Del expediente Bulgakov, fragmentos de su “diario intimo” que la policía salvo para la posteridad, sin proponérselo

En su libro La palabra resucitada, en los archivos literarios de la KGB, el poeta ruso Vitali Chentalinski dedica un capítulo extenso al gran novelista y dramaturgo Mijail Bulgakov. Chentalinski obligó a la KGB a abrir parte de los expedientes que los servicios secretos de la URSS tenían sobre todos los escritores soviéticos. Gracias a sus esfuerzos, “reapareció” una copia del famoso diario de Bulgakov, que le fue confiscado durante cuatro años por el OGPU y que el escritor quemó frenéticamente cuando le fue restituido. A continuación Proceso reproduce partes de ese capítulo, que se presenta como una pequeña obra de teatro.

PRIMER ACTO: CATEO

¡Es verdad!, ¡es verdad!, gritaba Koroviev… Usted confirma mis sospechas. Sí, vigilaba el departamento… Y el otro, al lado de la entrada, ¡hacía lo mismo! ¡También aquél que se encontraba bajo el portal!
–¿Y si fuera usted el detenido? –preguntó Margarita.
–¡Vendrán sin falta, reina encantadora, sin falta! –contestó Koroviev–. Siento que vendrán. No ahora, por supuesto, pero cuando llegue el momento, vendrán…
Eso lo escribió Bulgakov en El maestro y Margarita, su novela inmortal. El 7 de mayo de 1926, el escritor tuvo la visita que esperaba su personaje. ¡Oh, no venían para detenerlo! Sólo se trataba de un cateo. Su esposa recordó el apellido del colaborador del OGPU, Slavkin. Lo acompañaban un asistente y el administrador del edificio, que servía de testigo.
Bulgakov no estaba en casa y no podía empezar el cateo en su ausencia, todo mundo se sentó en silencio. El administrador contó un chiste que sólo a él hizo reír. El silencio se hizo de nuevo hasta la llegada del dueño de casa. Entonces, sin más miramientos, los visitantes hicieron lo que tenían que hacer: volcaron los sillones y atravesaron el relleno con una aguja larga.
Bueno, Liubacha, si tus sillones desenvainan sus armas y disparan, no tendré responsabilidad alguna en el asunto…
No se detuvo al escritor, pero se le confiscaron sus manuscritos, incluyendo su diario íntimo, escrito con una total franqueza que se intitulaba Bajo la bota. Los órganos de seguridad espiaban a Bulgakov desde hace bastante tiempo y él lo sabía. Inclusive vigilaba a sus vigilantes. En ese diario confiscado, él había escrito la nota siguiente:
1925, 2 de enero, noche del 3.
Anécdota divertida: no tenía dinero para tomar el tranvía. Por tanto, decidí… regresar caminando. Caminé a lo largo de los muelles de la Moscova (…). Al pasar al pie del Kremlin miré hacia arriba y luego me paré para contemplar todo el conjunto. Justo después de haber pensado “¿hasta cuándo, Dios mío?”, vi aparecer detrás de mí una silueta gris, con un portafolio debajo del brazo. Me observaba. Después no me soltó. Dejé que se me adelantara y caminamos de concierto durante un cuarto de hora. El tipo escupió desde lo alto del parapeto e hice lo mismo. Cuando llegamos al nivel del pedestal de Alexandr, logré alejarme.
Después del cateo, la “silueta” gris se pegó aún más a Bulgakov. Se había decidido asustarlo, darle a entender que ahora él estaba bajo vigilancia especial, colgado a un “anzuelo”. El tenía que saber que se disponía de un documento comprometedor: el diario confiscado (…).
Bulgakov fue profundamente ulcerado por esa intrusión en su casa y por esa vigilancia de su vida y de su obra. No tenía la intención de ceder y aceptó el reto.
El 24 de junio, dirigió una queja a Rykov, el presidente del gobierno, el Consejo de los comisarios del pueblo:
El 7 de mayo de ese año representantes del OGPU catearon mi casa (orden de cateo 2287, expediente 45) y me confiscaron los manuscritos siguientes que tienen para mí un valor íntimo enorme: dos ejemplares del cuento Corazón de perro y Mi diario (tres cuadernos).
Le ruego encarecidamente restituírmelos.
En dos oportunidades Bulgakov fue convocado por un oficial instructor. Se le habló, se le interrogó, pero no se le devolvieron sus manuscritos. Durante años reclamó su restitución, otra vez y otra vez. Hizo intervenir a Gorki y su esposa, Ekaterina Pavlovna Pechkova, quien dirigía la Cruz Roja política. Sin resultado. Pero las consecuencias de esa actitud se manifestaron muy pronto: se le negó una autorización de salir dos meses al extranjero. ¡Quédese en casa!

