Dentro de las actividades musicales realizadas en la ciudad de México a lo largo del año que finaliza, dominó como rasgo marcante la presencia de varios intérpretes notables en terrenos del canto.
En el sector vocal destacaron varias participaciones al estar dotadas de brío, refinamiento y aciertos. Entre ellas pueden contarse las de:
Hermann Prey, como solista de la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de Fernando Lozano, en un grupo espléndido de canciones de Schubert (1797-1828), cuya actuación le otorga duda la calificación de El mejor cantante del año.
Federica von Stade, a causa de su desempeño sibarítico durante el último movimiento de la Sinfonía IV (1899-1900, rev. 1910) de Mahler (1860-1911), que alcanzó una plenitud memorable: estilo, fraseo, musicalidad, línea de canto, impecables. Dirigió Enrique Diemecke.
Encarnación Vázquez, tanto en su participación en la Sinfonía VIII (1906-1907) de Mahler, como al cantar las creaciones de Angela Peralta (1845-1883) con acierto idéntico e intensidad envidiable. Directores: Diemecke y Enrique Patrón, respectivamente.
El mejor elenco vocal del año: el reunido por Enrique Diemecke para interpretar la Sinfonía VIII de Mahler. Especialmente en el sector femenino: Barbara Dever, Encarnación Vázquez, Dinah Bryant, María Luisa Tamez y Conchita Julián. Epifanía radiante.
Todo esto en la circunscripción de concierto. Por lo que toca al canto operístico, son otros los nombres que surgen de inmediato:
Eva Marton como la protagonista en Turandot (1921/…) de Puccini (1858-1924). No sólo la potencia enorme que suele serle atribuida como característica dominante sino además un marcado aplomo, variedad de recursos y manejo certero del órgano vocal. Esplendor épico.
Grace Echauri constituyó la revelación del año, en forma evidente. Al aparecer en Ildegonda (1865) de Melesio Morales (1838-1908) su conducta rebasó ampliamente la de otros y otras cantantes con mayor reputación en nuestro medio. La magnitud opulenta de sus alcances vocales, enriqueció de manera notable aquellas funciones de dicha ópera en que participó esta mezzosoprano.
A su vez, Luis Girón May puede ser considerado –con justicia– El mejor cantante operístico del año. Al encarnar el personaje central de Nabucco (1842), llevó a cabo una consolidación manifiesta de su carrera en México. Desempeñó una tarea difícil con sentido de responsabilidad patente, lo que se tradujo en un resultado de particular brillantez.
Al extremo opuesto: la cantante más dispareja del año fue Julia Migenes Johnson. Con la región aguda destrozada, respiraciones arbitrarias en medio de una frase, destruyendo sentido melódico y texto a la vez; ofreció varias versiones accidentadas, lamentables, de fragmentos operísticos consabidos. Al pasar por el centro en el viaje hacia el grave, su emisión vocal mejora sensiblemente. Así, cantó muy bien ciertas intervenciones de la Desdémona de Verdi (1813-1901) en Otello (1887). En la Sinfonía III (1976) de Gorecki (1933) contribuyó de manera eficaz, con delicado ascetismo, al logro satisfactorio del total.








