Escape de Guantánamo: las aventuras de dos balseros Los marines, las olas nocturnas, los tiburones, las minas, y por fin, otra vez en Cuba

LA HABANA.- Más de 250 heridos y casi 600 cubanos bajo arresto causó la rebelión de balseros en los centros de detención estadunidenses en Panamá, la primera semana de diciembre. Los centros de Guantánamo y Panamá son “bombas de tiempo”, coinciden en señalar los expertos. La dramática historia de los balseros Alexis Lores y Vicente Gruyero lo confirma. Al poco tiempo de haberse escapado de los campos de Guantánamo, fueron entrevistados en La Habana.

RESCATE EN ALTA MAR

“Llegué y le dije a mi mujer: me voy. Me dijo: ¿para dónde? Me voy para Estados Unidos. Me di la vuelta y me fui. Ella comenzó a llorar; no quería que me fuera. Tenía la decisión de quedarse.”
Alexis Lores, 30 años, excadete militar (“seis meses antes de llegar a ser teniente, me di de baja”), después “dulcero”, comenzó su odisea el 1º de septiembre de 1994, cuando acompañado de ocho hombres, cuatro mujeres y un niño, buscó llegar en una balsa a la Florida.
A las 3 de la tarde –a unas 45 millas y ya perdida la costa–se ponchó una cámara de la balsa. Fueron rescatados por un guardacostas norteamericano, que dos días después los llevó a Guantánamo.
Ahí “nos daban un trato de prisioneros. Ya en mi caso, a la semana y media no me sentía bien por las condiciones en que estaba viviendo; fue un choque emocional bastante grande y cuando comenzó la revuelta en Guantánamo, aproveché para irme”, cuenta Lores.

REVUELTA EN GUANTANAMO

–¿Cómo empezó la revuelta?
–Comenzó en un campamento al lado del mío; fue una revuelta pacífica; se pidieron visados para EU, porque nos sentíamos como prisioneros. Luego se fueron exacerbando los ánimos, transmitiéndose la rebeldía de campamento en campamento. La gente comenzó a romper las cercas, salió y se armó un caos total que duró tres días. Después los norteamericanos comenzaron a organizar eso de una forma bastante represiva. Armaron un batallón y fueron por todos los campamentos metiendo a la gente; pero muchos desobedecieron las ordenes y ahí se agudizó el conflicto.
–¿Cómo y cuántos salieron de los campamentos?
–Las mismas mesas de los comedores se usaron para derribar las alambradas. Fueron unos cuantos miles los que salieron, ya que había campamentos de 2,000 a 3,000, y la mayoría de ellos se botaron hacia la calle. De ahí fueron todos a la iglesia que había en el centro de la base, donde se aglomeraron.
Todos sabíamos que los balseros tenían prioridad de entrar a EU para conseguir un estatus determinado y esa ley se estaba violando, al igual que nuestros derechos humanos, sobre los cuales tanto pregonaban antes. Porque en su misma prensa compararon los campamentos con los de concentración de los nazis de la Segunda Guerra Mundial.
–¿Les explicaron por qué estaban ahí y no en EU?
–Nos dijeron que no íbamos para EU. Pero un personaje, un preso político que había estado en la cárcel en Cuba –de los que viven ahora en Miami–, y que estaba allá en la base, nos planteó que esperáramos porque se estaban haciendo gestiones para trasladarnos a EU. Y también lo dijeron los curas protestantes y católicos en la base.
Después de las revueltas la comida fue mejorando; los servicios sanitarios empeoraron y la asistencia médica –que nunca fue buena– se mantuvo igual.