SEGUNDO ACTO: EL DIARIO

Al exigir la restitución de su diario, Bulgakov reconocía implícitamente que contenía algo “muy valioso”, que reflejaba sus “estados de ánimo de los años pasados”.
En ese documento, escrito para él mismo, no escondía nada. Era su taller de escritura y su caja de ideas, también allí expresaba sus reacciones inmediatas ante los acontecimientos y sus intentos de autoanálisis. Todos estos apuntes instantáneos se juntaban gradualmente para dar una imagen de su tiempo, abigarrada y realista. El pulso de la vida del país latía bajo su pluma. Y como el artista era competente, su diagnóstico resultaba justo y sin compasión.
De estos bosquejos rápidos emergía también el autorretrato de su autor. El joven Bulgakov, quien no había publicado todavía libro alguno, ya conocía la medida de su talento, la de la reprobación que inspiraba y las amenazas que pesaban sobre su porvenir.
A continuación, algunas notas de 1923. Para Bulgakov había llegado el momento de afirmar su destino de escritor y de partir en busca de su itinerario:
En medio de la tristeza que me agobia al recordar los días pasados, en esa casa innoble, tan apretado en el decorado absurdo de esa vivienda de fortuna, tengo relámpagos de confianza en mi fuerza. ¡Sí! En ese instante oigo en el fondo de mí mismo mi pensamiento que toma su vuelo, y sé que, como escritor, soy incomparablemente más fuerte que todos los que conozco. (Dos de diciembre.)
Voy a sacar lecciones de eso, ahora. Es imposible que la voz que me obsesiona en ese momento no sea profética. Imposible. No soy otra cosa, no puedo ser otra cosa que escritor.
1929. Ya pasó un año. Bulgakov se separó totalmente de la “corriente” principal de los escritores soviéticos, fieles servidores de la ideología del partido. Se siente encerrado, sofocado, atenazado por el régimen, y su conflicto con él le parece inminente. Cuando intenta hablar de eso con ciertas gentes, tropieza inevitablemente con una resistencia que lo obliga a retroceder, a regresar hacia sí mismo, hacia la hoja blanca y su palabra solitaria, su único apoyo. Su única salvación:
Acabo de regresar de una velada en casa de Angarski, redactor de las Nedra (editorial moscovita). Es como en todas partes ahora: discusiones y ataques contra la censura, “discusiones sobre la verdad del escritor” y sobre la “mentira”… No pude aguantarme e intervine en una o dos oportunidades. Dije que hoy día era difícil trabajar, lancé ataques contra la censura y toqué temas que en general no conviene abordar. Liachko, un escritor proletario que siente hacia mí una antipatía irresistible (instinto), me objetó con una irritación mal disimulada:
… No entiendo de qué “verdad” habla el camarada Bulgakov. ¿Por qué se debe representarlo todo?
Cuando dije que la época actual era podrida, contestó con odio:
–Lo que dice usted es estúpido…
No tuve tiempo de contestar a estas palabras íntimas, porque nos levantamos de la mesa en ese instante preciso. No hay remedio contra los patanes. (Veintiséis de diciembre de 1926.)
El hecho de no tener trabajo ni dinero se trasluce desde el principio hasta el final del diario de Bulgakov. Pero el escritor juega con las preocupaciones y las penas, las transforma en fórmulas literarias: “mientras no tenga apartamento, no soy un hombre sino una mitad de hombre” o “se trata de saber cómo transformar en pelliza el abrigo de verano de mi mujer”.
