Triste Navidad en el Tesoro, entre signos funestos y aprestos republicanos Con la salida de Bentsen, Clinton pierde su mejor escudo contra los embates enemigos

WASHINGTON, DC.- El otoño que terminó fue de pesadilla para el presidente Bill Clinton: una avioneta cayó en los jardines de la Casa Blanca; un hombre disparó 29 tiros contra la misma residencia antes de ser detenido por la policía; el Partido Demócrata, en el que milita el mandatario, perdió aparatosamente las elecciones legislativas del 8 de noviembre; las facciones centrista e izquierdista del mismo partido lo acusaron públicamente de hacerle el juego al otro bando; el presidente se vio obligado a despedir a su procuradora de Salud, Jocelyn Elders, en medio de presiones de la oposición republicana; varias “balas perdidas” fueron encontradas en la Casa Blanca; la vocera presidencial, Dee Dee Myers, anunció su retiro; un indigente fue baleado por guardias cuando blandió un cuchillo frente a la casa presidencial, y posteriormente murió.
Pero –se considera aquí– el mayor de sus infortunios, el que más lamentará Clinton cuando regrese a sus labores en enero y tenga que enfrentar a la nueva mayoría republicana en el Congreso, será ya no contar en el gabinete con Lloyd Bentsen como secretario del Tesoro.
Luego de varios meses de rumores, el 6 de diciembre el político texano de 73 años anunció su decisión de retirarse de la vida pública. El jueves 22 fue el último día que trabajó en sus oficinas adyacentes a la Casa Blanca. A partir de enero será sustituido por Robert E. Rubin, asesor presidencial y experto en mercados bursátiles que encabezó el Consejo Económico Nacional del gobierno de Clinton.
Mucho se ha especulado sobre las razones del retiro de Bentsen, a quien Clinton separó del Senado en 1992 para incorporarlo a su gabinete. Se afirma que Bentsen, el más conservador de los altos funcionarios del gobierno demócrata, estaba decepcionado de muchas de las decisiones de política económica tomadas por el presidente, a quien habría aconsejado adoptar medidas distintas a las aplicadas. Oficialmente se ha dicho que Bentsen se retira a la vida privada para hacerse cargo de sus negocios en el estado de Texas, que ya lo habían hecho millonario.
Lo cierto es que Clinton perderá con la partida de Bentsen a su principal asesor no sólo en materia económica sino en asuntos políticos. Respetado profundamente por sus adversarios del Partido Republicano, especialmente por aquellos que ya llevan varios períodos en el Congreso, Bentsen fue capaz de construir los consensos que sacaron adelante la aprobación legislativa del Tratado de Libre Comercio (TLC), en noviembre de 1993, y de la Ronda Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, hace apenas unos días.
“Es un negociador nato, que prefiere mil veces la zanahoria al garrote”, han dicho de Bentsen. “Es un demócrata con el que sí se puede hablar”, repiten hasta el cansancio quienes fueron sus rivales por varios años en el Senado.
Y vaya que Clinton necesitará personas de esas características cuando se enfrente, a partir del próximo 4 de enero, al hecho, inédito en las últimas cuatro décadas, de que ambas Cámaras del Congreso estén dominadas por republicanos.
Nacido en Mission, Texas, a unos cuantos kilómetros de Reynosa, Tamaulipas, Bentsen no ha sido ajeno a la política mexicana. Durante seis años tuvo tratos formales, que se prolongaron en una relación amistosa, con el secretario de Hacienda mexicano, Pedro Aspe, también retirado hoy de la vida pública. En actos formales y en privado, Bentsen nunca escatimó elogios para Aspe. Y el que ambos compartieran la afición por la cacería los unió mucho más y los llevó a realizar excursiones para ese fin, en Tamaulipas.
Nieto de un inmigrante de origen danés, Lloyd Millard Bentsen Junior creció en el Valle de Texas, a donde su padre había llegado huyendo de la pobreza en Dakota del Sur. Durante 1942 se recibió como abogado en la Universidad de Texas en Austin y se alistó en el ejército. Fue piloto de aviones B-24 durante la Segunda Guerra Mundial, y condujo, como comandante de escuadrón, 35 misiones de bombardeo en Italia. En dos ocasiones, su avión fue derribado. Por sus 129 horas de vuelo en combate, Bentsen fue condecorado con la Cruz al Mérito en Vuelo y la Medalla de la Aviación. Al retirarse de la actividad militar recibió el grado de coronel de la Reserva de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
A su regreso de Europa, Bentsen fue juez del Condado de Hidalgo, Texas. En 1948 lanzó su candidatura a la Cámara de Representantes y se convirtió, a los 27 años, en el integrante más joven de esa Legislatura. Luego de reelegirse dos veces, decidió que su sueldo de diputado, entonces de 12,500 dólares al año, no le alcanzaba para vivir a sus anchas. Para ese año, 1954, su padre, que aún vive, había levantado una poderosa companía de bienes raíces. La fortuna se había fincado en el descubrimiento de petróleo en el rancho Arrowhead, propiedad de la familia. Bentsen, a los 12 años, convenció a su padre de que vendiera el rancho luego del hallazgo.
