Llevar una novela al teatro ha sido siempre la tentación de muchos directores, quienes fascinados por la literatura de un autor se aventuran a convertirla en hecho escénico. Los resultados, por lo general, son desastrosos, porque los lenguajes son tan distintos, que se requiere una verdadera traducción, tan difícil como hacerlo de la legua a la tarahumara.
Cuántos intentos de llevar los textos de Gabriel García Márquez y de Juan Rulfo al teatro han naufragado, aunque haya habido excepciones que confirman la regla, como los trabajos de Carlos Jiménez en Colombia y la Cuadra de Sevilla, en España, tratándose de García Márquez o el de Mauricio Jiménez, en el caso de Rulfo, o aquella adaptación que hizo Vicente Leñero de Los hijos de Sánchez.
Ni autores como James Joyce se salvan de esta manía de transformar una novela en teatro. Y no son irlandeses ni alemanes los que intentan trasladar su Retrato del artista adolescente al drama y éste al hecho vivo sobre el escenario. Son mexicanos, y no viejos y experimentados creadores teatrales sino un grupo de cinco jóvenes; tres actores, un director y un dramaturgo los que se lanzan a esta casi imposible tarea, Teatro La Ruta.
Lo interesante del experimento es que no sólo salen bien librados de la aventura sino que logran un producto verdaderamente teatral, propositivo, bello y vital que atrapa a los espectadores, jóvenes principalmente, quienes sin haber leído antes el texto, se interesan por lo que se ve y se escucha.
Uno de los muchos aciertos es la dramaturgia de Luis Moncada y Martín Acosta, una acertada selección de diálogos y anécdotas y una inteligente síntesis de situaciones que muestran la aventuras intelectuales y emocionales de Stephen Dédalus, desde su infancia, a su adolescencia y de ahí a la juventud.
Otro de los hallazgos es el juego teatral que propone la dirección de Martín Acosta, joven director que tiene ya varios excelentes montajes en su haber. Jugando, jugando, con música de circo, una silla y tan solo tres velices, en un minúsculo espacio teatral que evoca un teatrino, los tres actores seducen al público y muestran su capacidad actoral y su destreza. Se ven sinceros, con energía, dúctiles, versátiles y con pleno dominio de la convención que han seleccionado para su experimento.
Alejandro Reyes como Stephen, es, de los tres, quien tiene más experiencia sobre las tablas y en quien recae el peso de la tensión dramática y de la anécdota; Mario Oliver, como Fleming y Arturo Reyes, como Wells, muestran a dos actores en proceso de formación, pero está tan cuidada la puesta y tan bien dirigidos que ellos resuelven bien los retos que impone el estilo y el género asumidos en este montaje.
Hasta el vestuario es también un acierto. Sólo con esa ropa que sugiere sutilmente las modas de principio de siglo es posible pasar de una edad a otra y de un espacio a otro, sin pretender ilustrar épocas, país, región, hora y estaciones del año. Sin embargo, la iluminación de José Enrique Gorlero, en otras ocasiones bien lograda, ahora falla; a menos que sean intencional que el torso y cabeza de los actores queden en penumbra, cuando se suben a la silla o a los velices o a menos que se haya buscado esa iluminación plana, frontal, sin contrastes.
Para gozar cabalmente esta puesta, no hay que leer la carta a James Joyce, que suscriben en el programa de mano los creadores de este montaje, porque nada tiene que ver ese texto bastante cursi y tonto, que quiere retomar un tono humorístico y jovial de la novela, con el producto escénico, ese sí, lleno de humor, antisolemne, evocador y artísticamente muy bien logrado.
Con justa razón Carta al artista adolescente gustó tanto en la pasada Muestra de Teatro en Monterrey y con mucho más razón provoca aplausos de conocidos críticos de juicio riguroso y de los espectadores, sin prejuicios, que son sorprendidos con una obra que no tuvo grandes recursos económicos para su producción, pero que es rica en ingenio y creatividad.
PD. Mea culpa: en la nota anterior afirmamos erróneamente que Entrevista con el vampiro era de Stephen King; la verdadera autora es Anne Rice.








