banco de México informaba sobre la inflación mensual y acumulada, y sus montos eran ocasión de fiesta nacional, “la más baja en los últimos veinte o treinta años”.
Cada trimestre daba a conocer el monto de las reservas. Y el añadido, además de triunfalista, era confortante: “las más altas en la historia del país”. Cada año, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público lanzaba a los vientos las campanas para anunciar, urbi et orbi, el superávit fiscal.
La negociación del Tratado de Libre Comercio saturó la noticia y la esperanza. A cada avance correspondía un mensaje del presidente de la República: compatriotas, soy portador de buenas nuevas, el tratado está a punto de nacer, y su nacimiento encenderá sobre nuestros cielos las estrellas de la felicidad.
Se nos dijo, en terca y alegre reiteración, que las exportaciones crecían en proporciones espectaculares y que los mexicanos iniciábamos la recolección de la cosecha generada por la vigencia del tratado y se añadía que apenas eran las primicias; pronto estaba, a la vuelta de la esquina, el tiempo de levantar el trigo para llenar en abundancia las trojes. Los dogmas, inflación de un dígito, reservas internacionales sin precedente, paridad congelada, superávit fiscal, demostraban su origen infalible. El emperador, como el papa, estaba dotado de gracias sobrenaturales para comprobar infalibilidad y eficacia.
La clientela, que recibía generosamente los bienes abundantes del liberalismo social, quemaba toneladas de incienso en el altar del Presidente Dios. Con el emperador, gritaba “¡viva México!”, y el grito era anuncio de toda bienaventuranza. Había discrepantes, minorías que no participaban del triunfalismo desbordado, voces dispersas y silenciadas que apuntaban riesgos y encendían luces preventivas para convocar a la reflexión; fueron pocas y se perdieron en el aturdimiento triunfalista que, como el personaje de popular corrido, “no entendía razones”.
El culto a la personalidad del presidente Salinas de Gortari alcanzó crestas sin precedentes en los últimos cien días del sexenio. “Los hechos que generan progreso” se multiplicaban hasta la intoxicación en los medios informativos para anunciar a los cuatro vientos la dimensión impresionante de la obra realizada. En el discurso se incorporaban las certidumbres de un esquema económico que abría para los mexicanos los anchos y alegres caminos del crecimiento consistente y sostenido. En el denominador común, en el mensaje subyacente, la frase popular que confirma las victorias: ahora sí, con Salinas ya la hicimos.
Bastaron veinte días contados a partir del emperador que se fue, y “el gozo se fue al pozo”. Los dogmas y las anclas fallaron, las reservas se agotaron y regresamos a los días turbulentos que marcaron la recta final en los sexenios de los presidentes Echeverría Alvarez y López Portillo. La misma crisis, el mismo perfil, la fuga de los dólares, el agotamiento de las reservas internacionales y la devaluación, palabra satanizada y prohibida, como detonante de otra crisis, la cuarta en un cuarto de siglo que desata sobre los mexicanos la carga monstruosa del sacrificio como precio de rescate para cubrir el precio de los desaciertos generados por el presidencialismo imperial.
Regresamos al arranque, a la inflación artificialmente reprimida; a los pactos en que el gobierno impone sus condiciones y los demás actúan como abajofirmantes; a las amenazas de huelga general promovida por un sindicalismo sin dientes, sin aliento, sin garra ni oficio; a los intereses asfixiantes; a los inspectores de precios que dan testimonio de incongruencia entre la frontera abierta y la represión interior; a los salarios injustamente reprimidos como cruel y despiadada medida de contención inflacionaria.
Los mexicanos estamos enojados. Fuimos durante seis años –1988-1994– destinatarios indefensos de mentira y engaño. El gobierno pidió sacrificios, y el pueblo respondió con generosidad ejemplar. Pese a la crueldad contenida en las medidas de ajuste, resistió a las tentaciones de la violencia como recurso para exigir mejor trato, esperó la llegada de tiempos mejores, dio testimonio de paciencia frente al diferimiento prolongado de la felicidad ofrecida como pago de equidad al sacrificio compartido. En el desenlace, la realidad amarga, el dolor de la ofensa inmerecida. Otra vez a empezar, y en el vértice de la fatiga, del desconcierto, de la ira, desde las sombras de la desesperación, otra vez las viejas preguntas sin respuesta: ¿qué sigue?, ¿hasta cuándo?








