WASHINGTON.- Rudiger W. Dornbusch se oye entre molesto y burlón del otro lado de la línea cuando afirma: “mierda, eso es pura mierda”. El corresponsal le acababa de pedir su opinión sobre la aseveración del secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, en el sentido de que la rebelión zapatista en Chiapas había provocado el hasta entonces llamado “ajuste en la banda de flotación”.
El prestigioso economista añade: “ese señor debiera tener más cuidado con lo que dice. Imagínese. Si ése es el caso, entonces la devaluación del peso no va a tener fin. Es ridículo”.
El 24 de noviembre de 1992 no había asomos de que en Chiapas se estuviera preparando una subversión. Todavía no se daba el primer choque, casual, entre soldados y guerrilleros, que ocurrió en mayo de 1993. Faltaba un año para que el Partido Revolucionario Institucional nombrara a su primer candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio Murrieta. Hacía poco tiempo que Ernesto Zedillo se había hecho cargo de la Secretaría de Educación Pública, al disolverse la Secretaría de Programación y Presupuesto.
No obstante, invitado a hablar en una conferencia organizada por Nacional Financiera, el doctor Dornbusch advirtió en esa fecha:
–El crecimiento económico nunca debe sacrificarse por una batalla sin fin contra la inflación.
–La inflación cero no es una meta razonable, y el crecimiento cero significa la muerte económica.
–Hasta las economías más sanas del mundo tienen inflación.
–Asumir que la inflación debe ser combatida hasta que el país alcance un ritmo de crecimiento de 3% es una política que “no garantiza el éxito y podría resultar en un desastre económico”.
–Es necesario “hacer algo por los pobres, hacerlo bien, y eso será sano para el crecimiento, será moralmente correcto y políticamente bueno”.
Y dijo que, dado que la situación económica del país era estable en ese momento, más valía ser honesto: México tendría que modificar la paridad de su moneda frente al dólar, porque el peso estaba “sobrevaluado”. Explicó que no era una medida extremadamente urgente, que el gobierno podría tomarse un tiempo para llegar a un consenso con otros actores políticos y económicos y que, quizás, una solución podría ser la aceleración del declive en la paridad que ya tenía lugar. Lo que no podía hacer el gobierno, aseveró, era desentenderse de la necesidad de modificar la paridad. Argumentó que cuando una devaluación se hace necesaria, la situación se parece un poco a una ida al dentista: Mientras antes se haga, mejor.
Sugirió que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari pusiera la vista en Chile, cuyo gobierno había aceptado una inflación más alta a cambio de un crecimiento mayor. Y comentó que los gobiernos de Italia, España y Portugal habían defendido la paridad de su moneda sin éxito. Adherirse ciegamente a una cotización del peso como política de gobierno, advirtió, podría causar una devaluación forzosa de la moneda hacia finales del sexenio.
No lo escucharon. Es más, esos comentarios de Dornbusch merecerían la satanización del economista del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) por el gobierno mexicano.
El director del periódico El Economista, Luis Enrique Mercado, refutó la argumentación de Dornbusch, en su columna del 26 de noviembre; lo llamó un pensador inconsistente que “modifica sus tesis de acuerdo con el escándalo que pretenda crear en función de sus honorarios como conferenciante”.
Hasta esa fecha, e incluso en la conferencia referida, Dornbusch –exprofesor de tecnócratas mexicanos como Pedro Aspe y Luis Téllez– había sido partidario de la política económica del presidente Salinas de Gortari.
Localizado en su casa de Boston, poco antes de emprender un viaje a Europa, Dornbusch afirma que con la devaluación del peso “se terminó la gran mentira” que había propalado el gobierno mexicano. “Ignorar la experiencia europea de 1992 fue una insensatez”, opina Dornbusch, quien se dijo “nada sorprendido” por la medida que sacudió los mercados financieros de Nueva York, el martes 20, el miércoles 21 y el jueves 22.
“Era lógico que ocurriera, porque el peso estaba sobrevaluado. Ahora que México ha salido de esa gran mentira, espero que las cosas puedan ir mejor.”
–¿Qué reacción espera en Estados Unidos?
–Le reitero que de mi parte, al menos, no hay sorpresa. El gobierno mexicano ya no podía engañar a nadie. Ahora no puede seguir disimulando que todo lo controla en el país. Era extraordinario que el gobierno tachara de loco a todo aquel que dijera que el peso estaba sobrevaluado.
Y revela: “fíjese que algunos funcionarios mexicanos llegaron a extremos increíbles, como el de impedir que yo me presentara a hablar en una conferencia, hace unas semanas, antes del cambio de gobierno”.
–¿Cómo?
