LA HABANA, CUBA.- Pintar al subcomandante Marcos es lo que le encantaría al renombrado pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.
Más que eso: “ir a Chiapas y ver lo que hay, porque a mí la verdad de las cosas me entran por los ojos. Tengo que sentir, tocar y luego pintar”, sostiene.
Lamenta, empero, no poder ir pronto. Está lleno de compromisos: tiene que hacer viajes a Africa; exposiciones por Europa y Asia; murales, monumentos y pinturas por encargo de personajes y gobiernos.
Por lo pronto, en enero tiene programado hacer un retrato de Fidel Castro. “Es el cuarto que le hago, pero ahora será un retrato con sus manos”, comenta.
–¿Por qué esos retratos? Un pintor que hizo ya una obra trascendente no parece necesitar hacer retratos de reyes y presidentes.
–Son cosas de compromiso–, refiere el artista.
Y comenta: “el rey Juan Carlos de España me encargó dos murales en el aeropuerto de Barajas en Madrid. Una forma de decirle gracias por ese encargo es hacerle un retrato. El de Mitterrand (Francois, expresidente de Francia) lo hice por la amistad que le tengo. El de su esposa, Daniel, por admiración…
“También retraté a mexicanos: Leopoldo Zea y Luis Echeverría, este último siendo presidente de México.”
Asegura que en ningún caso hay gratificación o cobro y que solamente en tres retratos ha puesto la frase: “con la admiración de Guayasamín”: a la señora Mitterrand, al guitarrista español Paco de Lucía y al presidente Fidel Castro.
Guayasamín recibe a Proceso en una casa de Protocolo del Consejo de Estado de Cuba. Le fue asignada por ser “amigo y visitante distinguido” del gobierno de la isla.
Afable y de buen humor, platica rodeado de cuadros “comerciales y de bajo valor artístico” y el estímulo de unos cigarrillos duros que chupa con fruición.
Entre bocanadas comenta que perdió ya la cuenta y el registro de sus obras: entre 6,000 y 7,000, calcula. Pero señala que hay unas 3,000 que “andan por ahí, perdidas”.
Dice que ahora, para nutrir el museo que lleva su nombre en Quito, tiene que recomprar sus propios cuadros a precios estratosféricos: hasta 50,000 dólares.
El pintor ecuatoriano habla de la influencia del muralismo mexicano y de sus maestros: José Clemente Orozco y Diego Rivera; de su rechazo a participar en la política, “obra efímera y circunstancial”; de su apoyo hacia los indios de América Latina y, paradójicamente, de su animadversión por la pintura indigenista; de su amor por Cuba, cuya realidad, sin embargo, no se atreve aún a pintar.
DEL LLANTO A LA TERNURA
Cada que Guayasamín se pone frente al caballete tiembla de miedo. Se sobrecoge ante la efímera virginidad que, en franco desafío, le lanza una tela blanca. “Entonces soy como un niño, sumido en una crisis tremenda hasta que, lentamente, empiezo a dibujar”, dice.
Su cabeza, cuenta, es como una computadora: “todo lo que miro, todo lo que me estremece y me hace reír o llorar entra en ella y solita va aclarando las cosas hasta que, de repente, `zas’, ya está el cuadro en la cabeza”.
Su materia prima, comenta, no es el óleo, el acrílico o la acuarela: son las lágrimas. A partir de ellas inició hace 30 años la serie pictórica El camino del llanto, “un canto a la vida de los indios, los mestizos y los negros de Latinoamérica”. Luego comenzó La edad de la ira: rostros cargados de tragedia, sin esperanza. Y, más recientemente, La edad de la ternura: mezcla irremediable de alegría y dolor.
–¿Hay una nueva etapa en su obra?
–No, porque estas tres etapas son como una sinfonía inacabada, una especie de tríptico infinito. La edad de la ira no se termina. Todavía no tengo cuadros sobre, por ejemplo, Irak, o sobre los niños asesinados en las calles de Sao Paulo o Río. Y la Ternura surge de repente cuando en Africa veo a una madre recogiendo a su niño muerto.
Para pintar todo eso que lo estremece, Guayasamín piensa viajar a Africa, a Brasil, a la extinta Yugoslavia y, admite, le gustaría estar en México. “Ir a Chiapas y ver lo que hay, porque a mí la verdad de las cosas me entran por los ojos. Tengo que sentir, tocar y luego pintar”, sostiene.
