El político mesiánico presentó su renuncia al perder la mayoría Tras siete meses de gobierno, solo en su calvario, el ungido Berlusconi fue crucificado

El jueves 22 de diciembre renunció al gobierno el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi. En el régimen político y parlamentario de Italia, para que un gobierno se mantenga debe contar con la mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Si no la tiene, cae y el presidente de Italia, hoy Oscar Luigi Scalfaro, nombra a otro primer ministro que tenga mayoría en ambas cámaras o convoca a nuevas elecciones. Berlusconi llevaba siete meses en el gobierno y perdió la mayoría el 21 de diciembre.
El magnate de la televisión había entrado a la política en enero, ganó las elecciones en marzo, asumió el gobierno en mayo, y cayó en diciembre. Duró un año su carrera política y duró siete meses su gobierno, el más corto desde la Segunda Guerra Mundial.
Para el primero de diciembre, Berlusconi había tenido que entrar en arreglos con los sindicatos italianos. Amenazaban la estabilidad de su gobierno con sus protestas callejeras y prometían un paro nacional de ocho horas. Uno de los asuntos sobre la mesa era el de las jubilaciones. No era éste el tipo de experiencia que Berlusconi tenía, la dura y diaria lucha política. Las negociaciones fueron largas y agobiantes. Los sindicatos doblegaron al gobierno. El arreglo le costó 2,500 millones de dólares.
Por otro lado, lo perseguían los magistrados, que lo acusaban por el pago de comisiones ilegales y actos de corrupción en algunas de sus empresas. Los magistrados de Milán lo citaron a declarar. Juró su inocencia. “Ni siquiera de broma” pensó en su renuncia.
Diez días más tarde, el 12 de diciembre, la Liga Norte, movimiento político federalista, uno de sus puntales de apoyo, se subió “al carro de la oposición” en contra del gobierno de Berlusconi, al que había ayudado a llegar al poder. La coalición gobernante se formó con tres fuerzas principales: Forza Italia, de Berlusconi; la Liga Norte, de Umberto Bossi, y Alianza Nacional, de Gianfranco Fini. Sin la Liga Norte, Berlusconi quedaba muy desmantelado.
Además, el magistrado Antonio di Pietro, símbolo de la operación judicial contra la corrupción política, renunció, aceleró con su renuncia la crisis del gobierno y agudizó su enfrentamiento con los magistrados, que se sentían perseguidos por los inspectores del jefe de gobierno y por las acusaciones de “comunistas” que les hacían varios integrantes del ejecutivo.
Roberto Maroni, secretario del Interior, vicepresidente del Consejo de Ministros, integrante de la Liga Norte, criticó al gobierno por sus ataques contra los magistrados: “los magistrados están profundamente molestos con respecto al gobierno. Cuando las quejas provienen de tantos magistrados, no se les puede liquidar fácilmente”.
El 13 de diciembre, Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia, se sometió durante ocho horas al interrogatorio de los magistrados, en el Palacio de Justicia de Milán. Salió de allí y dijo que era inocente, que no existían pruebas, ni documentos, ni testimonios acusatorios en su contra. La inestabilidad política provocó la caída de la lira.
Durante su campaña política, a principios de año, sus tres cadenas de televisión difundieron por Italia la imagen joven del líder carismático de 57 años, de la nueva estrella política, del abanderado del movimiento Forza Italia, del elegido para remodelar desde lo profundo el viejo país, para transformarlo en uno nuevo: Silvio Berlusconi. Más que como un movimiento, más que como un partido, Forza Italia funcionaba, y funciona, como una secta.
Berlusconi es integrante de la logia masónica de la mafia siciliana, Propaganda Due, P2 –número 265, 5 de mayo de 1978–, y “emperador” de los medios, como lo describe la revista francesa Le Nouvel Observateur, que pinta el cuadro de la persona, de la vida y de la actividad financiera y política de Berlusconi.
Sus tres cadenas de televisión martillearon día tras día los lemas publicitarios: Adelante Italia; De pie, levantémonos; Tus manos unidas a las de los demás; Una historia que empezamos a escribir juntos contigo; Es tiempo de creer en nosotros y nosotros somos muy grandes; Formamos un gran cuerpo con un solo corazón; Siempre disponible para ti.
Predicó –e intentó– una nueva Italia con la economía resucitada, con la naturaleza más bella, con el pueblo más feliz: obreros, campesinos, futbolistas, directivos, jóvenes, viejos, familias, todos, bañados con el halo subliminal de la luz que él irradia sobre sus discípulos y toda la nación.
Su programa de gobierno fue claro: Italia está mal porque tiene demasiados políticos y demasiadas discusiones; necesita un hombre lúcido y fuerte que la guíe; sus fuerzas son: la familia, la religión, el trabajo, el individuo, la libre empresa: el nuevo milagro italiano. Y el industrial, el fabricante de imágenes, el producto de la publicidad, sedujo a Italia y a los electores más politizados del mundo. Fueron sus días de gloria, su mesianismo triunfante.