Lloyd Bentsen pidió siete millones de dólares prestados a su padre y a su hermano y fundó una empresa de seguros, la Consolidated American Life Insurance Company, después llamada Lincoln Consolidated.
Convertido en un hombre rico, regresó a la política en 1970. Desbancó de la candidatura al Senado a un demócrata liberal que buscaba reelegirse y enfrentó en las elecciones a un político relativamente novato, y exaviador como él, llamado George Bush. Bentsen ganó la elección y volvió a Washington.
Ya no era el diputado pobretón de dos décadas atrás. Comenzó a interesarle la política vinculada con los negocios y se aventuró en el área financiera. Pronto ascendió a la jefatura del Comité de Finanzas del Senado y del Comité Conjunto sobre Tributación. Además, se convirtió en el senador estadunidense más prolífico en recaudar donaciones de campaña. Se estima que Bentsen ha conseguido atraer contribuciones por más de 6 millones de dólares a sus actividades políticas. Investigado varias veces por ese motivo, el senador siempre resultó limpio de cualquier irregularidad. Enemigo de hacer dinero con la política, no cobraba por discursos y presentaciones, como hacían casi todos los legisladores cuando la ley lo permitía.
En 1976, Bentsen decidió participar en la contienda presidencial. El clima era muy favorable para el triunfo del Partido Demócrata, dado el descrédito que venían arrastrando los republicanos desde el escándalo Watergate. Sin embargo, Bentsen perdió las elecciones primarias contra el también sureño y relativamente desconocido Jimmy Carter. Robert Strauss, un abogado texano y amigo íntimo de Bentsen, comentó recientemente al periódico The Dallas Morning News: “ese es el único error que Lloyd ha hecho en su carrera política: aspirar a la Casa Blanca antes de tiempo”.
Político con amigos en los dos grandes partidos estadunidenses, Bentsen consiguió sobrevivir a los ocho años de conservadurismo duro, que coincidieron con el período presidencial de Ronald Reagan, reeligiéndose una y otra vez como senador por Texas. Cuando Reagan estaba cerca de dejar el poder, Bentsen alcanzó la nominación demócrata para la vicepresidencia, acompañando en la fórmula partidista al candidato presidencial Michael Dukakis. En la campaña, Bentsen sirvió de contrapeso en Texas a la candidatura de su paisano George Bush y derrotó en debate público a su adversario directo Dan Quayle. Sin embargo, el Partido Republicano volvió a ganar las elecciones presidenciales y Bentsen regresó a su curul en el Senado.
En 1990 se reeligió por undécima ocasión, y dos años después, tras del triunfo de Bill Clinton, fue nombrado secretario del Tesoro. Concluyó ahí un período de 22 años en el Senado, rubro en el que es superado por muy pocos políticos estadunidenses, entre ellos el senador Edward Kennedy, quien no ha dejado su escaño en tres décadas.
The Dallas Morning News publicó una amplia reseña de Bentsen el 15 de mayo pasado, cuando el responsable de Hacienda del gobierno federal cumplía 28 meses en su nuevo cargo. De acuerdo con la información del diario texano, Bentsen se había convertido para entonces en el principal consejero del presidente Clinton.
“Cuando Lloyd Bentsen llega a una reunión en la Casa Blanca, los asesores de la administración Clinton, algunos de ellos con edad de ser hijos del silencioso texano, brincan de sus sillas para ofrecérselas”, empezaba el relato.
“No sólo es cuestión de edad… Durante el alboroto que ha sido el primer año de la presidencia de Clinton, el flaco y estirado secretario del Tesoro se ha levantado como el más influyente secretario del gabinete y un consejero especial del presidente.”
El periódico hacía notar que Bentsen “ofrece un poco de estabilidad y ritmo firme a un equipo que parece ir desbalagado entre una crisis y otra”. El secretario del Tesoro, recordaba, había conseguido personalmente varios triunfos para el equipo de Clinton, como la aprobación legislativa del paquete de reducción fiscal –aprobado finalmente por 218 votos contra 216, en la Cámara de Representantes, y por 51 a 50, en el Senado–, gracias a su trato con muchos legisladores. Asimismo, influyó decisivamente en el voto favorable del Congreso al TLC.
En este último caso, el cabildeo de Bentsen no se restringió al Capitolio, según The Dallas Morning News. También estuvo presente en la ciudad de México, donde el político texano “hizo entender a funcionarios mexicanos” que tendrían que aceptar los llamados acuerdos paralelos del TLC si querían que el acuerdo tuviera éxito en el Congreso.
También hubo ocasiones en que el consejo de Bentsen no fue seguido por Clinton y la estrategia gubernamental fracasó. “Una primera muestra de la percepción de Bentsen se dio pronto, en el primer año del período, cuando el paquete de estímulo económico de Clinton, de 16,000 millones de dólares, se vio en problemas. Bentsen aconsejó a la Casa Blanca aceptar un compromiso para demorar parte del gasto. Pero el presidente decidió seguir los consejos del senador Robert Byrd, presidente del Comité de Apropiaciones del Senado, quien guió al gobierno a una derrota costosa”.