Sin duda, los hombres del OGPU que tuvieron acceso a ese diario empezaron a hojearlo con cierto desprecio: ¡estados de ánimo de un intelectual! Para nosotros, el autor de ese diario es Bulgakov, para ellos sólo se trataba de un borrado de cuartillas orgulloso, chusco y sospechoso, a quien era preciso dar una buena lección. Aparte de estas líneas, sin duda, no habían leído nada de él. Y en estas páginas buscaban una cosa muy precisa: su rostro político. ¿De qué lado de las barricadas estaba? ¿Con nosotros y con los contras?
Y Bulgakov les entregaba con abundancia la información deseada. Porque reflexionaba mucho sobre la política. Casi a diario confiaba sus opiniones a sus cuadernos.
A continuación, algunos apuntes sobre los jefes del partido.
Primero Trotski:
Los periódicos publicaron hoy un boletín sobre el estado de salud de L.D. Trotski. Empieza por estas palabras: “L.D. Trotski está enfermo desde el 5 de diciembre del año pasado…” y acaba con: “licencia con suspensión absoluta de toda actividad durante un período de dos meses por lo menos”. Todo comentario sobre ese boletín resulta superfluo.
Así, el 8 de enero de 1924, echaron a Trotski. Lo que va a pasar con Rusia, sólo Dios lo sabe. ¡Ojalá y El la ayude!
Lenin después:
Semka acaba de avisarme (a las cinco y media de la tarde) que Lenin había muerto…
Ninguna emoción, ningún comentario, ninguna lágrima, ningún juramento, como hubiera sido conveniente para un soviético en estas circunstancias. Sólo una simple constatación: “Semka acaba de avisarme…”.
Y el mismo año escribe sobre Kalinin, el presidente del Consejo ejecutivo central, con una ironía evidente:
Ayer nos llegó la noticia de que las caballerías del carro de Kalinin (quien se encontraba en alguna parte en la provincia) fueron alcanzadas por un rayo. Murió el cochero. Kalinin salió absolutamente ileso. (Dos de agosto.)
¡Entonces Trotski dado de baja, Lenin muerto y Kalinin ileso!
¿Quién puede hablar así de los líderes soviéticos? ¡Sólo un contra! (…) Para el OGPU, todo eso olía a quemado. ¡Ese era, pues, el verdadero rostro de Mijail Afanasievich!
Los apuntes de Bulgakov conciernen todos los aspectos de la vida soviética (…):
Moscú está cada vez mejor alumbrada, pero chapotea en el lodo. De una manera muy curiosa, dos fenómenos cohabitan libremente en esa ciudad: la organización progresiva de la vida y su gangrena absoluta. En el centro de Moscú, a partir de la Lubianka, la Vodokanal abrió un túnel para ensayar un metropolitano. La vida es eso. Pero el metropolitano no podrá construirse porque no hay dinero para hacerlo. La gangrena es eso.
Se elabora un plan de circulación. Es la vida. Pero no hay circulación porque hay escasez de tranvías; es cómico: ocho vehículos en todo Moscú.
Apartamentos, familias, científicos, trabajo, comodidad y utilidad, todo está gangrenado. La burocracia soviética se lo ha engullido todo con su hocico de infierno. Cada paso, cada gesto del ciudadano soviético es una prueba que toma horas, días y a veces meses.
Se abren tiendas. Es la vida. Pero quiebran. Es la gangrena. Y es así con todo.
La literatura es horrible. (Noche del 20 al 21 de diciembre de 1921.) (…)
El 21 de julio de 1924 Bulgakov apunta:
I. y O. regresaron de Samara. Allá hay dos tranvías. En uno se puede leer esa inscripción: “Plaza de la Revolución. Cárcel”. En el otro, “Plaza de los Soviets. Cárcel”. O algo por el estilo. En otras palabras: ¡todos los caminos llevan a Roma!
¿A qué conclusión podían llegar los hombres del OGPU en 1926, después de la lectura de ese diario que habían confiscado a Bulgakov?

