Treinta kilómetros de desesperación gesticulante Carretera 57, única fuente de vida para cientos de mendigos potosinos

GUADALCAZAR, SLP.- A sus ocho años, Elena es muy hábil en manejar la bicicleta, pese a que no tiene el pie derecho. Pedalea en dirección al Volkswagen blanco que se detuvo unos metros adelante. Tras de ella, su madre, Lupita, corre para alcanzarla y sumarse a la decena de personas que rodean al vehículo. Ambas, como los demás, piden dinero, comida o ropa.
Todos están blancos por la arena que los cubre de pies a cabeza.
Lupita, envejecida por el sol y la arena del desierto, pero sobre todo por haber parido ocho hijos, suplica: “dénos la Navidá, dénos aunque sea algo para comprarle el aparato a mi niña”.
Explica que, cuando nació su hija, “tenía el piecito suelto y en la clínica se lo cortaron”, y que la prótesis que requiere cuesta 3,000 nuevos pesos.
Para acaparar la atención del automovilista, Lupita arremanga el pantalón que cubre el muñón de Elena: “mire a la pobrecita, dénos para que pueda caminar”.
Cuenta que la bicicleta se la regaló un viajero, para que pudiera moverse más allá de la ranchería donde viven, Noria del Conde, a unos cuatro kilómetros de la carretera 57, México-Nuevo Laredo, en pleno desierto.
Con sus ocho hijos apostados en la orilla de la carretera, Lupita es una de las numerosas mujeres que piden limosna para sobrevivir. Son más de 400 personas, pertenecientes a algunas de las 20 rancherías próximas a la carretera 57 y a diez kilómetros de Matehuala que, desperdigadas a lo largo de 30 kilómetros, estiran los brazos y hacen señas con la esperanza de que los autos se detengan.
Entre ellas, hay familias de ocho o diez miembros. Llegan al rayar el alba de comunidades enclavadas en el desierto del altiplano potosino.
Con los ojos rojos por el aire y la arena, con los labios secos y a veces sangrantes, descalzos y sin más protección contra los rayos del sol que la poca sombra de los mezquites, niños en edad escolar piden con desesperación, “aunque sea para un refresco”.
Proliferan las madres solteras, las esposas abandonadas y los hombres que, después de trabajar en las pizcas de tomate y algodón durante tres meses del año, no tienen más remedio que pedir limosna para mantener a sus familias.
Acceden a comentar su situación, pero se niegan a decir su nombre. Pertenecen a los ranchos que están de tres a siete kilómetros dentro del desierto, cerca de la carretera 57, pertenecientes al municipio de Guadalcázar. Una que otra familia es originaria de Villa de Hidalgo.
–¿Y los cultivos de maíz y frijol?
La pregunta causa en algunos enojo y en los más desolación.
“Desde hace seis años que la tierra no da más que pastura, y tenemos que comprar el maíz a tres pesos el kilo”, explican.
Alegan no tener dinero para trasladarse a otros municipios o entidades, y mucho menos a Estados Unidos, en busca de trabajo.
En conversaciones con los indigentes, revelaron sus carencias: no tienen agua entubada, no hay clínicas suficientes para atenderlos, no hay fuentes de trabajo y la tierra no es propicia para la agricultura.
Están los vendedores de animales silvestres, que en solares exhiben carne de víbora de cascabel seca, así como zorras, águilas, halcones, búhos y coyotes vivos, amarrados a unos troncos. La mayoría son originarios de Charco Cercado, un rancho a tres kilómetros de la 57. Ellos también hablan de su crisis.
Una víbora seca se vende a 15 pesos; las aves, igual que las zorras, a 100, y los coyotes, a 120 pesos. Los animales los compran a cazadores que viven en ranchos enclavados en la Sierra del Catorce.
Juana Hernández, una de las vendedoras, asegura que hay semanas en que no “sale” ni una víbora y, por eso, al acercarse la noche, piden también limosna.
A su crisis se suman los operativos que la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) realiza periódicamente para recoger los animales silvestres.
“La última vez (hace cuatro meses), vinieron unas ocho camionetas y salieron policías con armas a arrebatarnos nuestros animalitos. Sé que no pueden venderse, ¿pero qué hacemos? No hay trabajo y la tierra no da mazorcas. ¿Quién nos va a dar de comer?”, dice Juana rodeada por sus seis hijos.
Con los decomisos, los vendedores de animales pierden también el trabajo que en ellos invierten, porque para alimentarlos tienen que cazar conejos o ratas silvestres hasta que se venden: “a veces preferimos dejarlos ir, porque comen mejor que uno, y si no se venden, se nos mueren”.
A los limosneros y vendedores de animales sobre la carretera 57 se suman las mujeres de esas comunidades que se ofrecen a los traileros por tarifas de 50 a 100 nuevos pesos.
Sentadas sobre piedras entre los matorrales, a las prostitutas de la carretera se les identifica porque colocan un paño rojo sobre los mezquites.
Su vestimenta contrasta con la de sus paisanos.
También salen con el sol, y suben y bajan de los tráileres hasta que anochece. Algunas se encaminan después al crucero del Huizache, donde está la desviación a la carretera a Tampico, Tamaulipas.

