En un libro embodegado por la CONADE, Horacio Casarin cuenta la historia de su vida y del futbol de su tiempo

En noviembre de este año por la Comisión Nacional del Deporte en condiciones no explicadas aún –la mayor parte de los ejemplares están en bodega–, Horacio Casarín cuenta la historia de su vida y, con ella, el eterno problema del futbol mexicano: jugamos “como nunca”, pero perdemos como siempre.
El libro se llama Un ídolo y sus tiempos, tal como se lo conté a mi amigo el ingeniero Carlos F. Ramírez. Tiene 34 capítulos, dos prólogos, un epílogo y un apéndice estadístico –sus 335 goles–, además de unas 100 fotografías.
Horacio jugó con el equipo de sus amores, el Necaxa; después, con el Atlante, y tras de incursionar sin éxito en España, terminó con el Club España en México.
Bueno, para quienes de alguna manera no lo pudimos apreciar en toda su magnitud, la película Los hijos de don Venancio nos exhibe al muchacho de aquellos tiempos –Horacio nació en la colonia Roma del Distrito Federal el 25 de mayo de 1918–, ese hijo que prefiere el fut a los estudios universitarios.
Dice Horacio:
“En 1945 me llamó Joaquín Pardavé. Y me llevó con Gregorio Wallerstein. Me iban a pagar 125,000 pesos por película. Estarían Sara García, `Varelita’ y otos actores más.”
El, Horacio, era entonces del Atlante.
Casarín se casó en diciembre de 1941 con la educadora yucateca María Elena King, a quien conoció en el cañonero “Durango”, cuando regresaba a México después de participar en un torneo centroamericano. Y necesitaba más dinero para la nueva vida.
Relata Horacio:
“En 1942, por un lío sindical, un enajenado había matado al señor Fraser en su oficina. La Compañía de Luz no quería tener un cuadro profesional. Era el Necaxa el equipo de mis amores, pero tenía que vivir la realidad de mis nuevas responsabilidades.”
Lo único que le dio el Necaxa a Casarín fue su carta de retiro.
Y habla de la lesión que sufrió en los meniscos, que en aquel entonces difícilmente se atendía, por lo que tenía el temor de no poder jugar de nuevo.
En el Prólogo II, escribe:
“Por mi mente desfiló aquella tarde del 27 de marzo de 1939, cuando en un candente partido contra el Asturias me habían golpeado Carlos Laviada y `El Negro’ León. Cuando en el futbol se te sube la sangre a la cabeza, haces cosas que en condiciones normales no harías. Y casi siempre sin intención de lesionar al rival.”
Y relata el incendio del Parque Asturias:
“Lo mismo digo del arbitraje de Fernando Marcos, a quien le llovieron críticas por aquello de que él había sido jugador del España y el Asturias, tradicionales rivales del Necaxa.
“Nunca he creído que haya habido consigna en lo que me pasó. Es cierto que los asturianos tenían fama de golpear. Me dolía mucho la pierna derecha, pero ni modo, había que seguir. Anoté un gol. Pero después, `El Negro’ León me pegó un patadón en la rodilla derecha. No pude seguir porque la rodilla me dolía enormidades. Se suspendió el juego. La gente en las tribunas gritaba armando un escándalo infernal.”
El Necaxa ganaba 2-1. El entrenador entonces, Pauler, le dijo: “calmado, chamaco, calmado”.
“… en los vestidores me solté llorando. Más todavía porque al rato empataron los asturianos. Nuestras esperanzas se esfumaban. La gente estaba frenética en las tribunas y comenzaron las fogatas de protesta. Los tablones de madera del parque Asturias fueron consumidos por el fuego. Los insultos volaban por todas partes y la gente comenzó a abandonar el parque Asturias, mientras el incendio lo devoraba todo.
“Ese día había ido mi padre a verme jugar. Nunca antes había ido. Supe que bajó a la cancha en busca del árbitro. Era don Fernando Marcos. Creo que todo lo que me pasó fue circunstancial.”
