Nunca hubo un consenso mexicano tan cabal y rotundo: Jaime Serra Puche, salinista de cepa y zedillista forzado, tenía que renunciar. Su torpe manejo de la devaluación, sus contradicciones y mentiras abiertas hacían compulsiva la presentación de su renuncia.
Insolentón más que soberbio, con esos dejos de certidumbre y de “estudié en Yale y soy doctor”, marca de sus semejantes salinistas, graduado en neoliberalismo, el doctor Serra Puche reconoce en su aceptada carta de renuncia: “Ante la crisis financiera (no dice que sea fatal, como debiera) por la que atraviesa el país, he concluido que la estrategia gradual que propuse para enfrentar el elevado desequilibrio de la cuenta corriente de nuestra economía (se refiere a la del país, no a la propia) no fue la correcta”.
Según el párrafo siguiente de su confesión, su falla fue ocasionada por un análisis económico moroso, gradualista. Subestimó la gravedad de la situación, “que exigía hacerle frente de inmediato”. Así como hay un subcomandante célebre y reconocido, desde ayer hay un subestimante execrado y despedido.
Según su tardío reconocimiento textual, opina que se requiere un nuevo programa económico. Lo cual implica una condena substantiva de los “apantallantes” y falaces programas de la zarandaja salinista de liberalismo social, propaganda hipócrita de su exjefe Salinas de Gortari y del cual forman parte nueve conspicuos del incipiente y trastabillante gobierno zedillista.
Desentrañada la ineptitud del salinato, advertida desde 1988 por Rafael Ruiz Harrell, quien bien precisó y anticipó: Exaltación de ineptitudes, según título y estudio de un su libro. Desequilibrio de la cuenta corriente, incorrección de las finanzas públicas, superficialidad del cambio estructural, incompetencia comercial. Y propone una gran, no chiquita, ni medianita, una “gran concertación que evite el impacto inflacionario de los recientes movimientos del tipo de cambio”.
Generoso, rogó a Zedillo que aceptase su renuncia a la Secretaría de Hacienda “para contribuir al éxito del nuevo programa económico…”. Quién sabe qué nuevo programa y quién sabe qué éxito, pero al menos ya no estorbará con sus incorrecciones, sus malos análisis y su condición de subestimante. Termina en la reiteración de lealtad y amistad a Zedillo, con laconismo, por si las moscas, escribió que “respetuosamente” pero sin los halagos ni los servilismos usuales en los despidos disfrazados de renuncias.
Zedillo se echa para atrás para dar explicaciones de las causas de este desastre económico. Desde 1976 el déficit en la cuenta corriente fue en aumento suicida, hasta llegar a casi 8% en 1994. Esto es, Salinas y su gente toda, por sumisión o impotencia, o las dos, llevaron a este colapso terrible a la economía mexicana. Los inversionistas empezaron a huir en 1994.
Se agravaron los desequilibrios, no tenían con qué controlarlos; ahora se intenta ajustarse a los propios recursos nacionales y… devaluación “pa’ cuando es tarde”. Programa de emergencia, reconocimiento de que los pobres de siempre, los victimados por la crisis crónica que se padece, tendrán dolores, menoscabos mayores en el nivel de vida. A reducir el déficit, crear condiciones para la recuperación económica y bajar el efecto inflacionario, urge.
Para ser eficaces y creídos, Zedillo acepta la renuncia –hace renunciar– a Serra Puche y nombra al no menos doctor Guillermo Ortiz Martínez, quien peleaba por esa chamba con el renunciado. Jaijos de… yale y escuelotas ajenas parecidas, ruinosas para los mexicanos.