–Sí, como lo oye. No me pida que le dé detalles, porque no quiero perjudicar a quienes me invitaron. El caso es que llamaron a los organizadores del evento para decir que yo era persona non grata. Y ellos, con mucha pena, me llamaron para cancelar.
Dornbusch suelta una carcajada.
–¿Qué efecto cree que tenga la acusación contra los zapatistas?
–¡Qué lamentable argumento! No sé a quién se le ocurrió esa tontería. A los inversionistas, por supuesto, les puede preocupar esa situación de violencia, pero lo que importa aquí es que la moneda estaba sobrevaluada.
“Mire, en este caso lo único que resalta es que Salinas metió la pata. Y creo que lo hizo en tres rubros. El primero, en mantener a toda costa una estrategia absurda de sobrevaluación de la moneda, que fue igual a la que se implantó en Chile en los años setenta y que fracasó ahí. Segundo, no permitió una apertura suficiente de la economía ni de la política. Tercero, permitió que miembros de su gabinete se inmiscuyeran en los procesos de privatización. Esto último fue muy obvio. Fíjese: hace unos meses salió un documento de Banamex acusándome de no entender nada de macroeconomía. Inmediatamente supe, y lo comprobé, que ese documento fue escrito en el banco central.”
Agrega: “¡lástima! Salinas tuvo la oportunidad de ser un muy buen presidente, pero metió la pata”.
De origen alemán, Rudiger W. Dornbusch obtuvo su doctorado en la Universidad de Chicago, en 1972, “mismo año en que se graduaron los Chicago Boys”. Desde 1975 es profesor de economía y administración en el MIT. Ha sido propuesto para ganar el Premio Nobel de Economía, pero se le ha negado, en su opinión, porque el galardón “se otorga a gente que cambia el pensamiento de la humanidad, no a un pobre profesor que habla de moneda sobrevaluada”.
Interrogado sobre su alumno Pedro Aspe, expresa: “creo que hizo un gran servicio a México. Tiene un buen futuro y creo que lo veremos regresar a la política dentro de unos años”.
Dornbusch, quien también ha sido profesor del ministro de Hacienda de Argentina, Domingo Cavallo, no fue el único economista con renombre en advertir a tiempo que la moneda mexicana estaba sobrevaluada. Su colega del MIT, Paul Krugman, también lo afirmó, el 25 de marzo de 1993, en una conferencia en la ciudad de México, organizada por el periódico El Financiero.
“Los próximos dos o tres años son particularmente peligrosos si se trata de evitar una devaluación”, dijo ante inversionistas quien fue consejero para asuntos económicos de William Clinton, cuando era candidato a la Presidencia de Estados Unidos. Tal medida, añadió, podría desacelerar el crecimiento o hacer que el interés de los mercados financieros hacia México desaparezca, “si no lo ha hecho ya”.
De acuerdo con un cable de la agencia estatal Notimex, Krugman planteó que “hay el riesgo de que las cosas vayan muy mal, especialmente si los estrategas del gobierno dudan en revisar la sabiduría económica convencional”. Se preguntó: “¿de dónde vendrá el crecimiento económico real? Se podría esperar a que la desinflación haga más competitiva la economía en el largo plazo, pero, como dijo John Maynard Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos”.
Haciendo eco de la posición de Dornbusch, Krugman rechazó la versión oficial de que el peso estaba subvaluado. Sin embargo, discrepó de su colega en el sentido de que una devaluación lenta, o desliz, podría resolver la situación. “Prefiero la estrategia de un solo gran golpe”.
Krugman, a decir del despacho de Notimex, atribuyó los titubeos gubernamentales en aplicar una devaluación a fondo a las reservas de la escuela hegemónica de pensamiento económico de poner en duda las políticas escogidas por los organismos financieros internacionales para los países en desarrollo. Krugman había sido asesor tanto del Banco Mundial como del Fondo Monetario Internacional y del Banco Interamericano de Desarrollo.
El especialista señaló que mientras el pensamiento económico había evolucionado en las naciones industrializadas en el último año, por el desarrollo de hechos dramáticos en la Comunidad Europea y las dificultades surgidas en los inicios del reaganismo, las viejas políticas de tasas de interés fijadas de acuerdo con la inflación seguían en boga en el mundo en desarrollo.
El corresponsal buscó a Krugman en sus oficinas de la Universidad de Stanford, donde ahora trabaja, pero su secretaria informó que se hallaba de vacaciones, fuera del país. En su intervención en la conferencia de la ciudad de México, dijo que las devaluaciones no deseadas que habían ocurrido el año anterior (1992) en Gran Bretaña, Suecia e Italia debían servir de ejemplo a México. Y aceptó que sus propuestas difícilmente serían escuchadas en el corto plazo por funcionarios mexicanos, aunque concluyó: “no me extrañaría que hubiera una devaluación (en México) en los próximos dos años”.








