LA MANZANILLA, JAL.- A un ladito de este pueblo de ejidatarios ganaderos y pescadores, de terregosas calles, sin drenaje, sin servicios médicos y carente de agua potable en el verano, se construye, con un elevado costo ecológico y mediante maniobras legales e ilegales, uno de los más fastuosos clubes privados del mundo: El Tamarindo.
“La península más espectacular de toda la costa del Pacífico desde Alaska hasta Tierra del Fuego”, según reza la publicidad, será el lugar de refugio y recreo para los 50 supermillonarios (y sus allegados) que paguen 3.5 millones de dólares (así, en dólares, para protegerse de las devaluaciones) por 12 hectáreas en promedio cada uno, sin incluir la construcción.
Como en este moderno concepto del descanso privado rodeado de espléndidos servicios comunes desempañan un papel importante el gusto y el potencial económico de cada quien, la edificación de las mansiones, llamadas “villas”, corre a cuenta de cada socio o suscriptor, entre quienes ya están apuntados el dueño de Herdez, Francisco Hernández Alvarez; los hermanos Jorge y José Martínez Güitrón, socios del grupo Sidek-Situr; el cerebro de esta firma, Kenneth Prysor Jones; José Ignacio Rubio y Enrique Landa, codueños de la constructora Landa y Rubio, responsable de la obra, y Roberto Hernández, accionista principal de Banamex y socio de este proyecto a 50%, por conducto de su grupo Plan, con los hermanos Martínez Güitrón.
Roberto Hernández tuvo la opción de escoger la más envidiable ubicación, el lote “25C”, en el extremo noroeste de la península, sobre acantilados de unos 150 metros de altura, con el mar a sus pies y ante una vista oceánica de más de 290 grados, al frente de la cual se destacan, como en una acuarela, algunos tímidos islotes y arrecifes. A este panorama se accede cruzando un estrecho paso que une a tierra firme con la propiedad de Roberto Hernández, quien, desde su mansión semicircular, ya trazada, en el punto más alto del club, con el poder de su firma tendrá dominio sobre la tierra y el mar.
Cerca de ahí, ya levanta su casa el constructor José Ignacio Rubio, a un tiro de piedra del helipuerto empastado y salpicado de flores que hace poco estrenó don Roberto, quien, acompañado de selectos invitados, asistió a una gran fiesta de socios y amigos del Club Privado El Tamarindo, quienes toda la tarde y noche del 3 de diciembre disfrutaron de manjares excelentes y vinos importados, entre música de mariachi y baños de luces con juegos pirotécnicos multicolores.
Por lo pronto, en el proyecto, los propietarios dispondrán en conjunto de 860 hectáreas, más las que incorporen en el futuro, pues los inversionistas ya le echaron el ojo a un predio adjunto del ejido del Ahuacate, actualmente en litigio, y “se negocian otras 1,000 hectáreas de un predio adyacente denominado El Palmito, propiedad de Salvador Pérez Moreno”, refiere Amanda Lozano Rodríguez, gerente de ventas y mercadotecnia.
La actual extensión de esta paradisiaca península incluye 14 kilómetros de litoral con infranqueables acantilados y cuatro playas superprivadas de aguas muy pacíficas y tibias en donde, además de nadar, los socios y sus familiares e invitados podrán ejercitar la pesca deportiva y el buceo.
Gran parte de la selva fue convertida en un campo de golf de 18 hoyos discontinuos, que van de una cañada a otra, con monte intermedio en algunas partes para que “el deporte de los ricos” incluya algo de aventura. El campo, que parece una “Q”, distribuido por la mitad de la península, fue obra del reconocido experto David Fleming.
Nada se les escapó: parte del área selvática fue arrasada para construir dos canchas de tenis, un campo hípico con rodeo, una pista de salto, senderos ecuestres y 20 caballerizas, además de obras para cables de fibra óptica y para surtir con diez metros cúbicos diarios de agua potable cada terreno.
Entre las facilidades a que tendrá derecho cada uno de los 50 magnates estará la disposición de 15 credenciales “no personales” para acceder a todas las amenidades de los clubes, como el de yates, y para obtener descuentos de hasta 50% en las tarifas del hotel de gran turismo Bel Air Tamarindo (que está por concluir las 60 “villas” que tendrá) y de 20% en comidas, bebidas, etcétera.
Dentro del precio de suscripción se incluyen gastos de mantenimiento del Club El Tamarindo hasta diciembre de 1997. Se advierte en su información que “cada membresía representa una participación indivisible” que “puede ser libremente vendida, sujeto sólo a recomendación del comprador de parte de tres miembros existentes”.
El costo de este desarrollo, que se terminará en junio de 1995, asciende a 80 millones de dólares, sin incluir las erogaciones que harán los 50 socios, quienes, desde luego, tienen facilidades para su inversión: pueden pagar un millón de dólares en la firma del contrato de compraventa y cinco anualidades de 500,000 dólares cada una.