Nació de un gerente de banco en el norte de Milán. De niño, en la escuela de los salesianos de San Ambrosio, cobraba las tareas que les hacía a sus compañeros. Micrófono en mano, cantaba canciones de Nat King Cole. Fue animador, fue vendedor de electrodomésticos, fue joven abogado, fue autodidacta, se transformó en magnate de la industria.
Tiene una inmensa villa en Arcore, de unas 100 hectáreas, rodeada por un seto cuadrado de su propia altura y por dos hileras de árboles. Es una construcción del siglo XVII, con capilla –de la que presume–, con una galería de arte llena de cuadros del Renacimiento italiano, sobre todo. Tiene pista de carreras, sala de espectáculos, helipuerto, dos albercas. Es cabeza de un imperio de medios de comunicación y del tercer grupo privado de Europa. El origen de su fortuna es turbio. Sus adversarios ven en ella la mano de la mafia y el lavado de dinero. Otros, el contrabando de divisas.
En 1980, creó Canal 5 y empezó su holding: Fininvest. En 1982, creó una sociedad financiera y se apoderó de otras dos cadenas de televisión: Italia Uno y Rete Cuatro. La “Red Silvio” se volvió tan poderosa como la RAI del Estado. Tomó el control de Tele Cinco, en España, y de Tele Cinco, en Alemania.
Compró centenares de almacenes de Standa, la gran cadena de supermercados; creó una agencia de publicidad, Publitalia; compró un equipo de futbol, Milán-AC; un equipo de hockey, un equipo de volibol, la orquesta filarmónica de Milán, la editorial Mondadori, las revistas Epoca y Panorama y el diario Il Giornale. Cine, empresas de espectáculos, televisoras, almacenes, inmobiliarias. Tiene 40,000 empleados y 300 sociedades. Le faltaba ser dueño del Estado. Lo fue y lo perdió.
Ya en julio de 1994, se empezó a hablar del totalitarismo de Berlusconi y de su comportamiento “arriesgado y contradictorio” (La Repubblica, de Roma), en materia de economía y de política social, pero extremadamente determinado en la redistribución del poder. De ahí sus maniobras, desde el inicio mismo de su gobierno, para cambiar la dirección de la RAI –la televisión del Estado, competidora de la cadena privada de Berlusconi– y de la Banca de Italia, para apoderarse de inmediato del poder de la información y de la moneda y ampliar su esfera de influencia.
Estas medidas pretendieron darle otra dimensión a instituciones como la Presidencia de la República y la banca italiana, y otra distribución de responsabilidades, para alterar los mecanismos de garantía democrática, como la separación y el equilibrio de los poderes. Se confirmaba así el modo de hacer campaña política de Berlusconi: hacer contacto con el pueblo sólo a través de la televisión, desbrozar el terreno que se interpone entre las decisiones y los objetivos. Un gobierno de acción directa, sin intermediarios, sin limitaciones y sin obstáculos.
Sonó la alarma cuando Berlusconi quiso “normalizar” el poder judicial y escuchar las pretensiones del poder militar que reclamaba un papel más importante en la gestión, sobre todo, de las situaciones de emergencia. Así se cerraba el círculo de una reestructuración totalitaria y total de los poderes. Inevitablemente se produjo la guerra sorda entre el primer ministro Berlusconi y el jefe de Estado, Oscar Luigi Scalfaro. Igual que se produjo entre Berlusconi y Umberto Bossi, líder de la Liga Norte.
Quedaron explícitas la filosofía y la política de Berlusconi. Por un lado, la urgencia, por todos los medios posibles, del consenso de la sociedad. Por el otro, según su lógica total y totalitaria, que todas las instituciones se agrupen estrechamente alrededor del gobierno para favorecer los objetivos.
La justicia andaba tras sus huellas, sus electores le volvían la espalda, los italianos protestaban en la calle contra el elegido del pueblo y “elegido de Dios”, Su Eminencia Silvio Berlusconi, que asociaba la democracia con lo sagrado y todo lo remitía a Dios. Otros analistas han calado profundo en otros ángulos y en otra explicación de la crisis del gobierno y de la persona de Berlusconi, hasta llegar a sus raíces religiosas. Dice La Stampa, de Turín:
“Después de haber bebido `el cáliz amargo’, después de haber invocado un nuevo `milagro’ italiano, después de haber invitado a sus discípulos a dar gracias por el `presente, nuevo y mágico’, después de haber querido, a toda costa, que se declamara, en el himno de Forza Italia, `Todos tenemos un fuego en el corazón’, hoy Silvio Berlusconi no duda en presentarse como un nuevo mesías: `aquel que es escogido por el pueblo es el ungido por el Señor’. Un hombre escogido en el nombre de Dios, el Dios que, en este caso preciso, tiene por nombre `pueblo’: `Hay algo divino en el ciudadano que escoge a su dirigente’.”
