Su libro “La palabra resucitada”, publicado en Europa, no puede leerse todavía en Rusia Chentalinski, el poeta que obligó a la KGB a abrir los expedientes de los escritores perseguidos

MOSCU.- Durante décadas nadie supo exactamente en qué año había muerto el poeta Osip Mandelestam en el campo de trabajos forzados en el que lo había enviado Stalin, ni cuándo había sido ejecutado otro poeta, Isaak Babel.
Tampoco se conocían todos los detalles de la atrevida lucha del escritor Mijail Bulgakov contra el poder soviético para recuperar los manuscritos de su cuento Corazón de perro y sobre todo su explosivo diario personal que le habían sido confiscados. Todo el mundo se había enterado de que Bulgakov había quemado su diario después de haberlo recuperado, pero nadie pudo imaginar que una copia de ese diario existiera en los archivos de la KGB.
Durante décadas corrieron varias versiones sobre la muerte del novelista Máximo Gorki, admirado por Stalin, pero colocado bajo estricta vigilancia policiaca por el “padre de los pueblos”.
En su libro La palabra resucitada, publicado el año pasado en Francia y hace dos semanas en España, el poeta ruso Vitali Andreievich Chentalinski resuelve esos enigmas y hace otras sorprendentes revelaciones sobre el teólogo y filósofo Pavel Florenski, el Leonardo da Vinci de Rusia, y el poeta metafísico Nikolai Kliuiev, ambos fusilados en 1937, o sobre Andrei Platonov, considerado por muchos como el más grande escritor filosófico ruso del siglo, acorralado en el silencio, quien murió miserable barriendo el patio de la Casa de la Unión de Escritores…
En el segundo tomo de La palabra resucitada, cuya publicación está prevista para 1995 en Francia, Vitali Chentalinski anuncia que dará a conocer nuevos documentos inéditos sobre Bulgakov, Babel, las poetisas Ana Ajmátova y Marina Tsvetaiva, el poeta Serguei Esenin, entre otros.
¿Cuáles son las fuentes de información de ese investigador incansable?
Los archivos literarios ultra secretos de la KGB, a los que tuvo acceso después de vencer miles de obstáculos. Como el mismo Chentalinski lo reconoce, esa decisión de salvar del olvido a algunos de los 2,000 escritores perseguidos por el sistema soviético fue y sigue siendo la gran aventura de su vida.
Esa aventura empezó una mañana helada de enero de 1988, después de una anodina conversación con Valentin Ustinov, el secretario de la Casa de los Escritores de Moscú.
“Vamos a tener una asamblea general, en los próximos días –le anunció Ustinov–. Va a ser bastante informal. No hay agenda ni presidium. Por vez primera vamos a hablar franca y abiertamente de lo que podemos hacer en la época actual. ¡Tienes que aportar ideas!”
Esa noticia dejó muy pensativo a Chentalinski, quien recuerda haber caminado mucho tiempo en las calles de Moscú cubiertas por una gruesa capa de nieve.
“Me rascaba la cabeza y dialogaba conmigo mismo –cuenta el escritor–. No me faltaban ideas, sólo me faltaba confianza en los burócratas que dirigían la Unión de Escritores. Desde la llegada de Gorbachov hablaban de glasnost y perestroika, pero en el fondo seguían con la misma mentalidad totalitaria… Yo siempre mantuve una gran distancia con ellos, misma distancia que mantuve, por cierto, con los escritores disidentes…”
Entre todas sus ideas en realidad sólo una interesaba, más bien obsesionaba a Vitali Chentalinski: buscar y decir toda la verdad sobre la represión que padecieron novelistas, poetas, dramaturgos, filósofos, ensayistas, científicos en la Unión Soviética, sobre todo en los años treinta y cuarenta… Devolverles la palabra. Resucitarlos.