Con su membresía, adquieren automáticamente dos lotes, uno de “la costa” (“C”), frente al mar, y otro “golf” (“G”) o “rancho” (“R”), tierra adentro, en contacto con la fauna y la flora, entre la montaña y la selva.
Debido a que el valor de los terrenos se determina conforme a su ubicación, que puede ser más o menos privilegiada, la extensión del terreno de “la costa” oscila entre tres y 7.2 hectáreas, en tanto que la del “golf” fluctúa de 3.7 a 15.2 hectáreas.
Cada propietario escoge su predio, y cuando hayan construido podrán llegar en helicóptero o en yate o, bien, serán recogidos por una limusina en el aeropuerto internacional de Manzanillo. Habrá todas las comodidades que puedan concebirse porque, como dice la gerente de ventas, “aquí vendemos, más que la superficie, el concepto”.
Y de este concepto ya está vendida casi la mitad.
EL “PRIMER DESARROLLO ECOLOGICO”
De acuerdo con este concepto, el Club Privado El Tamarindo es el “primer desarrollo turístico ecológico”, pues tendrá una baja densidad de construcción; dispondrá de un vivero y un jardín botánico; serán sembradas 600,000 plantas y árboles; serán protegidos un arrecife coralino y la tortuga, así como la flora y la fauna de esta área que comercialmente se promueve como “la última superficie de la costa del Pacífico que no ha sido tocada por la mano del hombre”. Pero, de acuerdo con los ecologistas y los pobladores, ha sido alta la depredación.
Dichos daños ecológicos, conforme a una denuncia formal que se hizo ante las autoridades correspondientes, se produjeron en un área donde “85% del ecosistema es selva baja caducifolia”, que está en proceso de desaparición en el país, y abarcaron, entre otras cosas, la tala de 200,000 a 250,000 árboles como cedros, higueras, mojotes, capomos y barcinos.
Estos datos fueron expuestos por tres grupos ecologistas en una denuncia cuya copia obra en poder de Proceso, y ocasionaron que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), entonces presidida por Santiago Oñate Laborde, suspendiera las obras, basando además su resolución en el hecho de que los grupos Situr-Plan dieron cuenta del impacto ambiental del proyecto ante la Comisión Estatal de Ecología del Estado de Jalisco (Coece) y no ante el Instituto Nacional de Ecología, como legalmente procedía.
Luego, Situr-Plan se amparó contra la decisión de la Profepa, y tras seis meses de suspensión de las obras, según José Martínez Güitrón, obtuvieron la autorización final para proseguir la construcción del club en los terrenos que años atrás compraron al italiano Jean Franco Brignione, dueño del club vecino Careyes, del cual ya también es socio principal Situr.
El 18 de octubre de 1993, la reportera Gabriela Díaz había informado en el matutino Siglo XXI sobre la denuncia formal contra el proyecto. Tres organizaciones –Asociación Ecológica de Coyoacán, Consejo para la Defensa de la Costa y el Grupo de los Cien– demandaron ante la Profepa detener las obras de El Tamarindo, porque “contravienen la legislación vigente en materia ecológica”.
En abril de 1993, la Comisión Estatal de Ecología del Estado de Jalisco, sin ser de su competencia por tratarse de un asunto de orden federal, había autorizado los trabajos, y, en consecuencia, la deforestación que realizaban las empresas Desarrollo Punta del Mar, Sociedad Anónima de Capital Variable, y Bahía Dorada, Sociedad Anónima de Capital Variable, de los grupos Situr-Plan.
Un dictamen similar había emitido el entonces secretario de Desarrollo Urbano y Rural y luego efímero alcalde de Guadalajara, Enrique Dau Flores, a la postre consuegro de Jorge Martínez Güitrón. Igualmente, los grupos ecologistas, en su denuncia, calificaron este hecho como algo ilegal.
La denuncia de los tres grupos ecologistas fue presentada el 14 de septiembre de 1993 y, poco después de una visita de inspección por parte de la Profepa, las obras fueron suspendidas hasta que, finalmente, recibieron autorización para reanudarlas.
Entrevistado en sus oficinas corporativas de Guadalajara, el director general del grupo Situr, ingeniero José Martínez Güitrón, defendió el proyecto de El Tamarindo, que, dijo, “va a ser considerado incluso como modelo ecológico a nivel internacional. Creo que no hay un proyecto que tenga tan baja densidad de construcción, y se hizo precisamente para quienes tengan cierta vocación ecológica. Los que se estaban acabando la vegetación eran precisamente los animales, el ganado”.
Todo, asegura, se ha hecho conforme lo establecen las leyes, y los visitantes internacionales y del país “se han ido maravillados”. Los ecologistas “han dicho muchas imprecisiones porque no conocían el lugar y cuando el proyecto se aprobó, fue porque ya se habían cumplido todas las normas”.