HUIDA DE GUANTANAMO

–¿Después de los incidentes decidiste irte?
–No, me fui aprovechando los incidentes, porque antes no se podía salir del campamento. Si te agarraban fuera te llevaban a la prisión. Aprovechando las peleas me fui a las lomas, pero cuando iba caminando hacia la frontera, dos marines me interceptaron y tuve que correr para ganarles.
Esa noche traté de irme por el mar, pero estaba muy picado y no pude salir. Posteriormente nos acercaron a la frontera, al campamento “Oscar”. Decían que estaba en mejores condiciones, pero en realidad estaba peor. Las condiciones eran muy malas.
Ahí estábamos cerca de la frontera, más o menos a un kilómetro. De ahí alguna gente logró escapar con un imprevisto de los guardias. Rompían el alambrado y se tiraban al agua. Esto fue un riesgo porque era bastante alto el acantilado: el mar estaba a seis o siete metros.
–¿Mucha gente quería volver a Cuba?
–1,004 personas querían volver; nos lo dijo el propio coronel del campamento; 1,004 sobre un total de más o menos 25,000.
–¿Discutieron en los campamentos quiénes querían quedarse?
–Ahí fue la decisión de cada quien, fue personal.
–¿Y esos 1,004 salieron ya a Cuba?
–No, todavía quedan muchos. Los norteamericanos planteaban que Cuba era la que dificultaba los trámites para volver acá. Había mucha desinformación de la Radio Martí, incluso censuraban los periódicos que llegaron. Radio Esperanza, la de la base, enfocaba la información como ellos querían. Pero fue pasando el tiempo y nos dimos cuenta que fueron ellos los que interferían con nuestro regreso a Cuba.

JUGANDOSE LA VIDA

El 27 llegó el coronel al campamento y nos informó que la salida para Cuba por vía legal iba a demorar un buen tiempo más. Ese mismo día tomé la decisión de lanzarme por la noche. Mucho me ayudó mi formación militar: logré pasarme –desnudo– por el alambre que corta como una navaja, y burlar la vigilancia. Iba con otros compañeros. Por la noche hacían guardia con perros, con fusiles, con marines y hombres ranas en el agua. Iba a rastras hasta llegar a la roca; bajé del acantilado y cogí el mar.
–¿Cuánto tiempo estuviste en el agua?
–De las 10:30 de la noche hasta las 4 de la madrugada, nadando, alrededor de seis kilómetros. Era una zona casi virgen, de acantilados. Se encuentran tiburones y todo tipo de animales en el agua, también había mucha aguamala (medusa): nos estábamos jugando la vida. Yo nado bien, pero le tengo miedo al mar y en la noche es peor.
–¿Tuvieron dificultades en el agua?
–A un compañero le dio fiebre en el agua por la aguamala. Cuando yo iba llegando casi a la frontera y me cogió la aguamala parecía que me estaba comprimiendo el cuerpo. Me sentí bastante mal en ese momento, pero mi idea era llegar a la frontera como quiera que fuera.
–¿Sabías hacia dónde nadabas?
–Claro yo estaba orientado, ya había estudiado eso. Cuando, después de algunas horas, subimos el acantilado, estábamos a unos 200 metros de la cerca del lado estadunidense y por temor de que nos arrestaran seguimos nadando paralelo a la costa hasta llegar a la cerca cubana.

EN EL CAMPO DE MINAS

(La zona ocupada por Estados Unidos en Guantánamo y el territorio cubano están separados por bardas y franjas minadas, entre las cuales existe una especie de tierra de nadie. Cuba minó su perímetro fronterizo en 1974, doce años después de que los estadunidenses minaran la parte ilegalmente ocupada por ellos. Ya entonces los estadunidenses habían cometido más de 7,600 violaciones del territorio cubano.)
Yo tenía la decisión de esperar ahí pero mis compañeros decidieron internarse en el campo; no sabíamos que era campo minado. Pensamos que era zona franca, la que no estaba minada.
Avanzamos 200 metros hasta que estalló una mina y el compañero perdió la pierna. Cuando explotó la mina, nos quedamos quietos; le dijimos al compañero que se hiciera un torniquete con el suéter, porque perdió la pierna desde la rodilla hacia abajo. Es una impresión que nunca se me va a olvidar. El pedazo de pie por otra parte, la sangre en la cara… Eso fue terrible.
Quedaba poca distancia hacia la cerca; traté de alcanzarla y cuando la alcancé, comencé a llamar a los guardafronteras cubanos; ellos se internaron en el campo minado y nos rescataron.
–¿Después qué pasó?
–Nos llevaron a unos albergues y nos hicieron un chequeo médico; tuvimos un tiempo de cuarentena –como de seis días en mi caso–; nos interrogaron acerca de cómo salimos, por qué salimos, las condiciones que existían ahí, etcétera. Después los compañeros guardafronteras nos dieron desayuno, almuerzo, cena y algunas pertenencias como cepillo, pasta de dientes, un albergue con televisor y radio. Después nos trajeron a La Habana, a la casa y nos entregaron a nuestras familias.
–¿Cómo te recibió la familia?
–Muy contenta. Me estaban esperando; decían que tenía que volver. Ahora tengo que empezar los trámites para conseguirme un carnet de identidad, para comenzar a trabajar.
–¿Has encontrado rechazo?
–No. Todos entienden que somos seres humanos y que tenemos derecho a determinadas decisiones en la vida.
–¿Lo consideras un error?
–No, no me arrepiento de haber hecho lo que hice. Al contrario, eso me ha dado una gran experiencia para la edad que tengo. Me alegro mucho haber pasado por todo esto, porque lo que pensaba antes no lo pienso ahora. Eso ha cambiado mi pensamiento.
–¿Por qué decidiste irte?
–Porque ya había tenido una salida anteriormente –por balsa también–, pero en aquel tiempo fue ilegal y me cogieron. Si me hubieran dado la visa de inmediato me traslado a EU. Pero por todo lo que ha pasado ya no quiero ir.

