SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS.- El sábado 1 de enero de 1994 los integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) lanzaron el grito que desde la Selva Lacandona se extendió a todo el territorio chiapaneco y estremeció a México: ¡ya basta!
Un año después, Chiapas se halla en un virtual estado de sitio, con una economía al borde del colapso y un movimiento social emergente que provoca ingobernabilidad.
Ante esta realidad, el sacerdote Joel Padrón, a quien se llegó a identificar con el subcomandante Marcos, dice: “1994 fue el año de la angustia, confío que 1995 sea el de la esperanza”.
Arturo Luna Luján y Abelardo Palma, miembros del Consejo Político del gobierno de transición en rebeldía y líderes del Consejo Estatal de Organizaciones Indígenas y Campesinas (CEOIC), advierten que de ninguna manera ha disminuido el riesgo de la guerra.
Denuncian presiones, inseguridad, hostigamientos y amenazas contra dirigentes del movimiento social. Describen la incertidumbre en que se halla sumida la población y prevén como posible la desaparición de poderes, con la consiguiente caída del gobernador Eduardo Robledo Rincón o, en el peor de los casos, el reinicio de la violencia.
Coinciden: “lo principal es la toma de conciencia de los campesinos e indígenas, quienes dejaron de ser objetos para convertirse en sujetos de la historia. Con ello se derrumbó la cultura caciquil de la finca y el dominio casi feudal sobre los indios, una forma de gobierno que explotó y ahora está en franca crisis. Y lo fundamental es que los afectados saben que ya no hay marcha atrás”.
Las declaraciones se dan en el marco de una posible renovación de la tregua, rota el 8 de diciembre pasado. Despliegues militares del EZLN y el ejército federal orillaron al obispo Samuel Ruiz a declararse en ayuno permanente con el afán de obligar a los dos bandos a replegarse y pactar una suspensión de actividades.
El presidente Ernesto Zedillo reconoció a la Comisión Nacional de Intermediación como mediadora entre el gobierno federal y el grupo armado, nombró a la Secretaría de Gobernación representante en el posible diálogo y ordenó a la Secretaría de la Defensa Nacional retirar a sus tropas de las comunidades de Monte Líbano y San Quintín, en muestra de voluntad para buscar una salida política al conflicto.
Pero si bien el EZLN vio con buenos ojos la actitud presidencial y, en respuesta, ordenó el retiro de sus fuerzas de algunas poblaciones bajo su control, lo cierto es que “las armas enemigas se encuentran bastante cerca y Chiapas se puede volver a incendiar”.
La debacle económica estatal se agudiza ante la inminente pérdida de la cosecha del café –el estado produce 35 % del total nacional– y por la grave situación que atraviesan la ganadería y el turismo.
LIBERACION INDIGENA
Nativo de Guanajuato igual que el obispo Samuel Ruiz, el párroco de Simojovel, Joel Padrón González, dice que el desplazamiento del ejército federal es preocupante porque si hay voluntad de diálogo, no debería estar tan cerca, tan provocadoramente. “La actitud presidencial es contradictoria, pues los militares tienen copados a los zapatistas”.
Con la aparición del EZLN, los indios lograron en un año que se les reconozca, que “se acepte que ahí están, que después de 500 años de resistencia no fueron aniquilados, que existen con unos niveles de vida muy inhumanos”.
Eso, expresa, no se veía antes de 1994. Se pensaba que Chiapas era un paraíso, no se tomaba en cuenta a su población. Pero existen, tienen derechos y sus demandas son justas. Sólo por eso han reconquistado un lugar en la historia. Ahora habrá que contar con ellos. Lo que han ganado es el reconocimiento a su dignidad, aunque quizá se les quiera seguir despreciando. Ellos mismos están reivindicando su ser de pueblo indígena. Se les ve como nuevos actores, lo que antes no pasaba, pues únicamente se les llevaba algo de asistencia.
Lo grave, lamenta, es que si bien ahora se les escucha, a final de cuentas sus problemas todavía no se resuelven.
El 18 de septiembre de 1991, Padrón fue acusado por los caciques de la región de despojo, daños, robo, amenazas, provocación, apología del delito, asociación para delinquir, pandillerismo, conspiración y portación de armas de guerra. Por ello fue confinado en una celda de alta seguridad en la prisión de Cerro Hueco, donde permaneció casi 50 días. Eran los tiempos en que, como ahora, los terratenientes atacaban al obispo Samuel Ruiz y a toda su diócesis.
