RIO DE JANEIRO.- Fue todo tan rápido –32 días después del diagnóstico, Pedro Collor de Mello estaba muerto– que los médicos no ocultaron su asombro: el breve tiempo transcurrido entre el hallazgo de cuatro tumores en el cerebro y el fallecimiento del paciente llevó a los médicos a pedir licencia a la viuda, Tereza, para realizar una autopsia, cuyos resultados no habían sido divulgados al cierre de la edición.
El sábado 17, los médicos habían informado a la familia que Pedro Collor –quien había cumplido 42 años dos días antes– sufrió muerte cerebral y que su estado era irreversible. El lunes 19, un edema pulmonar lo mató.
No habían tenido ningún resultado las intensas sesiones de radio y quimioterapia que se realizaron en Nueva York para tratar de salvar al hermano del expresidente Fernando Collor de Mello. El tiempo de sobrevida para pacientes que presentan el cuadro clínico inicial de Pedro Collor suele variar entre seis y 12 meses. Casos fulminantes, como este, son rarísimos, y por eso los médicos manifiestan su extrañeza.
Al morir, Pedro Collor tenía la apariencia de un viejo: había perdido el pelo, una parálisis afectaba todo su lado izquierdo, su cabeza estaba cubierta de llagas. Ana Luiza, la única hermana que se quedó a su lado luego de la disgregación de la familia, se desmayó al verlo, cuando llegó a Nueva York. Antes de su muerte, Pedro Collor había perdido el habla, no caminaba, carecía de control sobre sus funciones físicas, albergaba un coágulo de sangre en el pulmón y había perdido casi diez kilogramos.
Tan devastador como el cáncer que lo mató, fue el escándalo que Pedro Collor de Mello desató en el primer semestre de 1992, cuando entró en conflicto directo con el presidente. Quizá nunca se sepa exactamente por qué Pedro Collor se peleó con su hermano. Su nombre, en todo caso, quedará registrado como el detonador de uno de los más violentos cataclismos que asolaron la política brasileña de este siglo.
Menor de los cinco hijos del senador Arnon de Mello y de doña Leda Collor de Mello, Pedro siempre ocupó un puesto secundario en la familia. El hermano mayor, Leopoldo, se volvió un reconocido empresario de Sao Paulo, como hábil articulador de lobbies que le dieron cierta independencia financiera, aunque no perdió su cuota en el imperio de la familia.
Una hermana de ambos, Leda, se casó con un diplomático, el embajador Marcos Coimbra, y la otra, Ana Luiza, tuvo una vida personal accidentada y terminó transformada en una discreta ama de casa. Fernando y Pedro fueron amigos: uno, que se había constituido en un constante dolor de cabeza para la familia, fue conducido a la política; el otro, a falta de mejor idea, fue llevado a dirigir los negocios familiares.
Todo el resentimiento y la amargura acumulados a lo largo de los años entre los cinco hermanos vino a la superficie con la crisis desatada por Pedro Collor en 1992. Allí se conocieron, entre otras cosas, algunos detalles que seguramente influyeron en su personalidad.
Por ejemplo, cuando exigió a su padre el mismo derecho que había sido concedido a sus hermanos mayores –estudiar en Europa–, Pedro tuvo como respuesta un puñetazo que lo hizo volar contra una pared.
Cuando Fernando Collor de Mello se lanzó en su carrera a la presidencia, a principios de 1989, el hermano menor quedó al margen de la jugada. Su papel era dirigir las dos emisoras de televisión, las estaciones de radio y el diario de la familia en el estado de Alagoas. La madre, doña Leda, se encargaba de conducir a la familia con severidad, que se agudizó después de la muerte de su marido, en 1982.
Leopoldo se encargó de encabezar la campaña y de armar las alianzas en el eje Sao Paulo-Río; Leda se ofuscó, pero su marido, Marcos Coimbra, fue desde el primer minuto un asesor directo e importante del entonces candidato Fernando; y Ana Luiza quedó como siempre: a un lado.
Había incontables disputas, una rica variedad de juegos dobles y de chantajes emocionales que se había procurado alejar de los ojos del público. La imagen de la familia había sido retocada hasta los mínimos detalles: todos apuestos, conducidos por una madre firme; la clásica familia de la oligarquía del miserable noreste brasileño.