VICENTE GRUYERO

–Vicente ¿por qué motivo saliste?
–Bueno, yo soy ingeniero civil y profesor universitario en La Habana. He colaborado en muchísimos proyectos importantes de la economía del país y nunca pensé en emigrar. Incluso estuve en Alemania, pasé por Moscú en los años 88/89, es decir, tuve oportunidades de emigrar cuando mucha gente lo hacía.
Yo nunca he sido militante de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). Toda mi vida me he dedicado a estudiar. Mi esposa también es profesional, es investigadora. En Cuba me ha gustado todo. Cobrábamos y comíamos en los mejores restaurantes de La Habana. Mensualmente íbamos a comer o cada dos o tres meses hacíamos algún tipo de gira turística o de fin de semana.
Nuestras ambiciones eran de superación técnica; incluso íbamos a la universidad a los posgrados; juntos estudiábamos idiomas, es decir que teníamos una vida perfecta. Yo hubiera vivido toda mi vida con el socialismo, no había nada que añorar.
Pero todo eso empezó a decaer y el dólar empezó a tener un valor. Mi papá estuvo enfermo de Parkinson e hizo que mi hermana viniera de Estados Unidos; tuvimos acceso a otro tipo de tiendas por medio de ella y eso empezó a caer en una deformación, en un interés por emigrar. Además en mí se fijó la idea de emigrar, no por cuestiones políticas, porque no tengo nada que reprocharle a la revolución cubana. La revolución cubana tiene cosas bellas, magníficas. Quizás no haya dado la solución económica que necesite el país; incluso critiqué en cierta medida la idea de que había que inmolarse, porque si se acaba el campo socialista somos los últimos que tienen que mantener las conquistas de la revolución.
Empecé a pensar que en el siglo que viene, los pobrecitos que viven en el Tercer Mundo se iban a morir de hambre. Se empezó a dar la cosa global, cada vez más distancia entre el Primer y Tercer Mundo y empecé a tener un ansia; no por lo material, porque soy una gente muy modesta que materialmente no le interesa nada, pero pensé que el que no se fuera para el Primer Mundo –y no hablo de EU que es uno de los países que más problemas sociales tiene– no tenía futuro. Soñaba que esa era la solución. Eso me lleva a planear una salida ilegal y logré salir del país.

EN BUSCA DEL PRIMER MUNDO

–¿Cómo saliste?
–En una balsa de goma comprada en el mercado en dólares, el 3 de junio de 1994. Después de dos días en el mar se formó un ciclón al sur de Carolina y eso trajo mucha marejada. Veíamos que el mar estaba cada vez peor y decidimos retornar porque hacia EU quedaban 80 millas y hacia Cuba 20. Regresamos, nos capturaron, se nos hizo un proceso de investigación muy corto, estuvimos unas diez horas detenidos y salí porque sólo estaban poniendo multa entre 500 y 1,000 Pesos.
Estaba pendiente de proceso, cuando sucedieron los hechos de agosto, cuando se dijo que se podía salir, fue como una fiebre en La Habana. La gente me decía: “Qué esperas para irte. Ahí está la oportunidad”.
Yo no tenía balsa; había desistido de todo, pero fui a la costa, a ver como la gente se iba del país. Era como una película; miles y miles de gentes fabricaban balsas en la orilla. Ahí coincido con unos muchachos, que eran ingenieros también. Hice amistad con ellos y me invitan porque les faltaba un balsero en una balsa de cuatro.
La balsa no debe ser grande. Muchas se fabricaron para treinta personas, con barriles soldados, etcétera, y estos se quiebran en el mar, porque no son elásticos. Muchas balsas se hundieron por eso.
La nuestra era de hule espuma, que tiene la ventaja que no se hunde, no se poncha. Como buen profesional leí a Yves Costeau, que sabía mucho de cómo sobrevivir en el mar; estudié a la Kon-Tiki, que atravesó el Atlántico. Y la balsa reunía los requisitos descritos ahí.
Ya antes de salir, Clinton había hablado y lo que jamás me imaginé fue que dos gobiernos enemigos de por vida se fueran a poner de acuerdo y hacer un tratado sobre la inmigración. No había antecedentes de eso en Cuba. Insisto: no me fui por problemas políticos, me fui buscando el Primer Mundo y caí en esa trampa de Guantánamo de la cual ahora salí. Y ahora me alegro muchísimo de estar nuevamente en mi casa.

