El vampiro de Londres

El público, como sabemos, no va al teatro atraído por el nombre del autor, a menos que sea un clásico. Tampoco va llamado por el nombre del director. Va seducido por el nombre de actores que le gustan o asiste porque un vecino o un amigo le contó que en tal teatro hay una obra muy buena, que no debe perderse.
¿Quiere decir, entonces, que los nuevos autores jamás podrán tener público, si no tienen estrellas en sus repartos? ¿Significa que los directores no van a poder estrenar nunca un texto que les guste, ni van a conseguir una producción suficiente si no montan un texto conocido que garantice la recuperación? ¿Quiere decir que nunca un actor desconocido va a ser conocido, porque sólo se llama a los famosos que garanticen un ingreso en taquilla?
La respuesta, aunque cruel, sería sí con las actuales formas de producción y promoción. El público tan renuente a ir al teatro, no va a ir corriendo a ver cuanta obra se anuncia en cartelera. Tiene que haber algo que lo motive a desembolsar cincuenta nuevos pesos para el boleto y cruzar la ciudad. Y si resulta que no le gusta la obra, saldrá mentando madres y a quien quiera oírlo le dirá que no vayan al teatro.
Todo esto viene a colación a propósito de El vampiro de Londres, obra de Silvia Peláez que actuada por José García y dirigida por Eduardo Ruiz Savignon se presenta en el Teatro El Galeón del INBA.
Los espectadores que estábamos en la función del jueves pasado éramos diez, y aunque la mayoría eran amigos de la autora y del director o del actor seguramente, había alguien que llegó atraído por el título de la obra.
Cada vez son más los adictos a los vampiros, a dráculas y a las historias de terror. Lo sabe bien el bestsellero Stephen King, que escribió Entrevista con el vampiro, éxito de librería y luego éxito de cine que está por estrenarse en México.
Estos espectadores adictos a las historias de crímenes, de sangre, terror y misterio son los espectadores comunes, no amistades que pueden acudir al Teatro El Galeón para encontrarse con la historia de un asesino que bebía la sangre de las víctimas y a quien le llamaron El Vampiro de Londres.
El espectador común se ilusiona al ver el programa de mano que trae una ilustración muy sugerente de la pintora Liliana Mercenario, pero luego viene la primera decepción. Ah, es un monólogo, pensará el espectador común. A la gente no le gustan los monólogos, aunque muchos aún recuerdan a Enrique Rambal en Bandera negra y a Carlos Ancira en el Diario de un loco. Los monólogos en esta época de escasez de recursos para producir han vuelto por sus fueros, pero ya no se resuelven de la misma manera de antes, un personaje hablando solo, consigo mismo. Ahora, los dramaturgos buscan un personaje mudo, destinatario de quien dice el monólogo, para hacerlo creíble. En Shirley Valentine es una pared, en Una mujer sola es alguien tras una ventana, en la Visita del Angel son los abuelos.
Lo segundo es el actor: ¿quién es este actor?, pensará el espectador, debe ser muy bueno, para que le hayan confiado el peso total de una obra sobre sus hombros. Se abre el telón y hay un momento de expectación. La escenografía es bellísima. Al fondo, las rejas gigantes de una cárcel, a los lados sendas puertas de calabozo y al centro, algo que parece una cama, un féretro o una tumba.
Pero oh decepción, apenas habla el actor, y el espectador se enfría. ¿Por qué grita? ¿Por qué imposta la voz? ¿Cómo le va a hacer para sostener, durante toda la obra, ese tono grandilocuente? Empezó demasiado alto. Y luego, cómo camina. ¿Por qué camina sobre los talones mostrando inseguridad? ¿Así lo marcaría el director? ¿Será parte de su personalidad? Y luego, cómo se sienta. ¿Por qué se sienta con las piernas juntas, como señorita? ¿Formará eso parte de la psicología del personaje? Lo malo es que así caminará durante toda la obra y así gritará siempre. Lo mismo puede decirnos en un susurro, como una confesión. ¿O qué, no se está confesando a los espectadores? Que les grite a los guardias, pero no a nosotros, que somos sus confidentes.
Luego se agarrará de los barrotes y todo el enrejado se moverá rompiéndose la convención, porque las rejas están mal sujetadas. Luego se prenden luces rojas atrás de las paredes de la cárcel. Y otra vez se nos rompe la ilusión. Y luego se sienta en la cama-ataúd, la tapa se hunde y el actor cae de nalgas adentro, y trata de salvar la situación riéndose, pero uno sabe que fue un accidente, porque el féretro-cama-fosa es de mentiritas y otra vez la ilusión se rompe.
Silvia Peláez es una nueva y talentosa dramaturga, investigadora y crítica teatral, que no ha tenido la oportunidad de un gran estreno profesional, pero habrá que esperar otra ocasión para valorar este texto. Sólo nos queda imaginar cómo se escucharía este texto con otro actor, qué efecto produciría con una dirección que se preocupara menos de los efectos especiales, niebla y lluvia sobre Londres, y hurgara más en el alma del asesino, en sus motivaciones para matar y beber la sangre de sus víctimas.
Cómo se vería esta obra en un teatro como el Santa Catarina, que se ha convertido en laboratorio de experimentación de obras, actores y directores. ¿Para qué exponer este producto en un teatro profesional del Instituto Nacional de Bellas Artes tan codiciado por los creadores teatrales?
La obra termina. Los aplausos se escuchan débiles. Son tan pocos los espectadores y son tantas las butacas vacías.
Eduardo Ruiz Savignon ha estado dirigiendo teatro en Cuernavaca y en algunas ciudades de Estados Unidos. Habrá que aplaudir su vuelta a la Ciudad de México con obras como El árbol o El caballo entenado, no con ésta.