Regalo de Navidad para los alicaídos cinéfilos es la inauguración de tres salas de arte en el centro comercial Plaza Loreto: Cinemanía, un espacio que cumple muchos de los sueños dorados de los espectadores, buen cine, excelentes condiciones de exhibición, bar y librería, donde se consigue incluso el cartel de la más reciente película de Quentin Tarantino aún no estrenada en México: Pulp Fiction.
Sin embargo, para los que viven a años luz de Plaza Loreto, es decir, en el norte de la Ciudad de México o fuera de ella, la cartelera comercial presenta uno de los más valiosos estrenos de este fin de año: Tierra de sombras, del realizador británico Richard Attenborough, conocido en México por su pacifista Gandhi (1982), y su antirracista Gritos de libertad (1987).
Tierra de sombras (Shadowland, EUA, 1994) es la historia de amor –basada en un caso real– entre el escritor y maestro de literatura inglesa en Oxford, Clive Lewis, y la poeta estadunidense Joy Gresham, que un día le escribe porque quiere conocerlo. Pero esta historia de amor situada en 1952 es en realidad la muestra de una mujer apasionadamente viva que pica piedra sobre el corazón durísimo de un hombre respetado capaz de escribir libros y hablar a las multitudes sobre la esencia del amor, pero que jamás se escucha a sí mismo.
Con la educada manera del cine inglés, con escenas directas y breves que van haciendo avanzar la vida con sencillez y precisión, en el más riguroso método aristotélico que enseña el propio Lewis a sus alumnos (“él duerme en mi clase, se levanta, se va”), para demostrar que son los hechos los que revelan las motivaciones reales, Tierra de Sombras va perfumando los encuentros entre los seres humanos, los va suavizando con una magia casi imperceptible, hasta que termina vinculando los sentimientos a los hechos y arrancándole lágrimas a los protagonistas y al público.
Attenborough cumple su cometido con momentos mágicos rodeados de su propia atmósfera: él mismo vivió en su infancia los rígidos ambientes académicos, ya que su padre fue rector del Colegio Universitario de Leicester y su madre presidenta de un teatro estudiantil. Quizá gracias a ello logra retratar el monárquico Festival del Aprendizaje, desfile kitch de obesos de la alta cultura, a los que el enojo de la antisolemne Joy logra desenmascarar como el niño del cuento del Rey desnudo.
Tierra de Sombras sostiene que el corazón es un territorio oscuro y desolado si no se atreve a sufrir y a expresarse. La luz y la sombra están perfectamente interpretadas por una pareja de excelentes actores, el nunca bien ponderado Anthony Hopkins –que ganó por su actuación El jaguar de Oro en el reciente Festival de Cancún–, en el papel del maestro hierático, contenido y solterón que pasa sus noches en un dormitorio casi monacal, y Debra Winger, como una fuerza irónica, sensible y arrasadora frustada por el cáncer.