–¿Le gustaría retratar al subcomandante Marcos?
–Me encantaría.
Sólo que, comenta luego, estos meses los tiene atiborrados de compromisos: exposiciones en Madrid, Barcelona, Roma, Venecia, Florencia… Un mural en Cáceres, España. Un viaje a Japón y otro al Africa. Un mural sobre el Ché Guevara y un monumento en Ecuador, etcétera.
Es tanto el trabajo, dice, que sólo lo resiste por su “excelente estado de salud”. Sonriente, comenta que los resultados de los exámenes médicos cubanos “dicen que estoy perfectamente”.
A su edad, 75 años, cuenta que trabaja de 12 a 14 horas diarias. Y que puede pasarse encerrado en su estudio hasta 18 horas seguidas sin interrupción.
–¿Y cómo se ha dado tiempo para una vida con varias mujeres (se caso siete veces) e hijos (siete reconocidos)?
–Ayer un cura me preguntaba: qué es lo que usted hace para sentirse tan joven. Le dije: pintar y hacer el amor. Porque el hombre que no hace el amor está muerto.
–¿No ha pensado en escribir sus memorias?
–Justamente ahora el escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum terminó hace unos meses un libro de 480 páginas sobre mi biografía. Trabajamos un año y medio, grabando semana tras semana. El libro está en prensa en Alemania, en cuatro idiomas. No van fotografías personales mías, ni de mi papacito ni de mi mamacita. Mi niñez se va a reflejar en cuadros que hice cuando era niño y a través de la obra plástica va ir diciendo quién soy.
No obstante, relata que este libro expone sólo lo “de piel para afuera”: lo que le tocó vivir en este “siglo de hecatombes”. Lo de “piel para dentro –las cosas íntimas, entrañablemente mías–, no las he contado todavía. Alguna vez lo haré, sin duda”.
–¿Cuándo?
–Calma, yo voy a vivir como 100 años. Les digo que tengo una salud brutal.
–¿Cuál es su primer recuerdo en la vida?
–Yo debía haber tenido unos seis años y medio, estaba en una estera boca abajo, copiando una postal de lo que después supe era el castillo de San Angelo. En esa postal había un cielo naranja luminoso. Yo quería plasmar esa tonalidad y no podía. Mi madre, al lado mío, se sacó un poco de leche de su seno, la puso en un platito para que la blancura de la leche ayudara a hacer más luminoso ese cielo.
Ese suceso, cuenta el pintor, lo marcó para siempre. “Cada vez que pongo un cuadro nuevo en mi caballete, siempre estoy pensando en esto, porque es el móvil emocional para todo lo que he hecho desde niño hasta ahora”.
OROZCO Y RIVERA: LOS MAESTROS
De incalculable riqueza, este descendiente y defensor de los indígenas tiene dos lujosas residencias ubicadas en el exclusivo barrio quiteño de Bellavista. Sus habitaciones están adornadas con cuadros de Picasso, Miró, Chagal y Portocarrero.
El, empero, niega que pinte para ganar dinero. “Y menos ahora. Casi todo lo que pinto hoy es prácticamente para la Fundación (Guayasamín). De repente hago un cuadro para la venta, pero por mi pensamiento no gira la idea de hacer una pintura comercial, ni mucho menos”.
Defensor de los movimientos indígenas, el artista plástico rechaza la pintura indigenista. “Mi interés –señala– está en el hombre desnudo, con su pensamiento, en su historia. Tomo al grupo indio como un grupo humano, no como folclor y jamás hablo de razas”.
Abunda: “el indigenismo en la pintura nos vino de México. Todos despertamos con el movimiento mexicano y aunque admiro a Diego Rivera sólo pinté uno que otro cuadro indigenista cuando era muchacho, a los 20 años, después ya no”.
–¿Qué diferencias y coincidencias tiene con el muralismo mexicano?
–Yo fui alumno de Orozco (José Clemente). Estuve tres meses en México. Fueron días duros porque no tenía dinero. Hice ahorros muy fuertes para poder ser su alumno. Con él aprendí a pintar al fresco.
