NUEVA YORK.- La ola sexenal de reformas económicas en México, que hasta hace un mes ningún inversionista estadunidense hubiera dudado en calificar de milagrosa, se convirtió aquí para casi todos, de pronto, en una maldición.
Los acontecimientos, que se iniciaron con el anuncio, el 20 de diciembre, de que el nuevo peso tendría otro “techo de deslizamiento” en su paridad frente al dólar, erosionaron gravemente la confianza de quienes habían derramado miles de millones de dólares en los mercados del país, esperando jugosas ganancias. El nerviosismo, los reclamos, amagos y regaños que brotaron desde Washington y Nueva York pusieron en zigzag la divisa mexicana, mientras que la ira de los inversionistas neoyorquinos hizo dar traspiés el gobierno mexicano y obligó el viaje intempestivo del entonces secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, para tratar de calmar los ánimos.
John Luigi, de la correduría Weston, lo dice llanamente: “todo iba relativamente bien hasta que el gobierno devaluó injustificadamente la moneda. La verdad es que seguimos sin ver la razón de esa decisión, y pensamos que el momento en que ocurrió fue totalmente desafortunado”. Actualmente México, opina Luigi, debiera estar preocupado, porque “si bien fue de los cinco países favoritos para los inversionistas en 1993, ahora hay unos 40 que sin problema podrían tomar su lugar”.
La receta misma que dejó entrever el gobierno estadunidense –apoyar la economía mexicana mediante una nueva línea de crédito– para intentar resolver la crisis monetaria de México y poner fin a la conmoción que se vivió aquí levantó dudas en sectores académicos locales.
Steve Hanke, quien fue consejero económico del presidente Ronald Reagan y ha asesorado a media docena de gobiernos para evitar los problemas que hoy vive la economía mexicana, señala que una nueva línea de crédito, “lejos de resolver el problema cambiario”, hará a México más dependiente de las decisiones del gobierno estadunidense y del Fondo Monetario Internacional, “que ya lo han metido en problemas”. A este país, afirma, “le urge abandonar esos esquemas caducos”.
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En la madrugada del jueves 22 de diciembre, los teléfonos de la Secretaría de Hacienda no dejaron de recibir llamadas de inversionistas estadunidenses e intermediarios financieros, quienes, furiosos, demandaban conocer el rumbo que había tomado súbitamente la economía mexicana. Menos de una semana antes, el flamante secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, había rechazado, en declaraciones que alcanzaron las páginas de The Wall Street Journal, que el peso fuera a devaluarse. Y apenas dos días atrás, al explicar la “ampliación en la banda de flotación” de la moneda, acordada en la reunión del Pacto, el funcionario reiteró que el gobierno defendería el peso.
Serra Puche voló hacia Nueva York y se reunió con un centenar de inversionistas buscando convencerlos de que el gobierno mexicano tenía una estrategia coherente para enfrentar la situación. El secretario fue maltratado por sus interlocutores, quienes expresaron incredulidad en el éxito de las medidas y hasta se quejaron de traición.
Además, de acuerdo con el diario canadiense The Globe and Mail, Serra Puche vino a “suplicar la intervención del Banco de la Reserva de Estados Unidos”. Por la tarde, esa dependencia, en coordinación con el Departamento del Tesoro, puso en efecto su red de seguridad financiera en favor del peso y activó la línea de crédito de contingencia, por 6,000 millones de dólares, negociado el 26 de abril pasado. El gobierno canadiense hizo lo propio y anunció que tenía listos 1,000 millones de dólares canadienses para comprar moneda mexicana en los mercados internacionales.
Mientras tanto, en Wall Street, los inversionistas se deshicieron masivamente de títulos de empresas mexicanas e hicieron caer drásticamente su precio. Las de Teléfonos de México, por ejemplo, cayeron 4.25 dólares, para quedar en 40.74; las de Televisa se depreciaron 2.75 dólares y se cotizaron al final de la jornada bursátil en 32.75, y las de Tribasa perdieron 2.50, para concluir en poco menos de 20.
