Chiapas es, en las definiciones coloquiales, una espina en el ojo. Permanece presente en la noticia cotidiana que le dedica espacios sin precedentes en la frecuencia y en la extensión. Ha sido en la interpretación de analistas, tema constante y ocasión para serias reflexiones y punto de referencia para el examen de los grandes problemas nacionales. En la cresta ha sido sacudimiento de pasiones y examen de conciencia.
Sobre el tiempo, a punto de cumplirse un año a partir del movimiento armado, se fortalece el deseo de resolver el problema mediante el encuentro de la solución negociada. Así lo han expresado en reiterada oferta el gobierno, el EZLN en su apasionado discurso y los mexicanos en la voluntad resuelta de preservar la paz como condición irrenunciable para el entendimiento y la solución.
Desde entonces, la noticia ha dado puntual relato de los intentos negociadores y del precarismo de los frutos. En el centro de la polémica los temas milenarios del diálogo o la confrontación, de la violencia o la tranquila convivencia en el orden, de la guerra o la paz. Frente al primer aniversario ya tan cercano, frente a eventos recientes que evidencian sacudidas del volcán, conviene traer a síntesis en reposo y en honestidad, en búsqueda de saldos justicieros, el inventario de los hechos y la dimensión de las distancias.
Desde las trincheras del EZLN el discurso ha transcurrido entre violencia verbal y profetismo desesperado. Hay una obsesiva reincidencia en torno a las interpretaciones de la vida y de la muerte. Vale la pena morir para rescatar los sueños de la democracia, de la justicia y de la libertad aniquilados por los tiranos. Esta mística nutre la opción de la guerra como recurso desesperado para resolver los problemas centenarios. El discurso del EZLN es guerrero, no es pacificador, la pasión del argumento, deja la certidumbre de que en México se han cerrado los caminos de la paz y en consecuencia sólo queda la opción de la violencia, la guerra justa para derribar al tirano y devolver al pueblo herido, lastimado, destruido, los derechos conculcados.
En este camino, las condiciones para negociar son, como el discurso, mezcla explosiva de pasión, impaciencia, profecía y desesperación. Así, la condición irrenunciable es la renuncia del tirano, la sustitución por un gobierno provisional que convoque a elecciones ordenadas, limpias, honradas y confiables. Lo demás, el bien, la justicia, el decoro, se darán por añadidura. Más allá del juicio de valor, del inventario monstruoso de las promesas incumplidas, de las injusticias acumuladas en perjuicio de los más pobres entre los pobres, de la intolerable distribución de la riqueza, de los disfraces versallescos para disimular el feo rostro de la dictadura de partido, de la democracia concedida a cuenta gotas como merced de la dictadura y no como aceptación generosa y honrada del derecho a elegir los gobernantes en el ejercicio de la soberanía que en el pueblo reside, de los agravios al federalismo, de la sumisión del Congreso, del presidencialismo desenfrenado, la condición que el EZLN pretende imponer al exigir la renuncia del Presidente de la República, por desbordada frena toda posibilidad de eficacia para iniciar en serio un diálogo que acorte distancias, suavice aristas, lime asperezas y haga posible el pacto que conduzca a una paz consistente y duradera.
Con los pies en la tierra los discrepantes deben aceptar que la exigencia por excesiva no es viable. El descabezamiento del gobierno como condición previa para iniciar las pláticas bloquea y paraliza todo intento real de negociación, y los males que desata superan con mucho los bienes que pretende gestionar.
En contrapartida debe aceptarse que el conflicto en Chiapas trajo a presencia problemas políticos y sociales que permanecían ocultos y olvidados, ha sido caja de resonancia para la expresión de las voces silenciadas, lanzó a la noticia y a la reflexión al otro México, el de los indígenas, origen y raíz de la Nación, con sus carencias, sus rezagos, sus exigencias inaplazables de alimentación, salud, techo, justicia, protección, apoyo. Habían sido durante siglos estadística mantenida cuidadosamente guardada en los sótanos de la investigación erudita. De pronto, el conflicto los coloca en la mitad del foro y los convierte, en la certidumbre de su inmenso desamparo, en latigazo de remordimiento por el olvido inmerecido por los agravios en su contra acumulados a través de siglos. Pero en el dolor y el desamparo no estaban solos; el inventario dio dimensión al otro México integrado por millones de mexicanos identificados en el denominador común de la pobreza extrema, hacinados en las ciudades perdidas, dispersos en el campo sin agua, sin crédito, sin tecnología, los desempleados, los jubilados cuya pensión es inferior a un salario mínimo, y así, interminable el inventario de la deuda acumulada y pendiente de saldar.
Allí está, en rico residual, la parte positiva del conflicto, pero no es la guerra instancia o recurso para darle cauce, fortaleza y proyección. La sangre derramada, la fosa común, el olvido, el martirio como mística y objetivo, son derroche o desperdicio de un intento para documentar a plazo corto y con garantías de promesa honesta el pago de la deuda acumulada en agravio de los pobres. Sólo en la paz negociada se abrirán los caminos de la justicia social. En el diálogo, si es humilde y honrado, no habrá vencedores ni vencidos. Al iniciarlo, debe recordarse sabiduría popular cuando advierte que no se ganó Zamora en una hora o la vieja máxima cuando afirma que la impaciencia es mala consejera.
Estos tiempos de adviento que hablan de paz, bienaventuranza y buena voluntad son propicios para que los discrepantes, el gobierno y los mexicanos todos renovemos nuestra fe inquebrantable en la paz como instrumento para acortar distancias, fortalecer el diálogo y promover la multiplicación de los bienes y su reparto en justicia y equidad.