“En mi larga caminata me decía a mí mismo que los escritores tienen una relación muy particular con el tiempo –sigue contando Vitali Andreievich– Su vida no se acaba con su muerte física. Viven mientras se leen. Pensé que para resucitarlos bastaba con devolverles la palabra y que esa palabra se encontraba en sus manuscritos, probablemente encerrados en depósitos secretos, escondidos en los archivos internos de la KGB. Tuve de repente la certeza que esos manuscritos pedían socorro, que esperaban su hora y que esa hora había llegado. Tomé mi decisión: había que emprender todo lo que era humanamente posible emprender para tener acceso a los expedientes `estrictamente confidenciales’ de la KGB y difundir ampliamente su contenido. No lo podía hacer solo. Tenía que encargarse de eso la Unión de Escritores.”
Vitali Chentalinski regresó corriendo a su casa, agarró su máquina de escribir y redactó la siguiente carta:
Queridos colegas,
He aquí mi propuesta:
Durante el período soviético, cerca de dos mil escritores fueron detenidos. Casi mil quinientos murieron en las cárceles y los campos, esperando en vano su liberación. Por supuesto estas cifras no son completas, pero por el momento no disponemos de suficientes medios para precisarlas.
Se quisiera nombrarlos a todos, pero descolgaron la lista y nadie sabe dónde informarse, escribió la poetisa Ana Ajmatova. No se revelaron o se falsificaron las circunstancias e inclusive las fechas de su muerte, sus biografías están llenas de omisiones y, en las enciclopedias y las obras de referencia, los datos que los conciernen están repletos de errores.
Y lo más importante: después de su detención, sus manuscritos y sus propios archivos fueron confiscados y consignados en depósitos secretos. Quizás parte de estos textos siga intacta. ¡Intentemos salvar lo que aún puede serlo! ¡Abramos la caja negra! Lo podemos hacer ahora que la democracia y la glasnost están en pleno auge y que asistimos no a un `deshielo’ sino a una verdadera primavera. ¡Averigüemos, si al fin y al cabo si se queman los manuscritos! Es imposible resucitar a los muertos, pero podemos y debemos compensar el pillaje moral del pueblo.
Propongo crear en la Unión de Escritores una comisión especial que se encargará de esa causa sagrada. Esa comisión debe ser elegida de manera democrática, después de una discusión previa y una votación.
El 5 de enero de 1988.
Al día siguiente Chentalinski entregó esa carta a la Casa de los Escritores de Moscú. Y en ese momento comenzó su viacrucis. Ese duró dos años.
Algunos escritores se entusiasmaron. Otros no se interesaron en el proyecto. Muchos se asustaron. No era para menos: en los depósitos secretos de la KGB no sólo se encontraba la historia completa de la persecución de la crema y nata de la inteligentsia de la Unión Soviética, sus manuscritos, diarios íntimos, cartas, documentos y archivos personales, también estaban los informes de los delatores… muchos de los cuales pertenecían precisamente a la Unión de Escritores.
Por otro lado las autoridades de la KGB no tenían la más mínima intención de sacar de su escondite secreto esas pruebas de sus actividades pasadas.
Con lujo de detalles Chentalinski describe las trabas, mentiras, jugadas sucias, promesas no cumplidas de los unos y los otros. Sus noches de insomnio. Sus ilusiones y desilusiones. Sus rabias. Sus angustias. Pero mientras más surgían obstáculos en contra de su proyecto, más se fortalecía la voluntad de ese poeta secreto, solitario y terco.
En el estudio atascado de libros y cajas de documentos de su pequeño apartamento moscovita, donde conversamos, Vitali Andreievich revive con pasión su doble lucha contra sus colegas y contra los servicios secretos soviéticos. Su esposa, Tatiana, lo escucha con una sonrisa cómplice. Más de una vez le tocó levantarle la moral…
Entre otros, dos hombres jugaron un papel clave en su victoria final: Alexandr Iakovlev, uno de los secretarios del Comité Central del PCUS, integrantes del Politburó y arquitecto de la perestroika, y Anatoli Afanasievich Kraluchkin, alto funcionario de la KGB.
