La compositora norteamericana Myra Kestenbaum capturó la atención del VIII festival de San Miguel de Allende, que gana renombre internacional; “no hay elitismo”, dice su director

SAN MIGUEL DE ALLENDE, GTO.- Culmina con el año el VIII Festival de San Miguel de Allende dedicado a la música de cámara y el jazz, evento que cuenta con una aportación de más de 60,000 dólares de la empresa en telecomunicaciones AT&T Communications Americas Inc., cifra correspondiente a la mitad del costo del festejo.
Considerado como “uno de los más extraordinarios festivales de nuestros tiempos”, a decir del International Herald Tribune, la fiesta musical dirigida por su fundador Gilberto Munguía (violonchelista que radica aquí desde 1986) presentará esta semana recitales de los pianistas Bruno David Casolari y Eugene Watanabe; el saxofonista Harvey Pittel, y un concierto especial el 30 de diciembre con el famoso tecladista británico George Shearing y el canadiense Neil Swaison (bajo), en el teatro “Angela Peralta” de esta ciudad.
La VIII edición comenzó el viernes 16 por la noche con el estreno mundial de la sorprendente obra contemporánea de la compositora Angelina Myra Kestenbaum Fire storm-LA 1993, interpretada por David Kim (violín), Roberto Díaz (viola) y Andrés Díaz (chelo), y la presencia de la propia creadora.

