Impostores de la paz

El tema de la paz estuvo siempre en el centro de las auténticas celebraciones navideñas. Ya estaba asociado a la viva esperanza mesiánica sustentada siglo tras siglo desde hace milenios por los grandes sabios del pueblo de Israel. Empero éstos nunca dejaron de distinguir entre la paz verdadera, fruto y garante del reino de la justicia por una parte, o un remedo, una parodia, una caricatura, una contrahechura, una simulación de un estado de paz por otra. Denunciaron sin tregua a los impostores.
Basten tres citas, tres vituperios proferidos contra los profetas del “aquí no pasa nada”. “Despistaron a mi pueblo hablándole de paz, mientras no había paz” (Ezequiel). “Camuflan la herida de mi pueblo con diagnósticos de `paz’, `paz'” (Jeremías). “Miren …cómo lloran con amargura los negociadores que venían en son de paz” (Isaías).
Así es como esta Navidad de 1994 se presenta bajo el signo de una simulación de la paz. Toda la propaganda oficial la impuso a nuestro pueblo y al mundo desde el estallido del 1 de enero pasado.
De repente, dentro y fuera de nuestras fronteras, las escamas cayeron de los ojos y se hizo patente para todos la purulencia disimulada en forma tan sistemática durante 12 meses, no obstante la sucesión de acontecimientos ominosos que debían bastar, ya uno por uno, a lo largo de este año, para que barruntáramos la gravedad del desequilibrio nacional.
Esta vez a nadie se le puede escapar que nuestros tecnócratas formados en el norte nos trataron como retrasados mentales y seres pusilánimes. El pueblo mexicano ha manifestado a lo largo de su historia que no es cobarde, que no se arredra. A un pueblo como éste se lo podía enfrentar con su destino presente hasta mediante la más cruda verdad. En lugar del embuste cosmético, para el presente le hubiera dejado menos descorazonado un mensaje franco y realista como el lema histórico del inquebrantable Churchill en 1940 ante su Parlamento sacudido por los bombardeos: “sólo me toca ofrecerles sangre, brega, lágrimas y sudor”.
Al contrario, durante 12 meses, se nos machacó lo de “cuatro pueblitos fronterizos nada más”. ¿Así se galvaniza a un pueblo?
Sucede a menudo que el infundioso resulte víctima de su propio infundio. De improviso, esta semana, la nación entera se vio pendiente de decisiones esperadas de parte de encapuchados localizados en aquella selva fronteriza. Frente a ellos el jefe de Estado se muestra inconsistente, titubeante, llevado a multiplicar intervenciones orales no exentas de contradicciones y que hacen pensar en un Estado al garete.
Al mismo tiempo, el presidente más introvertido y ensimismado desde Díaz Ordaz da, como tal, señales de mostrarse de golpe y porrazo muy dispuesto a imponer con mano dura su veleidad del momento.
En el agosto último la avasalladora propaganda oficial organizó el voto masivo por el Partido Revolucionario Institucional cual “voto por la paz”. Cuatro meses más tarde ya resulta imposible ocultar que un año de impericia e inercia frente al conflicto armado nos llevó al borde de un vasto incendio bélico sin que se vea asomarse al horizonte un bombero algo preparado.
Entonces Ernesto Zedillo dio un paso irreversible e irreparable. Después de desgastarse en una verborrea pacifista y luego de reiterar ante grandes auditorios sus afirmaciones sobre “las causas profundas de injusticia, desigualdad y pobreza que dieron origen a este conflicto (de Chiapas)”, buscó y designó a un chivo expiatorio. No pronunció el nombre mismo, pero los adulones de los medios lo entregaron en forma clara y explícita: “Marcos”. ¿A eso lo llama diálogo el presidente?
¿No sería más bien una tomadura de pelo? Así lo entendieron y le dan eco cuantos en forma oral o escrita se están ensañando al unísono contra el líder zapatista, satanizándole con un lujo de epítetos ultrajantes, de imputaciones no probadas y de ruines chismes.
Nadie negará el influjo del conflicto de Chiapas en las finanzas. Pero tampoco habrá un observador internacional serio que no sepa que el descomunal desequilibrio de nuestra balanza comercial y la enorme sobrevaluación de nuestro peso (hasta 30%) hacían ineludible un ajuste monetario de nuestra parte varios meses antes de que se pronunciara en México el nombre de Marcos. En este campo, como en todos los demás, prevaleció en nuestros gobernantes el empeño en “no mover el tapete” para mantener en la mente de los electores del 21 de agosto y de la opinión internacional atenta a lo de Chiapas la certidumbre de que vivimos en un edén, paradigma para el mundo entero.