TERCER ACTO: LOS MANUSCRITOS NO SE QUEMAN

1929. Pasaron tres años. En Moscú, Bulgakov sufrió miseria y oscuridad (en ese entonces escribía su diario), luego se le abrieron las puertas de una primera y efímera celebridad: el éxito fulgurante de una de sus obras teatrales (Los días de los Turbin) y de sus primeros cuentos (justo en ese momento se le confiscó su Diario). Ahora enfrenta un rechazo creciente del público. Obviamente se intenta echarlo fuera de la literatura. El nudo corredizo del Estado le aprieta el cuello, y mientras más resiste, más se le asfixia (…).
El 28 de septiembre de 1929 Bulgakov escribe a Gorki:
¿Por qué se obliga a quedarse en la URSS a un escritor cuya obra no puede existir ahí? ¿Para condenarlo a muerte? Todas mis obras teatrales están prohibidas, no se publica una sola línea mía, no tengo trabajo y no recibo un solo kopeck por mis derechos de autor, ninguna institución, nadie contesta mis cartas; en pocas palabras, todo lo que he escrito después de diez años de trabajo en la URSS está destruido. Lo único que me falta por hacer es destruirme a mí mismo para acabar con todo. ¡Sólo pido que se tome una decisión humana para conmigo y que se me deje salir del país!
En ese momento, cuando el escritor alcanza las profundidades de la desesperanza, las autoridades hacen por un fin una concesión: se le devuelven sus manuscritos.
¿Entonces qué hace Bulgakov con su diario tan esperado?
Reventándome las uñas, rompí los cuadernos, los puse entre los leños y golpeé las hojas con un hurgón. A veces las cenizas ganaban terreno y apagaban las llamas, pero las combatía… Las palabras que me eran familiares bailaban enfrente de mí, el amarillo invadía irresistiblemente las páginas, desde abajo hacia arriba, pero traslucían las palabras a pesar de todo. Sólo desaparecían cuando el papel ennegrecía y yo las remataba furiosamente con el hurgón…
En la misma forma, en la novela de Bulgakov, el Maestro quema su gran libro incomprendido (cabe recordar que Bulgakov acabó El maestro y Margarita poco tiempo antes de su muerte en 1940 y que sólo fue publicado en ruso en 1965). El autor escribió esa escena con conocimiento de causa porque había hecho igual con su diario encarcelado cuatro años en la Lubianka. Con ese gesto el escritor quería recalcar que su confesión íntima había sido mancillada por las manos sucias de la “silueta gris” y que no pensaba repetir los errores pasados guardando en su casa documentos comprometedores. La vida misma interrumpió su diario y nunca Bulgakov volvió a ese género literario.
Sin embargo, hasta su muerte lo persiguió un verdadero pánico por sus manuscritos. Según su viuda, Elena Serguelevna, en los últimos días de su vida, tenía la impresión que llegaban gentes para confiscarle sus manuscritos.
“Una vez –cuenta Elena– Mijail me obligó a levantarme de la cama y, apoyándose en mi brazo, vestido con su bata, descalzo, dio una vuelta por el departamento. Después de haberse asegurado de que los manuscritos de El maestro y Margarita estuvieran en su lugar, se acostó acomodándose en los cojines y se colocó el puño derecho en la cadera como un antiguo caballero.”
–Muéstreme eso –dijo Voland extendiendo la mano con la palma abierta.
–Desafortunadamente no lo puedo hacer –contestó el Maestro. Lo quemé en la estufa.
–Perdóneme, pero no lo creo –replicó Voland–. No es posible. Los manuscritos no se queman. (El maestro y Margarita.)
La vida se encargó de confirmar esa frase celebre de la novela: el escritor destruyó su diario, y sin embargo lo leemos. ¿Gracias a qué milagro bulgakoviano eso se hizo posible?
En realidad, el manuscrito sí se quemó, pero el texto no desapareció. Fue conservado en el hocico diabólico de la Lubianka. Los órganos de seguridad lo devolvieron… sin devolverlo. Lo hicieron mecanografiar para poder utilizarlo… eventualmente… Pero no se presentó la oportunidad y quedó escondido hasta el día en que Anatoli Kraiuchkin lo sacó a la luz para restituirlo a nuestra comisión de escritores. Y de esta manera Kraiuchkin jugó exitosamente el papel de Voland.
Pero el “caso Bulgakov” no acabó ahí. Mientras yo preparaba la publicación de ese diario, alegrándome de que se hubiera podido salvar del fuego (se trata de un texto de 50 páginas de gran formato copiado por una mecanógrafa poco profesional y repleto de errores, erratas, palabras que no había podido descifrar, con notas que decían: “página rota”; “la página del original está rota”), mientras yo vencía todos los arrecifes lexicológicos, con la ayuda de un especialista, Kraiuchkin me reveló un nuevo secreto de la Lubianka: se había conservado un expediente ultraconfidencial sobre Bulgakov.
Los órganos de seguridad no sólo habían conservado documentos comprometedores sobre el escritor (no por curiosidad sino para tenerlo “amarrado” hasta el final de sus días), y también habían constituido un informe especial sobre él.