Todo empezó a desmoronarse cuando, en febrero de 1992, Pedro Collor concedió una entrevista al semanario Veja, el más influyente del país y que hasta entonces respaldaba al gobierno. Acusaba al empresario Paulo César Farías de cometer todo tipo de irregularidades. “Lepra ambulante”, fue la expresión usada por Pedro para referirse al tesorero de la campaña presidencial de su hermano.
Las primeras interpretaciones de estas inesperadas declaraciones señalaban que éstas podrían deberse a que “PC” Farías –de quien el país tenía razones concretas para sospechar– abriría un nuevo diario en Alagoas, con el objetivo de influir en la política local y, de paso, minar el imperio controlado por Pedro Collor de Mello. “El está ganando toneladas de dinero gracias a su amistad con mi hermano”, dijo éste.
A principios de mayo, hizo una nueva y más contundente denuncia: “Paulo Cesar Farías creó varias empresas fantasma en el exterior, gracias al dinero arrancado a empresarios, gracias a la corrupción”.
Empezaron entonces a circular rumores sobre otras posibles fuentes de aquella guerra: durante una de sus frecuentes crisis conyugales, Pedro fue traicionado por su hermano. Tereza, la hermosa cuñada de Fernando, sería el epicentro de la historia. Ella, por supuesto, desmintió todo. Todavía en mayo, la matriarca, doña Leda, resolvió intervenir en la pelea, que ya amenazaba con resultados imprevisibles: dijo que su hijo menor andaba “mal de la cabeza”, lo alejó del comando de las empresas familiares y ordenó que se pusiera un hasta aquí a toda aquella confusión. Pedro respondió en dos etapas. Primero, se sometió a exámenes y test psicológicos y psiquiátricos, y apareció en la prensa con certificados de “perfecta salud mental”. Y, pocas horas después, concedió una nueva entrevista a Veja, acusando al hermano de connivencia en los delitos de “PC” Farías. Estaba abierta la etapa final de la guerra.
Pasaron unas dos semanas entre la acusación de extorsión contra Farías y otros empresarios, y las declaraciones con las que Pedro involucraba a su hermano. Mientras Farías aseguraba que se trataba de una crisis de celos motivada por el apoyo de Fernando a su cuñada, Pedro Collor divulgaba informes detallados de las operaciones financieras irregulares de lo que empezó a ser llamado por la prensa brasileña el “Esquema PC”.
Los pedidos de silencio empezaron a ser disparados por todos los hermanos, en vano. La verdad es que Leopoldo jamás soportó a Pedro, que siempre envidió a Fernando, que despreciaba a Ana Luiza, que era detestada por Leopoldo, que no confiaba en Leda ni en su poderoso marido. En conjunto, todos tenían pavor frente a la madre, doña Leda, mujer que jamás supo demostrar cualquier afecto hacia sus hijos ni ocultar su infinita ambición.
En junio de 1992 fue instaurada una comisión parlamentaria cuyo informe final sería la base para el proceso que, en diciembre, decretaría el primer enjuiciamiento de la historia presidencial de América Latina, el segundo del continente americano.
En ese lapso, Pedro se reconcilió con Tereza, y la familia pasó una larga temporada en Miami. Escribió un libro –La trayectoria de un farsante–, que denunciaba a su hermano.
Después de que volvió a Brasil, en diciembre de 1992, doña Leda sufrió cuatro paros cardiacos. Desde entonces tiene vida vegetativa en un hospital de Sao Paulo. Pedro acudió ante la justicia y recuperó la dirección de las empresas de la familia.
En su libro, lleno de revelaciones, Pedro destaca una frase de doña Leda: “tengo un hijo presidente de la República que es ladrón, y otro que es muy buen empresario pero decidió transformarse en delator”. Divididos para siempre, los herederos de doña Leda no se han vuelto a reunir. Ana Luiza se quedó con su hermano Pedro; Leda se recogió en su casa; Leopoldo volvió a sus negocios; Fernando se recluyó en su casa de Brasilia y enfrentó un juicio que terminó por declararlo inocente por falta de pruebas. “Mi hermano Pedro está enfermo, en el cuerpo y en el alma”, decía una nota manuscrita por Fernando cuando se produjo la publicación del libro de Pedro.
En 1994, el hermano menor del expresidente tuvo que enfrentar varias acusaciones ante la justicia, algunas que constituyen una ironía: él, que acusó a “PC” Farías de enviar ilegalmente grandes cantidades de dólares al exterior, se vio obligado a responder a idéntica imputación. No supo explicar, entre otras cosas, cómo remitió a Estados Unidos la primera parte –55,000 dólares– del pago por un departamento que compró en Miami.