TORMENTA EN SAN MIGUEL

La intensidad de Fire storm-LA 1993 es reflejo de los acontecimientos que cambiaron la vida de Myra Kestenbaum, a partir del accidente deportivo que la retiró de su brillante carrera de violista, a mediados de 1992. Como ella dice, “es la explosión y la resolución de mi tremenda crisis que estalló aquel año”.
“La mitad de mi hombro izquierdo –afirma Myra a Proceso– me fue reconstruida con cirugía médica, pero ya no pude tocar más. Puedo escribir música y es lo que haré el resto de mi vida. Me encantaría trabajar más música para espectáculos multimedia y producciones de teatro, donde el tema sea la condición humana.”
–¿Cómo afectó el accidente su vida y música?
–La cambió totalmente y tuve que comenzar de nuevo. Estoy en ese proceso. Luego de mi carrera como solista, regresé a lo que era mi primer amor: la composición, pues desde que tenía dos años improvisaba melodías. Debí cambiar los acordes de mi vida como violista y tomar una resolución. Puedo decir que sufrí una gran tormenta de fuego en Los Angeles. En la segunda media parte musical, cuando la tormenta de fuego va más rápida y fuerte surge la secuela, donde vuelvo a nacer, creando. Tardé mucho en superar esto.
Originaria de la parte oeste de Los Angeles, California, Myra Kestenbaum se graduó en la Juilliard School de Nueva York. Relata esta mujer de mirada suave:
“Desde niña sabía que me dedicaría a la música. Mi padre era médico y mi madre pianista, carrera que detuvo para dedicarse a la familia; ella sólo tocaba para mi hermana y para mí. Había dos pianos en casa y mi padre era un amante de la música, tocaba las piezas que le gustaban en su pianola. Nuestra casa estaba llena de música, crecí oyendo los discos del mejor violinista del mundo, Jascha Heifetz. Cuando cumplí los siete años, mis padres me pusieron a estudiar violín, pero seguí estudiando composición.”
–¿Cómo era la vida con sus padres?
–Mi padre era el doctor Kestenbaum, provenía de una familia judía muy pobre y triunfó por sus propios méritos, y mamá era de Minnesota en la frontera norte de Estados Unidos, descendiente de rusos. Papá llegó a los seis años desde Polonia a Brooklyn con su madre, quien lo metió a la escuela de medicina cuando se cambiaron a Denver, Colorado. No tenían dinero, sobrevivían de prestado y pusieron una botica. Por diversas circunstancias tuvieron que mudarse a Los Angeles.
Un hecho maravilloso contribuyó a su formación:
“Un día llegó la gente de una congregación negra diciendo: `nuestro ministro se muere, doctor, por favor venga a ver qué puede hacer’. Yacía en una vecindad negra muy humilde y no tenían para llevarlo a otro lado, por lo que fue a casa de este sacerdote y mi padre halló ahí a cientos de fieles rezando. Mi padre lo trasladó a nuestra casa cuando se dio cuenta de la gravedad del ministro. Estaba irreconocible, con su rostro repleto de cicatrices por doquier. Mi padre pensó: `si salvo a este hombre, podré practicar’. Y dijo para sí: `He oído de un caso igual, con los mismos síntomas de cara ensangrentada’. Y preguntó a los integrantes de su familia si había enfermado por un rasguño en la cabeza que se devino en terrible infección. Así era, y entonces mi padre mandó enviar antibióticos de sulfamida desde Chicago, cuando todavía no se tenía penicilina.”
Cada día llegaba la medicina en tranvía, y poco a poco el cura mejoró. Cuando se recuperó completamente, el ministro negro bendijo al padre de Myra cada semana en su iglesia dominical durante 20 años, y consiguió que los enfermos del barrio consultaran al doctor.
“Logró una buena reputación médica, por lo que cuando yo tenía tres años pudimos cambiarnos a una casa más grande y luego a otra en Hollywood, donde vivían las luminarias del cine. Estudié con violines Stradivarius y los mejores maestros.”
Myra Kestenbaum estudió de niña con Mario Castelnuovo-Tedesco y Alexander Tansman. Su primera obra sinfónica, String portraits, comisionada por la Orquesta Sinfónica de San Luis Obispo, recibió gran reconocimiento crítico en su estreno durante febrero de 1994.
Como compositora en residencia en el Foro de Música del Colegio Bennigton en Vermont, en agosto del año pasado, dirigió los estrenos de dos trabajos escritos para el acto: Fantasies and chorale y circus, obra teatral.
El violinista David Kim de 31 años, oriundo de Chicago, dijo a Proceso tras finalizar la ejecución de la pieza de Myra Kestenbaum:
“La principal dificultad para interpretar Fire storm es que se trata de música donde no hay la tradición que existe en trabajos de Brahams y Beethoven, cuyas obras también tocamos. No teníamos idea de cómo tocar Fire storm, pero ya en México ensayamos dos veces con la compositora; ella fue muy directa y el resultado fue excelente. La partitura es muy difícil, con bastantes disonancias. El tema es el fuego y la destrucción. Ella escribió la composición para sacar ese tipo de ira que suena exactamente con la dificultad con que compuso.”
Para Roberto Díaz, nacido en Chile, la pieza “está bastante bien escrita” y “no tuvimos que discutir mucho para integrarla”. Empero, “hay partes que no son nada fáciles y trabajamos bastante”.
Los conciertos diarios en el “Angela Peralta” sumarán 14 en total (tres con entrada libre), más otro gratuito en la Parroquia de San Miguel Arcángel con el Ensamble Vocal Mexicano el 25, además de dos ya celebrados en Morelia y la ciudad de México. Participan: los tecladistas Thomas Hrynkiw, estadunidense, y Pedja Muzijevic, nacido en Bosnia; el narrador español Louis Montanos (en Pedro y el lobo, de Prokofiev) y el violinista mexicano Martin Valdeschack.
El director fundador del festival, Gilberto Munguía, rechazó que fuera un evento para la élite de extranjeros en San Miguel:
–¿Por qué elitista?
–Creo que este festival está arraigado en San Miguel, ciudad con población de más de 100,000 habitantes. Espero tener mucho más apoyo de las organizaciones de gobierno y municipio, pues ellos reconocen que atraemos a mucha gente y tenemos renombre internacional. Aquí no podemos sacar los conciertos a la calle porque estas dos últimas semanas del año son de mucho frío y en la tarde hace mucho sol. Me gustaría tener ópera, que fuera más variado y en otras sedes. Los extranjeros estadunidenses que viven aquí son los que más aprovechan el festival; a los mexicanos no les llama tanto porque están acostumbrados a tener el evento. Pero tenemos que contar con un apoyo mayor de los habitantes para tener una base más grande y no conformarnos con el patrocinio de AT&T. Conaculta apoya y otras instancias como Yamaha, pero hace falta la gente.