CUARTO ACTO: LA CARTA

Informe de la sección secreta de la OGPU. Carta del dramaturgo M. Bulgakov (autor de la obra Los días de los Turbin) dirigida al gobierno de la URSS para pedir protección contra los ataques críticos infundados y ayuda para conseguir un trabajo.
Empezado: abril de 1930. Terminado: abril de 1930.
Plazo de conservación: permanente.
En esa carpeta hay tres documentos. El primero es una nota manuscrita inédita y desconocida de Bulgakov:
2 de abril de 1930.
Al Colegio de la Administración Política Unificada del Estado, OGPU.
Les ruego no rehusar transmitir al gobierno de la URSS la carta adjunta que escribí el 28 de marzo de 1930.
M. Bulgakov.
El segundo documento de ese expediente especial es la famosa carta de Bulgakov al gobierno (conocida como la carta a Stalin), escrita en máquina y firmada por él. Su contenido es célebre: circuló durante años en Samizda (publicación clandestina) antes de ser publicada recientemente. Pero ese texto era el de la copia conservada en la Biblioteca Lenin. En realidad nadie sabía si Bulgakov había enviado esa versión a Stalin mismo u a otros destinatarios. Yo fui el primero en tener entre mis manos el original de esa carta, ya ahora, 60 años más tarde, no hay duda posible.
El primer lector de esa carta desesperada y sumamente provocadora fue Guenrikh Iagoda (el terrible jefe de la OGPU). La leyó con mucha atención y subrayó las líneas que le parecieron importantes.
No vamos a reproducir aquí todo el texto. Sólo citaremos las partes que llamaron la atención de Iagoda y que aparecen a continuación en letra cursiva. Las frases subrayadas son las que Bulgakov mismo subrayó.
Al gobierno de la URSS.
(…) Después de la prohibición de todas mis obras, algunos de los numerosos ciudadanos que me conocen como escritor me dieron el mismo consejo:
Escribir una obra de teatro comunista (cito), y dirigir además al gobierno de la URSS una carta de arrepentimiento en la que renunciaría a las opiniones anteriores expresadas en mis obras literarias y en la que aseguraría estar dispuesto a trabajar de ahora en adelante como un escritor-compañero de ruta, dedicado al ideal del comunismo.
Eso para escapar a las persecuciones, a la miseria y a la perspectiva de un fin ineluctable.
No seguí ese consejo (…).
Deseoso de poner un punto final a mis tribulaciones literarias, me siento obligado de dirigir una carta sincera al gobierno de la URSS (…).
Mi meta es mucho más seria.
Apoyándome en documentos, demuestro que, durante todos los años en que llevé a cabo mi trabajo literario, el conjunto de la prensa soviética y, con ella, las organizaciones encargadas del control del repertorio obraron para demostrar al unísono y con una vehemencia poco común que las obras de Mijail Bulgakov no podían existir en la URSS.
Declaro a mi vez que la prensa soviética tiene toda la razón.
Es mi panfleto La isla purpuja que servirá de punto de partida a esa carta (…). No estoy en condiciones para juzgar si mi obra es espiritual o no, pero confieso que en ella se ve realmente levantarse una sombra siniestra y que esa sombra es la del Comité Principal para el Repertorio. Es el que hace surgir ilotas, turiferarios y gentes que el terror vuelve dispuestos a “dar gusto” a cualquier precio. Es el que asesina el espíritu de creación. Su ocupación principal es matar la dramaturgia soviética y lo va a lograr (…).
Cuando la prensa alemana escribe que La isla purpuja es el “primer llamado a favor de la libertad de prensa en la URSS”… escribe la verdad. Lo reconozco. Luchar contra la censura, cualquiera que ésa sea y cualquiera que sea el poder en nombre del cual se ejerce, es mi deber de escritor y también es mi deber lanzar un llamado a favor de la libertad de expresión. Soy un ardiente defensor de esa libertad y me imagino que si un escritor tuviera la idea de demostrar que no necesita de ella, pues se parecería a un pez intentando convencer a la gente que puede prescindir del agua (…).
En la URSS, todo autor satírico atenta contra el régimen.
¿Soy pensable en la URSS?
Les ruego tomar en consideración el hecho que la imposibilidad de escribir significa para mí ser enterrado vivo.
Ruego al gobierno de la URSS darme la orden de dejar el territorio de la Unión Soviética en el mejor plazo con mi esposa, Liubov Evguenievna Bulgakova.
Llamo a los sentimientos humanitarios del poder soviético y ruego que su magnanimidad lo lleve a poner en libertad un escritor que no puede ser útil en su patria. Ese escritor soy yo.
Si lo que acabo de escribir no convence y si se me condena al silencio de por vida en la URSS, pido al gobierno soviético conseguirme un empleo…
Pongo a la disposición de la URSS un especialista perfectamente honesto, incapaz de cometer sabotaje alguno, director de escenografía y actor, dispuesto a montar cualquier obra, desde Shakespeare hasta las obras contemporáneas… Y si inclusive eso resulta imposible, pido al gobierno soviético que actúe conmigo como le parece mejor hacerlo, pero que actúe. En efecto, en mi persona, es un dramaturgo, autor de cinco obras, conocido en la URSS y en el extranjero, que se encuentra actualmente enfrentándose con la miseria, la calle, la muerte.
Bulgakov tenía buenos motivos para esperar una respuesta: nadie ignoraba entonces que era objeto de la atención de Stalin. El jefe había dado a entender claramente que consideraba a Bulgakov como quizás el dramaturgo más talentoso e importante del país. Según documentos del Teatro de Arte, él había asistido a quince representaciones de Los días de los Turbin. Los aplausos que salían de su palco resonaban en todo Moscú.
Pero, en ese momento, las ovaciones no le bastaban ya a Bulgakov: invitaba a Stalin a una conversación directa y, al hacerlo, tocaba los tres golpes de un espectáculo peligroso cuya acción se desarrollaba no en el escenario sino en la vida.
Se había lanzado el reto, ¿cuál sería la respuesta?