Con estos antecedentes, el 19 de diciembre pasado se le acusó de uniformar a los zapatistas en el convento que se localiza al lado de la iglesia de San Antonio de Padua, donde él reside. “Ni que la guerra fuera una fiesta de disfraces”, comenta.
Recuerda que después de eso el secretario de Gobierno, Eraclio Zepeda, le habló para informarle que llegaría un grupo de Seguridad Pública acompañado de un convoy militar para enfrentar cualquier eventualidad.
“Esto causó una tensión muy grande, preocupó muchísimo después de lo que se había vivido el lunes 19, porque la presencia del ejército era riesgosa. Algunos aplaudieron su presencia, pero realmente no era algo de llamar mucho la atención. Quizá fue más notable que en medio de los militares y las armas pasáramos cantando con las figuras de los peregrinos. Al día siguiente los soldados empezaron a patrullar. No sé qué cantidad de elementos esté aquí. Acabo de ver a cinco jeeps artillados.”
Denuncia que desde esa fecha cuatro personas, probablemente de la Procuraduría General de la República, no se le despegan ni para ir a comer.
–¿Cómo puede interpretar lo que ha pasado en este año?
–Pues que las demandas que se plantean son reales, porque la situación resulta muy seria en cuanto a los niveles de educación, salud y tierra. Además, hay un racismo claro contra el indígena. Mientras el indio sirve a alguien está bien, pero ya cuando habla por él, no se le escucha. Se da un desprecio real, como si los indios fueran inferiores y no pudieran exigir nada.
–¿Y esto ha cambiado con el grupo armado?
–Se ha logrado que se vea al indígena con la dignidad de una persona. Pero esto causa también aversión hacia ellos y por eso el aplauso al ejército que constituye una expresión de rechazo hacia el indígena en este momento en que urge la paz.
“De hecho, animar a un ejército contra otro es como si quisiéramos la guerra, y no es así. Los niveles reales que se dan y el desprecio al indígena motivaron su presencia armada para reclamar justicia y dignidad.”
De las demandas indígenas, dice que no se ha notado el cambio, al extremo de que no hay bases para que se dé un diálogo.
Padrón considera que para ello hace falta la solución al conflicto poselectoral y que si el encuentro de las partes se dan las negociaciones, tendrán que apuntar hacia la justicia, la dignidad y los derechos de los pueblos indios.
Se pregunta: “¿cómo enfrentar esto, hasta dónde el conflicto poselectoral realmente entrampa el proceso de paz? Eso deben de verlo todos los grupos que están en el escenario.
“Robledo no es confiable para los zapatistas porque lo consideran ilegítimo. Es algo que impide el diálogo y el proceso de paz está realmente en responder a esas demandas. La situación de ahora, con dos gobernadores, no la imaginábamos antes de las elecciones, ni el 1 de enero. Creo que debe resolverse esto antes que nada. Pero lo urgente es que se declare una nueva tregua.”
Por el momento, para evitar el choque, cree que debe pedirse a los dos grupos armados que se aparten un poco.
El párroco de Simojovel considera el alzamiento indígena como una respuesta “a la violencia en que se les tiene, porque mantener a los indios marginados, negarles derechos, son formas de violencia”. Aclara, sin embargo, que los sacerdotes proponen siempre la vía pacífica para resolver sus problemas.
“No sé si sea un reconocimiento a la Iglesia decir que a ella se debe el que los indígenas se pongan de pie. Si es así, qué bueno. Quiere decir que está cumpliendo.”
Ellos, dice, tienen derecho a hablar, a pedir lo que se les ha negado y con el alzamiento el pueblo indígena ganó en poco tiempo lo que no pudo hacer en 500 años
Pero todo lo que han ganado, afirma, ha sido muy a la fuerza. Y la lucha seguirá. Ya no piden limosna para que se le regale algo. Concluye: “todo indígena que tenga conciencia de su realidad debe estar al lado de la causa que manifestó el EZLN. Sólo el que mantiene los ojos cerrados puede hacer lo contrario. Ahora, quienes les tienen miedo es porque en realidad temen perderlo todo”.
FIN DE LA CULTURA FEUDAL
Para Arturo Luna y Abelardo Palma, al cumplirse el primer aniversario de la declaración de guerra del EZLN, lo positivo ha sido crear una organización “enorme” de campesinos e indígenas, por lo que puede decirse que el Ejército Zapatista vino a despertar la conciencia en la lucha por mejores condiciones de vida. Ese, dicen, es el capital político a partir del 1 de enero de 1994.
