Sin solución de continuidad, los regímenes del priato desempeñan su mando con esforzada incredibilidad, hipocresía y desprecio a promesas, dichos y desatención, lo mismo a quienes confían en ellos que a quienes les desconfían. La devaluación del peso en 15%, inmediatamente impuesta, infecta de incredibilidad al incipiente gobierno federal de Ernesto Zedillo.
Este mismo aspirante a gobernador del país había alentado confianzas en que no habría movimientos monetarios drásticos, inconsultos, como son el manejo de los valores y estrategias económicas. Ernesto Zedillo y quienes se le sumaron con toda sumisión y obsecuencia, hicieron compromisos y votos que no han perdurado ni un mes.
A la hora de provocar gritos, a la hora de las arengas, al cerrar su discurso en el foro “Crecimiento económico para el bienestar familiar”, el 6 de junio, el emergente candidato presidencial sostuvo: “los mexicanos no aceptamos el pesimismo de los que creen que en nuestro país el camino es de retorno a la crisis, a la incertidumbre, a la violencia”.
Otra vez a la carrera, después de que habían acordado en los sigilos y penumbras de la noche y la madrugada, los pactosos del gobierno federal y los patrones, con la presencia parca y sin capacidad de decisión y objeción de representantes formales de trabajadores del campo y la ciudad –cómo serán de desdeñosos que hasta el líder de la FTSE dejó saber que no tuvieron vela en este entierro; y no es metáfora– divulgaron que dejaban a la mala de Dios la paridad cambiaria, a la injusticia de la especulación, a la “ley” de la oferta y la demanda el destino del peso mexicano, lo cual no es la buena de Dios.
Aterrados, los pactosos escabulleron responsabilidades, porque la zarandaja de que la ampliación de la banda de flotación del martes 20, en 53 centavos, no frenó el pavor y la ambición financieros.
La fuga de capitales del miércoles 21, en un solo día, se calculó en 1,000 millones de dólares. Con éstos se alcanzó la cifra de 12,000 millones en lo que iba del año. Más lo que se acumule en lo que resta de 1994. En los bancos y casas de cambio aquellos que cifran su vida en los dineros, se disputaban los dólares. En la frontera no había. En el aeropuerto internacional pronto se estableció un tianguis de especuladores, o mercado sobre vuelos.
Sabedores de que se tambalea y podría perecer el negocio del Tratado de Libre Comercio, los tratadosos norteamericano y canadiense ocurrieron en auxilio interesado y sus bancas centrales le meten dinero para parar el desastre. 6,000 millones los Estados Unidos de América y 1,000 millones Canadá.
Gente de la banca extranjera espetó indignada: “¿qué confianza podemos tener ya en las autoridades, si primero nos dicen que habrá continuidad y después hacen ajustes de esta magnitud?” (ABN, AMRO Bank y Santander, referidos por El Economista, 22/XII).
Al mediodía del miércoles se hablaba de un crack. Antes, el Banco de México inyectaba dinero a lo bestia. Pero nadie compraba. En la Bolsa de Valores, su presidente balbucía: “no puedo entender cómo los inversionistas pudieron vender con este tipo de precios. Fue una irracionalidad. Hubo mala información, confusión”. En todo caso, hasta los adictos a las estrategias salinistas-aspistas declaran que Jaime Serra Puche cometió –su jefe– un error de heterodoxia; se alocó dicen los muchachos. Ya se pidió su renuncia.
Con estos dislates desastrosos, con el azuzamiento para la “solución armada” en Chiapas –no es creerse, pero Luis Germán Cárcoba, consejero empresarial, se atrevió a hablar del “egoísmo” impresionante de Marcos; él tan rico, tan desprendido seguramente– con los devastamientos ecológicos en la ciudad de México y vecindad, hacen saber del malestar de tu familia, de la incertidumbre contumaz y de la violencia cruel y cínica del sistema.








