Collor: retrato de la arrogancia

RIO DE JANEIRO.- Antes de llegar como un huracán a la Presidencia de Brasil, Fernando Collor de Mello tuvo una trayectoria política mediocre y una historia personal confusa. Cursó economía y administración en la Universidad de Brasilia, se casó con la heredera de un imperio industrial y financiero de Río, con quien tuvo dos hijos. Divorciado, volvió a casarse. En la juventud, y en pleno periodo del régimen militar, aceptó desfilar como modelo para una fiesta ofrecida por la mujer del dictador en turno.
Sin saber qué hacer para controlar las actitudes de Fernando, la familia lo dirigió a la política, mientras su hermano Leopoldo se dedicaba a cabildear en Sao Paulo, y su otro hermano, Pedro, era encaminado a la administración de los negocios familiares. Las hermanas, como corresponde a las hijas de las oligarquías del nordeste, fueron conducidas a bodas convencionales.
La carrera política de Collor de Mello también fue mediocre, pero logró ser nombrado –siempre en tiempos del régimen militar– alcalde de Maceió, capital del estado de Alagoas, y luego, por voto popular, llegó a gobernador de la provincia. Tuvo un paso rápido y gris por el Congreso.
La estrategia formidable que lo elevó a la Presidencia fue estructurada alrededor de un sólo eje: presentar a un joven, apuesto y ambicioso Fernando Collor, apoyado por una confederación de empresarios, banqueros e industriales, cuyo temor era la posibilidad de tener como Presidente a Leonel Brizola o a Luis Ignacio Lula da Silva. El dinero corrió a chorros en las arcas de la campaña de Collor de Mello. Nunca se sabrá exactamente cuántos dólares fueron gastados, pero la cifra se sitúa seguramente por encima de los 150 millones. Terminada la campaña y logrado el objetivo, quedó un superávit de por lo menos 50 millones de dólares. Pero eso no fue todo: el “cajero” y cerebro financiero del plan, el abogado Paulo César Farías, aún sin ocupar ningún puesto público, siguió presionando a empresarios, sobre todo a industriales y grandes constructores.
Quizá en alguna ocasión otros gobiernos hayan robado más que el de Collor. Pero ninguno robó tanto en tan poco tiempo. No había prácticamente ninguna posibilidad de negociar con el gobierno sin pagar propinas obligatorias que llegaron, en algunas ocasiones, a 20% del valor del contrato. En menos de dos años, el gobierno de Collor se convirtió en una amenaza insoportable no sólo para las instituciones y el mismo Estado brasileño, sino también para el sistema económico, acostumbrado a repartir los beneficios de una economía poderosa como si fuera un pastel destinado a pocos.
Como administrador, Collor de Mello fue más irresponsable que incompetente. Algunos de sus planes tenían buena base y cierta lógica, dentro, desde luego, de una visión neoliberal. Pero el resultado global fue catastrófico. Logró, como era previsible en esa aplicación enloquecida de las lecciones del neoliberalismo más radical, romper la estructura del Estado brasileño. Algunos de los daños que causó pueden ser considerados irreparables. Sin embargo, logró debilitar la fuerza de algunos oligopolios, abrió áreas del mercado a las importaciones, obligando la industria nacional a modernizarse.
Sin embargo, sobre todo esto prevaleció –al margen de la corrupción, por supuesto– su vanidad, su arrogancia. Convencido de las bondades de un vago “primer mundismo” que afecta desde hace algunos años a varios presidentes latinoamericanos, logró competir en igualdad de condiciones con el presidente argentino Carlos Menem en la disputa por el ridículo. Disfrazado de piloto, voló en un jet y rompió la barrera del sonido; manejaba su coche por las calles de Brasilia en velocidades alucinantes; hacía maniobras juveniles en un deslizador; corría diez kilómetros en las mañanas de los domingos para demostrar que, además de apuesto, era fuerte y sano; y adoraba pasearse con algún libro bajo el brazo para recordar a la gente que era un intelectual.
En el fondo, no era nada de eso. Era un engaño, una ilusión. Alejado de la Presidencia, intentó mantener su aire imperial. Y pasó a ser la parodia de sí mismo, la caricatura del ridículo, la esencia máxima de la arrogancia.