La firma Baring Securities hizo un análisis casi diario del drama monetario mexicano. Para esa fecha, el 22 de diciembre, los analistas de Baring, Timothy Heyman y Damian Fraser, estimaban que, en su decisión de devaluar, el gobierno mexicano “se movió proactivamente, con reservas aún a niveles adecuados (estimados en 11,000 millones de dólares el 19 de diciembre)… La decisión de empujar por una ampliación de 15% en la banda (en lugar de, por ejemplo, 10%) significa que el peso se ha depreciado en un total de 27% en el año y está ahora subvaluado de acuerdo con casi cualquier medida”.
En sus proyecciones, los analistas elaboraron tres escenarios: uno bueno, uno malo y uno medio. De acuerdo con este último, la paridad media peso-dólar quedaría en 4.15, en 1995; la inflación, en 10%; las tasas de interés promedio, en 13%, y el producto interno bruto crecería 3%. En un análisis dado a conocer unos días antes, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, de la cual México es integrante, había vaticinado que la economía mexicana crecería 4.5%.
El 23 de diciembre, los medios financieros acogieron con cautela la recuperación del peso del día anterior. “Es una estabilidad muy frágil”, advirtió Jorge O. Mariscal, ejecutivo de la firma Golden Sachs & Company. Además, varias corredurías revisaron sus recomendaciones a partir de la devaluación; por ejemplo, los analistas de Baring Securities sugirieron a sus clientes evitar la compra de acciones de compañías del giro alimentario –como Bimbo y Valle– y de tiendas departamentales como Soriana y Liverpool, porque esperaban que los salarios reales y el poder de compra de los mexicanos cayeran. Ese mismo día, último en que funcionó el mercado de valores antes de la pausa navideña, las acciones mexicanas en Wall Street tuvieron una leve recuperación, propiciada, sobre todo, por el anuncio del Departamento del Tesoro y la Reserva Federal.
Los inversionistas aprovecharon el respiro que dio la Navidad para contar sus bajas y avizorar nuevas sacudidas. El lunes 26 de diciembre, la prensa estadunidense dio cuenta de que los inversionistas norteamericanos propietarios de acciones de empresas mexicanas habían tenido pérdidas por 6,500 millones de dólares, mientras que los poseedores de bonos cotizados en pesos habrían perdido otros 3,000 millones de dólares. Analistas de Wall Street, citados por The New York Times, calcularon que entre 61% y 68% de los 73,000 millones de dólares de inversión extranjera en México corresponde a empresas estadunidenses; éstas tendrían 15,000 millones de dólares invertidos en fábricas, maquinaria e inmuebles y entre 30,000 millones y 35,000 millones, en la bolsa, así como en bonos y certificados gubernamentales.
Algunos inversionistas comenzaron a externar preocupación por las versiones de que el gobierno pudiera decretar el control de cambios y dijeron que, de darse, esto sería “totalmente injustificado”.
En entrevista con este semanario, John Luigi, de la correduría Weston, afirmó que funcionarios de la Secretaría de Hacienda de México tienen en su poder información en el sentido de que las fugas de capital que más debilitaron el peso tuvieron como protagonistas principales los más grandes consorcios mexicanos. Según Luigi, de los 12,000 millones de dólares que dejaron el país entre marzo y agosto de 1994, “80% corresponde a los cinco consorcios más grandes de México”. A pregunta expresa, dijo no entender “por qué Hacienda no lo reconoce”.
Diferentes analistas detectaron puntos débiles en la estructura económica del país, hecho que no hizo sino aumentar la incertidumbre. Por ejemplo, Baring Securities advirtió en un reporte que 752 millones de dólares en Tesobonos vencerían el jueves 29 de diciembre; en otras fuentes se divulgó que otros 3,500 millones, por el mismo concepto, tendrán que ser liquidados por el gobierno a finales de enero, y que entre febrero y junio de 1995, 13,000 millones más deberán ser liberados. Por si fuera poco, los periódicos Financial Times y Journal of Commerce publicaron que, en el semestre próximo, vencerán más de 5,000 millones de dólares en certificados tasados en moneda estadunidense y en yenes japoneses.