Finalmente Vitali Chentalinski pudo penetrar en la Lubianka, el inmenso, austero y temido edificio de la KGB en Moscú. Le temblaban las piernas mientras caminaba por sus inacabables corredores. Le palpitaba el corazón. Sudaba.
“Era la primera vez que un escritor se paseaba allí por voluntad propia”, dice todavía asombrado y emocionado por su propio atrevimiento.
Pero casi se desmayó cuando Krauichkin le enseñó parte del expediente secreto sobre el gran poeta Isaak Babel y le habló de la copia del diario de Mijail Bulgakov.
Empezó entonces un segundo viacrucis: luchar para tener los informes confidenciales completos de los escritores, arrancar el derecho de sacarlos a la luz pública, descifrar miles y miles de documentos, aguantar el coraje y la mala voluntad de los pequeños empleados de la KGB ultrajados por su presencia en ese “santuario” de los servicios secretos, enfrentar los insultos de quienes no querían que se divulgara la verdad –escritores, políticos y parte del público– y luego encontrar un editor interesado en publicar estos documentos.
Hoy casi siete años después de esa fría mañana de enero de 1988 Vitali Chentalinski sigue enfrentándose con muchos problemas.
“No me va a creer, dice indignado, pero mi libro se publicó en Francia el año pasado, acaba de salir en España, interesa a los editores británicos e italianos, pero en Rusia me es imposible sacarlo.
–¿Los rusos no conocen los documentos inéditos que usted sacó de la Lubianka?
–Los conocen parcialmente: publiqué varios en la prensa literaria y al principio la Comisión de Escritores logró publicar algunos libros, pero no tienen acceso a la recopilación que circula en Europa Occidental. Recibí muchísimas cartas de gente que reclama esa recopilación. Pero hasta ahora ningún editor se mostró interesado.
–En Francia su libro fue un bestseller durante varias semanas. Pensaba que con más razón en Rusia…
–¡Qué paradoja! ¿Verdad? Aquí los editores me dicen que sólo les interesan novelas ligeras, seudo románticas, policiacas de quinta categoría o pornográficas que pueden ser vendidas por millones de ejemplares. Hoy en día vivimos en Rusia una aterradora época de capitalismo salvaje. Sólo cuenta el dinero que se gana lo más pronto posible con el menos esfuerzo posible. Las editoriales no escapan a esa locura colectiva. Hace cuatro años me era relativamente fácil publicar lo que descubría en la prensa, hoy ni siquiera eso. El nivel de nuestros periódicos bajó muchísimo. Se han vuelto cada vez más comerciales. En su inmensa mayoría sólo les interesa la nota amarilla, el escándalo barato… –Largo suspiro de Vitali Chentalinski.
–El poder soviético amordazó, calló y en muchos casos exterminó a nuestros escritores y hoy el capitalismo salvaje impide que sean resucitados, por lo menos en su propio país. ¡Que terrible destino el suyo! ¿no le parece?
Nuevo suspiro del poeta.
–Es terrible y grave a la vez. Durante setenta años el poder soviético confiscó nuestra historia y mutiló nuestra cultura. Ahora las nuevas fuerzas del dinero nos impiden redescubrirlas. Una sociedad que no tiene la posibilidad de conocer toda la verdad sobre su pasado es una sociedad enferma. Así es la nuestra hoy en día. Las caídas de los imperios siempre conllevan una tremenda caída de valores. Es lo que nos pasa en ese momento. Hay que rastrear entre los escombros de nuestro imperio derrumbado para salvar algunos de nuestros valores.
–¿Es lo que hace excavando los informes secretos de la KGB sobre los escritores?
–Efectivamente. Resucito a algunos de los hombres y de las mujeres que encarnaron nuestra conciencia y que por ello fueron perseguidos o ejecutados. Al hacer eso exhibo los mecanismos de uno de los instrumentos más odiosos del totalitarismo: los servicios secretos. Cuando me lancé en esa aventura, cuando escribí mi libro, pensaba sobre todo en las nuevas generaciones. Quería que supieran eso. De su toma de conciencia depende que en el futuro mi país no vuelva a caer en semejante pesadilla.