El padre de Horacio fue un militar, don Joaquín Vidal Casarín, quien se casó con doña Carlota Garcilaso. Fueron cinco hermanos. Los padres, longevos: la madre falleció a los 87 años, y su papá –quien aparece en una foto como digno general porfirista– a los 96. Horacio, con su familia, debió emigrar a Kansas City cuando tenía seis años de edad. Luego se trasladaron a Brownsville, Texas, y en 1929, cuando él tenía diez años, regresaron a la ciudad de México.
También habla Casarín de sus problemas al salir del Atlante. Como su carta se la había regalado el Necaxa, cuando ingresó al equipo atlantista se la entregó gratis al dueño, el general Núñez. Sin embargo, cuando Horacio se la pidió para ir a jugar a España, el general le respondió:
“Te cuesta 30,000 pesos”. A pesar de este y otros sinsabores, Casarín señala:
“Todas han sido experiencias maravillosas. Al pasar la curva de los 70, encuentro que no tengo rencores contra nadie, ni angustias de logros no realizados.”
La esposa de Horacio escribe en el primero de los dos prólogos. La señora, hija de un comerciante inglés, quien le inculcó el cariño por los astros del futbol, como buena aficionada, comenta:
“Yo adoraba a los jugadores. En la puerta estaba Raúl Estrada, a quien apodaban El Pipiolo, con su suéter blanco de cuello alto, tan guapo; y Antonio Azpiri, `El León de las Canchas’… Lorenzo Camarena, el veterano defensor, a quien de cariño le apodaban `El Abuelo’; `Pichojos’ Luis Pérez con su gorrita blanca… pero sobre todo, en el centro delantero ese muchacho rubio, mucho más joven que sus compañeros, que corría como gamo y metía tantos goles… ¡Qué bonito jugaba! y ¡cómo cabeceaba!”
Y se casó con el ídolo en 1941, cuando Casarín tenía 23 años. María Elena King relata que, 50 años después, Horacio Casarín mantenía “una figura juvenil y atlética, un rostro lozano, sin arrugas, con ligeras manchas del sol que había recibido durante tantas jornadas deportivas. Solamente su cabello suave y rizado aún abundante, ahora casi totalmente blanco, mostraba su edad. Era para mí el mismo hombre guapo y atractivo que cuando lo conocí”.
Desde el punto de vista deportivo, los máximos logros del futbol mexicano entre los años treinta y cincuenta fueron victorias ante las selecciones de los países del área Norte-Centroamericana y del Caribe (Concacaf), y hubo épicos momentos ante equipos extranjeros que llegaban cansados o de vacaciones a México.
Recuerda Casarín la participación de la selección mexicana en el Mundial de 1950, en Brasil:
“Se dijo y escribió mucho, casi todo equivocado, (aunque) el ambiente de Río (de Janeiro) siempre será una tentación. Vivíamos en un hotel cerca de Copacabana… pero de allí a acusar a algunos de mis compañeros de parranderos, o de que descuidaron su preparación física, hay mucha diferencia.”
Y sobre el partido contra la selección brasileña el 24 de junio de 1950, en un estadio Maracaná que apenas estaba en construcción:
“Vial (Octavio, el entrenador) armó un cerrojo tipo 4-2-4. Durante media hora los hicimos ver mal. Terminamos perdiendo 4-0. Los brasileños usaron su famosa diagonal W-M a la brasileña, con tres defensas. Entiendo bien la frustración del aficionado mexicano, que lleva muchas décadas esperando una satisfacción internacional.
“Regresé haciendo reflexiones sobre lo visto en Brasil, el surgimiento de un futbol de fuerza europeo… pero a la vez sentí que en Sudamérica nacía un nuevo futbol, de habilidad, acorde con las características del latinoamericano.”
Y la reflexión final:
“Quisiera hacer más, eso sí, por el futbol de nuestro país, ahora que entra a una etapa decisiva para lograr la madurez de México. Si los últimos años de mi vida transcurren en la serenidad de mi hogar, viviendo y charlando con los amigos… podré decir que mi vida ha tenido una realización total. ¿Cuántos en la vida pueden presumir de haber hecho casi siempre lo que más les gustaba?”