El peso no resistió. Dejada a su suerte, la moneda se desplomó a un tipo de cambio récord de 5.7 por dólar. En Wall Street, las acciones mexicanas alcanzaron también cifras históricas a la baja. Luego de cotizarse en 52 dólares a mediados de noviembre pasado, los títulos de una de las series emitidas por Teléfonos de México cayeron por debajo de 38 dólares. Y nuevamente un anuncio en Washington tuvo que venir a salvar de una debacle la economía mexicana.
En plenas vacaciones para los funcionarios estadunidenses, el subsecretario del Tesoro, Larry Summers, boletinó un texto de 59 palabras, cuidadosamente seleccionadas, en el cual si bien expresó confianza en la política económica de México, también dijo que los movimientos en el valor del peso mexicano iban “considerablemente más allá de lo que puede justificarse”. Y dejó entrever que el Tesoro podría intervenir, ya que “una excesiva depreciación no está en el interés de nadie”.
Baring Securities observó en su análisis del 27 de diciembre que “por quinto día consecutivo no hubo un anuncio público por parte del gobierno sobre cómo respondería a la crisis, contribuyendo a la incertidumbre de los inversionistas. La confusión fue alimentada por reportes confiables de que el presidente Ernesto Zedillo había decidido dar un mensaje televisado el martes por la noche y después lo había cancelado. Entendemos que el anuncio se reprogramó para el lunes 2, presumiblemente después que se haya dado a conocer un plan de estabilización completo”.
El analista Damian Fraser interpretaba el retraso en la respuesta gubernamental como una “determinación de no actuar hasta que haya elaborado un amplio y creíble plan económico para confrontar la situación. Creemos que la fecha límite para (dar a conocer) ese plan es el lunes, pero con los acontecimientos desarrollándose rápidamente, no pueden hacerse predicciones confiables. Esperamos que el plan esté compuesto por tres elementos clave, aunque no ha habido confirmación oficial de esto”.
Los tres puntos citados por Baring fueron compartidos o recogidos por varios medios de comunicación. De acuerdo con el análisis, el plan gubernamental incluiría asistencia internacional, recortes presupuestales, mayor privatización y prevención de una crisis bancaria. Paralelamente, se especuló que funcionarios mexicanos se hallaban en Washington “negociando con el Departamento del Tesoro sobre un crédito de emergencia… Se dijo que las negociaciones iban bien –informó Baring–, pero no hubo detalles. Es posible que otros países (incluyendo Canadá) y organismos internacionales (como el FMI) estén involucrados en un paquete de rescate. Hubo rumores sin confirmar de que el paquete puede exceder 10,000 millones de dólares, quizá lo mínimo para restaurar la confianza”. Baring también estimó el tamaño del recorte presupuestal: 44,000 millones de nuevos pesos o 16% de los egresos programados para 1995.
En su mensaje televisado del jueves 29 de noviembre, el presidente Ernesto Zedillo declaró exactamente lo que habían predicho Baring y otros medios financieros y periodísticos. De hecho, en esos tres puntos –y en otro más, francamente abstracto, que dispone la suscripción de un acuerdo entre sectores productivos– consiste el denominado Programa de Emergencia Económica delineado por Zedillo: “Ajuste fiscal (que) comprenderá una necesaria reducción en el gasto público respecto de lo programado hasta ahora para 1995”; “un conjunto de medidas para profundizar el cambio estructural” y estimular “el concurso de la inversión privada en la modernización de la infraestructura para el desarrollo”, así como “la integración de un fondo de apoyo financiero con recursos internacionales en un monto que permita la estabilización…”.
El análisis de Baring elaborado en la víspera preveía: “este plan de estabilización seguramente incorporará cortes presupuestales de tal modo que el gobierno pueda balancear el presupuesto, (realizar) nuevas privatizaciones y reformas económicas pro-mercado. La combinación de altas tasas de interés y cortes en el gasto público podría conducir a una reducción en el pronóstico oficial de crecimiento para el año próximo, de uno originalmente de 4% a uno estimado de 1.5%-2%. Calculamos que el gobierno tendrá un déficit en cuenta corriente de 20,000 millones de dólares o menos.