–En su libro usted habla de sus relaciones a veces tensas con los empleados de la KGB que supuestamente deben ayudarlo en su investigación. ¿Siguen estos problemas?
–Sigue habiendo tensiones. A veces surgen otras dificultades.
–¿Como cuáles?
–Un día, después de la publicación de mi libro en Europa Occidental, estaba hundido en una pila de documentos en una oficina de la Lubianka, cuando llegó un general jubilado de la KGB. Me miró fijamente. Pregunto quién era yo. Cuando se enteró que era escritor y que leía informes estrictamente confidenciales, aulló. “¿Qué hace aquí un escritor?”, gritaba. “¿Por qué está leyendo nuestros expedientes ultra secretos?” Armó un escándalo monstruoso. Era una situación extrañadísima. Para él, los tiempos no habían cambiado. La KGB, seguía siendo la misma. Le parecía inconcebible que estuviera aquí. En un primer instante me quedé como petrificado. Me sentí proyectado años atrás. Entendí el terror que sintieron los escritores interrogados por hombres de ese calibre. Luego recapacité. Recordé que estábamos en 1994 y me enojé. Nuestro enfrentamiento fue tan fuerte que subí a la oficina de Krauichkin y le pregunté quién mandaba aquí, él o el viejo general. Me dieron una nueva oficina y nunca volví a ver al general. Hubo también cosas más graves.
–¿Se intentó interrumpir sus investigaciones?
–Sí, en cierta forma. Cuando se reestructuró la KGB, las máximas autoridades de los servicios secretos afirmaron que los archivos eran un problema secundario, que había que cerrarlos, despedir a los empleados y dar toda la prioridad a la lucha contra el narcotráfico y el contrabando. Lo peor del caso es que en ese momento Kraiuchkin, quien había pasado a ser el director de todos los archivos, estaba en el hospital con un ataque cardiaco. Escribí una carta que firmaron muchos escritores. Nos movilizamos. Movimos cielo y tierra. Finalmente logramos impedir el cierre de esos archivos.
–¿Cómo trabaja usted? ¿Tiene un equipo de investigadores que lo ayuda? ¿Sigue funcionando la comisión que se creó en 1989?
Vitali y Tatiana Chentalinski intercambian una larga mirada consternada.
–Cuando se creó la comisión de escritores disponíamos de una oficina. Una secretaria nos ayudaba, mecanografiaba nuestros textos y se encargaba de todas nuestras llamadas telefónicas. La Unión de Escritores nos prestaba esa oficina y pagaba el sueldo de la secretaria. Después del derrumbe de la Unión Soviética en 1991, se desplomó la Unión. Se despidió a la secretaria. Y nos quedamos sin nada. Hoy trabajo solo, me las arreglo solo.
Tatiana copia mis manuscritos. Pago mis fotocopias, mis llamadas telefónicas. No gano un centavo en Rusia por mi trabajo.
–¿Tiene otra actividad?
–No tengo tiempo. Estas investigaciones me absorben totalmente.
–¿De qué vive entonces?
–De los contratos que firmo con las editoriales de Europa Occidental.
–¿Puede vivir así?
–Necesito hacer ese trabajo. Me apasiona y lo considero como una obligación moral. Claro, soy lúcido: lo que hago es tan sólo una mínima parte de lo que se debería hacer, una gotita de agua. En realidad si no estuviéramos viviendo en una sociedad tan caótica, se debería crear un instituto de investigaciones con buenos equipos de trabajo para explorar estos archivos que son una verdadera mina de informaciones y explotarlos de la mejor forma posible. Pero ya que no se hace eso y nunca se hará, a mi juicio, intento de salvar lo que se puede salvar. Somos varios escritores muy metidos en eso… Cada cuál tiene sus temas. Uno de mis colegas se especializó en la literatura judía, por ejemplo. Nos sobra entusiasmo, pero no tenemos un centavo… De vez en cuando la comisión de escritores pide algunos fondos a grandes empresas estadunidenses y alemanas. ¿No le parece el colmo? Pues ni modo… Eso nos ayuda un poco.