Funcionarios y asesores gubernamentales entrevistados por el diario texano afirmaron que Clinton consultaba prácticamente todo a Bentsen y que ambos habían entablado una muy buena relación. Los Clinton sirvieron de huéspedes al matrimonio Bentsen en ocasión de su quincuagésimo aniversario de bodas, y los Bentsen recibieron a la pareja presidencial en su casa de playa en California, cuando ésta vacacionaba en ese estado. Durante la primera reunión entre Clinton y el presidente ruso Boris Yeltsin, el mandatario estadunidense se hizo acompañar en la cena por Bentsen y no por su secretario de Estado, el también veterano Warren Christopher.
Interrogado sobre sus consejos al presidente Clinton, Bentsen dijo: “yo le doy mi mejor juicio. No le pinto las cosas de otro color. El entiende que yo he estado en el proceso político por un buen rato”.
Reservado y hasta tímido –en sentido contrario del estereotipo del texano y, sobre todo, del político texano–, la parquedad de Bentsen ha sido descrita por sus adversarios como “arrogancia aristocrática”. Sus amigos argumentan que a Bentsen no le gusta hablar en público. Sus discursos, por ejemplo, no suelen ser grandes piezas oratorias, y sus chistes suenan demasiado ensayados.
Con la prensa, Bentsen tiene un trato seco, aunque amable. Reporteros que lo han tratado lo califican como “mañoso y astuto”; sus respuestas a las preguntas de los periodistas son casi siempre concisas y bien estructuradas, totalmente ajenas a los arrojos retóricos de los políticos de Washington.
Se sabe que juega tenis “con la agilidad de un muchacho” y que en los últimos años retó frecuentemente a Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal, también aficionado a ese deporte.
Amigos y exempleados de Bentsen dicen que el tránsito del Comité de Finanzas del Senado al Departamento del Tesoro no fue fácil para Bentsen. Exigente en su trato con subalternos, puntual y sumamente organizado para el trabajo, Bentsen pareció lamentar el caos en los horarios del gabinete, con trabajo a deshoras y en fin de semana. Se dice que al principio del período el secretario de Tesoro llegaba puntual a las citas en la Casa Blanca y que tenía que hacer largas esperas antes de que se presentaran los demás funcionarios convocados. Aun así, Bentsen gozó de gran autonomía y era el único integrante del gabinete que hacía declaraciones sin consultar al presidente.
Clinton y Bentsen han tenido mutuos comentarios elogiosos. Bentsen, quien ha tratado a todos los presidentes de Estados Unidos desde Harry Truman hasta el actual, y que exhibe en su oficina fotos tomadas con cada uno de ellos, dijo a The Dallas Morning News que Clinton “es altamente inteligente; tiene una gran comprensión de los asuntos como ningún presidente que yo haya conocido”. A diferencia de Reagan, quien para hablar –recordó Bentsen– necesitaba tarjetas preparadas por asistentes, Clinton “tiene la habilidad de contemplar la escena completa”.
En una visita a Houston, el presidente habló así de Lloyd Bentsen: “creo que ingresará en los libros de historia como uno de los grandes secretarios del Tesoro en este siglo. Es una verdadera fuente de alivio y seguridad para mí saber que, cuando estoy en un trance difícil, puedo llamarle por teléfono para pedir su consejo”.
A lo largo de casi dos años, hubo rumores en el sentido de que Bentsen dejaría su cargo en el Departamento del Tesoro a más tardar en diciembre de 1994, cuando se habría agotado otro de sus períodos en el Senado. Bentsen bromeaba con los periodistas que frecuentemente lo interrogaban al respecto: “Síganme haciendo la misma pregunta; algún día tendrán la respuesta que quieren”. Se dice que el secretario del Tesoro había tomado la decisión de anunciar su retiro a mediados de noviembre, pero que había pospuesto sus planes para dar tiempo a Clinton de recuperarse del duro revés que significaron para él las elecciones de ese mes. Y, sobre todo, para ayudarlo a ganar la batalla legislativa en favor de la Ronda Uruguay del GATT, que se esperaba muy dura, especialmente en el Senado, pero que a fin de cuentas resultó fácil… luego de la intervención de Bentsen.
A principios de diciembre, los rumores se hicieron más fuertes y hasta el nombre del relevo de Bentsen, Robert Rubin, fue publicado por The Wall Street Journal. Ese día, lunes 5, el secretario declaró en una conferencia de prensa: “yo les diría, parafraseando a Mark Twain, que la noticia es prematura. Se las haré saber. Ustedes serán de los primeros en conocerla”. Pero al día siguiente, Bentsen salió definitivamente al paso de los rumores y anunció, en presencia de Clinton, su intención de regresar a su casa, ahora situada en los suburbios de Houston, para hacerse cargo de sus negocios y dedicarse a sus tres hijos y seis nietos.
Y si bien Bentsen ofreció, en palabras de Clinton, quedarse como asesor tras bambalinas y como parte de un “gabinete de cocina”, lo más seguro es que el presidente tenga que arreglárselas solo para intentar domar a un Congreso de mayoría republicana que no perderá ocasión de tirarlo de la silla.