“Siguiendo el aumento en valor de la moneda, el miércoles, y el rebote en la bolsa de valores, hay un peligro a corto plazo de que las expectativas por un plan de estabilización hayan crecido demasiado, y que el gobierno niegue las fugas que hayan ocurrido antes de que se diera a conocer el plan o que las medidas anunciadas decepcionen al mercado. Por esta razón continuamos recomendando precaución…”
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Steve Hanke, profesor de economía aplicada de la Universidad Johns Hopkings y experto en política cambiaria, duda de que la asistencia internacional ofrecida a México pueda ayudar al país a salir de su actual crisis monetaria. “El gran problema es que la confianza se ha ido. Y la confianza es como la virginidad: una vez que se pierde, no se recupera”.
Desafortunadamente, agrega, “este arreglo y el sistema monetario que está en crisis han sido impuestos a México por el Fondo Monetario Internacional. Si el país decide recibir más líneas de crédito para apuntalar su moneda, estará aceptando ser abrazado con mayor fuerza por el Tesoro de Estados Unidos y el FMI, que son los que lo metieron en problemas en primer lugar”.
La experiencia profesional del doctor Hanke incluye haber sido consejero económico de la Casa Blanca en la Presidencia de Ronald Reagan; ha sido consejero para asuntos financieros y monetarios de varios países, entre ellos Yugoslavia, Lituania y Kazajstán; también ha dirigido o asistido, directa o indirectamente, las reformas cambiarias de Argentina, El Salvador, Estonia, Venezuela y Jamaica, algunas de ellas todavía en curso. Es uno de los expertos principales en reforma monetaria para países que sufren inflación muy alta o hiperinflación. En Argentina, por ejemplo, las reformas aconsejadas por Hanke han resultado exitosas.
Localizado en su casa de Baltimore, Maryland, Hanke explica que él es partidario de un sistema cambiario de paridad “de pizarrón” (board) –1-1 en relación con monedas duras–, en contraste con sistemas como el seguido en México de paridad “amarrada” (pegged).
En lugar de una tasa de cambio seudofijada, con su consiguiente política seudomonetaria –comenta–, México hubiera estado mucho mejor con un sistema como el empleado en Argentina. En esta situación, el peso argentino se cambia libremente por el dólar a una tasa invariablemente fija de 1-1. La tasa es mantenida creíblemente demandando que todos los pesos estén plenamente respaldados con dólares, igual que todas las monedas fueron respaldadas con oro entre 1880 y 1914. Autor de varios libros sobre el tema, Hanke argumenta que el sistema board ha probado su efectividad aun en caso de guerra civil –como aconteció en Rusia a principios de siglo o en Birmania en los años cincuenta– y que, aun cuando es una idea vieja, “está poniéndose de moda”.
En la columna que tradicionalmente publica en la revista estadunidense Forbes, adelantada a Proceso, el profesor Hanke se ocupa de las aflicciones del peso. De entrada, dice en su artículo que México es “la última economía en caer víctima del Fondo Monetario Internacional”. En el texto recuerda que él advirtió, en su columna del 4 de julio pasado, titulada “El peso tambaleante”, que si continuaba el sistema pegged impuesto por el FMI, los inversionistas tendrían problemas.
“Con tasas impuestas –expresa–, la paridad es tan buena como la promesa del gobierno de mantenerla, una promesa que ha perdido credibilidad por distintos eventos en el mundo.
“Por el momento, el peso mexicano está flotando libremente, y nadie sabe dónde aterrizará. El gobierno ha anunciado que permitirá que flote durante 60 días hasta que encuentre un nuevo nivel. Pero es una apuesta segura que cuando el peso se asiente, México se comprometerá de nuevo con el FMI y adoptará una tasa impuesta.”
Relata que en mayo pasado visitó México y se entrevistó con altos funcionarios para tratar de convencerlos de las bondades del sistema argentino. Dice que le replicaron que en México todo marchaba bien. “La gente se resiste a reparar sus techos cuando no han llegado las lluvias. Pero cuando llega el diluvio, esos techos se colapsan”.