Al tardar así casi dos años, al actuar de repente en caliente, favorecimos las infames especulaciones de los tiburones del chanchullo internacional, con la consecutiva devaluación y el crack bursátil.
¿Ha sido muy psicológico brindar de repente al encapuchado de la selva fronteriza la imagen de árbitro de la economía internacional y de amo de las fluctuaciones de nuestro pesito? ¿Se quiso agigantarle así?
Sin alcanzar los mismos extremos que sus lambiscones, el propio presidente no vaciló en declarar ante un muy selecto auditorio el martes pasado: “el conflicto de Chiapas… ha frenado la dinámica de la recuperación económica, ha oscurecido las perspectivas del desarrollo del país al aminorar la generación de empleos y al lastimar el ahorro de los mexicanos”. Si Marcos fuera todo lo egocéntrico que nos describen sus detractores, ¿no sería inflarlo todavía mucho más atribuirle a él la ruina de aquellas ventajas a las cuales de todos los modos los indígenas no tienen acceso?
Sea de eso lo que fuere, no es principio de un negociador algo lúcido infamar al interlocutor antes de entrar en diálogo con él.
Por lo demás, no se perdieron otras ocasiones de insultar a los zapatistas con quienes se pretende abrir el camino de la paz. Por ejemplo, la tan elogiada y respaldada propuesta del “gobernador” Robledo no puede ser más que una payasada.
Ya mucho antes de las elecciones se elevaron en México y entre antropólogos de diversos países advertencias respecto a la radical imposibilidad de realizar los comicios en las condiciones étnicas, lingüísticas, políticas, sociales y clasistas de aquel estado. Tan así era, que en otoño de 1983, la Presidencia de la República, en previsión del escrutinio destinado a constituir una vez más la reserva estratégica del partido oficial, pretendió presionar al Vaticano para que fuera sacado de la región el ojo del mejor conocedor de las mayorías locales, indígenas y mestizas: Samuel Ruiz. Pues, en efecto, la intervención fue de la Presidencia que quiso apelar a Roma pasando por encima del nuncio.
¿”La renuncia de Robledo Rincón por la renuncia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a sus armas”? ¿Quién no quisiera algo tan simple? Pero ¿quién creería fácil eso después de cuatro siglos de desprecio y engaños? Aun en retirada ultrarrápida, la única cosa de la que no se desprende un soldado es del fusil.
Se hizo todo en tal forma que para los indígenas no existe garantía alguna de que un acuerdo concluido con ellos pueda ser camino de paz. No fue un belicista, no fue un integrante del Partido de la Revolución Democrática, no fue un adversario del diálogo y la negociación, quien declaró ante la Convención Nacional de su partido en Puebla el 20 de marzo último:
“Desde hace semanas se sabe que la respuesta que dio el gobierno al subcomandante Marcos no era la respuesta honorable, seria, honrada que merecía no sólo el Ejército Zapatista sino la sociedad toda. Lo dije ante los medios de comunicación: que en los próximos días el mismo representante del EZLN denunciaría el fraude y la estafa en la respuesta del gobierno, y ya se dio la respuesta de Marcos.”
Son palabras de Diego Fernández de Cevallos, quien agregó que no le sorprendió el enojo y la ira de la guerrilla frente a una respuesta demagógica y deshonesta del gobierno.
El 16 de septiembre último, Marcos respondió por escrito a una carta del presidente recién elegido con fecha del 15: “… Los temas que trata en su misiva son delicados y debo consultar… En cuanto tenga respuesta de mis superiores le haremos llegar una comunicación… No podemos dejar de reconocer la voluntad que lo anima a usted para tomar la iniciativa en esta comunicación; sin embargo, las señales gubernamentales y la situación nacional siguen hablando en sentido contrario…”
Fue Ofelia Medina (cuya respetabilidad nadie negaría) quien, al empezar su huelga de hambre, expresó: “hemos buscado todas las formas…”. Pero se ha demostrado que el gobierno “no quiere darles voz a los indígenas”.
En esta Navidad se nos hace que hasta las fuerzas telúricas, en voz del Popocatépetl, nos quieren recordar la existencia y los derechos de nuestros aborígenes… ¡tan olvidados o despreciados!