Collor: retrato de familia

RIO DE JANEIRO.- Hace dos años y medio que doña Leda Collor de Mello vive en un cuarto de hospital. Esta mujer, que antes tuvo gestos decididos, hablaba en tono autoritario, controlaba con pulso firme a la familia y era ríspida con la mayoría de los mortales, vive abandonada: casi nadie la visita. Pero ella no se da cuenta: desde hace dos años y medio tiene vida totalmente vegetativa.
Una mañana, al leer que su hijo Pedro había decidido relatar lo que sabía de su hermano Fernando, entonces Presidente del Brasil, doña Leda sufrió un paro cardiaco que, agravado por problemas circulatorios, afectó directamente la irrigación cerebral. Se desconectó del mundo. Cerró los ojos para no asistir a la guerra entre hermanos. No se enteró de lo que pasó después, no vio cómo era triturada la arrogancia de su hijo Fernando, no asistió al proceso que lo alejó de la Presidencia.
En el hospital Albert Einstein, de Sao Paulo, considerado uno de los mejores de América Latina, sobrevive sumergida en una niebla helada. La administración del hospital enfrenta un problema: las cuentas, que se acumulan. Son alrededor de 250,000 dólares al año. Los seguros de salud cubrieron el primer largo período de internación. Ahora, todo es negociado amistosamente –a través de abogados, desde luego– con la familia.
Hace mes y medio, Pedro Collor de Mello se internó en un hospital de Sao Paulo para averiguar el origen de fuertes dolores de cabeza. Tres días después, fue informado: cuatro tumores malignos habían brotado en su cerebro. Llevado a Nueva York, está internado en el Sloan Catherine Memorial Hospital. Pedro y Fernando no se hablan desde junio de 1992. La vida de Pedro será corta, dicen los médicos. Está consciente, sufre dolores con el tratamiento de radioterapia, y vive una amarga ironía: él, que hizo estallar todo un proceso por haber hablado, está mudo. El cáncer sólo afectó uno de sus sentidos: el habla.
Hace dos años, desde que fue expulsado de la silla presidencial por un juicio en el Congreso y por el clamor popular, Fernando Collor de Mello divide su tiempo entre la opulenta residencia de Brasilia –la “Casa da Dinda”– y un lujoso departamento que tiene en Maceió, capital del miserable estado de Alagoas, en el nordeste, base de su imperio familiar. Lee dos libros por semana, básicamente de temas políticos. Acaricia el sueño de fundar un centro de estudios e investigaciones sobre la realidad brasileña. Durante los primeros diez meses luego de haber perdido la Presidencia, Collor de Mello todavía disfrutó de algunos beneficios concedidos a los expresidentes: escolta, coches estatales, motociclistas. Cuando le quitaron eso, perdió un poco más de su pose imperial, pero siguió viviendo una cotidianidad un tanto rara. Todos los días, alrededor de las diez de la mañana, salía de su casa enfundado en un traje oscuro, los cabellos arreglados a golpes de peine y laca, y se dirigía a su despacho particular. Allí atendía la correspondencia, contestaba llamadas telefónicas, recibía algunas visitas, o, como prefería decir, “concedía algunas audiencias”. Entre la casa y el despacho, se transportaba en un coche oscuro, conducido por un chofer discreto y eficaz, acompañado por dos guardaespaldas. Sería normal, si no fuese por un pequeño detalle: el despacho está a menos de 50 metros de la casa y dentro del mismo terreno.