Los equívocos de la paz

En estos días de preguerra en Chiapas todos los actores reafirman que quieren la paz. De paz habla el EZLN mientras se apresta a reiniciar la guerra; de paz hablan Robledo y Avendaño desde perspectivas políticas y morales opuestas; la paz aparece en el discurso de la CONAI no menos que en el gobierno federal y en el de otros muchos personajes que proponen soluciones al conflicto. Es trágico que estemos llegando a la guerra entonando himnos equívocos a la paz.
Las diversas concepciones de la paz se reducen fundamentalmente a dos: la paz que está por construirse con una nueva visión de la justicia, y la que debe sólo reestablecerse superando la violencia armada. Designar con la misma palabra concepciones tan diferentes es un gran equívoco que conviene exhibir, sobre todo con miras al trabajo de la recién propuesta Comisión para el Diálogo y la Mediación.
De una paz por construirse hablan el EZLN, Avendaño, la CONAI con Don Samuel, y muchos analistas y organizaciones. Les es común la aspiración a conquistar una situación nueva, por lo pronto en el escenario chiapaneco, que corrija de raíz agravios intolerables. Hablan de paz “en justicia y dignidad”, de nuevas leyes y nuevas prácticas; de transformaciones estructurales en asuntos muy serios como la tenencia de la tierra, la procuración de justicia, las autonomías de las regiones indígenas o la transformación del sistema de gobierno. Los medios para lograr estos cambios son diferentes para cada actor: la lucha armada (o una “paz pactada” bajo ciertas condiciones) para el EZLN, la insurgencia civil pacífica, pero enérgicamente disidente, para el gobierno en rebeldía de Avendaño, la negociación política a fondo, con sinceridad y apertura, para muchos otros.
La segunda concepción de la paz la proponen, con matices y variantes, el gobierno de Robledo, las asociaciones de ganadores y finqueros, varios organismos oficialistas y no pocos medios de comunicación; la respaldan también algunos líderes empresariales y religiosos. Esta concepción de la paz consta de dos elementos: uno explícito, que es el rechazo a la vía armada a toda costa (paz significa ausencia de guerra) y otro implícito, que es el regreso al “orden” anterior, a la situación que prevalecía antes del levantamiento. A este discurso se le suelen añadir dos complementos: el reconocimiento, en principio (aunque luego se olvide), de la justicia de las demandas de los rebeldes, y la oferta de diversos correctivos que alivien la situación de las poblaciones pobres: se habla de “superar rezagos”, de incrementar recursos e intensificar programas, sin llegar a considerar los cambios estructurales que son la esencia de las demandas rebeldes. Es la paz del regreso a un pasado sustancialmente igual. No es, pues, extraño que nos encaminemos a la guerra, si aún los conceptos de paz que se proclaman están en guerra.
No se trata, por supuesto, de un equívoco involuntario, sino de posiciones irreductibles –políticas y valorales– que, de mantenerse, harán fracasar cualquier negociación.
Parece innecesario documentar los conceptos de paz que manejan los actores principales; son bien conocidos; en algunos de los actores secundarios o indirectos los encontramos también expuestos con extraordinaria claridad.
De la paz por construir habla, por ejemplo, el padre Mardonio Morales en el número anterior de Proceso. Con 30 años de trabajo entre los indígenas de Chiapas, su diagnóstico es contundente: “En Chiapas siempre se ha seguido un camino de destrucción de los indígenas y de los campesinos pobres, pero ahora más cruel y definitivamente. Es y ha sido una guerra de destrucción, de dominio, de extinción…” “El gobierno está y ha estado siempre de parte de los opresores. Más aún, está formado por esa gente. Es injusto, profundamente racista, inhumano en sus acciones, soberbio en sus actitudes. Mi experiencia en Chiapas es haber palpado su cinismo y haber tenido que tratar con asesinos de profesión”. Narra sus esfuerzos durante tres décadas por luchar contra la opresión por las vías legales: “La realidad que se impuso me llevó a la indignación ética, ante el cúmulo de injusticias”. Después de esa “lucha cruel e inútil”, concluye cómo concibe ahora la construcción de la paz: “Yo soy de la creencia en la resistencia y en la lucha civil pacífica… Con ésta historia detrás, se comprende mi consonancia con las motivaciones zapatistas; son las mismas, excepto en la elección de las armas”. Su conclusión es implacable: “Nunca ha habido en el Estado un deseo de buscar la justicia; y sin justicia no hay paz”.