La democracia moviliza legiones de detractores, precisamente “en razón de su mediocridad simbólica, de su carácter insignificante, exangüe, decolorado, anónimo, borroso, contra los reyes que `por derecho divino’ se sientan en el trono”. Son las tesis ambiguas del berlusconismo. La divinización del pueblo unido y unánime, el énfasis en el pueblo que sustituye a Dios como fuente de soberanía, es más bien un concepto de la izquierda, comenzando por la mitificación de la “voluntad general”. Y, sin embargo, se invoca un tópico de la derecha antirrevolucionaria moderna, que reivindica la legitimación religiosa en la determinación del destino histórico.
Berlusconi transfiere esa ensalada de principios nada menos que al terreno de la democracia, en su llamado al ciudadano que se asimila con la divinidad. Y traspasa la prosaica realidad de las cifras, de los porcentajes electorales y de las estadísticas de los consensos, a la esfera de lo intocable y de lo sagrado. Es la ambigüedad del berlusconismo –dice La Stampa– fenómeno político cultural que sitúa su centro de irradiación en la televisión. “En la televisión, que es el primer vehículo de la `descristianización’, de la euforia consumista, del hedonismo de masas y que es, al mismo tiempo, la marca de una fuerte inclinación al misticismo político, a la retórica del Salvador y al carisma del Jefe.”
Esta ambivalencia quedó manifiesta en los dos dirigentes legislativos. Carlo Scognamiglio, presidente del Senado, pronunció su primer discurso con las manos en la bolsa. Irene Pivetti, presidenta de la Cámara de Diputados, en su discurso de investidura, confió su “trabajo a la voluntad de Dios, a quien pertenece el destino de los estados y de la historia”.
Es el carácter contradictorio de Berlusconi que, por un lado, escoge la libertad como divisa de autoidentificación y, del otro lado, enarbola su devoción católica con una repetitividad estudiada, e invoca a sus hermanas religiosas y a su capilla de familia en la ciudad de Arcore. Y, evidentemente, sus esfuerzos quedan cordialmente recompensados, porque L’Obsservatore Romano y el diario de la Conferencia Episcopal Italiana han puesto fin, perentoriamente, a las maniobras para acercar a la exdemocracia cristiana y a los progresistas.
En el momento de su ascensión al poder, el berlusconismo se presentaba como una religión triunfante. Hoy se presenta como una religión del sufrimiento y de la cruz. Umberto Bossi, líder de la Liga, quiso traicionarlo. Berlusconi lanzó contra él su anatema y lo llamó “Judas”. Empezó a crear a su alrededor una atmósfera trágica y cargada con el sentido de una crucifixión anunciada, en la que el papel de Judas le era indispensable para imitar el relato evangélico. Por supuesto, el Crucificado era Berlusconi.
En su referencia al “líder ungido por el Señor”, intenta sobrepasar el carácter puramente humano del juego democrático, para subrayar la naturaleza sagrada de la legitimación. Quiere apoderarse del todo a través de un corto circuito ideológico. La democracia –que, por su naturaleza humana, está expuesta a la inconstancia de las opiniones y de las opciones y es fundamentalmente precaria– en Berlusconi se asocia con lo sagrado, con lo inmutable y con lo impenetrable de los decretos divinos.
Carlomagno, en su consagración como rey, tuvo que arrodillarse ante el papa y reconocer una autoridad superior. Los zares eran ungidos con el óleo santo que debía purificarlos de sus pecados, mientras los metropolitas los bendecían con los iconos, y los nobles de la corte les ofrecían, según cuentan las crónicas, “panes, terciopelos, sedas tornasoladas, pieles de marta y platos de plata”, para celebrar “sus nupcias con Rusia”. Berlusconi no se arrodilla ante nadie y su mandato está por encima de la unción de los reyes y de los zares.
“Silvio, ilumínanos”, gritaba un discípulo desconocido del Polo de la Libertad durante la primera convención de Forza Italia. Berlusconi respondió: “mejor aún, yo puedo iluminar la luz eléctrica”.
Pero he aquí que llegaron los días de la crucifixión. Berlusconi juraba sobre la cabeza de los niños que era inocente. Los “infieles” atacaban con una ofensiva insidiosa. El, solo contra todos, subrayaba su lazo con la única fuerza que lo sostenía: su legitimación por el voto popular, al punto de describir al cuerpo electoral como el “Olimpo”: “hay algo de divino en el ciudadano”. Se comparaba con los soberanos por derecho divino, cuyo “cuerpo místico” es inviolable. Pero aquellos soberanos eran absolutos y estaban por encima de la ley. Berlusconi tenía que someterse a la supremacía de la ley.
Se atrevió a comparar su obra con la “obra del Ungido del Señor” que, en su religión católica romana, es nada menos que el Mesías Jesucristo. Ya sólo le falta a Berlusconi la resurrección. (Con información del corresponsal de APRO, Ricardo Salinas.)