QUINTO ACTO: LA RESOLUCION

El destino del escritor se decidió dos semanas después de haber redactado esa carta. Uno solo de los párrafos subrayados por Iagoda hubiera bastado para enviar a cualquiera a la Lubianka. Pero no a Bulgakov. Iagoda subrayó el nombre del escritor con la gruesa punta de su pluma y escribió:
“Hay que darle la posibilidad de trabajar donde quiere. G.I. 12 de abril (de 1930).
Obviamente el jefe del OGPU no tomó semejante decisión sin hablar con Stalin. Primero la carta estaba dirigida al gobierno. Segundo, conocía la actitud del jefe para con el escritor. Finalmente el estilo lapidario de la decisión se parece demasiado al de Stalin…
Así, a pesar de su insolencia, Bulgakov recibió una respuesta, positiva además.
Las razones de ese gesto de apaciguamiento aparecen en el tercer y último documento del expediente especial.
Se trata de un informe dirigido al OGPU bajo el título siguiente: La carta de M.A. Bulgakov. No aparecen fecha ni nombre del autor. Por lo que se puede deducir del contenido, se trataba de alguien que frecuentaba los círculos literarios y teatrales. Es difícil decir si se le forzó a escribir ese informe o si lo hizo por iniciativa propia (…).
El 12 de abril se tomó la decisión de autorizar al escritor a vivir y a trabajar. Dos días más tarde, un disparo ensordecedor resonó en todo el país: Maiakovski acababa de suicidarse. ¡Otra demostración! ¡Otro reto a la vida feliz organizada por el jefe!
Stalin entonces tuvo que dar otro paso adelante, bien calculado, fue un “movimiento de acercamiento”, como se dice en el Cáucaso.
Demos la palabra al informador anónimo del OGPU:
Pasaron algunos días (después de la llegada de la carta) y el teléfono sonó en la casa de Bulgakov.
–¿El camarada Bulgakov?
–Sí.
–El camarada Stalin le va a hablar en algunos instantes.
Bulgakov estaba convencido que se trataba de una broma, pero esperó de todos modos.
–Perdóneme, camarada Bulgakov por no haber podido contestarle rápidamente, pero estoy muy ocupado. Su carta me interesó mucho. Quisiera hablarle personalmente. No sé cuándo se podrá hacer, porque, se lo repito, me encuentro muy ocupado, pero le informaré cuándo lo podré recibir. En todo caso nos esforzamos en hacer algo por usted.
En seguida, después de la conversación, Bulgakov llamó al Kremlin para decir que alguien acababa de llamarlo por teléfono presentándose como Stalin.
Se le contestó que efectivamente había sido el camarada Stalin.
Eso impactó terriblemente a Bulgakov.
Poco tiempo después, quizás el mismo día, Bulgakov recibió una cartita de F. Cohn pidiéndole pasar por la Dirección de las Artes. Cohn recibió al escritor con suma deferencia, le propuso sentarse…
–¿Qué pasa Mijail Afanasievich? ¿Cuáles son sus planes? ¿Qué quiere usted?
–Quisiera que se me dejara irme para el extranjero.
–¿Cómo así? ¿Cómo así, Mijail Afanasievich? Eso no es posible… ¡Lo apreciamos tanto!…
–Entonces denme la posibilidad de trabajar, de tener un empleo, de hacer algo.
–¿Pero qué quiere hacer usted? ¿Qué sabe hacer usted?
–Lo que quieren ustedes. Puedo ser secretario, empleado, director de escenografía, puedo…
–¿Y en qué teatro le gustaría dirigir una obra?
