La semana reciente se distinguió por la densidad de las noticias. En el remolino destacaron dos: la devaluación y la ocupación temporal de 40 municipios de Chiapas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). En el análisis, en el comentario, en las versiones oficiales, fatalmente se entrelazaron.
Los integrantes del Pacto para el Bienestar Económico son citados a una reunión urgente que se inicia a las diez de la noche del lunes y termina a las cuatro de la mañana del martes. El contenido de la reunión queda plasmado en un addendum o añadido al Pacto vigente desde el 24 de septiembre de 1994, en el que los protagonistas del mismo decidieron por consenso “mantener el desliz vigente y elevar en 53 centavos el límite superior de la banda cambiaria”. En los considerandos afirman: “a lo largo de este año la economía nacional ha mostrado una gran solidez a pesar de los acontecimientos políticos y de los actos delictivos que se han cometido contra la sociedad; sin embargo, los llamados a la violencia y las amenazas a la paz social han ido creando un clima de incertidumbre que obstaculiza el desenvolvimiento económico de México. En los últimos días algunos de estos efectos desfavorables se agudizaron notoriamente a partir de una enfática amenaza de inminente violencia, formulada por el EZLN”. Así, se endosa comodinamente al Ejército Zapatista el origen, la raíz y la causa de la nueva devaluación.
En el mejor de los casos, es una verdad a medias. Desde principios de 1994 voces prudentes, sensatas, objetivas, señalaron con insistencia la necesidad de corregir la paridad, de incrementar el desliz frente a los riesgos crecientes de un peligroso agotamiento de las reservas. La respuesta del gobierno fue siempre oblicua; subrayaba el crecimiento de las exportaciones y omitía la aceleración de las importaciones. Las mitologías de la apertura comercial, el triunfalismo del año terminal, las trompetas que anunciaban el ingreso a la historia y a la inmortalidad del emperador que se va, prevalecieron sobre la urgencia rectificadora.
Adicionalmente, las mismas voces, señalaban los riesgos de financiar el déficit, en una proporción creciente, sobre la fragilidad del capital golondrino siempre listo para la estampida. El gobierno se negó a escucharlas. Se aferró desesperadamente a la mitología que había ensombrecido los ocasos de los dos últimos sexenios: devaluar es devaluarse, y prefirió refugiarse en la advertencia irresponsable y comodina de la sabiduría popular: “el que venga atrás que arree”. Y así fue. Bastaron 20 días al nuevo sexenio para enfrentar las consecuencias del diferimiento sustentado en la vanidad y en la soberbia.
En infantil candor, el nuevo gobierno elude pronunciar la palabra satanizadora: devaluación. Se refugia en los retorcimientos semánticos de “mantener el desliz vigente y elevar el límite superior de la banda cambiaria”. En la realidad, entre suavidad del desliz y sobresaltos cuidadosamente disimulados, durante los 365 transcurridos del año de 1994 –al redactar este artículo sólo faltan diez para la despedida– el peso mexicano se ha devaluado en 30%, y dinamitó la paridad como ancla salvadora del desasosegado y triunfalista esquema sustentado por el liberalismo social.
Sobrevive la vieja y gastada frase que durante 24 años, cuatro sexenios, cuatro presidentes –Echeverría, López Portillo, de la Madrid, Salinas de Gortari–, cuatro vestiduras –arriba y adelante, preparación para la abundancia, gradualismo, liberalismo social– nos han recetado a los mexicanos como premios de consolación o como bálsamos de fierabrás para curar las heridas de la felicidad perdida y de la promesa incumplida: “la medicina es amarga, pero necesaria”. Es deseable que esta devaluación, tan brusca sobre el tiempo, tan desbordada en su magnitud, tan largamente acumulada en su caprichoso y soberbio diferimiento, sea la última, que ahora sí, pueblo y gobierno, gobernante y gobernados, en unidad de propósitos, en suma de voluntades, en ayuntamientos de perseverancias, en comunidad de sacrificios compartidos, seamos capaces de construir los caminos que conduzcan a la felicidad compartida, a la alegría de la vida en la justicia y en el bien, o en el bienestar en la frase de estreno.
Aunque tardía, la devaluación puede dar sus frutos, frenar las importaciones, atemperar el malinchismo consumista, promover las exportaciones, fortalecer el mercado de valores, estimular el empleo. La devaluación, como medida aislada, es insuficiente. Es necesario revisar, replantear, el esquema completo, la reforma fiscal que hasta hoy ha generado un gobierno cada día más rico frente a un pueblo cada día más pobre; el apoyo real, oportuno, suficiente, a la pequeña y mediana industria para multiplicar en el número, en la imaginación y en la audacia una clase empresarial que frene y contrapese el gigantismo anónimo y deshumanizado que paraliza la distribución en equidad de la riqueza. Y así, frente al horizonte, el inventario sin límites de lo que en México se puede hacer mejor.
De regreso al principio, el gobierno que mañosamente entrelaza devaluación con violencia. Es cierto: Chiapas no es ajeno a los sobresaltos de la economía, pero tampoco es detonador de la devaluación. En todo caso, es punto de referencia para la búsqueda de raíces más profundas; es, en interpretación generalizada, consecuencia de injusticias y rezagos centenarios. Testimonio de un México que tiene todavía un largo y espinoso camino por recorrer para lograr su cabal integración, de un mundo indígena que no ha sido incorporado al idioma, a la alfabetización, a la salud, al empleo, a la propiedad, a los derechos elementales, al respeto y al amor merecidos como personas humanas y como hermanos en la geografía, en la historia y en las raíces. Es herida y remordimiento frente a su inmenso desamparo, sus voces no escuchadas, su rezago, su abandono, su miseria.
En otra perspectiva, Chiapas es el reproche más severo a la prevalencia del manual sobre el hombre, del liberalismo salvaje sobre el mandamiento milenario “ama a tu prójimo como a ti mismo”, de los doctorados insolentes sobre el magisterio de la caridad. Y sobre todo, Chiapas es el testimonio de la vocación de un pueblo que a pesar de las devaluaciones, las de la moneda, las del poder, las de los valores del espíritu, busca hoy, como siempre, en la paz y en la concordia, los caminos generosos para la reconciliación nacional.