En las elecciones del pasado mes de octubre, Pedro Collor contendió por la diputación provincial de Alagoas. Perdió. El 17 de noviembre decidió buscar un médico, aquejado por fuertes dolores de cabeza. Llevado a Sao Paulo, los médicos hallaron cuatro tumores malignos en el cerebro. La familia decidió rentar un pequeño departamento en Nueva York, propiedad de una periodista que fue asesora de Fernando Collor y que tampoco explica cómo envió divisas para adquirirlo. Dos veces al día, Pedro era llevado al Memorial Hospital. Durante su cumpleaños –el 15 de noviembre, cuando se conmemora la proclamación de la República en Brasil–, el estado de salud de Pedro se tornó irreversible.
En su entierro, a las cinco de la tarde del miércoles 21, se esperaba a cada instante la presencia de Fernando Collor de Mello. Ana Luiza permaneció todo el tiempo al lado de la viuda. Cuando faltaban 15 minutos para que el cuerpo fuera sepultado, apareció el hermano mayor de la familia, Leopoldo. “Todas nuestras diferencias, que eran inmensas, son menores que el dolor que siento ahora”, dijo a la viuda Tereza. Transpiraba mucho, pero no derramó ni una lágrima. Cuando le preguntaron por el expresidente, contestó con rispidez: “no sé. Pregúntenle a él. Hace mucho que no represento a nadie, sólo a mí”. Fernando Collor de Mello no apareció en el funeral.
En las esquelas y anuncios del sepelio, los nombres de Leopoldo, Leda y Fernando no aparecieron. En Brasilia, el expresidente se desahogó con algunos de sus amigos más íntimos. No lloró, no mencionó la pelea final; prefirió recordar los tiempos de la infancia y de la primera juventud, cuando eran amigos inseparables. Recordó las conversaciones en código, los juegos, los apodos, los sueños.
“Se fue sin llevar ningún rencor”, dijo la viuda Tereza luego del funeral de Pedro Collor de Mello. El no habló con sus hermanos –excepto con Ana Luiza– desde la explosión del “Collorgate”.
De alguna forma, logró lo que quería, o lo que decía querer: “PC” Farías está en la cárcel desde hace más de un año, y fue condenado a siete años de prisión en régimen semiabierto (pasará los días en la calle y las noches en una penitenciaría en Alagoas). Fernando Collor fue alejado de la Presidencia, aunque no se le condenó a cumplir ninguna pena. Cuando supo el resultado por teléfono, Pedro Collor, internado en un hospital en Nueva York, logró susurrar a la hermana Ana Luiza: “muy bueno, muy bueno, muy bueno”. Cuenta Tereza que lo dijo con sinceridad.
La ola de moralización avanzó un poco en Brasil, luego del escándalo provocado por Pedro Collor. Varios parlamentarios fueron expulsados del Congreso cuando se comprobó que robaban fondos públicos. La alianza clásica de diputados y senadores no funcionó como antes. El mismo presidente del Senado corre el riesgo de no poder asumir el puesto por un nuevo período de ocho años, pese al medio millón de votos que recibió en su estado: acusado de hacer propaganda personal con fondos del Senado, perdió el derecho a candidatearse. Lucha ahora ante las autoridades porque se le exonere.
Mientras tanto, la corrupción sigue casi intacta. Ninguno de los que dieron dinero al Esquema Collor-PC fue investigado, y ningún empresario o banquero fue llevado a los tribunales.
En una habitación del hospital Alberto Einstein, de Sao Paulo, donde la matriarca doña Leda vegeta, ésta alcanzó a ver con lucidez cómo uno de sus hijos acosaba al otro. No supo nunca lo que pasó después.
El fiscal general de la nación, Arístides Junqueira –el mismo día en que Pedro Collor de Mello murió en Nueva York– presentó al Supremo Tribunal Federal una nueva denuncia contra el expresidente Fernando Collor. Esta vez, por irregularidades financieras y por declaración ilegal de renta. Junqueira, calificado de inepto por casi todos los juristas del país, fracasó en su primer intento de hacer condenar al expresidente. Su acusación fue equivocada, y las pruebas que presentó no condenarían a nadie, dicen los juristas. Pero él insiste. Quizá logre una doble declaración de inocencia para Fernando Collor de Mello.