El consenso pleno en la Asamblea y el CEOIC –explican– es que el movimiento tiene tanta fuerza que ha hecho que sus demandas y planteamientos se impongan en la sociedad, al grado de que el partido gubernamental y el aparato de Estado se han visto obligados a través de su representante, Eduardo Robledo Rincón, a reconocer en su programa de gobierno el conjunto de sus propuestas. Incluso con el mismo nombre, aunque no con el mismo contenido.
“Esto es porque lo que ocurre representa una revolución indígena y campesina en Chiapas, en la cual se van dando cambios de fondo y en la que la vanguardia son los compañeros del EZLN.”
Este movimiento, parcial aún, venía desde hace 25 años. Y si en 1991 se notaba un agotamiento en la lucha social, los zapatistas vinieron a convertirlo en una revolución que propiamente renueva las formas de lucha y organización.
“Estamos en un proceso de cambio todavía no concluido. La moneda está en el aire, porque falta el desenlace de la coyuntura que estamos viviendo. Se trata de una revuelta que no se dio en Chiapas en 1917 y lo cierto es que se está haciendo lo que no se pudo en aquella época.
“Claro que la reforma agraria, la cuestión de las autonomías indígenas, el asunto de la democracia municipal y un cuestionamiento al conjunto de la forma de gobernar por una clase de ganaderos y caciques anquilosada se han logrado a través de las armas debido a que por la vía legal nunca se pudo.”
Lo que pasa aquí, dicen, es que una capa social atrasada venía dominando al conjunto de la sociedad, su cultura y sus relaciones de poder. Estos grupos se venían turnando en las esferas del poder estatal y también en las dependencias federales. Mantenían una forma de gobierno que es la que explotó con lo del 1 de enero.
“Formas de dominación casi feudales en educación, cultura, relaciones de poder, justicia, caciques, cárceles… todo eso es lo que está volando por los aires con este movimiento.
“O sea, nuestros logros no son solamente en las demandas que vamos conquistando sino en echar abajo formas de relación, al grado de que los representantes de esos grupos se ven obligados a negar su realidad y a criticarla aunque sea demagógicamente. Ante el empuje de los acontecimientos, reconocen que las cosas no pueden seguir igual.”
Según los dirigentes, el EZLN ha derrumbado la cultura de la finca basada en la esclavitud de los indígenas; significa una derrota de los grupos caciquiles, como los Orantes en Jaltenango de la Paz, los Ruiz en Villa de Alcalá, los de Ocosingo o Altamirano, que están “perdidos, política e históricamente.
“Y aunque se defiendan y todavía puedan causar mucho daño en las capas sociales, ya no representan el progreso de este estado, el avance del capital. En su conjunto ya no sirven al sistema en que se están amparando y que los está protegiendo. Así como se acabaron los caciques en la región norte de Simojovel, que emigraron, cambiaron de rubro o cayeron en el camino, igualmente vamos a vivir este tipo de proceso en otras regiones.”
Los líderes aclaran que todo lo obtenido ha sido por la vía de los hechos, al grado de que se ha reducido el numero de presos políticos, cuando antes las cárceles estaban llenas. No obstante, reconocen que también ha costado la vida por lo menos a 14 dirigentes.
En el saldo de este año, destacan además que el partido de Estado perdió las elecciones en agosto. “Amado Avendaño ganó en los pueblos indios y en la región modernizada del Soconusco, los dos factores más importantes para el desarrollo de Chiapas. Por Robledo sólo votaron las capas tradicionales dominantes”.
Arturo Luna: “el asunto es si la guerra o la cerrazón del poder federal o local impedirá los cambios que en Chiapas demanda toda la sociedad”.
Coinciden en que no puede descartarse una ofensiva militar de parte del ejército federal que, según ellos, “sería de consecuencias desastrosas para el estado e incluso para el país.
“El costo social que puede ocasionar el enfrentamiento puede ser muy grande y por eso insistimos en que nuestro movimiento es civil, pacífico y contra la guerra, pero eso no significa que vamos a abandonar nuestras demandas históricas sino, al contrario, porque deseamos una paz y una justicia con dignidad, que la riqueza del estado sea repartida de manera equitativa.”