–En su libro usted cuenta que a menudo la KGB le entrega informes incompletos. ¿Lo sigue haciendo?
–Sí. Me dan los documentos a cuenta gotas. Me entregan un expediente. Lo analizo. Me doy cuenta que faltan elementos. Los pido. Después de varios meses, a veces un año, me entregan otra carpeta. Reviso ese material. Siguen faltando cosas. Vuelvo a insistir… Antes eso me desesperaba. Ahora aprendí a ser paciente.
–¿Le pasó eso con Bulgakov?
–Me pasó con todos los escritores, pero especialmente con Bulgakov. En su caso me entregaron primero la copia mecanografiada de su diario confiscado. ¿Cómo describirle mi emoción cuando tuve estas 50 cuartillas en mis manos?
–Basta con mirarlo ahora para entender lo que pudo haber sentido…
Sonrisa divertida de Vitali Andrelevich.
–En seguida pensé en la frase de Voland: “los manuscritos nunca se queman” ¡Que extraordinaria premonición tuvo Bulgakov…!
–Cuando usted tuvo ese diario en sus manos quizás pensó que ese instante bien valía meses y meses de lucha.
–Pensé exactamente eso.
Sonrisa púdica de Chentalinski.
–También la KGB me entregó una carpeta con tres documentos: una pequeña carta del escritor al OGPU, el original de su famosa carta a Stalin, y el informe de un delator.
“Pero yo sabía que Bulgakov había escrito más cartas pidiendo sus manuscritos. De hecho durante cuatro años tomó el inmenso riesgo de escribir al OGPU y de insistir para que se le devolviera su sulfuroso diario y el manuscrito de su cuento Corazón de perro. Pero no logré obtener estos documentos. Publiqué el diario de Bulgakov. En mi libro saqué también amplios extractos de esos fabulosos cuadernos y reproduje los dos otros documentos. Pasó el tiempo y hace algunos meses la KGB me entregó de repente otro expediente con nuevos documentos inéditos sobre el escritor…”
–¿Cuáles son?
Vitali Chentalinski se levanta y saca una carpeta. La abre con sumo cuidado, y me enseña una fotocopia.
–Fíjese –susurra como si un agente de la KGB pudiera surgir en cualquier momento– y arrancamos los documentos, esa es la orden de cateo en la casa de Bulgakov y, pegada a ella, está la orden de detención…
La mano de Chentalinski tiembla un poco y tiembla aún más la del intérprete.
–Llevo cuatro años tocando estos documentos, pero me siguen impresionando –confiesa Vitali Andreievich.
–Nunca me imaginé que algún día pudiera tener en la mano algún documento secreto de la KGB –murmura el intérprete.
–Quizás para usted es tan sólo un documento inédito. –insiste Chentalinski–, pero para nosotros sigue siendo increíble. Para entender nuestro nerviosismo usted debe tomar en cuenta el terror que nos inspiró la KGB durante tanto tiempo. Fíjese, la orden de detención, que no se utilizó, estaba firmada por el terrible Iagoda, quien dirigió los servicios de seguridad a partir de 1930. En 1934 estos servicios fueron integrados al NKVD, y Iagoda se volvió comisario del pueblo en el Ministerio de Asuntos Interiores. Era un incondicional de Stalin, pero éste lo destituyó en 1936 por haber sido incapaz de haber desenmascarado “el bloque de los trotskistas-zinovievistas”. También se le acusó de haber provocado la muerte de Máximo Gorki. Pero de eso hablaremos un poco más tarde. Iagoda fue ejecutado en 1938.
Chentalinski mira la fotocopia como si la estuviera viendo por primera vez.