TRATO DE ESCLAVOS

–¿Cómo te fuiste de Cuba?
–Salimos en la balsa y estuvimos cuatro días en el mar. Cogimos unas tormentas muy violentas. Al segundo día nos sobrevoló una avioneta “Hermanos del Rescate” que es una organización de pilotos de Florida que buscan balseros. Nos tiraron una plegaria religiosa que decía: “Sólo Dios te salvará”. Eso no nos hizo mucho efecto, porque los que íbamos en la balsa éramos universitarios: uno licenciado en economía y los otros tres ingenieros civiles.
Nos recogió un guardacostas el día 27. Nos requisaron todo lo que podía servir como arma. Y ahí empezaron a ordenar: “Siéntate, no te puedes parar.” Había unas 20 personas, estábamos todos en la cubierta, en la parte de la popa. Pensábamos que íbamos a la Florida, pero nos llevaron hasta el norte de las Bahamas y allá nos pasaron a un guardacostas de Nueva York.
En ese barco me dieron el número “58”. Nos tuvieron todo el tiempo en la cubierta que es muy áspera. Empezaron las raciones de comida; nos dieron el famoso “congrí” (arroz blanco con frijoles). Primero fue una bolita al día; y ahí empezó el hambre, y la violencia por querer comer más.
Estuvimos casi una semana en ese barco, nos fueron hacinando en la cubierta; los guardias parecían robots, eran marines y había muchas represiones. El oficial sanitario que estaba ahí casi no dominaba la medicina. Un cubano que no hablaba inglés, trató de administrar las medicinas. Cuando alguien llegaba quemado por insolación era depositado en el piso. Yo me sentía como los esclavos, cuando los trajeron de Africa.
Siempre nos tuvieron en la cubierta, no nos permitían estar de pie, a no ser que se iba a tomar agua o algo así.
Y nos fueron hacinando hasta que el barco llegó a tener 400 personas. No había información. Ese barco pasaba por La Habana, daba vueltas. En estos días había muchas tormentas; las olas entraban y mojaron a todos: niños, mujeres y hombres, porque todo el tiempo estuvimos en la popa. Cuando no había tormentas, la mayoría estaba todo el día en el sol. Era tanto el maltrato del cuerpo por el mar y el sol y la desesperación fue tan grande que sólo queríamos bajarnos de este barco.
Cuando llegamos a Guantánamo, entran dos muchachos jóvenes del Ministerio de Justicia y nos leen un panfleto: “¡Bienvenidos a la base naval de Guantánamo! ¡Jamás viajarán a los EU!”. Y cuando la gente oyó esto todo mundo aplaudió. También nos dijeron que el que quisiera regresar a Cuba se lo comunicara a las autoridades.
Yo di mi nombre para irme a Cuba cuando me bajé del barco y eso me empezó a traer problemas. En el campamento adonde me llevaron era visto como una persona que me había rajado.