Afirma que desde esa época (1943) su pintura ha cambiado mucho. “Esa forma de pintar murales está fuera de mi sentimiento actual. Aprendí de Rivera y Orozco, pero salí después a buscar mi propio lenguaje y a decir mis cosas”.
Señala, por ejemplo, que el historicismo de los murales mexicanos no se encuentra ahora en los murales de Guayasamín.
PINTAR A FIDEL
Pintar retratos, como hacían los antiguos, no es para Guayasamín una tarea que le deje dinero. Lo hace “por compromiso” y “amistad”. Ha pintado a reyes, artistas y presidentes.
“Pero también –advierte– he pintado a personas sencillas y humildes. Felizmente sé leer a través de su rostro cosas íntimas que la gente no puede decir. Son millones de gentes que no pueden protestar, cantar o gritar. Por eso creo que el artista, el pintor, el músico, el poeta, deberían ser –y yo trato de ser– el que da cantando, el que da pintando, el que da llorando a los demás.”
Fidel Castro –de quien no oculta su amistad y admiración– es el personaje más retratado por el pintor.
–¿Por qué varios retratos?
–Porque es un hombre tan complejo… Tan lleno de facetas distintas que un solo retrato no alcanzaría a reflejar todo su mundo interior. Es un hombre con una ternura hasta las lágrimas, pero también de una seriedad, de una postura tan directa en política y en su pensamiento filosófico, tiene una memoria inconcebible, y así tiene varios aspectos. Podría hacer ocho o diez retratos de Fidel y posiblemente llegue a hacerlo. Hemos hablado de que cada dos años yo seguiría haciendo retratos de él.
–¿A él le gusta que lo retraten?
–Debe gustarle. Cuando le pido hacerlos me dice siempre que sí. Por primera vez le voy a hacer un retrato en enero que va a ser tomado en fotografía. Ni a él ni a mí nos gusta que cuando yo le hago una pintura haya más gente atrás, pero ahora se va hasta a filmar.
–¿No cree que al hacer esto se pueda rendir culto a la personalidad, que tanto critica Castro?
–No tiene nada que ver. Fidel es la primera vez que se dejaría filmar mientras yo hago el retrato. Sé que Antonio Núñez Jiménez ha escrito una cantidad enorme de volúmenes sobre su biografía, pero mientras él no muera está prohibida su publicación. Otros periodistas han hecho entrevistas sobre su personalidad pero se publican afuera, aquí adentro él no lo permite para evitar ese culto que usted señala.
Afirma que esta es otra de las facetas de Fidel. “Su intimidad y su profunda timidez. Un poquito como yo. Tal vez por eso nos encontramos mucho. Por eso cuando nos desatamos yo para pintar y él para hablar se va toda la timidez y no hay quien nos pare”.
–¿Pinta o va a pintar a Cuba?
–No, porque no conozco Cuba lo suficiente para realizar una obra. Por ejemplo, jamás he pintado el mar. No conozco el mar y no me atrevo a pintarlo.
–¿Pintará la realidad cubana, su crisis, como se pinta la realidad de los niños en Brasil?
–Tal vez. La crisis de Cuba es una situación difícil, pero yo no veo en este pueblo la tragedia que veo en otros, aquí lo que yo palpo es sensualidad y alegría.
Convencido, afirma que pese a los problemas en la isla, la revolución cubana sigue siendo una meta a seguir para los pueblos de América Latina. Es, asegura, “la revolución más limpia de influencias exteriores”.
–¿Usted la desearía para su país?
–No como modelo. Los grupos indios de Ecuador, de Bolivia y el Perú tienen otras connotaciones psicológicas, otras ambiciones de tipo político y social, es otro mundo con una historia de 7,000 años de cultura. Ahora, como concepción filosófica, sí.
Guayasamín es un artista con relaciones políticas: jefes de Estado y magnates lo tienen por amigo. En su país, Ecuador, sus buenos oficios han acercado a gobiernos, a partidos de oposición y líderes políticos. Se considera un hombre de izquierda, al menos “mientras exista un niño que muera por hambre”. Sin embargo, rechaza participar abiertamente en algún partido político.
Dice: “la política es demasiado circunstancial para un pintor. Me conmueven otras cosas. Mire, lo mejor que yo puedo hacer para el mundo es pintar. Si yo pinto un niño con lágrimas en los ojos hago más conciencia que 100 discursos.”








