Un tesoro del Museo Nacional de Historia

Cuando la directora del Museo Nacional de Historia, doctora María Eugenia de Lara, me invitó a escribir el capítulo sobre obras monumentales, en el que resultaría un volumen de excepcional belleza: Tesoros del Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec (coordinado por Gloria Amtmann Aguilar de Solana y patrocinado por diversos organismos estatales y privados), no dudé en incluir El monumento a los Niños Héroes, hecho en 1924 por Ignacio Asúnsolo y el arquitecto Luis MacGregor, localizado en la terraza poniente del Castillo, en lo que había sido el patio “Juan de la Barrera” del antiguo Colegio Militar.
A mediados de 1924 se convocó a un concurso para las esculturas que deberían rematar un monumento a los Niños Héroes proyectado por el arquitecto Luis MacGregor Ceballos, a petición de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. El arquitecto MacGregor había pasado por la Escuela Militar de West Point y recordaba la desagradable impresión recibida al ver ahí, exhibidos como trofeos, banderas y cañones mexicanos. Si allá mostraban con prepotencia los testimonios de una guerra desigual, aquí había que recordar con máxima dignidad a los cadetes que habían perdido sus vidas al defender esas banderas y esos cañones.
Al concurso cerrado sólo fueron invitados los escultores Manuel Centurión, José Tovar Matador e Ignacio Asúnsolo. El jurado estuvo constituido por los arquitectos Luis MacGregor, Nicolás Mariscal, Roberto Alvarez Espinosa, Manuel Ituarte y José Gómez Echeverría. Obtuvo el primer premio de 18,000 pesos Ignacio Asúnsolo (1890-1965). La obra se realizó en sólo tres meses, pues el presidente Alvaro Obregón había expresado su deseo de que estuviera terminada antes de que él concluyera su período de gobierno. El arquitecto, el escultor, los canteros y los obreros encargados de la ejecución (afiliados éstos a la Asociación de Constructores Mexicanos) hicieron entrega del monumento el 22 de noviembre, durante un ágape ofrecido por ellos al presidente. El acto de inauguración tuvo lugar el 27 de noviembre.
En el monumento (poco tomado en cuenta posteriormente por hallarse en el exterior) la patria adolorida se ve cubierta por las alas del águila, teniendo a los lados nopales, mientras el todo descansa sobre la serpiente enroscada. En el gran pedestal cuatro figuras de adolescentes simbolizan: el sacrificio supremo, la desesperación en la defensa, la lucha desigual y la epopeya. Todo el monumento fue tallado en piedra chiluca procedente de las canteras del púlpito del Diablo.
El tema exigía un sello mexicanista y Asúnsolo pudo lograrlo con gran elegancia y sobriedad. Diseñó una primera versión de sentido romántico y algo rococó, sobre todo en las figuras de los cuatro lados del basamento, que eran mujeres en actitudes simbólicas. Después las cambio por austeras figuras de jóvenes aborígenes, pero con aspecto de custodios de la mujer representativa de la patria. Esas figuras aparecen separadas por alegóricas coronas de gratitud. La matrona forma un arco sostenido por las verticales de los adolescentes. El ritmo geométrico simple se adecua mejor al diseño general del arquitecto MacGregor, concebido como una serie de círculos concéntricos, atravesados por cuatro espinas que parten del cuerpo central hacia cuatro pebeteros con pedestales colocados frente a cada una de las figuras de los muchachos casi desnudos. El monumento tiene la forma de un suave cono truncado.
Con el título El Monumento a los Niños Héroes, una obra de valor artístico y de significación histórica”, se publicó sin firma en el periódico El Universal (diciembre 12, 1924) una buena descripción de esta obra: “La actitud general de las cinco figuras es natural y sin rebuscamientos. El tratamiento escultórico sobrio, a planos, con líneas amplias, sin acumulación de detalles superfluos y perfectamente de acuerdo con la sencillez del monumento. Las figuras de los costados traducen los siguientes símbolos: la del oriente, el sacrificio supremo, por lo que la figura presenta su cuerpo en holocausto, guardando tranquilidad y simetría; la del norte, desesperación en la defensa, significando valor, patriotismo, impotencia física, cólera, falta de resignación contra el destino; la del sur simboliza la lucha desigual, por lo que manifiesta íntegros sus arrestos de combatiente, pero carece de armas para combatir al enemigo; la situada al poniente es la epopeya, cae muerto el adolescente, envuelto su cuerpo en la bandera. Se tomó en cuenta la orientación del monumento y de cada figura para obtener los efectos de claroscuro más armoniosos.
“La patria está representada por una matrona fuerte y noble en sus proporciones y movimientos, con cierto tinte luctuoso, pero sin perder la impresión de serenidad. Los paños y elementos que la acompañan subrayan claramente que están sometidos a la gravedad terrestre, sin ser agitados por el viento. El cuerpo supone la figura hincada sobre la rodilla derecha, descansando sobre la misma pierna. La pierna izquierda está en flexión, con la planta del pie sobre el suelo. Manifiesta un dolor tranquilo, no desesperado. La rodean los emblemas del escudo nacional, o sea, la serpiente, el águila y los nopales. La serpiente, que sirve de plinto, se supone enroscada alrededor del sitio que sirve de asiento a la patria; la cabeza asoma entre los paños de esta figura. Se inspira el modelado de la serpiente en el modo simbólico de ejecución realizado por los escultores prehispánicos.”
Cuando el 21 de diciembre de 1995 se cumplan tres décadas de la muerte de Ignacio Asúnsolo, podría hacerse un acto de revaloración de este monumento cuya dignidad estética no ha sido atendida en el último medio siglo, y más aún cuando las esculturas cívicas de los últimos tiempos han sido realizadas con una ineficacia y una torpeza que va de lo mediocre a lo vergonzoso, y que denuncia que los gobernantes de hoy en día tienen menos criterio artístico que Alvaro Obregón.