La otra paz, la que se limita al rechazo a la violencia sin mayor análisis de sus causas (que en algunas propuestas parece la paz de la rendición), la están proclamando en estos días, desafortunadamente, algunos obispos. Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de Tapachula, consideró “deplorable” que el EZLN no haya atendido los reclamos de paz e invitó a los rebeldes a que “demuestren su amor por Chiapas, haciendo a un lado los intereses políticos o la ambición, porque aquí es donde debe prevalecer el bien común y no la ideología de un grupo”; exhortó a la sociedad a no dejarse influir “por quienes incitan a la violencia”; y afirmó en una reciente Carta Pastoral que “hay inconformidad por la pobreza y miseria, pero hay valores superiores a la economía, como son la vida y la paz” (La Jornada, 8 de diciembre).
Otro obispo, Luis Mena Arroyo, Auxiliar de la Arquidiócesis de México, opinó que “el pueblo de Chiapas quiere que lo dejen en paz y trabajar por su bienestar y progreso”; los chiapanecos no quieren estar amenazados por un pequeño grupo de gente armada, que quiere imponer su voz y su opinión al resto de la población; las exigencias de justicia y democracia del EZLN, dijo, son “pretextos” para que los campesinos puedan tener lo ajeno sin ningún trabajo. Y añadió que la extrema pobreza en que viven los indígenas se debe en gran parte a la falta de voluntad de estos pueblos para luchar y promover la defensa de sus propios derechos (La Jornada, 9 de diciembre). Así se expresó este pastor.
Variantes de este concepto de paz, que la identifica con el rechazo a la violencia, son las que aportan algunos representantes empresariales: la paz es también condición de los buenos negocios. Antonio Sánchez Días de Rivera (Coparmex) considera que el conflicto “es más un evento publicitado que un conflicto real”, que “el subcomandante Marcos es el principal promotor de la pobreza en Chiapas, pues con su postura ha frenado totalmente las inversiones y proyectos para esta región”; y concluye que lo importante es “que haya paz, pues sólo así habrá confianza y estabilidad política, y ello a su vez generará inversiones”. Ideas semejantes fueron expresadas por Luis Germán Cárcoba (CCE): “Las armas no llevan a ninguna solución; debe imponerse la razón; si no, no habrá la estabilidad que requieren las inversiones” (Noticiero Hechos, 13 de diciembre). La rentabilidad de la paz, con un toque de patriotismo, inspira también al Consejo Nacional de la Publicidad, patrocinador de un insidioso spot televisivo, en el que aparece una serpiente que se desliza entre la hierba, mientras una voz patética proclama: “Hay acciones que pretenden dañar a México y derribar el tronco que nos sostiene… Hay gente que insiste en dañar a México, que se esconde y cambia de piel para engañarnos…” etcétera. Es la paz del regreso al orden, a la estabilidad, para el necesario desarrollo económico.
Ante este equívoco que disimula posiciones políticas opuestas, se encontrará la nueva Comisión para el Diálogo y la Mediación; si es equívoco el concepto de paz, ¿no lo serán necesariamente el de mediación y el de diálogo?
Por lo pronto, algunos analistas ya han señalado el doble lenguaje al que ha recurrido el nuevo gobierno; el de las palabras que invitan enfáticamente al diálogo y al entendimiento; y el de los gestos y acciones que apuntan en dirección contraria (el aval a Robledo con la innecesaria presencia presidencial, el desconocimiento de la CONAI, las movilizaciones y despliegues del ejército o el aumento del gasto militar en el nuevo presupuesto). Muchos se preguntan si estos gestos no están ya definiendo el alcance real de las palabras. En los próximos días lo sabremos.
Para los políticos la paz es negociación pragmática, pero en su negociación se entremezclan dimensiones éticas insoslayables: Respeto a la dignidad de personas y pueblos, justicia, solidaridad y la aceptación efectiva de un destino común. Por esto –valga esta reflexión en estos días de Navidad– la verdadera paz en Chiapas sólo se descubrirá en la dignidad: de los pobres.