REPRESION Y RESISTENCIA

Al principio no había nada. La comida fue siempre la misma y esto trajo problemas. La gente tiraba la comida y decía: “¡No vamos a comer más esto! ¡Libertad! ¡Visa! ¡Información!”. Luego empezaron a ver que nadie iría a EU y empezaron las huelgas, a pedir libertad. Que eso era un campo de concentración. La comida era muy mala y el servicio médico también. Era una atención que casi no querían dar.
En nuestro campo se enfermó un niño, le dio fiebre. La gente protestó para que lo llevaran al médico. Los guardias dijeron que no, que no tenían transporte en este momento para llevarlo. Y no dieron más explicaciones: que esperara. No había ni agua para ayudarle al niño y pasaron las horas. Entonces empezó la huelga. Ellos se paraban encima de unas casetas y filmaron –después hicieron torres como en los campos de concentración– y en la madrugada capturaron a todos los que habían protestado contra los guardias.
Ahí había el castigo del “purgatorio”. Te dejaban fuera del campo y te metían toda la mañana al sol de Guantánamo, que es terrible, porque es un desierto. Se quedaron tostaditos por allá y tranquilitos, esposados de manos y pies. Inclusive para subir al camión, los cargaban y tiraban como un saco. Eso era horrible. Yo lo vi muchas veces.
También los metieron en lo que llaman “caja de música”. Era una caja de madera que golpeaban fuertemente desde fuera. Los que golpearon estában encapuchados con medias; nada más se veían los ojos. Yo no lo viví, pero oí los cuentos cuando la gente regresaba.
También hubo mucha resistencia. Por ejemplo, en la cajita de alimentos que nos dieron, hay un calentador que está hecho con una lámina de carburo de calcio, que viene en un nylon muy resistente a la temperatura. Cuando se le echa agua se produce una reacción isotérmica (calor) con la cual se calientan los alimentos. Además produce acetileno. Entonces esto se mete en una botella de plástico: se le echa agua, se le pueden echar piedras, se bate, se suelta y es una granada. Suelta metralla y hace tremenda explosión.

PROPAGANDA CONTRA EL REGRESO

Los curas en el campamento hicieron mucha labor para que te aguantaras, que ibas a ir a Estados Unidos, al igual que los “marielitos”. De la misma manera se trató de impedir que regresáramos a Cuba. Nos decían: “Si ustedes van para Cuba, los van a meter a una cárcel, los van a reprimir”; siempre hubo una política de desanimar a los que querían regresar. La propaganda fue constante.
Radio Esperanza decía que sólo 50 personas querían regresar a Cuba. Pero esto fue una mentira porque eran más de mil. En mi campamento había 300 en la lista. Hubo una marea de desinformación, de manipulación de ellos. También crearon un periódico interno que era lo más venenoso que podía haber.
No hago política ni nunca voy a hacerla, pero le digo que lo más creíble en la base fueron las emisoras cubanas. La confirmación de que si los norteamericanos estaban diciendo la verdad o mentiras, era a través de las emisoras cubanas. Cuando la gente oyó a Alarcón (presidente de la Asamblea Nacional), sabía que el acuerdo sobre los balseros era como él decía y no como decían los estadunidenses. Para la confirmación de las noticias toda la gente oía Radio Rebelde. Porque la Radio Esperanza era lo más mentiroso que podía haber.

EL ESCAPE

–¿Cómo saliste?
–Empecé a trabajar en el almacén para poder elaborar un plan de salida. Es un almacén común para los campamentos “noviembre 1” y “2” y me movía enmedio de ambos. Y en una de esas yo me escapo en la camioneta: bajo el acantilado, me tiro y nado hacia mar adentro, para evitar a los hombres rana y las lanchas. Me sentí el hombre más feliz cuando me encontré solito en aquel mar con las estrellitas. Pensaba en mi mujer y mis hijos. Pero después sentí un dolor en la pierna y estaba sangrando. Me había lastimado en la roca y me puse bastante nervioso, porque allá hay tiburones.
Nadé unas cinco horas. Cuando llegué a la parte cubana encontré huellas de un vehículo y seguí caminando sobre ellas hasta encontrar un puesto de los guardafronteras. Esto fue como a la una de la madrugada. Había algunos otros perdidos en el campo minado y les dijeron: “No se muevan de ahí”.
Cuando regresé, no hubo ninguna violencia contra nosotros; más bien solidaridad. Cuando uno llega a Cuba, siente que es la cosa que falta del otro lado. Los zapadores cubanos si ven un herido en la noche en un campo minado se meten para sacarlo. Esto es una valentía increíble, porque es muy arriesgado. Pero ellos son capaces de hacerlo. Los americanos no.
–¿Cómo te recibieron en tu barrio?
–En este momento me estoy reincorporando. He tenido mucha ayuda, entre otras, de organizaciones a nivel de municipio, de la administración y del partido. Veo una cantidad de cambios y hay otra forma de pensar; se llevan las cosas con más sinceridad. Yo sólo encontré una persona que me hizo reproches, los demás me han entendido. Hay una mejoría en casi todos los sectores. Yo me fui porque no vi salida. Veo que hay cambios positivos. Hay una idea de que esto va a progresar.