–En mi libro escribí que los agentes del OGPU habían cateado su casa, pero que no tenían instrucciones para detenerlo. Pues no era verdad. Con ese documento se ve claramente que no se descartaba la posibilidad de arrestarlo… Su caso era aún más grave de lo que me había imaginado después de haber consultado el expediente incompleto que se me había prestado.
–¿Qué otro documento descubrió?
–Por fin pude tener las cartas que Bulgakov había enviado al OGPU para recuperar lo que se le había confiscado. ¡Que valiente!, ¡que valiente! –repite Vitali Andreievich mientras saca varias fotocopias de su carpeta–. Había que ser realmente atrevido para desafiar así estas autoridades que disponían a su antojo de la vida de la gente. Fíjese cómo insiste, exige. En esta carta del 2 de marzo de 1927 (ver recuadro) se refiere a la carta que escribió a Gorki y se queja: ¿por qué se demoran tanto en resolver su caso? En esta del 18 de enero de 1928 (ver recuadro) exige: o me devuelven mis manuscritos o me escriben claramente que me los confiscaron.
–Veo más documentos en esa carpeta.
Sonrisa pícara de Vitali Andreievich.
–Estos los descubrirá leyendo el segundo tomo de mi libro.
–¿Y en esa otra carpeta que hay?
–Nuevos documentos sobre Isaak Babel.
–Me imagino que si le pido verlos también me aconsejará esperar la publicación de su segundo tomo.
Sonrisa comprensiva de Chentalinski.
–¡Vamos! ¡Vamos! Le quisiera dar esa copia. Como bien sabe el poeta Isaak Babel fue detenido en mayo de 1939. Después de terribles interrogatorios, confesó todo lo que sus verdugos querían que confesara: espionaje a favor de Francia, complot contra Stalin, terrorismo, complicidades con trotskistas… Lo forzaron a delatar a mucha gente. Leí estas seudo confesiones: puro delirio. En su expediente no hay prueba alguna. Babel se retractó. Leí sus nuevas declaraciones. Son impactantes. Todo esto lo publiqué en el capítulo que dediqué a Babel. El poeta fue ejecutado el 27 de enero de 1940. De eso me enteré consultando su expediente. Porque oficialmente nunca se había logrado saber la fecha exacta de su muerte. Durante 14 años se hizo creer a su familia que seguía vivo en un campo. Finalmente se reconoció que estaba muerto. En 1954 el colegio militar de la Suprema Corte invalidó su condena a muerte y anunció que Babel había muerto… el 17 de marzo de 1941, disponiendo de los documentos que establecían claramente la fecha de su ejecución. ¡Y hasta ahora es la fecha falsificada la que se encuentra en todas las enciclopedias y obras de referencia!
–¿Y qué dice el documento que me entregó?
–En el se ve uno de los engranajes de la máquina infernal que aplastó a Babel. El estaba en la cárcel. Acababa de retractarse. Había que invalidar esa retractación. Entonces uno de sus compañeros de celda lo denunció. Un tal Grentz G. G. escribió al instructor del NKVD que Babel lo había criticado por haber firmado su confesión y que lo había empujado a retractarse. Aquí está su carta (ver recuadro).
–Tampoco se conocía la fecha exacta de la muerte del poeta Osip Mandelestam. Es otra de las revelaciones de su libro…
–Después de haber consultado su expediente penitenciario descubrí que había muerto el 28 de diciembre de 1938. Oficialmente siempre se había hablado del 5 de febrero de 1939.
–En La palabra resucitada usted dedica un largo capítulo a Máximo Gorki.
–El gran escritor nunca fue reprimido. Por el contrario vivió y murió venerado por el régimen. Sin embargo, tenía su expediente en la Lubianka. Todos los hombres de cultura tenían el suyo. Cuando pedí el expediente sobre Gorki, lo hice por curiosidad. Nunca me imaginé lo que iba a descubrir. El escritor estuvo siempre bajo estricta vigilancia, tanto cuando vivía en Italia como cuando volvió a vivir en la URSS. Su secretario particular trabajaba con los servicios secretos. Iagoda entraba y salía de la casa de Gorki como si fuera la suya propia. Se controlaba su correo, sus visitas, sus conversaciones… Era algo increíble. Yo sabía que lo vigilaban, pero me dejó atónito constatar la amplitud de esa “custodia”. Al final de su vida Gorki vivió en una jaula, una jaula dorada, pero una jaula al fin y al cabo…
–En su libro usted habla de una correspondencia secreta entre Gorki y Stalin.