Según él, no se dañó la naturaleza; sólo se destruyeron pequeños árboles y maleza. En contrapartida, se plantarán 600,000 árboles.
No obstante, trabajadores y extrabajadores del proyecto que pidieron reservar sus nombres, aseguran que en El Tamarindo sí se destruyeron zonas de una selva que guarda cierto parecido con la vegetación de la Selva Lacandona. Dicen haber sido testigos de cómo echaron abajo miles de grandes y centenarios árboles, muchos de ellos de maderas preciosas.
Amanda Lozano, entrevistada cerca de la playa El Tamarindo, quien mencionó una serie de medidas de protección e incluso promoción ecológica, como la instalación de un refugio para la fauna y un vivero, añadió que, conjuntamente con el rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla López, se hizo un plan de ordenamiento ecológico y se elaboró un plano de ordenamiento territorial de la Costa Alegre, donde se determinó cuáles son los lugares que deben permanecer intocados, como algunos esteros.
Sin embargo, el doctor Gerardo Ceballos, del Centro de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, concluye en un amplia y detallada investigación de más de 70 cuartillas que los supuestos estudios que realizaron los inversionistas en torno al impacto ecológico del Club Privado El Tamarindo fueron muy superficiales y hasta irresponsables. Dice, por ejemplo, que el obstáculo principal es el problema del agua, dado que un campo de golf de regular tamaño requiere unos 100 litros de agua por segundo.
Y prosigue: en materia de vegetación, no hicieron una cuantificación de los distintos tipos de plantas, ni siquiera exhibieron mapa sobre los mismos. Desde antes que se iniciaran las obras, se preveían daños severos a la selva y se advertía sobre el riesgo de extinción del palmar Orbygnia guacuyule, que sólo se encuentra ya en unas reducidas zonas de la costa de Nayarit y Michoacán, mientras que el área de este desarrollo turístico alberga 30% del total de ese tipo de palmeras. Este es el mismo caso de otras 80 plantas, dice y asegura que fueron afectadas 72 especies de animales en vías de extinción que los estudios de los dueños de El Tamarindo no tomaron en cuenta.
Por las opiniones que recogió este reportero, los inversionistas tampoco tomaron en cuenta los problemas de los pobladores de La Manzanilla, quienes afirman que los beneficios del empleo que ahora tienen desaparecerán en cuanto las obras comunes del club se hallen concluidas, pues la construcción de las villas será hecha de manera paulatina y no implicará la contratación masiva de trabajadores.
Por ahora, según el párroco Saúl Aguilar Díaz, lo que ha oído es que a los trabajadores “no les están pagando a tiempo y les escamotean el salario”, mientras que José de Jesús Medina y el doctor Juan José Morán aseguran que, antes de Navidad y fin de año, muchos trabajadores fueron despedidos –sin indemnización– para evitar que crearan derechos.
Por lo que se refiere a los productos agropecuarios de la región, “sabemos que esos señores traerán sus propios alimentos, pues no creo que vayan a consumir nuestro pescado ni la carne de nuestros animales”, dice el pescador Florentino Gutiérrez, presidente del comisariado ejidal de La Manzanilla.
El doctor Juan José Morán, candidato panista a la alcaldía de Cihuatlán, lamenta que, junto a la opulencia del club privado, haya tales problemas de salud pública, que el balneario sólo cuenta con una presunta casa de salud a donde no acuden médicos, atendida, dice, “por una persona que era intendente, que luego se hizo auxiliar de enfermería y que, se afirma, ahora quiere nombrarse doctor”.
Pero lo más grave para el comisario ejidal y para el delegado municipal, Sebastián Ambriz Delgado, es que los señores de El Tamarindo “se están llevando –en una tubería de diez pulgadas– el agua que sacan permanentemente de dos pozos profundos que hicieron a la orilla del pueblo, mientras nosotros tenemos serios problemas de abastecimiento en época de secas, pues la noria de que disponemos, que no es pozo profundo, sólo puede trabajar dos horas y descansar tres para que se junte de nuevo el líquido”.
Ambriz agrega que los responsables de El Tamarindo les prometieron, desde hace un año, proporcionarles agua de sus pozos, pero hasta ahora sólo la vemos pasar, porque atraviesa el pueblo, para regar, por ahora, el helipuerto y el largo campo de golf, que tiene dos lagunas artificiales, “mientras nosotros debemos racionar el consumo”.
Dice que los de El Tamarindo “se hicieron como los políticos: puras promesas, y nada. También prometieron empedrar o pavimentar la calle que utilizan para entrar y salir con sus camiones cargados, y nada. Prometieron un puente allí en el arroyo, y nada. Hicieron un pozo profundo, y como en lugar de darles 25 litros por segundo, como ellos querían, sólo les dio nueve, nos dijeron que ése iba a ser para nosotros, que lo iban a equipar, y nada: ahí lo dejaron desde hace ocho meses”.








