En pocas ocasiones, estando el sol afuera, como en estos momentos está, he sentido el brío y el entusiasmo de conversar de personajes lejanos. Lejanos porque no están aquí físicamente. Sin embargo, el sol me está alimentando a mí al igual que a otros y eso no es más que el resultado de que me he leído Paula.
En Paula se renueva la infinita capacidad narrativa que reconocemos en Isabel Allende. La novela concentra el recuerdo de un país y de un individuo narrado entre el sueño y la vigilia, entre el pasado y el presente, entre la vida y la muerte. En la obra cohabitan un sinnúmero de fantasmas. Quizá, y aquí el quizá no es sólo una palabra bonita, lo que define la excepcionalidad de un narrador sea precisamente esa capacidad de escuchar esas voces fantasmales, de acéptalas, y de estar dispuesto a ser el medio que las aglutine dentro de una obra artística. Si esto no fuera una verdad universal, por lo menos sí es –a mi ver– el caso de Isabel Allende. Todos sabemos, pienso yo, o al menos lo sé yo y quiero compartirlo con usted, que la escritura no es el acto solitario que los demás piensan. Uno no está tan solitario cuando escribe. Está rodeado de voces, de recuerdos, y de todo aquello que aunque no se ve vibra con la misma fuerza del sol. Isabel mientras estuvo sentada en una silla de hospital, tuvo a su lado todo el tiempo a su abuelo, su abuela, a su madre, a los amores perdidos, al olor de la felicidad, a sus sueños reveladores, a su bosque infinito.
Sus fantasmas le permitieron una novela llena de vida, de bosques y de voces sutiles.
La agonía de Paula, sin hija, enfrentó a Isabel Allende a verdades que los demás humanos en general, no queremos o no podemos enfrentar. Y fue en ese momento de angustia que la vocación de narradora salió al paso para salvarla de la muerte. Pero a diferencia de Sherezada en Las Mil y Una Noches, quien contaba para no morir, Isabel no murió porque contaba. Porque mientras recontaba historias de su familia para contárselas a Paula al despertar el recuerdo surtió un efecto lento y prodigioso: cada porción de pasado aparentemente muerto, le daba destellos de vida al presente agónico.
En el caso de Isabel Allende, recordar su infancia era, simultáneamente, recordar la historia de su país, de su entorno, de sus amigos. La historia social tiene historia porque es historia personal. La historia de Chile que narra Isabel Allende es importante para cada uno de nosotros porque es la historia de una persona concreta, que se parece a nosotros mismos, que de hecho nos da voz y nos integra a su memoria, que a estas alturas ya no dista un ápice de la nuestra.
El absurdo que Isabel vivía en los hospitales, el silencio y la inmobilidad de Paula, el deseo de escuchar a su hija hablar nuevamente, de verla correr, de sentir su abrazo, de recuperar la “normalidad”, la empujó a realizar una profunda introspección por el pasado que finalmente la llevó a alcanzar el triunfo: ella misma se reconstruyó en cada línea, en cada recuerdo, en cada pasaje de su vida. Se convirtió en un ser que se autotransformó a la vista de todos nosotros, en una mujer que aceptó finalmente la muerte de su hija después de haber recuperado la vida.
Seguramente a eso se refiere Isabel Allende cuando nos dice: “Este libro me salvó la vida. La escritura es una larga instrospección, es una lenta meditación. Escribo a tientas en el silencio y por el camino descubro partículas de verdad, pequeños cristales que caben en la palma de una mano y justifican mi paso por el mundo”.
La experiencia de Isabel Allende como narradora no sólo es válida para ella misma, sino para todos nosotros. En Paula nos regala un espacio dónde sólo existe la vida. Gracias Isabel por haber escrito Paula, por habernos dado una porción de eternidad, por quitarnos el terror de la muerte, por hacernos alcanzar la conciencia de que el sol nos está acompañando esta tarde, a pesar de estar afuera.