–En el expediente de Gorki encontré varias alusiones a esa correspondencia. Debe ser algo apasionante, pero hasta ahora nunca pude dar con ella. Me imagino que debe estar en los archivos de Stalin y quién sabe cuándo se podrá tener acceso a eso.
–Hubo muchas versiones sobre la muerte de Máximo Gorki, se llegó inclusive a afirmar que el escritor había sido “liquidado” por Stalin porque se oponía cada vez más a su violencia y amenazaba con convertirse en un obstáculo para las grandes “purgas” que Stalin planeaba llevar a cabo en 1937.
Hoy en día puedo desmentir esa versión lanzada por gente que querían salvar la fama del gran escritor. Los documentos de la Lubianka me permiten ser absolutamente categórico. Durante muchos años la versión oficial de la muerte de Gorki fue que él había sido víctima de un complot encabezado por Iagoda y el secretario particular del escritor, Kriuchkov. Encontré las “confesiones” de los hombres al respecto. Son aberrantes. Afirman haber hecho lo imposible para que Gorki se enfermara y haberle inyectado cierta sustancia fisiológica y un estimulante cardiaco que provocaron su muerte. En realidad Stalin quería deshacerse de Iagoda y entre otros crímenes le inventó éste. Corrieron tantas versiones descabelladas sobre la desaparición de Gorki que ya nadie creía que hubiera podido morirse de muerte natural. Los especialistas del escritor ya no sabían qué pensar. Sólo su expediente médico podía permitir conocer la verdad. Pero nadie lo había visto nunca. Un día, entre las toneladas de documentos que encontré en el informe secreto sobre Gorki, me tropecé con ese expediente médico. Me quedé estupefacto. Se trataba de un cuadernito muy sencillo, lleno de apuntes escritos por varias personas, a veces bastante difíciles de descifrar. Ese documento muy completo, muy preciso y muy profesional acaba para siempre con cualquier duda. Gorki murió de una bronquitis pulmonar que se complicó debido a una antigua tuberculosis. Además tuvo problemas cardiacos.
–En su libro usted hace otra revelación impactante: encontró las últimas palabras de Gorki…
–En su último relámpago de lucidez Gorki tomó el libro que estaba leyendo cuando cayó enfermo, Napoleón, del historiador Evgeni Tarle, puso una hoja encima y escribió lo siguiente:
Chentalinski saca una hoja de una de las carpetas que se encuentran debajo de su escritorio y lee:
Las cosas se vuelven más pesadas: libros, lápiz, vaso, y todo me parece más pequeño que antes;
… La noche no acaba nunca, y no puedo leer.
… Olvidaron darme un cuchillo para sacar la punta de mi lápiz.
Dormí casi dos horas. Empieza a amanecer.
Tengo la impresión de estar un poco mejor.
Un sentimiento muy complejo
Se conjugan dos procesos:
Apatía de la vida nerviosa, como si se apagaran las células nerviosas, como si estuvieran cubiertas de cenizas, y que todos los pensamientos se volvieran grises.
Al mismo tiempo, una presión impetuosa del deseo de hablar, y eso llega hasta el delirio, siento que hablo de una manera incoherente, pero las frases siguen siendo sensatas todavía.
Pienso que se trata de una pulmonía y adivino que no sobreviviré.
No puedo leer ni dormir.
Vitali Chentalinski dobla la hoja.
“Luego Gorki agotado dejó caer el libro y la hoja, pero quería apuntar otra cosa.”
Entonces dictó lo siguiente:
Fin de la novela –fin del héroe– fin del autor.