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En Guadalcázar, 85.4% de los habitantes tiene ingresos inferiores a dos salarios mínimos, según el último censo del Consejo Estatal de Población. Está catalogado como de alta marginación, y es uno de los municipios más atrasados a nivel nacional.
La mayoría de sus 60 comunidades carece de agua potable. Para atenderlas, sólo cuenta con 15 centros de salud.
El sacerdote de la comunidad, Silverio Covarrubias Vázquez, manifestó que resulta cada vez “más patético” el incremento de los indigentes en la carretera, y sobre todo el de prostitutas.
En sus cuatro años de servicio a 45 comunidades, Covarrubias dijo que los únicos programas gubernamentales que se han aplicado son el Procampo y Niños en Solidaridad, así como el de Mejoramiento de la Vivienda, pero “no han resuelto el problema de la pobreza”.
En realidad, refirió, “los recursos del Procampo sirvieron para aliviar las necesidades más inmediatas; con el dinero compraron comida, porque de antemano saben que es incosteable aplicarlo a su tierra, por ser de temporal”.
La ignorancia y la indiferencia han estancado más a los lugareños, porque “no se organizan para exigir que se cumplan las promesas que vienen con los candidatos en cada proceso electoral”.
Ni siquiera llegaron despensas para todas las comunidades en los últimos comicios, como en el caso de Charco Cercado, para promover votos en favor del PRI, como se dio en zonas todavía más atrasadas, según denunciaron el PRD y el PAN en la región de la Huasteca.
“Son poblados abandonados completamente: los médicos no están siempre disponibles y no hay medicinas; el agua que consumen es de lluvia y la juntan en hoyos que hacen en la tierra; no hay transporte para sus comunidades; hay un alto índice de analfabetismo porque los pocos profesores sólo dan clases tres días a la semana, y la mayoría de los niños no asisten porque se van a la carretera a pedir limosna, y en la cosecha de tomate y algodón se van con sus familias a pizcar.”
El abandono, subrayó, es prácticamente exclusivo de los habitantes del altiplano potosino, porque “hay lugares que limitan con Nuevo León, y en la brecha que une a otros poblados sólo está pavimentada la parte que corresponde a ese estado. Ahí se ve dónde termina San Luis Potosí”.
La venta de animales, apuntó, es una actividad que realizan los pobladores desde hace 20 años, y la única forma que han encontrado para sobrevivir.
“Es parte de la ignorancia y la desesperación. Por ejemplo, entre julio y agosto cazan a venaditas preñadas, y cuando los críos nacen, los arrancan de la madre para ofrecerlos a 200 o 300 pesos”, explicó Covarrubias Vázquez.
De barba, lentes Ray Van, botas y chamarra camuflada, el padre Silverio aseguró que los decomisos en nada han aminorado la venta: “no van a dejar de hacerlo mientras no se les den fuentes de trabajo”.
Simpatizante de la teología de la liberación, se muestra molesto por la apatía de la gente: “no se organizan, están muy divididos; las sectas protestantes vinieron a acentuar la situación porque en vez de ayudarlos a buscar opciones, les regalan ropa gringa de tercera y comida para ganárselos, y con ello se hace muy difícil el trabajo de tratar de integrarlos y organizarlos para que exijan sus derechos”.
Lo único que ha podido lograr, hasta el momento, es organizar cursos de medicina popular para que miembros de las comunidades atiendan, con hierbas, los males que aquejan a los habitantes.
En Charco Cercado, Guillermo Maldonado, excomisario ejidal, manifestó que primero la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología y luego la Sedesol ofrecieron ayuda para evitar la caza de animales salvajes.
“Hace ocho años, vinieron y nos dijeron que se harían granjas, prometieron y nunca regresaron. Hace un año, vinieron a construir puestos para vender artesanías, pero como casi no las vendíamos, los que nos las traían dejaron de venir. Se abrió una mina de mármol aquí en el pueblo, pero el dueño nomás vino unos meses y se fue, ya no tuvimos trabajo; hasta que se puso la gasolinería de aquí cerca, unos cuantos tuvieron trabajo, pero los demás tuvimos que seguir vendiendo los animales.”
Gabriel Montelongo, actual comisario, dijo que lo único que han recibido “son promesas del gobierno”.
Al programa Niños en Solidaridad sólo accedieron diez, y “nada más les tocó un mes, porque ya no volvieron a darles nada”; de los 200 ejidatarios, sólo a 11 les aceptaron solicitud para el Crédito a la Palabra, y en estos comicios “ni despensas nos dieron”.
Hace tres meses, llegaron enviados de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos para perforar un pozo y entubar el agua, pero “nomás nos hicieron trabajar todo el día midiendo y caminando; luego nos dijeron que nosotros teníamos que dar 70% del costo. Les dijimos que no teníamos dinero y ya no volvieron”.
Y remata: “estamos hartos, ya mandamos cartas al presidente, al gobernador, a la Sedesol, y nadie nos hace caso”.
Charco Cercado es uno de los 20 ranchos cercanos a la carretera 57, y hay quien dice que es el que está en mejores condiciones.