Ildegonda

Por doloroso que pueda resultar, se vuelve indispensable el poner de relieve que una entre las características manifiestas de la ópera Ildegonda (1865), compuesta por Melesio Morales (1838-1908), reside en la ausencia notoria de una redacción personal. No se exagera al afirmar aquí que la obra carece por completo de individualidad: de un extremo a otro está escrita en forma derivativa.
Contra las apariencias, tal adjetivo no da cuerpo a un anglicismo. El término significa en español: “Que implica o denota derivación. Aplícase a la palabra que se origina de otra”.
En efecto, la partitura de Morales recurre de manera patente como modelo a las óperas de Bellini (1801-1835), Mercadante (1795-1870), Donizetti (1797-1848) y –especialmente– Verdi (1813-1901), en forma muy fácil de ser detectada mediante la mera audición. La estrategia, procedimientos, desarrollo formal y expresividad de dichos compositores italianos, han sido imitados por Melesio Morales en Ildegonda paso a paso.
Sin embargo, conviene señalar que dicho mimetismo estilístico y estructural no se lleva a cabo maquinalmente: a diferencia, jamás se recurre a la obviedad ni la baratura, presentes –por ejemplo– asimismo en Rossini (1792-1868).
Ildegonda nunca cae en la vulgaridad que, por desgracia, afecta y lastra a muchas entre las creaciones de los músicos antes citados. Su artesanado evidencia mayor pulimento, pero no por ello tiene una animación dramática genuina ni cebo melódico. ¿Será precisamente que a causa de su individualidad aquellas óperas escritas en forma casi rudimentaria, alcanzan mayores verosimilitud, fascinación e impacto como teatro musical?
Por fortuna, a diferencia de lo que sucede con la obra misma –al ser interpretada ésta para inaugurar el Teatro de las Artes–, la dirección musical de Fernando Lozano y puesta en escena de Luis de Tavira estuvieron llenas de aciertos múltiples.
Auditivamente lo mejor se localizó en la conducta homogénea, eficiente y disciplinada de la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, que con musicalidad así como fluidez notorias creó el marco sonoro adecuado para el trayecto de la ópera; a pesar de una terrible desafinación eventual en los cellos. Lozano imprimió envidiable cohesión al total, demostrando una vez más su pericia como concertador y enorme experiencia al ejercer dicha tarea, salvando con mano maestra los numerosos escollos inherentes.
La participación de la mezzo Grace Echauri destacó con fuerza y claridad, haciendo de ella el miembro más notable del elenco. Esta cantante tiene una voz magna que maneja con tino manifiesto, así como –en lo teatral– actúa de modo convincente. Ojalá sea posible escucharla más en fecha próxima.
Por su parte, Luis de Tavira llevó a cabo una dirección escénica magistral. Apoyándose en forma notoria en la escenografía diseñada con gran habilidad por José de Santiago, evitó las trampas que le acechaban en el estúpido libreto y burda versificación de Temistocle Solera (1815-1878), quien se autoplagió ahí cuanto había perpetrado ya para I Lombardi (1843), de Verdi.
Tavira dio curso a su gran imaginación así como riqueza de recursos: ambas proverbiales en él. Utilizó con soltura y rigor técnico un sistema de invención continua. Por ejemplo: la presencia frecuente de un vasto grupo dancístico aportó dinamismo sostenido al juego dramático, vigorizando las vertientes visuales del mismo, a pesar del rudimentario diseño coreográfico de Marco Antonio Silva. Sorpresa y espectacularidad incisivas se amalgamaron en el diseño exuberante de Luis de Tavira para vertebrar, en forma por igual seductora e inteligente, su labor.
De este modo, el valor individual de cada parte en Ildegonda fue superior a la suma de las mismas. En este caso 60 (partitura), más 100 (dirección musical), 75 (cantantes), 30 (coro), 98 (orquesta), 90 (bailarines), 30 (coreografía), 95 (escenografía), 95 (luminotecnia) y 100 (puesta en escena), dan como resultado tan sólo un 82 exiguo. Porque el cero absoluto del texto seudoliterario no logra modificar la calificación general en modo alguno. Cabe reiterar que no se trata de un promedio, sino adición paradójica.