–La verdad sea dicha, considero al Teatro de Arte como el mejor y el más cerca de lo que yo hago. Ahí me sentiría a gusto.
–Bueno. Vamos a pensar en eso.
Así acabó la conversación.
Muy pronto, se invitó a Bulgakov a presentarse en el Teatro de Arte donde lo esperaba un contrato para un empleo de director de escenografía…
Para nosotros ese documento es precioso. Da una nueva versión, un nuevo borrador de una escena histórica: la del diálogo entre el Maestro y el Jefe. El relato de ese encuentro telefónico es verídico. Fue confirmado por los testimonios de las dos mujeres que en la época eran las personas más cercanas a Bulgakov: Elena Sergueievna y Liubov Evgueievna. El informe sólo escamotea un punto: Bulgakov pidió a Stalin dejarlo expatriarse. Pero eso iba en contra de la imagen radiante que era preciso difundir.
En realidad ese documento comprueba que Stalin actuaba de manera precisa y astuta con una meta bien definida: crear el mito de un gobernante generoso y sabio, protector de las artes. Volvamos al informe:
Esa es, pues, la historia. Todo el mundo dice que se parece a una bella leyenda y mucha gente la considera simplemente como increíble.
Conviene hablar aquí de las conversaciones que se dan sobre Stalin en los círculos de la inteligencia literaria.
Se tiene la impresión de que acaba de caer una barrera y que ahora cada cual puede ver el verdadero rostro de Stalin.
Porque parecía que ningún otro nombre podía atraer más odio. Se le veía como un fanático que llevaba al país hacia la perdición, se le consideraba como el culpable de todas nuestras desgracias, etcétera, uno lo imaginaba como un ser feroz instalado detrás de los muros del Kremlin. Y ahora se dice:
–Stalin es realmente un gran hombre, simple y asequible (…).
Y, más importante aun, se dice que Stalin nada tiene que ver con la ruina del país. Lleva una línea correcta, pero está rodeado por canallas. Era esa chusma la que hostigaba a Bulgakov, uno de los escritores soviéticos más talentosos. Varias canallas literarias construyen su carrera cazando a Bulgakov, pero Stalin les dio una buena bofetada.
Cabe decir que la popularidad de Stalin creció de manera extraordinaria. Se habla de él con calor y amor, contando de mil maneras la historia legendaria de la carta de Bulgakov.
Cerremos el expediente especial.
Se trata pues de un happy end, un desenlace feliz.

EPILOGO

¿Quién fue el vencedor? ¿Bulgakov? ¿Stalin? ¿Ninguno? ¿Ambos?
El jefe supo engañar a sus contemporáneos. Bulgakov obtuvo el derecho de vivir y escribió su formidable obra El maestro y Margarita.
Después de la conversación telefónica fue contratado por el Teatro de Arte como director de escenografía adjunto. Se reiniciaron las representaciones de Los días de los Turbin, y así pudo ganar suficiente para comer. Pero no se montaron sus otras obras y todo lo que había escrito sólo fue publicado a título póstumo, cuando Stalin a su vez dejó el escenario (…).
A pesar de que Bulgakov no se consideraba a sí mismo como un héroe, hay que reconocer que sí fue heroico de su parte seguir siendo escritor a pesar de todo. En el poema que escribió sobre él Ana Ajmátova califica su empeño de “espléndido despreció”.
Finalmente en ese duelo con su Jefe el vencedor fue el Maestro, pero no pudo festejar su victoria.